PROPIEDAD PLANETA EDITORIAL · una filósofa, ni de una científica, ni de alguien que se pasa el...

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El cielo ha vuelto Autores Españoles e Iberoamericanos PROPIEDAD DE EDITORIAL PLANETA

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El cielo ha vuelto

Autores Españoles e Iberoamericanos

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Esta novela obtuvo el Premio Planeta 2013,concedido por el siguiente jurado: Alberto Blecua,Ángeles Caso, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer,

Carmen Posadas, Rosa Regàs y Emili Rosales.

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Clara Sánchez

El cielo ha vuelto

Premio Planeta2013

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No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a unsistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio,sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos,sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechosmencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual(Art. 270 y siguientes del Código Penal)

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© Clara Sánchez, 2013© Editorial Planeta, S. A., 2013

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)www.editorial.planeta.eswww.planetadelibros.com

Primera edición: noviembre de 2013Depósito legal: B. 23.162-2013ISBN 978-84-08-11994-4Composición: Víctor Igual, S. L.Impresión y encuadernación: Cayfosa (Impresia Ibérica)Printed in Spain - Impreso en España

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloroy está calificado como papel ecológico

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Julieta, este es el cuento que nunca te escribí

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Hace medio año, una desconocida me dijo que ha-bía alguien en mi vida que deseaba que yo muriera.La encontré en un vuelo Nueva Delhi-Madrid. Te-nía problemas con la vista y me pidió que le leyera elmenú y que le indicara dónde estaba el baño. «Otravez he perdido las malditas gafas», dijo metiendo lacabeza en un enorme bolso blanco. Su peso, alrede-dor de ciento y pico kilos, la obligaba a viajar enbusiness. A los organizadores del congreso al quehabía asistido no les hacía gracia el gasto, pero quépodía hacer ella, no cabía en un asiento turista. Son-reí vagamente y no hice ningún comentario porqueno quería enredarme en una conversación de diezhoras. Abrí una revista sobre las rodillas y me quedémirando el cielo y la luz de fuera con la frente pega-da a la ventanilla. No había nubes, solo alguna pe-queña y perdida que hacía pensar en la soledad.Una maravillosa sensación después de tantos días de

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desfiles, nervios, cambios de ropa, pinchazos de alfi-leres, toneladas de maquillaje, pestañas postizas deun metro y peinados demasiado creativos. La agen-cia de modelos para la que trabajaba me había pedi-do que desfilara en Nueva Delhi para una firma hin-dú y que asistiera a las fiestas en el palacete delempresario Karim y su esposa Sharubi, cuyo cuerpomenudo siempre iba envuelto en seda, y sus muñe-cas en oro hasta medio brazo. Y ahora, por fin, elvacío y la libertad.

Me quité los zapatos y los empujé con el pie debajodel asiento de enfrente. No quería molestias, por esohabía elegido sentarme junto a la ventanilla. Pero noiba a ser tan fácil: notaba las miradas de mi vecina res-balándome en el pelo, y en algún momento tendríaque girarme y enfrentarme a sus ganas de charla. Vide reojo cómo le hacía una señal a la azafata y le pedíauna ginebra con una rodaja de pepino, unos granosde pimienta y un ligero chorro de tónica. Desde luegoparecía tener unos gustos muy concretos. Por unossegundos solo se oyeron los cubitos de hielo chocan-do contra el vaso de plástico y la ginebra chocandocontra el hielo mientras empezábamos a sobrevolarenormes masas de nubes que cubrían las montañas ylas casas, los ríos, la gente y los animales como unacapa de algodón. No se podía saber dónde estábamos.

—¿Le gustaría acompañarme? —dijo alzando elvaso, sujeto por varios dedos llenos de anillos. Uno

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era una calavera turquesa, otro un búho, otro unarosa de plata, otro una cosa rara con alas, algunos sele hundían en la carne.

Puesto que pronto tendríamos que cenar, aceptéy me decidí por una copa de champán, y la verdades que me sentó bien, me relajó. Ahora por fin po-dría cerrar los ojos y dejarme llevar. Pedí otra copade lo mismo y mi vecina otra ginebra, esta vez sin elchorrito de tónica. También ella parecía dejarse lle-var. Le brillaban la nariz, la barbilla y la raíz del pelo.Tenía un poco de sudor por todas partes. El pelo ibateñido de caoba y repartido a lo loco, más oscuropor un lado, más claro por otro, un desastre, y susojos eran de un azul desvaído casi transparente,como si le faltasen dos capas de pintura.

