Paul Verlaine Shakespeare y Racine y - Revista de la ... Paul Verlaine Shakespeare y Racine y el

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  • Paul Verlaine

    Shakespeare y Raciney el simbolismoSeoras, seores:

    Se me pide que diga unas palabras sobre la poesa, yla verdad es que, para un poeta, que se cree serio yque todos tienen por tal, es ms fcil y grato hacerversos que hablar acerca de ellos. Tanto ms que enmi clase soy lo menos orador del mundo, y en todocaso ahora soy lector acatarrado y favorecido conun flemn que me impide emitir mi voz insuficien-te, para la que solicito ahora vuestra graciosa indul-gencia.

    Tranquilizaos, no me remontar al Diluvio. Nohablar de Homero, ni de Virgilio, por grande quefuera el placer que sintiramos todos en ello, nitampoco de los antiguos poetas franceses, ni de losdel siglo de Luis XIV, ni tampoco de la magnficaexplosin romntica. Mi amigo Catulo Mendes, ensu bella serie de conferencias, ha rendido uno de losms justos homenajes de hombre competente algrupo llamado Parnasiano, y con ello me dispensa yexime de tener la pretensin de volver a tratar elasunto, despus de l.

    Me contentar con hablar, sin gran extensin-tranquilizaos-, de las ltimas manifestaciones po-ticas en nuestro pas.

    1

    Clsicosde la crtica

    Crticade los clsicos

    Shakespeare

    25 Fragmentos de Conferencias dadas enBruselas y en Charleroi

    Debemos admirar el que, en estos ltimos aosde un siglo que vale tanto como otro, pero que pasapor ser prctico con exceso, prosaico, en una' pala-bra; debemos admirar, y admirarnos no sin gozo, deque el nmero y, no ya solamente la cantidad, sinola calidad, la buena fe y el tesn de los poetas seantales que llegue a darse este espectculo consoladory tranquilizador que nunca se haba ofrecido con talintensidad y conciencia de talento.

    Despus de la guerra de 1870, sin que losParnasianos, detentores del ritmo verdadero y de 'larima sincera en las postrimeras del seglmdo Impe-rio, abdicaran ni con mucho, creci la flor y nata delos chicos locos por la Musa y la Lira -hoyhombres todos-, cuyos ensayos nos divertan a'nosotros, hermanos mayores. Me refiero a aquellosque, por sus excesos, muy conformes con su edad ysu intransigencia, en el fondo encantadoras, habanobtenido por parte de algunos crticos inferiores aellos, los eptetos de Decadentes y de Simbolistas...

    Entre aquellos jvenes hubo -algunos que ansiaronmayor profundidad e intelectualismo en poesa, ysos se afiliaron a Stephane Mallarm, espritu purodentro de una forma impecable; otros opinaronadmitir la candidez, la expansin del humilde artistaque os habla; todos, en su mayora, pusieron todosu empeo en ir hacia ms libres horizontes -rima yritmos libres-, con la persuasiva buena fe queemana de las almas jvenes y de los corazonesnuevos. Sin embargo, un buen nmero de esosamables insurrectos, han vuelto a las frmulas eter-nas -eternas, si creen a un antiguo que intentalguna revolucin en su tiempo- de la severa versificacin francesa de no hace mucho y de siempre portodos los siglos.

    Fue hacia 1880 cuando se acentuaron las diversastendencias de la nueva hornada de poetas que sehonran con una frecuente, si que tambin juiciosaaudacia y el debido amor a las buenas letras. Yo noestoy, como acabo de hacerlo presentir, de acuerdocon ellos continuamente. Tengo que hacer muchasobjeciones al verso libre, ms arriba citado, quepreconizan y practican esos mis amigos ms recientes.

    A mi juicio, el poeta debe ser absolutamente sinceroy, asimismo, absolutamente concienzudo como escri-tor; no ocultar nada de s mismo, con tal que seamostrable, pero desplegar en su franqueza toda ladignidad exigible, pues la preocupacin de esa digni-dad se muestra, si no en la perfeccin de la forma,por lo menos en el esfuerzo invisible, insensible yefectivo hacia esa alta y severa cualidad, virtud iba adecir. ..

    Si me abstengo de hacer algo as como unaapologa, que las mismas cosas y la derivacinnatural del estudio emprendido se encargarn de

  • dejar patente, es por no meterme en intiles polmi-cas provocadas. Espero que las objeciones seanresue~tas, que los hechos las apoyen y se llegue a unacuerdo, con ayuda de la buena fe de todos.

    Pongmonos en 1830, fecha media, frmula his-trica para lo que vamos a tratar, milsimo comn ycmodo en asuntos de esta especie. Lamartine reinaincontestablemente; Chateaubriand puede ya pasarpor clsico; Vigny acaba de bajar de su torre demarfIl y se va a la guerra; Hugo est en plenavictoria, pero no ha terminado su campaa y lequedan an muchos combates que librar. Sus disc-pulos, o mejor dicho, sus partidarios, unos sostienenescaramuzas y atacan haciendo reconocimientos, co-mo Musset, Gautier, Sainte-Beuve; otros, soldadosde avanzada, luchan, como Petrus Borel y FiloteaQ'Neddy. No importa... todos saben que el roman-ticismo va a triunfar y ha llegado el momento deque sus fuerzas sean conocidas. Dos nombres hansonado en la refriega: Racine y Shakespeare. Losmal llamados clsicos, presuntos descendientes, la-mentables sucedneos, todo lo ms, sin talento y sinningn estilo, del gran siglo por un lado cientfico ypor el otro absolutamente frvolo, exquisito, a vecesprofundo, pero nico en lo frvolo - oh, siglo diez

    R:ar.;np

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    y ocho! - tuvieron en Viennet, buena persona, perovaya un poeta! , la gran figura de su ideal. Yesos

    eran los clsicos que invocaban a Racine! Por otrolado, los romnticos de vanguardia, sin razn (elseor Vacquerie lo ha declarado lindamente ayermismo en un reciente y rozagante Depuis), secontentaban con llamarle pillastre por boca de M.Granier de Cassagnac, que luego, a su vez, haba dedar un ments absoluto a semejante chiquillada.

