Welty Eudora La Hija Del Optimista

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  • Eudora Welty

    La hija del optimista

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    La hija del optimista

    INTRODUCCIN La hija del optimista comienza como un

    cuento de hadas: un hombre se pincha con una rosa en su jardn y cae en un profundo sueo. Tambin hay una gran fiesta, como en La Bella Durmiente: los carnavales de Nueva Orleans, con hombres disfrazados de esqueleto. Y un juez, Clint McKelva, que ac-ta como un rey bondadoso en su pequeo feudo de Mount Salus. Y una hija hurfana, Laurel, y una madrastra, Fay, como en La Cenicienta.

    En La palabra heredada1, Eudora Welty cuenta la fascinacin con la que empez a leer: [Mis padres] tuvieron que haber he-cho un gran sacrificio para regalarme, por mi sexto o sptimo cumpleaos fue des-pus de que aprendiera a leer, los diez vo-lmenes de Nuestro mundo maravilloso.

    1 La palabra heredada. Traduccin de Miguel Mar-tnez-Lage. Montesinos, Barcelona, 1988.

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    Eran libros pesados, hermosamente confec-cionados, con los que me tumbaba en el sue-lo, delante de la chimenea del comedor, so-bre todo con el volumen 5, el que compen-diaba Todos los cuentos para nios. All estaban los cuentos de hadas Grimm, An-dersen, los ingleses y los franceses, Al Ba-b y los Cuarenta Ladrones, Esopo y Rey-nard el Zorro, los mitos y leyendas, Robin Hood, el Rey Arturo, san Jorge y el Dragn e incluso la historia de Juana de Arco, una porcin del Pilgrim's Progress y un trozo ms largo de Gulliver. Todos ellos iban acompaados de las clsicas ilustraciones. Me alojaba en aquellas pginas....

    Los cuentos de hadas siempre le obsesio-naron por su capacidad de suspender el tiempo. En un ensayo escrito por la misma poca que La hija del optimista, Apuntes sobre el tiempo en la narrativa, escribi: Slo los cuentos para nios no responden al tiempo, y en ellos el tiempo no tiene efec-

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    to; se le puede dar cuerda como un juguete, y acaba siendo un juguete: si se regula con Haba una vez, empieza a girar hasta que no llega a Fueron felices y comieron perdi-ces. Los cuentos de hadas no proceden de la antigua sabidura, sino de la antigua lo-cura, tambin poderosa. Siguen reglas pro-pias que son tan firmes como las del tiempo (la magia de los nmeros y de las repeticio-nes, el dominio del encantamiento); su per-feccin prohbe la existencia de elecciones, y la exposicin debe ser siempre igual. Son los nios quienes escuchan, quienes disfru-tan de la ausencia de suspense en el cuento. Los cuentos hablan de deseos, y por lo tanto se responden a s mismos.

    El tiempo no se suspende en La hija del optimista, pero Eudora Welty quiere que todos los tiempos se junten en los pocos das que dura la accin: el de la guerra civil, el del amor de sus padres, el de la depresin, el de la segunda guerra mundial, el del po-

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    llo frito y la televisin... La enfermedad del juez McKelva precipita un tornado de re-cuerdos en su casa, que ha soportado mu- chas turbulencias meteorolgicas. Su hija, Laurel, est empeada en que esos recuer-dos sean verdaderos, pero sabe que el re-cuerdo es como un sonmbulo. Regresar con sus heridas abiertas desde cualquier rincn del mundo, como Phil, llamndonos por nuestros nombres y exigindonos esas lgrimas a las que tienen derecho. El re-cuerdo no ser nunca insensible. Al recuer-do s se le pueden infligir heridas, una y otra vez. En ello puede residir su victoria final. Pero del mismo modo que el recuerdo es vulnerable en el presente, tambin vive en nosotros, y mientras vive, y mientras tengamos fuerzas, podremos honrarlo y dar-le el trato que merece.

    Son palabras de una ficcin, que no se di-ferencian mucho de sus palabras autobio-grficas, como las que us para terminar La

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    palabra heredada: La memoria es algo vivo tambin la memoria es trnsito. Pero mientras dura su instante, todo lo que se rememora se une y vive, lo viejo y lo nuevo, lo pasado y el presente, los vivos y los muer-tos.

    Eudora Welty haba nacido en Jackson, Mississippi, en 1909, hija de una maestra y de un agente de seguros que se convirti en un prspero hombre de negocios. Haba es-tudiado en la universidad, donde haba em-pezado a escribir sus primeros textos, y haba trabajado, inmediatamente despus de la depresin econmica de 1929, en la Agencia Estatal de Administracin Laboral como publicista, una tarea que la puso en contacto con la vida cotidiana de Mississip-pi, y en especial con las clases ms bajas, nutridas mayoritariamente por afro-ameri-canos, que seguan viviendo con derechos restringidos. Mientras haca su trabajo rea-lizaba fotografas, que se recogieron en libro

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    aos despus bajo el ttulo de One Time, One Place: Al hacer fotografas aprend qu grado de preparacin deba tener. La vida no espera, no est quieta. Una buena instantnea detiene un buen momento que trata de escapar. La fotografa me ense que ser capaz de captar la fugacidad de las cosas, para poder apretar el botn en el momento crucial, era precisamente la ma-yor de mis necesidades.

