MECI SUÁEZ - Candlewick

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    02-Nov-2021
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UntitledMeg Medina
MERCI SUÁREZ se pone laS pilas
This is a work of fi ction. Names, characters, places, and incidents are either products of the author’s imagination or, if real, are used fi ctitiously.
Copyright © 2018 by Margaret Medina Translation by Alexis Romay, copyright © 2020 by Candlewick Press
All rights reserved. No part of this book may be reproduced, transmitted, or stored in an information retrieval system in any form or by any means, graphic, electronic, or mechanical, including photocopying, taping, and
recording, without prior written permission from the publisher.
First Spanish edition 2020
ISBN 978- 0- 7636- 9049-6 (original hardcover) ISBN 978-1-5362-1258-7 (original paperback) ISBN 978-1-5362-1257-0 (Spanish hardcover) ISBN 978-1-5362-1259-4 (Spanish paperback)
20 21 22 23 24 25 TRC 10 9 8 7 6 5 4 3 2 1
Printed in Eagan, MN, USA
This book was typeset in Berkeley Oldstyle.
Candlewick Press 99 Dover Street
Somerville, Massachusetts 02144
A la memoria de Diego Cruz Sr.
——— ——— Capítulo 1
Y pensar que tan solo ayer yo andaba en chancletas, yer yo andaba en chancletas,
bebiendo limonada y mirando a mis primos, los mellizos,
atravesar a la carrera la lluvia artifi cial de las mangueras
del patio. Y ahora estoy aquí, en la clase del señor Patchett,
sudando a mares en mi blazer escolar de poliéster y espe-blazer escolar de poliéster y espe-
rando a que termine esta tortura.
Solo estamos a la mitad de salud y educación física
cuando se ajusta el apretado cuello de su camisa y dice:
«Hora de irse».
Me levanto y pongo mi silla en su sitio, como se supone
que hagamos siempre, agradecida de que el día de la foto
signifi que que la clase termine un poco más temprano. Al
menos así no tendremos que comenzar a leer el primer
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capítulo en el libro de texto: «Yo soy normal. Tú eres nor-
mal: sobre las diferencias en nuestro desarrollo».
Qué asco.
apaga las luces.
Ahí es cuando me doy cuenta de que soy la única que
todavía está esperando a que nos diga que nos pongamos
en fi la. Todos los demás ya van rumbo a la puerta.
Ya estamos en sexto grado, así que no habrá ninguna
madre de la Asociación de Padres y Maestros que nos lleve
a la fotógrafa. El año pasado, nuestra escolta nos animó
con un torrente de cumplidos acerca de lo bellos y hermo-
sos que lucíamos todos en nuestro primer día de escuela,
lo que es una exageración ya que varios de nosotros tenía-
mos las bocas llenas de aparatos o grandes brechas entre
nuestros dientes delanteros.
los estudiantes de sexto grado no tienen al mismo maes-
tro todo el día, como a la señorita Miller en quinto grado.
Ahora tenemos un salón principal y taquilleros. Cambia-
mos de clases. Por fi n podemos hacer una prueba para en-
trar en equipos deportivos.
Y sabemos muy bien qué hacer y adónde ir el día de la
foto… o al menos el resto de mi clase lo sabe. Yo agarro mi
nueva mochila y apuro el paso para unirme a los demás.
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Afuera hay un muro de calor. No será una caminata
larga, pero agosto en la Florida es brutal, así que no hace
falta mucho para que se me empañen los espejuelos y para
que los rizos de mis patillas se pongan más acaracolados.
Hago lo posible por caminar a la sombra del edifi cio, pero
ni modo. El sendero de losas que serpentea al frente del
gimnasio atraviesa el patio interior, en donde no hay ni
una palma fl acucha que nos pueda escudar. Me hace sus-
pirar por uno de esos pasillos con techos de guano que mi
abuelo Lolo construye con las pencas de las palmas.
—¿Cómo luzco? —pregunta alguien.