    (Y todos lo recordis; desde el principio delmovimiento, en el ms revolucionario de los mani-fiestos que haya sido escrito, el jefe brillante y yaglorioso gonfalonero de las nuevas doctrinas habahablado con decidida conviccin, a la luz del da,del divino Racine en una poca en que la palabradivino, hoy extenuada, vilipendiada y chirle, tenatoda su virtud glorificadora).

    A pesar de todo, el nombre de Racine, hastaaqu venerado secularmente casi dos veces, y cele-brado, haba corrido triunfal a travs de las genera-ciones y de sus vanas o serias preocupaciones,vencedor de las rivalidades de su tiempo, de lasobsesiones guerreras, diplomticas, teolgicas o fIlo-sficas; vencedor de los tumultos de la Revolucin yde las glorias del Imperio. Su obra, siempre repre-sentada, leda y comentada, .haba sido compuestaen el destierro y la agona. .. Ah, gigante vencidoen la roca de Prometeo! ... Aquella obra reinaba entodos los espritus y en todos los corazones. Suimperio del lenguaje era soberano. Para qu losnecios y falsos admiradores, celosos de su propioprestigio risible y desvanecido, se declararon afectosal hombre y a la obra, en el ao de lucha de 1830?

    Pero lo principal en la guerra, sobre todo en lacivil, no es tener bandera; ms importante es tenerun objeto, un blanco. Los contemporneos no eranbastante para aquellos seores. Como necesitaron ungran muerto como estandarte, as necesitaron otrocomo trmino y objeto de sus golpes.

    Y este muerto vino a ser Shakespeare.Shakespeare, a primera vista de los miopes, es la

    anttesis de Racine. Ay, Shakespeare vilipendiadopor Voltaire, que le haba llamado con todas lasletras "salvaje, ebrio e ignorante"!

    Voltaire -en el fondo grande hombre y pocovolteriano-, en aquellos das en que obedeca a suhumor y arremeta contra el poeta de Otelo (que lparodi en Zaira), y en aquellos otros, peores an,en que se hizo acreedor de estos elogios de Federico11 de Prusia: "Habis hecho muy bien al refundir,de conformidad con los principios, la obra informede ese ingls" (la informe pieza era Julio Csar), fueentonces ms volteriano que nunca, en el sentidomezquino, estrecho y francamente estpido de lapalabra. Como volterianos tambin, mezquinos, es-trechos y estpidos, se manifestaron los ms rabio-sos adversarios del romanticismo (rabioso no estaqu de ms), al repetir las insubstanciales y trivial-mente grotescas criticas del poetastro de Nanina y

  • de Alcira. No llegaron, en efecto, cuando slo setrataba de arte y de literatura, hasta pretender quese prohibiera Hernani, obra en la que todo esherosmo corneliano, y los personajes son todossimpticos en la elevada, sincera y lgica expansinde su apasionamiento juvenil, leal, magnficamenteexpresado en la ms pura lengua francesa? Obraen la cual, si los sentimientos y opiniones hansido sacados de Espaa, por exigencias del asuntoy si recuerdan la inspiracin castellana del Cid, elestilo gil y claro, por otra parte, la versificacinfirme y fluida recuerda visiblemente la forma pe-culiar de Racine; pero-; en ltimo caso, nada, abosolutamente nada, evoca ni supone la influenciade Shakespeare.

    El rey Carlos X, que no estaba en el patio debutacas, y que hubiera podido, dbil y autoritariocomo era, cometer alguna arbitrariedad, tuvo msingenio y discrecin que todos, y vel por lalibertad al' pronunciar una conocida ocurrencia que,segn dicen, es suya positivamente, de su juventud,quiz harto tierna, lejana ya entonces.

    A pesar de todo, la cuestin se planteaba entreRacine y Shakespeare desde entonces, por iniciativade una faccin todava poderosa, en las Academias

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    y en los comunes preJUICIOS. Vamos a seguir eldesarrollo de aqulla.

    Hoy, cuando todo esto no es ms que historiaantigua, que quiz parezca demasiado pasada demoda a alguno de nuestros contemporneos, por lomenos a uno de los que han militado en la retaguar-dia combatiente, y que an permanecen en labrecha humeante que ha abierto el eterno combatepor lo Bello, puede, con fmes que se reserva alcan-zar hasta el momento oportuno, resumir en unaspginas de equilibrio y serenidad las causas y losefectos de uno de los ms importantes episodios dela historia ilustre de la poesa francesa en las trescuartas partes del siglo que tan poderosamenteagoniza, digan cuanto quieran sobre su decadencia.

    Podra yo titular ese estudio: Racine, Shakespea-re. y es que, de hecho, alreded