Me pregunté a qué tipo de congreso habría asis-tido. Sería profesora seguramente, quizá escritora,pero solo abrí la boca para dar otro sorbo. Ella sus-piró muy profundamente y se volvió con cierto es-fuerzo hacia mí. Dijo que tenía miopía, vista cansa-da y astigmatismo, y que, desgraciadamente, sin lasmalditas gafas no me veía bien, pero que sus otrossentidos hacían un trabajo complementario al de lavista y si en el futuro volvíamos a encontrarnos po-dría reconocerme por la voz, el calor, las vibracio-nes y la energía que desprendía mi cuerpo, algo mássutil que los rasgos físicos y más seguro.

—¿Y cómo se ven esas cosas? —pregunté, pensan-

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do que hasta ahora lo único que destacaba de mi per-sona eran mi talla treinta y seis, el uno setenta y ochode estatura, una figura armónica y una cara que resis-tía bien el objetivo de una cámara a diez centímetros,cosas que en el fondo nadie valora de verdad.

—No se ven, se sienten —dijo—. Cualquiera pue-de sentirlas si no se conforma con lo que ve.

Por no ponerla en un aprieto no le preguntécómo eran las sensaciones que le llegaban de unamodelo dedicada a vender estilo y apariencia, no deuna filósofa, ni de una científica, ni de alguien quese pasa el día pensando. Yo a ella la sentía como lalava de un volcán, derritiéndose por los lados delasiento, cubriendo poco a poco la moqueta, subien-do por las paredes de plástico compacto del avión yfundiéndose con todo.

—Me llamo Viviana —dijo.Su voz era muy bonita, cálida, sedosa, sensual. Lle-

vaba pantalones, un blusón hindú de algodón y zapa-tos blancos. No se los quitó para que no se le hincha-ran los pies. Desde el principio cruzó uno sobre otroy apenas se movió, solo la cabeza y las manos. Alargóuna de ellas hacia mí y enredó un mechón de mi peloentre dos dedos robustos, uno con la calavera de tur-quesa y el otro con la cosa rara con alas.

—Qué suavidad —dijo, acercando unos centíme-tros su miopía hacia mí—. ¿De qué color tienes losojos?

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—Castaño claro.—Seguramente son muy bonitos —apuntó ella.No hacía falta que contestase. No tenía por qué

devolverle el cumplido, no tenía que venderle nin-gún trapo.

—Me llamo Patricia —dije con mi cuarta o quin-ta copa de champán en la mano.

—Patricia —repitió ella para sí con su cuarto oquinto vaso de ginebra.

Nos sirvieron ensalada, cordero al curri, arrozbasmati, tortas de pan, pastel, taza para el café o té,vaso y cubiertos, todo en palmo y medio de mesita.Me lo comí sin reparar en calorías ni en exquisite-ces, un acto instintivo cuando la supervivencia de-pende de una bandeja de plástico. Viviana, en cam-bio, no probó bocado. Más que abrir, destrozó labolsa transparente con tenedores, cucharas y cuchi-llos, y después de desparramarlos por la bandeja sus-piró removiendo todo el aire del avión y se quedómirando el respaldo del asiento de enfrente sin par-padear, como si estuviera viendo mucho más queuna simple tela gris.

Mientras me tomaba el té me entró el gusanilloprofesional de sugerirle a Viviana que abandonarael blanco por el negro. Le adelgazaría unos cincokilos, le realzaría el pelo y los ojos y resultaría más

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elegante, pero aquello, afortunadamente, se quedóen un simple pensamiento porque en ese momentola azafata empezó a retirar las bandejas, desplegan-do en cada movimiento ráfagas de algún perfumeoriental desconocido. Viviana se pidió otra ginebray la ayudé a reclinar el asiento hasta dejarlo horizon-tal. Parecía un muñeco de nieve tumbado por elviento. Hice lo mismo tendiéndome de costado ha-cia la ventanilla, afuera aún había luz, en la que flo-tábamos milagrosamente. Pero de vez en cuando lasnubes se deshacían y dejaban al descubierto monta-ñas marrones con blancura petrificada en las lade-ras, era mejor no mirar.