    (Su pasin por la fotografa la emparenta con un contemporneo que no viva dema-siado lejos de ella, Juan Rulfo: a ambos, tambin, les fascinaban los fantasmas.)

    Fue Katherine Ann Porter quien apadrin literariamente a Eudora Welty, cuyo mayor aliento hasta entonces lo haba encontrado en su madre, y la que, de alguna manera, hizo que abandonara la fotografa para de-dicarse solamente a escribir. Sus libros de relatos de los aos cuarenta, Una cortina de follaje y Las manzanas de oro, consiguieron

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    un xito inmediato. Y fue incluida en la promocin de nuevos escritores del Sur, junto a Truman Capote (1924-1984), Carson McCullers (19171967) y Flannery O'Connor (1925-1964), que, en palabras de Malcolm Bradbury, fueron capaces de conjugar un gran refinamiento formal con la oscura vi-sin de la decadencia y del mal, que tuvo co-mo resultado una narrativa de enorme fi-nura gtica.2

    Cuando public La hija del optimista, en 1972, Eudora Welty estaba ms cerca de la edad del juez McKelva que de la edad de su hija, Laurel, pero, sin duda, se senta muy cmoda en la piel de esa mujer, a la que le dio muchas cosas de su propia vida: los via-jes en tren, el dolor ante la imposibilidad de parar a la muerte, las cartas de los aman-tes, el trabajo sin descanso, la casa como pi-

    2 En La novela norteamericana moderna. Tra-duccin de Guillermo Sheridan. FCE. Mxico, 1988.

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    lar de la familia, la pasin por las novelas de Dickens, la obsesin por los objetos me-cnicos...

    Aunque La hija del optimista, con la que consigui al ao siguiente el premio Pulit-zer comience como un cuento de hadas, lo que va sucediendo en la novela se aleja poco a poco de los valores predeterminados. Na-die es completamente bueno o completa-mente malo. Como escribe en su ensayo El novelista a las Cruzadas?, Eudora Welty crea que los escritores no podemos construir personajes de manera mecnica o colgarles carteles que expliquen sus postu-ras: La gente no personifica el acierto y el error, el Bien y el Mal, lo blanco y lo negro.

    Por eso consigue algunos de sus momentos ms emocionantes cuando los personajes se salen del camino que parecan tener traza-do. Como cuando Fay, en el hospital, a su marido enfermo, que no ha dejado de mi-marla, le da de fumar para intentar hacerle

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    feliz durante un instante: Inclinndose so-bre l, coloc su cigarrillo encendido entre los labios del juez. Su pecho se elev visi-blemente cuando inspir, y un momento despus, al espirar, su pecho fue descen-diendo lentamente a medida que el humo sala tambin lentamente de su boca.

    Cuando el funeral por el juez McKelva se est preparando, un pjaro entra por la chimenea y con las patas manchadas de holln se mueve por toda la casa, dejando un rastro minsculo y negro. La escritura de Eudora Welty se parece a las huellas de ese pjaro, slo que no dej rastros azarosos sino una poderosa visin del mundo, en la que la belleza tena un lugar fundamental porque no es un medio, no es un modo de promover algo en el mundo. Es un resulta-do: est ligada al orden, a la forma, a la consecuencia.

    Muri en Jackson a los 92 aos. En La hija del optimista, una novela perturbadora

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    y de un negro transparente, Eudora Welty escribi: El misterio no radica en lo poco que conocemos a quienes nos rodean, sino quizs en lo mucho que los conocemos real-mente.

    FLIX ROMEO

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    Para C. A. W.

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    Uno

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    1 na enfermera les mantuvo la puerta abierta. Entr primero el juez McKel-

    va, luego su hija Laurel y despus su esposa Fay, y se adentraron todos en aquella habi-tacin sin ventanas en la que el doctor iba a llevar a cabo el reconocimiento. El juez McKelva era un hombre alto

    y robusto, de setenta y un aos, que habi-tualmente llevaba las gafas colgadas al cue-llo con un cordel. Ahora las tena en la ma-no, y se sent en una silla elevada y con apariencia de trono, junto a la silla girato-ria del mdico, flanqueado a un lado por Laurel y al otro por Fay.

    Laurel McKelva Hand era una mujer en-juta, de rostro hiertico, a medio camino en-tre los cuarenta y los cincuenta, con el pelo an oscuro. Vesta ropa de buen corte y te-jido, aunque el traje era demasiado abriga-do para Nueva Orleans y tena una arruga en el bajo de la falda. Pareca que sus oscu-

    U

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