Me seco los lentes con el borde de la blusa y echo un
vistazo. Todos tenemos puesto el mismo uniforme, pero
noto que algunas de las niñas se hicieron peinados especia-
les para la ocasión. Algunas incluso se plancharon el pelo;
lo puedes notar por las pequeñas quemaduras que tienen
en el cuello. Qué pena que no tengan mis rizos. Eso no
quiere decir que a todos les gusten, por supuesto. El año
pasado, un niño llamado Dillon dijo que me parecía a un
león, lo que me viene muy bien, porque a mí me encantan
esos gatos grandes. Mami siempre me da la lata con que
me quite los mechones de enfrente de los ojos, pero ella no
sabe que esconderme detrás de mi pelo es la mejor parte.
Esta mañana me encasquetó un cintillo aprobado por la
escuela. Hasta ahora, lo único que ha hecho ha sido darme
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un dolor de cabeza y hacer que mis espejuelos luzcan tor-
cidos.
—Oye —digo—. Esto es un horno. Yo me conozco un
atajo.
Las niñas se paran en un pegote y me miran. El camino
que señalo está claramente marcado con un letrero que
dice:
NINGÚN ESTUDIANTE MÁS ALLÁ DE ESTE PUNTO.
A nadie en este grupo le hace mucha gracia violar las
reglas, pero el sudor ya se está acumulando por encima de
sus labios pintados, así que a lo mejor se animan. Se miran
las unas a las otras, pero sobre todo miran a Edna Santos.
—Anda, Edna —digo, decidiendo ir directo a la que
manda—. Es más rápido y nos estamos derritiendo aquí
afuera.
Me frunce el ceño mientras considera las opciones. Ella
será la consentida de los maestros, pero he visto a Edna
saltarse las normas una que otra vez. Nos hace muecas
desde afuera de la clase cuando le dan permiso para ir al
baño. Le cambia la respuesta a una amiga cuando tenemos
que autoevaluar nuestras pruebas. ¿Cuánto peor podría ser
esto?
Me le acerco un paso. ¿Ahora es más alta que yo? Echo
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los hombros hacia atrás, por si acaso. De algún modo, luce
mayor que en junio, cuando estábamos en la misma clase.
¿A lo mejor es el colorete en sus mejillas o el rímel que
le hace esos pequeños círculos de mapache bajo los ojos?
Trato de no mirarla fi jamente y me lanzo con la artillería
pesada:
Abracadabra.
En un santiamén, guío a nuestro grupo a través del
sendero de gravilla. Atravesamos el parqueo del personal
de mantenimiento, esquivando escombros. Aquí es donde
Seaward esconde las podadoras mecánicas y el resto de
las descuidadas herramientas necesarias para hacer que el
campus luzca como en los folletos. Papi y yo parqueamos
aquí el verano pasado cuando tuvimos que trabajar como
pintores a cambio del precio de nuestros libros. Eso no se
lo digo a nadie, por supuesto, porque mami dice que es
«un asunto privado». Pero más que nada, no lo mencio-
no porque quiero borrármelo de la memoria. El gimnasio
de Seaward es una enormidad, así que nos tomó tres días
completos para pintarlo. Además, los colores de nuestra
escuela son rojo-bombero y gris. ¿Tienes idea de lo que
pasa cuando miras fi jamente al rojo brillante por mucho
tiempo? Empiezas a ver bolas verdes frente a tus ojos siem-
pre que miras a otra parte. Pfffff. Vete a ver si puedes dar fffff. Vete a ver si puedes dar fffff
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los retoques fi nales en esas condiciones enceguecedoras.
Por eso nada más, la escuela debería darnos a mí y a mi
hermano Roli toda una biblioteca, no tan solo unos cuan-
tos míseros libros de texto. Papi tenía otras cosas en mente,
por supuesto. «Hagamos un buen trabajo aquí», insistió,
«para que sepan que somos gente seria». Detesto cuando
dice eso. ¿Acaso la gente piensa que somos payasos? Es
como si siempre tuviéramos algo que demostrar.
