LUDOVICO ARIOSTO

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    22-Jul-2022
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Ludovico Ariosto
Nació el 8 de septiembre de 1474 en Reggio Emilia, Italia. Fue un dramaturgo y poeta, apoyado por la casa de Este, una familia renacentista de mecenas. Escribió sobre el amor, la felicidad, la naturaleza, la pérdida de la esperanza y la fe; además, es considerado como el poeta épico más transcendente de su época. Entre sus obras figuran Orlando furioso (1516), Satire (1534), El nigromante (1535), La cassaria (1508), Suppositi (1509), entre otras.
Falleció el 6 de julio de 1533 en Ferrara, Italia.
Orlando furioso. Cantos del 6 al 10 Ludovico Ariosto
Christopher Zecevich Arriaga Gerente de Educación y Deportes
Juan Pablo de la Guerra de Urioste Asesor de Educación
Doris Renata Teodori de la Puente Gestora de proyectos educativos
María Celeste del Rocío Asurza Matos Jefa del programa Lima Lee
Editor del programa Lima Lee: John Martínez Gonzales Selección de textos: Manuel Alexander Suyo Martínez Corrección de estilo: Margarita Erení Quintanilla Rodríguez Diagramación: Andrea Veruska Ayanz Cuellar Diseño y concepto de portada: Leonardo Enrique Collas Alegría
Editado por la Municipalidad de Lima
Jirón de la Unión 300, Lima
www.munlima.gob.pe
Presentación
La Municipalidad de Lima, a través del programa Lima Lee, apunta a generar múltiples puentes para que el ciudadano acceda al libro y establezca, a partir de ello, una fructífera relación con el conocimiento, con la creatividad, con los valores y con el saber en general, que lo haga aún más sensible al rol que tiene con su entorno y con la sociedad.
La democratización del libro y lectura son temas primordiales de esta gestión municipal; con ello buscamos, en principio, confrontar las conocidas brechas que separan al potencial lector de la biblioteca física o virtual. Los tiempos actuales nos plantean nuevos retos, que estamos enfrentando hoy mismo como país, pero también oportunidades para lograr ese acercamiento anhelado con el libro que nos lleve a desterrar los bajísimos niveles de lectura que tiene nuestro país.
La pandemia del denominado COVID-19 nos plantea una reformulación de nuestros hábitos, pero, también, una revaloración de la vida misma como espacio de
interacción social y desarrollo personal; y la cultura de la mano con el libro y la lectura deben estar en esa agenda que tenemos todos en el futuro más cercano.
En ese sentido, en la línea editorial del programa, se elaboró la colección Lima Lee, títulos con contenido amigable y cálido que permiten el encuentro con el conocimiento. Estos libros reúnen la literatura de autores peruanos y escritores universales.
El programa Lima Lee de la Municipalidad de Lima tiene el agrado de entregar estas publicaciones a los vecinos de la ciudad con la finalidad de fomentar ese maravilloso y gratificante encuentro con el libro y la buena lectura que nos hemos propuesto impulsar firmemente en el marco del Bicentenario de la Independencia del Perú.
Jorge Muñoz Wells Alcalde de Lima
ORLANDO FURIOSO CANTOS DEL 6 AL 10
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Canto 6
¡Oh, mísero el que obrando mal confía que siempre su delito oculto reste, pues, cuando todos callan, con porfía la tierra y aire dan cuenta de este! Y Dios hace que, luego de algún día que deja al pecador que el mal deteste, él mismo, sin que a hablar nadie lo llame, inadvertidamente lo proclame.
Había creído il necio Polineso que su obra enteramente escondería, quitándose a Dalinda con suceso, que solo ella el delito conocía; y, añadiendo al primero este otro exceso, aprestó el mal que diferir podía quizás, o desviar de su camino; mas por mucho aguijarlo a morir vino;
y a un tiempo perdió amigos, vida, estado, y honor, de entre los cuatro el mayor daño. Ya dejé dicho que le fue rogado
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decir quien fuese al esforzado extraño. Al fin el yelmo alzó, y el rostro amado mostró que hurtó a la gente aquel engaño; y se vio claro que Ariodante era aquel que había llorado Escocia entera;
aquel al que su hermano había por muerto llorado, y, junto a él, Ginebra había, y corte y rey y pueblo al descubierto: tal era su bondad y valentía. Mentido cuanto dijo de él, e incierto el peregrino ahora parecía; mas fue verdad que del marino tajo lo vio tirarse al mar cabeza abajo.