Bajé la persiana porque el avión acababa de con-vertirse en una sala de reposo en semioscuridad ysilencio. Me puse todo lo que había en una bolsa deplástico, regalo de la compañía: antifaz, manta y ta-pones, y fui adormeciéndome, pensando en Elíascuando me abrazaba, cuando me cogía la manopara enseñarme a pintar, cuando se afeitaba por lamañana apoyado en el lavabo sin pantalones, solocon una camiseta y calzoncillos o desnudo. Quizáera demasiado delgado, piernas delgadas, brazosdelgados; no le gustaban los gimnasios, ni perder eltiempo mimando su cuerpo, ya lo perdía yo por losdos. No le importaban sus defectos, no los escondíani trataba de disimularlos; el cuerpo le servía paraque estuviéramos juntos en el sofá, en la ducha, jun-

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to a la pared y en una colchoneta de la piscina, nues-tros lugares preferidos, todo lo demás era secunda-rio. Y por eso ninguno podía compararse con él. Erael único hombre que había logrado gustarme de ver-dad, sin dudas ni peros de ninguna clase. Me dormípensando en él y en que por poco no habría llegadoa conocerle y en que por los pelos no sería feliz.

No sé cuánto tiempo pasó desde ese momento,horas que se encogieron en minutos como los jer-séis de lana en la centrifugadora, hasta que se en-cendieron las luces y los pasajeros empezaron a esti-rarse y a salir al pasillo, algunos con pantalones dechándal y camisetas de andar por casa que se habíanpuesto nada más alcanzar la velocidad de crucero.En cambio yo, por largo e incómodo que fuese elviaje, me vestía con mi ropa habitual. Llevaba unosvaqueros, una blusa de seda negra y los zapatos es-trella de la última colección para la que acababa detrabajar, de veinte centímetros de tacón, que ahorarodaban por el suelo junto a mis pies enfundados enlos calcetines de la compañía aérea. Las pequeñaspersianas de las ventanas fueron subiendo y comen-zó a entrar el amanecer. Calculé que tendría quesaltar por encima de Viviana para ir al baño; queríaasearme antes de que sirvieran los desayunos.

Lo logré con enorme dificultad, abriendo las pier-

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nas todo lo que pude para saltar sobre un cuerpoque parecía estar lleno de mil cosas más que el restode cuerpos y no despertarla, y fui la primera en co-menzar los lentos aseos de la mañana de modo queno tendría que esperar mil horas a que se desocupa-ra el lavabo. Me recogí el pelo con un pasador y tar-dé cinco minutos en parecer como nueva, porque sialgo bueno tenía mi oficio era que me había enseña-do a ser rápida, precisa y a verme mientras me ma-quillaba y arreglaba desde fuera de mi propio ser, nisiquiera necesitaba espejo.

A mi regreso, Viviana estaba luchando a brazo par-tido por poner el asiento recto. Se me quedó mirandofijamente como si fuera recordándome poco a poco.

—Hacía tiempo que no dormía tan bien —dijopasándose las manos por el pelo.

Se acercó a los ojos el diminuto reloj que se leclavaba en la muñeca y dijo que en unas horas haría-mos escala en Zúrich. Luego se inclinó con un sopli-do para coger el inmenso bolso blanco, lo abrió, re-buscó en su interior, de donde salían sonidos, quehacían pensar en gente y animales viviendo allí den-tro y dijo: «Nada, definitivamente me olvidé las ga-fas en el hotel.»

Y fue entonces, como si estas palabras hubiesendesencadenado algún tipo de energía, cuando el

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avión empezó a subir y bajar y a vencerse a los ladosy el carro de los desayunos salió disparado por todoel pasillo y las azafatas desplegaron sus asientos rápi-damente y se pusieron los cinturones de seguridadclaramente preocupadas. Habían pasado de son-rientes a serias. El carro de los desayunos temblabaen algún punto del avión y el comandante pidió cal-ma y que no nos moviéramos de nuestros asientos.Pero una señora no pudo soportar la presión y co-menzó a llorar a nuestras espaldas. Viviana me cogióla mano. Las tres azafatas también se las cogieron, loque no parecía buena señal.