En cualquier caso, llegamos al gimnasio en la mitad
del tiempo. La puerta trasera está entreabierta, como yo lo
suponía. El jefe de los custodios deja puesto un cajón de
la leche en el umbral para poder leer su periódico en paz
cuando nadie lo está mirando.
—Por aquí —digo con mi voz de mandamás. He
intentado perfeccionarla ya que nunca es demasiado
temprano para comenzar a practicar las habilidades de
liderazgo corporativo, según dice el manual que le envió
por correo la cámara de comercio a papi, acompañado de
unas instrucciones de qué hacer en caso de huracán.
Por el momento, funciona. Las conduzco a través de
habitaciones traseras e incluso pasamos por al lado del ves-
tuario de los muchachos, que huele a blanqueador y a me-
dias sucias. Cuando llegamos a un par de puertas dobles,
las abro orgullosamente. He salvado a todas de la ardua y
horrible caminata bajo ese calor.
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hemos llegado a territorio hostil.
Los grados mayores se han reunido a este lado del
gimnasio para el día de la foto y el ruidoso chirrido de la
puerta ha hecho que todos se viren en nuestra dirección y
nos miren fi jamente. No lucen contentos de tener a “los ni-
ñitos” entre ellos. Se me seca la boca. En primer lugar, son
bastante más grandes que nosotras. Al menos los de nove-
no. Busco a mi hermano por todas partes, con la esperanza
de encontrar protección, pero entonces recuerdo que Roli
ya se tomó su sofi sticada foto de estudiante del duodécimo
grado en julio, en un estudio con aire acondicionado en
el centro comercial. Hoy él no se aparece por aquí ni por
nada. Seguro estará de asistente en el laboratorio de cien-
cia, como es usual, y haciendo sus solicitudes de ingreso a
las universidades mientras tanto.
—Por Dios, pero si son monísimas —dice una mucha-
cha alta, como si fuésemos gatos o algo por el estilo. Inclu-
so da un paso al frente y me pasa la mano por la coronilla.
Me miro a los zapatos, con las mejillas ardientes.
Edna se abre paso más allá de mí, como si no estu-
viésemos rodeadas. Con un volteo de su pelo negro, se hace
cargo de la situación, como acostumbra.
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sigo, pisándole los talones mientras nos guía hacia el otro
extremo del gimnasio.
Ella por lo general es una quisquillosa de cuidado, pero
está demasiado ocupada recogiendo los sobres con el pago
de los estudiantes de sexto grado y ocupándose de contro-
lar al grupo. Aun así, nota que todas soltamos resoplidos y
risitas nerviosas como si acabáramos de sobrevivir una de
esas vueltas espeluznantes en la montaña rusa.
—Silencio, por favor, niñas —nos regaña sin levantar
la vista de su carpeta portafolios cuando llegamos a ella—.
Las damas a la izquierda. Los caballeros aquí. Las camisas
metidas por dentro, por favor. Tengan los formularios y el
dinero listos.
Me pongo en la cola detrás de una niña que se llama
Lena, que lee mientras espera, y hago un gran esfuerzo en
no mirar a la señorita McDaniels que revisa las selecciones
de todos. Mami solo marcó el paquete básico más barato y
resulta que yo sé (porque lo decía en letras gigantes en la
carta que nos enviaron a casa en el verano) que el día de la
foto en Seaward es uno de nuestros eventos más grandes
para recaudar fondos para la escuela. Se supone que de-
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berías comprar muchísimas, como para tu familia en Ohio
que apenas te conoce y cosas por el estilo. Pero casi toda
mi familia vive en mi misma cuadra, una casa al lado de la
otra. Nos vemos todos los días.
Además, mis retratos tampoco es que salgan tan buenos.
Es mi ojo izquierdo el que es el problemático. Aún a veces se
extravía y se fuga, como si quisiera ver algo distante, por su
propia cuenta. Cuando era pequeña, tenía que ponerme un
parche en mi ojo bueno para hacer que los músculos en el
ojo malo se fortalecieran. Y cuando eso no funcionó, me lo
operaron para corregirlo. Pero incluso ahora, el ojo todavía
me da guerra cuando menos lo quiero.