Mas (como suele darse en el suicida que de lejos desea hallar la muerte y la odia en la ocasión de la partida, tanto le es el paso amargo y fuerte) Ariodante, en tocando la rota, renegó de morir, y por ser fuerte y diestro más que nadie en esta posta rompió a nadar y regresó a la costa;
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y, odiando y despreciando como loca aquella furia de acabar la vida, vagó bañado, y arribó a una roca en que un pobre ermitaño hacía vida. Allí oculto de toda lengua y boca paró hasta ver si al ser su muerte oída, del caso aquel Ginebra se alegraba o en cambio con dolor la lamentaba.
Supo después que de dolor tan fuerte a punto de morir Ginebra estuvo (que al fin la fama se extendió de suerte que en toda Escocia de decirse tuvo), contrario efecto aquel al que en su muerte creyó que dentro de Ginebra hubo. Y supo luego que con crudo porte Lurcanio la acusó ante el rey y la corte.
No menos de ira ardió contra el hermano que por Ginebra ya de amor ardiera; que el acto reputó cruel e inhumano, por más que por él mismo hecho lo hubiera. Y oyendo que no había quien la mano en defensa de Ginebra allí ofreciera
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(que era Lurcanio tan fuerte y valiente que obviaban todos el tenerlo enfrente;
pues quien lo conocía, lo juzgaba tan discreto, tan sabio y tan despierto que, aunque no fuese cierto lo que hablaba, no quería arriesgarse a ser de él muerto; y así la mayor parte rehusaba tomar defensa que saliese a tuerto), Ariodante, tras gran estudio, piensa hacer ante el hermano él la defensa.
«¡Ay, triste!», se decía, «no podría sentir por causa mía que ella muera: mi muerte más que amarga y cruel sería si antes de mí morir a ella la viera. Ella es mi dama, mi consuelo y guía, ella es la luz en que mi ser prospera: justo es que a tuerto o a derecho acuda, y muerto acabe al hierro por su ayuda.
Sé que contra razón en campo entro y he de morir; mas si algo hay que me apene, es que sé que muriendo yo allá dentro,
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mujer tan bella luego a morir viene. Solo un consuelo en el morir encuentro, y es que si Polineso amor le tiene, habrá podido ver por cosa clara que no dio por su ayuda ni aun la cara.
Y a mí, que tan patente me ha ofendido, verá que, por salvarla, soy difunto. De mi hermano también, porque ha encendido tal fuego, tomaré venganza a un punto; que ha de penar, después que haya entendido cuál es el fin de su cruel asunto; habrá creído vengar así al hermano y en cambio lo habrá muerto por su mano».
Cuando quedó su pensamiento mudo, nuevas armas tomó, nueva montura, y negra sobreveste, y negro escudo con adornos de verde en la factura. Por caso un escudero hallarse pudo de nadie conocido, y lo procura; y así encubierto (como he ya narrado) se presentó contra el hermano armado.
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Dejé contado ya como acaeciera, y como conocido fue Ariodante. No menos satisfizo al rey que él fuera que el ver su hija otra vez libre del plante. Y así pensó que nunca se pudiera hallar más fiel y más rendido amante, pues contra el propio hermano su defensa quiso tomar después de tanta ofensa.
Y por su inclinación (que asaz lo amaba), y los ruegos constantes de la corte y del franco, que más que nadie instaba, lo hizo de su bella hija consorte. El ducado que el rey recuperaba al morir Polineso en justa corte, vacar no pudo en más propicia empresa, pues por dote lo entrega a la princesa.
Rogó para Dalinda el franco gracia, y al fin se le excusó el error presente; y ella haciendo voto, y porque sacia ya era del mundo, a Dios volvió la mente: como monja partió para la Dacia, y Escocia abandonó inmediatamente.
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Mas tiempo es ya de que a Rogelio atienda que surca el viento con ligera rienda.
Por más que sea Rogelio valeroso y no muestre su piel la color roja, no quiero yo creer que tembloroso no tenga el corazón más que una hoja. Lo saca el volador corcel brioso de Europa, y a distancia ya lo arroja fuera del natural y grande hito que fue a las naves de Hércules prescrito.
Este hipogrifo, extraña y grande ave, tan presto es en el vuelo y tan gallardo, que en mucho excedería a aquel muy grave, raudo ministro del fulmíneo dardo. No cruza el cielo otro animal tan suave, que otro cualquiera fuera a esto más tardo: presumo apenas que saeta o trueno caigan del cielo con más débil freno.
Después que hubo el corcel mucho volado, en línea recta, sin jamás desviarse, con amplios giros, ya del cielo hastiado,
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sobre una isla comenzó a posarse, similar esta a aquella en que, al pasado tras mucho de su amante Alfeo celarse, llegó la virgen Aretusa en vano por paso bajo el mar ciego y arcano.
No vio más bella ni agradable tierra en todo el vuelo en que extendió la pluma; ni aunque hubiera una vez vuelto la Tierra, habría visto más fecunda suma; como era aquella en que la bestia atierra después que un giro último consuma: verdes collados, lúbricas llanuras, umbrosos valles y corrientes puras.
