Welty Eudora - Las Batallas Perdidas

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  • Annotation

    Una novela fascinante en la que los secretos familiares se mezclan con historias de

    derrotas que pasan de padres a hijos. Un tapiz riqusimo de un Sur que ya no existe ms que

    en los libros; el testimonio de una estirpe condenada a desaparecer.

    Las batallas perdidas, novela de dimensiones faulknerianas, vasta y anchurosa como

    los ros sureos, fue el proyecto ms ambicioso en que se embarc Eudora Welty, adems

    de su obra ms exitosa en vida. Novela finalista del National Book Award, dotada de una

    acerada vena cmica, narra el encuentro de tres generaciones de excntricos descendientes

    de la abuela Granny Vaughn, que se renen en su vieja casa de Mississippi para celebrar su

    noventa cumpleaos en los tiempos ms duros de la Depresin. El invitado de honor ser el

    nieto preferido de la abuela Vaughn, Jack Renfro, quien, por no perderse la celebracin, se

    ha escapado de la crcel de donde estaba previsto que lo liberaran al da siguiente.

    EUDORA WELTY

    Las batallas perdidas

    Traduccin de Miguel Martnez-Lage

    Impedimenta

    Sinopsis

    Una novela fascinante en la que los secretos familiares se mezclan con historias de derrotas

    que pasan de padres a hijos. Un tapiz riqusimo de un Sur que ya no existe ms que en los

    libros; el testimonio de una estirpe condenada a desaparecer.Las batallas perdidas, novela

    de dimensiones faulknerianas, vasta y anchurosa como los ros sureos, fue el proyecto ms

    ambicioso en que se embarc Eudora Welty, adems de su obra ms exitosa en vida.

    Novela finalista del National Book Award, dotada de una acerada vena cmica, narra el

    encuentro de tres generaciones de excntricos descendientes de la abuela Granny Vaughn,

    que se renen en su vieja casa de Mississippi para celebrar su noventa cumpleaos en los

    tiempos ms duros de la Depresin. El invitado de honor ser el nieto preferido de la abuela

    Vaughn, Jack Renfro, quien, por no perderse la celebracin, se ha escapado de la crcel de

    donde estaba previsto que lo liberaran al da siguiente.

    Ttulo Original: Losing battles

    Traductor: Martnez-Lage, Miguel

  • 1970, Welty, Eudora

    2010, Impedimenta

    ISBN: 9788415130000

    Generado con: QualityEbook v0.62

    En memoria de mis hermanos,

    Edward Jefferson Welty

    Walter Andrews Welty

    Personajes de la novela

    La familia

    Elvira Jordan Vaughn, la abuela

    Sus nietos:

    Nathan Beecham Curtis Beecham, casado con Beck Dolphus Beecham, casado con

    Birdie Percy Beecham, casado con Nanny Noah Webster Beecham, casado con Cleo Sam

    Dale Beecham (fallecido) Beulah Beecham, casada con Ralph Renfro Los hijos de Beulah y

    de Ralph Renfro: Jack, casado con Gloria Ella Fay Etoyle Elvie Vaughn Lady May Renfro,

    hija de Jack y de Gloria La seorita Lexie Renfro, hermana del seor Renfro, La ta Fay,

    hermana del seor Renfro, casada con Homer Champion. Varios descendientes y primos y

    familia poltica de los Beecham De la comunidad de Banner:

    El hermano Bethune, predicador baptista Curly Stovall, tendero de Banner La

    seorita Ora Stovall, su hermana Aycock Comfort, amigo de Jack El seor Comfort y la

    menuda seora Comfort, padres de Aycock Earl Comfort, to de Aycock, enterrador Willy

    Trimble, un chico para todo Otros: los Broadwee, el capitn Billy Bangs, etc.

    De otras partes:

    El juez Oscar Moody, de Ludlow La seora Maud Eva Moody, su esposa La

    seorita Pet Hanks, operadora de telfono de Medley La seorita Julia Mortimer, que fue

    profesora del colegio de Banner, ahora en Alliance Tiempo: Un verano de los aos treinta

    Lugar:

    La zona montaosa del noreste de Mississippi

    Captulo 1

    Cuando cant el gallo, la luna an no se haba despedido del mundo, y ya bajaba

    con la mejilla arrebolada en vsperas de estar llena. Una nube fina y alargada la atravesaba

    despacio, estirndose como el nombre con que se llama a alguien. Cambi el aire, como si a

  • poco ms de un kilmetro se hubiese abierto de golpe una puerta de madera, y de pronto un

    olor ms clido que hmedo, un olor a ro en estiaje, ascendi pegado a la arcilla de las

    lomas que se alzaban sumidas an en la oscuridad.

    Apareci entonces una casa en la cresta de la colina, como el reloj de plata de un

    anciano que asoma una vez ms del bolsillo del chaleco. Salt un perro de donde se haba

    tumbado a dormir como un tronco, y se puso a ladrar como si saludase el da, como si no

    fuese a callar nunca.