Como en el día de la foto.
Si tan solo, en lugar de esto, la señorita McDaniels me
dejara tomarme mi propia foto. La cámara de mi teléfono
es estupenda. Además, me bajé PicQT, así que es muy di-
vertido editar las fotos que tomo. Lo que más me gusta es
transformar a la gente en su animal favorito. Cachorritos,
caimanes, patos, osos, lo que se te ocurra… incluso mejor
que Snapchat. Esas sí serían buenas fotos para un anuario. sí serían buenas fotos para un anuario.
Le echo un vistazo a Rachel, que está detrás de mí. Con
sus grandes ojos y su naricita pequeña, sería una lechuza
espectacular.
Avanzo en la cola y le doy una ojeada al set de la
fotógrafa. Hay un fondo verde, sábanas en el piso y esas
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grandes sombrillas para fi ltrar la luz. La pobre, tiene pinta
de cascarrabias, pero ¿quién puede culparla? Esto es apunta
y dispara todo el día, nada de diversión. Cuando soñaba
con ser fotógrafa, seguro que no soñó con esto. Es decir,
si yo fuera una fotógrafa, estaría en un safari en alguna
parte, encaramada encima de un jeep y tomándoles fotos a
los rinocerontes para National Geographic. No aquí, en este
caluroso (aunque expertamente pintado) gimnasio.
—La próxima —dice.
La señorita McDaniels le indica con un gesto a Edna,
quien, en el acto, comienza a posar en la banqueta con
facilidad, como si fuese una supermodelo de retratos
escolares. Le doy una ojeada al formulario de Edna en
la mesa. Como me lo imaginé, su sobre dice: «Paquete
Dorado Supremo». Doy un suspiro y cambio de postura.
Le va a tardar un rato a la fotógrafa tomar fotos de cinco
poses con fondos distintos. Al terminar, Edna tendrá fotos
de cada tamaño también, incluidas sufi cientes fotos de bol-
sillo para asegurarse de que todo el mundo en esta escuela
tenga una. Juro que lo único que le falta a su paquete es
una valla publicitaria. Y lo más descabellado de todo es
que cuesta cien pesos. Por esa cantidad de dinero, yo ten-
dría la mitad del adelanto para una bicicleta nueva.
—¿Irás mañana en la mañana, Merci?
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La voz de la señorita McDaniels me toma por sorpresa.
Me doy la vuelta y veo que está junto a mí, mirando a
Edna también. La veo complacida. Edna es el tipo de clien-
te de fotos por quien la administración se desvive.
—Sí, señorita, iré.
Mi estómago da un vuelco incluso cuando lo digo. Ami-
gos del Sol tiene su primera reunión mañana y yo no tengo
ningún deseo de ir. Fui miembro obligatorio el año pasado
cuando me cambié de escuela. A los nuevos estudiantes
los emparejan con sus nuevos amigos (también conocidos
como falsos amigos) desde agosto hasta diciembre, mien-
tras se acostumbran a Seaward. La señorita McDaniels, la
consejera de nuestro club, espera de mí que continúe «la
cadena de favores» y que sea la nueva amiga de alguien nuevo
este año. Supongo que es chévere si te toca un buen amigo,
pero requiere mucho tiempo y yo quiero hacer la prueba
para entrar al equipo de fútbol. Todo este rollo de la amistad
me va a quitar tiempo de práctica después de la escuela.
De todos modos, me he pasado el día buscando una
manera de salirme del programa, y ahora aquí está ella, arrin-
conándome antes de que haya perfeccionado mi excusa.
—A las siete y cuarenta y cinco en punto —dice—. Y
sé puntual. Tenemos muchísimo que hacer.
—Sí, señorita.
—La próxima —dice la fotógrafa en voz alta.
Edna se pone de pie, pero cuando está a punto de en-
tregar la banqueta, le da una mirada a Hannah Kim y se
detiene.
—Un minuto —le dice a la fotógrafa. Saca de su mo-
chila una botellita de espray y rocía un pañuelo de papel.