—Me angustia volar —dijo Viviana—, por esobebo sin parar.

Le apreté un poco la mano para que se sintierasegura. Ambas mirábamos al frente, a los respaldosgrises, mientras nuestros cuerpos eran zarandeadossobre las picudas montañas cubiertas por las nubes.

«Estamos atravesando una tormenta, mantenganla calma», dijo la voz del piloto, instante en que laseñora que lloraba empezó a llorar más y más y más,y todos volvimos las cabezas de vez en cuando haciaella para olvidarnos de nuestra propia angustia. Es-taba completamente desencajada.

—Pobre mujer —dijo Viviana—. Necesita desaho-garse, viene soportando desde hace tiempo una car-ga demasiado pesada y sentir con todas sus fuerzasque nos vayamos a estrellar le está dando la oportu-

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nidad de expulsar los tristes demonios que llevadentro.

Seguramente Viviana era psicóloga y había asisti-do a algún congreso sobre la materia. Pero no eramomento de preguntas, parecía evidente que está-bamos viviendo los últimos minutos de nuestras vi-das: me daba mucha pena que fueran tan trágicos ydejar este mundo. Hay gente a la que a veces le cues-ta vivir, pero a mí siempre, absolutamente siempre,me gustó la vida, y no soportaba la sensación de mo-rir, como no la soportaba la mujer desesperada decuatro filas más atrás. Era imposible, terrible y fuerade toda lógica no volver a ver a Elías, no volver a pi-sar mi casa y que mañana por la mañana le dijeran ala masajista que mi cuerpo se había hecho pedazossobre la tierra dura y fría de un lugar perdido en elmapa y que tuviera que darse media vuelta con lacamilla doblada. Sentí en el estómago el aire heladoy la soledad del enorme vacío que me acogería den-tro de poco. Hasta ahora no se me había ocurridohacer testamento y no había pagado la factura de latintorería. Hacía varios meses que no veía a mis pa-dres y no le había dado las gracias a Daniela, nuestraempleada, por el pequeño invernadero que habíamontado en el jardín. Y, a mi pesar, dejaría vía librepara que otra modelo me sustituyese y se luciese enel reportaje de Elle.

Fueron unos segundos de negros pensamientos

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—más que negros, si existiese un color aún más oscu-ro— hasta que Viviana se volvió hacia mí con losojos exageradamente abiertos intentando llevarseuna imagen final lo más clara posible de este mun-do y me cogió también la otra mano. Le palpitaban,le sudaban, las tenía ásperas. Seguramente necesi-taba el calor de otro ser humano en la marcha defi-nitiva. Y yo también. El avión prácticamente se pre-cipitaba sobre la nieve. La pasajera de los tristesdemonios estaba gritando y un hombre en el asien-to de atrás rezaba. Y en medio del desastre y la trage-dia que se nos venía encima lo único que verdadera-mente estaba sintiendo ahora eran las manos deViviana. Sus anillos sobresalían de entre nuestrosdedos entrelazados y brillaban. El sudor que le caíade la frente también brillaba.

—Escúchame bien —dijo ella apretándome aúnmás las manos—. Hay alguien —cerró con fuerza losojos como para ver dentro de ellos—, hay alguienque desea que mueras. Lo siento con mucha fuerza,como si estuviese dentro del corazón de esa perso-na, pero no de su mente, porque no sé quién es nipor qué desea tu desgracia.

No entendía nada. Le pregunté por qué me de-cía algo así precisamente en este momento, a puntode estrellarnos.

—Es normal que no me entiendas —dijo—, noestás preparada.

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Se quedó un segundo en silencio mientras losmaleteros iban a abrirse de un momento a otro so-bre nuestras cabezas y las azafatas sentadas enfrente,junto a los lavabos, nos miraban sin vernos con carade pánico.

—Vamos a matarnos. No hace falta que nadiequiera que muera —le dije gritando más de la cuen-ta y poniéndome los zapatos sin saber por qué.