    Una nia chica sali entonces como un rayo de la casa. Baj casi a gatas las

    escaleras y ech a correr por la parcela con los brazos abiertos, tropezando con los macizos

    de flores an descoloridos como rostros plidos, tocando uno por uno, a la carrera, los

    cuatro rboles grandes que jalonaban las cuatro esquinas del terreno, tocando el pilar de la

    cancela, el brocal del pozo, la pajarera, el poste de la campana, un asiento hecho de troncos,

    un columpio colgado de un rbol y, dando la vuelta a la casa, hizo uso de todas sus fuerzas

    para dar la vuelta a un cajn grande, de madera, con lo que dej salir en tropel a las gallinas

    blancas, de la raza Plymouth Rock, que se esparcieron por el mundo. Las gallinas se

    atropellaron veloces por delante de la nia, tras la cual apareci una jovencita en camisn.

    Le bailaba en torno a la cabeza un crculo de rulos para el pelo, de papel, ms claros que la

    luz del alba, pero ella corra segura, de puntillas, como si creyera que nadie poda verla en

    esos instantes. Cogi a la nia chica en brazos y se la llev dentro de la casa sin que la nia

    dejara de patalear en el aire como si por piernas tuviera las aspas de un molino.

    La ms lejana de las lomas, como la lengua de un ternero, dej un crdeno lametazo

    en el cielo. En los bancos de bruma, los eriales, las arboledas y los trechos de arcilla pelada,

    palpitaba la vida como en los rescoldos an prendidos, entre el rosa y el azul. Un espejo

    colgado en el interior del porche comenz a titilar a la vez que se prendan algunos fsforos

    en la cocina. De sbito, los dos rboles del paraso que medraban al fondo del jardn se

    encendieron como dos gallos que se pavoneasen levantando la cola de oro. Las babas de las

    orugas relucan en el rbol del pecn. Una sombra se abultaba bajo la copa, con una forma

    tan familiar como el Arca de No: un autobs escolar.

    Entonces, como si algo se descolgase del cielo, todo el techo de chapa de la casa se

    ti de un nuevo azur. Los postes del porche suavemente florecieron en lnea descendente,

    como si se fuesen trazando rayas de tiza, bajando de una en una en la pizarra todava

    brumosa. La casa se fue revelando como si se encontrase all y surgiera del puro recuerdo,

    recortada sobre un cielo ya sin luna. En lo que dura un respiro todo permaneci libre del

    menor atisbo de sombra, como si se hallase bajo la mano que levantara un velo, y entonces

    se vio un pasadizo que atravesaba la casa, justo por el centro de la construccin, y en el

    arranque del pasadizo, en el centro del saln de entrada, se revel la presencia de una

    figura, una muy anciana seora sentada en una mecedora, con la cabeza ladeada, como si

    estuviera ansiosa de que alguien la viera.

    La luz del domingo se derram entonces a raudales sobre la granja con la misma

    rapidez con que se escabullan las gallinas. El primer haz de luz plana, slida como una

    vara de avellano, se pos de inmediato sobre las lomas.

    La seorita Beulah Renfro sali por el pasadizo al trote y clam con esa voz de

    alarma que era su voz de siempre al elogiar a los dems.

    Abuela! Cmo puede ser eso? Ya de pie, vestida y arreglada y esperando a que lleguen, y todo lo has hecho t solita! Cmo no me has dado una voz para que te ayudara?

    Esta nieta de la anciana seora andaba por los cuarenta y muchos, y era alta,

    huesuda, de movimientos impacientes, con una piel luminosa y restregada que se le estiraba

  • al mximo de su finura y de su tonalidad sonrosada por encima del semblante alargado y

    parlanchn. Sobre los pmulos marcados sobresalan unos ojos azules como las piedras

    preciosas. Arrop a la anciana seora con enorme delicadeza entre sus brazos y la bes en

    la boca.

    Y la tarta de cumpleaos ya ha salido del horno! exclam. S, todava no he perdido el olfato dijo la abuela. La seorita Beulah dio un grito que reson como la campana que se toca para llamar

    a la cena: Venid, nias! Sus tres hijas respondieron a la llamada. Las chicas de Renfro salieron corriendo del

    pasadizo, todava en sombras: Ella Fay, de diecisis aos, la nica que tiraba a regordeta;

    Etoyle, de nueve, olorosa an a las vacas y a la leche ordeada temprano; Elvie, de siete,

    que era la aguadora de este verano, con el pozal en la mano y lista para partir. Se pusieron

    en fila y plantaron una por una un beso en la mejilla acalorada de la abuela, un beso veloz

    como una picadura.

    Feliz cumpleaos, abuela dijeron las tres al mismo tiempo. Tengo la esperanza de ver a todos mis nietos, a todos mis biznietos y a todos los tataranietos que me quieran traer, y cuento con verlos bien pronto dijo la abuela. Hoy cumplo cien aos.

    T no le lleves la contraria orden la seorita Beulah cuando Etoyle abri la boca. Ah, abuela, te vas a llevar el mejor regalo del mundo, la alegra de tu vida vuelve a casa... La abuela asinti. Verdad que valdr la pena la espera? grit la seorita Beulah. Y dio unas palmadit