Entonces aplasta los pelitos que sobresalen como antenas
por la raya al lado del peinado de Hannah—. Así es como
una se deshace de esos revoltosos —dice.
Hannah se queda quieta; luce complacida.
Saco discretamente mi cámara y le tomo una foto a
Hannah mientras la fotógrafa la acomoda. Con dos clics le
estiro el cuello y la convierto en una adorable jirafa, con
cuernos y todo. Hannah escribió un informe sobre las jira-
fas el año pasado cuando estudiábamos la planicie africana.
Son elegantes y nobles —y un poco fl ojas de rodilla—, tal
como Hannah.
—Merci Suárez.
Desaparezco mi teléfono en el preciso instante en que la
señorita McDaniels levanta la vista de su portapapeles. Ella
mantiene un registro de las cosas que confi sca y no quie-
ro que mi teléfono caiga en esa lista. Me galopa el corazón
y las mejillas se me enrojecen cuando doy el paso al frente.
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Por suerte, tan solo llamó mi turno. Los niños de mi clase
comienzan a hacer muecas y a ensanchar las fosas nasales
para intentar hacerme reír. Normalmente no me impor-
taría un pepino, especialmente porque nadie sabe hacer
muecas mejor que yo. El año pasado, solíamos competir
durante el almuerzo y yo siempre ganaba. Mi mejor mueca
es cuando me aplasto la nariz con los meñiques a la vez
que me halo hacia abajo los párpados inferiores con los
índices. La llamo «la fantasma».
Pero Jamie, que está detrás de mí, niega con la cabeza
mirando a los varones y suspira. «Idiotas», dice.
Ahora que me toca a mí, los ignoro lo mejor que puedo.
Me siento en la banqueta exactamente del modo en
que la fotógrafa me dice: tobillos cruzados. El torso vuel-
to hacia la izquierda e inclinándome hacia adelante. Las
manos en el regazo. La cabeza inclinada como un cacho-
rrito confundido. ¿Quién se sienta así? Parezco una víctima
de la taxidermia.
en su voz.
Justo en el momento en que intento decidir si voy a
enseñar los dientes o no, un fl ash enorme se dispara y me
encandila.
Me ignora y revisa las tomas. Deben ser realmente malas
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para que detenga la cola de este modo. Las segundas opor-
tunidades representan tiempo y en los negocios todo el
mundo sabe que el tiempo es oro.
—Intentémoslo otra vez —dice mientras me ajusta los
espejuelos—. Esta vez sube el mentón.
¿El mentón? ¿Me estará tomando el pelo? Ya yo sé que
ese no es el problema. Mi ojo está revoloteando y siento el
suave tirón hacia la izquierda.
—Mira a la cámara, corazón —dice la fotógrafa.
Parpadeo con fuerza y fi jo los dos ojos en su lente, lo
que siempre me hace lucir enfadada, pero es lo mejor que
puedo hacer. Toma y vuelve a tomar fotos en una explosión
de clics del obturador. Debo lucir tan rara como me siento,
pues escucho las risitas a escondidas de los niños.
Al terminar, me bajo de un salto de la banqueta y me
encamino a la gradería, donde están sentados los demás.
Tengo un martilleo en la cabeza por cuenta de este tonto
cintillo. Me lo arranco y dejo que el pelo me caiga en la
cara.
a que suene el timbre.
—Ya cállense —les dice a los niños que están detrás de
nosotros, mientras les sonríe de todos modos.
—Gracias —murmuro.
Me da una mirada y se encoge de hombros.
—No te preocupes por las fotos —dice—. Al fi n y al
cabo, seguro que no compraste muchas.
El timbre fi nal suena y todos se dispersan.
——— ——— Capítulo 2
Roli solo ha tenido su licencia de conducir por unas
pocas semanas y ya hemos perdido el buzón de correo y
dos tachos de reciclaje, producto de sus destrezas al vo-
lante. Incluso nuestro gato, Tuerto, ha aprendido a escon-
derse cuando escucha…