—No vamos a matarnos, hoy no. Saldremos de latormenta y volveremos a nuestras casas. Pero sí exis-te alguien que desea que no vivas y esto es verdad,una de las pocas verdades de las que estoy segura.—Aún me apretaba las manos—. Con este jaleo nosoy capaz de comprender si se trata de un hombre ode una mujer, si es amigo o enemigo, un familiar,una competidora celosa, un amante vengativo. Aquienquiera que sea le puede su deseo de hacertemal. No es fácil reprimir un deseo, y los deseos la-mentablemente se hacen realidad con demasiadafrecuencia.

La muerte real estaba pasando a segundo plano.Quizá era una maniobra psicológica para desviar miatención de la tragedia que se nos venía encima.

—No debes obsesionarte con lo que te he dicho,pero sí tener cuidado, ser precavida. Nada más co-gerte la mano tu cuerpo me ha advertido de queestás en peligro, aunque tú conscientemente no losepas. Una persona es mucho más de lo que cree

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que es y sabe más que lo que cree que sabe, aunquesea más fácil cerrar los ojos y seguir adelante sin mi-rar a los lados.

Era evidente que ambas estábamos en peligro,algo que también su cuerpo lo sabría. Las personasque estudian la mente ven demasiadas cosas, a vecescosas que se inventan. Aunque debo reconocer que,más o menos como ella predijo, al cuarto de horacesaron las terribles turbulencias y una oleada de ali-vio recorrió el avión. El pasaje comenzó a hablar alto.La señora del llanto ahora lloraba de emoción, yyo también tenía ganas de llorar. Las azafatas se de-sabrocharon los cinturones de seguridad y una deellas dijo por megafonía que habíamos dejado atrásla tormenta, que aterrizaríamos en Zúrich para re-postar y que los pasajeros podían solicitar a la tripula-ción todo el alcohol que desearan. La voz inundó elavión de sonidos nasales y ligeras interferencias, defalsa lejanía y autoridad. Por fin podíamos respirar.

Viviana dijo que ya era hora de levantarse para iral lavabo. La ayudé a ponerse de pie y me pidió queno la acompañara, estaba acostumbrada a la inestabi-lidad, a rozarse con todo tipo de cosas y a agarrarseconstantemente con las manos a barandillas, sillas,paredes. Por eso las tendría así de ásperas. Pedí dosginebras, una para Viviana y otra para mí, con unarodaja de pepino, como a ella le gustaba. Sabía que leagradaría encontrarse con esta sorpresa a su regreso.

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En Zúrich hicimos una escala técnica y no se nospermitió bajar del avión. Por la ventanilla, a lo lejos,el paisaje era bello: montañas, pinos, viento oscure-cido que venía arrastrándose hacia nosotros. Al cabode una hora subieron nuevos pasajeros frotándoselas manos. Y Viviana volvió a cogerme la mano, loque no me agradó demasiado porque ya no habíatormenta ni estábamos en peligro y porque me ha-bían dejado completamente agotada la vida y lamuerte tan juntas, una encima de la otra. Traté deretirarla lo más sutilmente que pude, pero ella me laretuvo.

—No te asustes por lo que te espera, eres una delas pocas personas en este mundo que puede ir unpoco por delante de los acontecimientos. Usa bienesa ventaja.

Estuve a punto de decirle a esa pobre mujer quemi vida era maravillosa y que vivía rodeada de genteque me quería. Todo el mundo, incluida yo misma,consideraba que tenía mucha suerte. A mis veinti-séis años tenía dinero en fondos de inversión, unamoto, un Mercedes, un 4x4 y un chalé en una de laszonas más exclusivas y caras, a diez kilómetros deMadrid, rodeada de futbolistas y famosos. A los die-ciséis años firmé mi primer contrato como modelo ya los diecisiete, antes de abandonar el instituto, can-celé la hipoteca del piso de mis padres. Pero Vivianano sabía nada de esto, y sin soltarme murmuró algo,

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dijo unas palabras que no entendí. Metió las manosen su gran bolso blanco y sacó un papel y un bolígra-fo. Dibujó algo así como una montaña coronadapor una perla, lo dobló y me lo dio.

—Llévalo contigo. Te vendrá bien.

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