Bellos bosques de altos palmerales, de amenísimos mirtos y laureles, cedros y preñadísimos frutales trenzados en curiosos capiteles, daban de las calores estivales abrigo entre sus tupidos doseles; y entre sus tiernos ramos protectores cantando rebullían los ruiseñores.
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Entre albo lirio y rosa colorada, que siempre verdes fresca aura conserva, tenían conejo y liebre allí morada; y con su altiva frente allí la cierva sin temer ser de cazador cazada o pace o rumia la jugosa hierba; saltan el gamo y cabritillo alpestre que abundan en aquel lugar silvestre.
Cuando es tan cerca el ave de la tierra que ya no siente peligroso el salto, presto el arzón Rogelio desaferra y a aquel frondoso edén su pie da asalto; mas aún el puño con las riendas cierra, por que el bruto sin él no ascienda al alto.
Lo amarra al cabo en el confín marino a un mirto que hay entre un laurel y un pino.
Y allí donde brotaba limpia fuente ceñida en derredor de cedro y palma, deja el escudo, el yelmo de la frente se saca, y se desarma con gran calma; y al monte y a la costa alternamente
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el rostro vuelve al aura fresca y alma, que hace temblar con sus murmullos finos las cimas de las hayas y los pinos.
Moja en el agua clara y fresca luego la boca, y chapotea aquella aguaza, a fin que de las venas salga el fuego que sufre del vestir con la coraza. No es mucho que haga de ella ahora reniego, que no sido el volar batirse en plaza; y, así, sin reposar de armas fornido tres mil millas sin pausa ha recorrido.
Estando allí, el corcel que había dejado entre las densas ramas a la sombra, para huir se revuelve, amedrentado de no sé qué que en el vergel lo asombra; y tanto bate el mirto al que es ligado que el pie no avanza más la verde alfombra: las hojas caen, cuando aquel mirto bate, mas no ocurre que el ave se desate.
Como el tronco tal vez, que la medula tenga vacía, y sea al fuego puesto,
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después que el infernal calor anula de la interna humedad el postrer resto, se abrasa y el calor por él circula tanto que crepita al fin molesto; así cruje y murmura y se espereza el mirto, y al fin abre la corteza.
A través de la cual con débil brío expedita una voz tenue se cuela que dice: «Si eres tú cortés y pío, como tu apuesto porte me revela, desata este animal del árbol mío; me baste el propio mal que me flagela, sin otra cuita o pena otra cualquiera que venga a atormentarme más de fuera».
No oyó la voz Rogelio, cuando vuelve el gesto al mirto y se alza a la carrera; y, luego que habló el mirto resuelve, pasmado queda más que nunca fuera. La rienda de aquel tronco desenvuelve, y rojo de vergüenza así pondera: «Quienquiera que te seas tú, perdona, o alpestre ninfa, o alma de persona.
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El no haber conocido que se esconda bajo esta tu corteza ánima humana, me ha llevado a turbar tu bella fronda y hacerte ofensa al mirto así villana; mas no calle tu voz que no responda quién seas tú, que en forma así inhumana con alma racional y voz habitas, si el hielo a permisión del cielo evitas.
Y si ahora o nunca puedo este despecho con alguna fineza compensarte, prometo por la dama que este pecho me hurtó y conserva de él la mejor parte, que haré con la palabra y con el hecho que tengas justa causa de alegrarte». Cuando dio fin Rogelio a su desvelo, tembló aquel mirto de la copa al suelo.
Se vio después sudar por la corteza, como leño que apenas desgajado siente venir del fuego la crudeza después que en vano todo lo ha intentado, y respondió: «Me esfuerza tu fineza a descubrirte junto y de contado
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quién antes fuese, y quién mudado me haya en el mirto que ves sobre esta playa.
Astolfo un tiempo fui, un tiempo cuando era de Francia par, temido en guerra, y primo de Reinaldo era y de Orlando, cuya fama ningún límite encierra; yo esperaba heredar un día el mando con que mi padre Otón rige Inglaterra. Tan bello fui que ardió por mí más de una, y al fin debo a mí solo mi fortuna.
De vuelta de las ínsulas lejanas que baña el indio mar en el levante, donde a mí y a Reinaldo de tiranas prisiones nos cargó el rey Monodante, de las cuales las fuerzas sobrehumanas nos liberaron del señor de Anglante, pasaba yo la costa hacia poniente que del septentrión la furia siente.
Y, porque es la fortuna flaco envergue y rompe, nos llevó (¡oh, aquí mezquina!) sobre la playa en que el fortín se yergue
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de la lasciva y poderosa Alcina. La hallamos cuando había de su albergue salido, y allí sola en la marina sin red y sin anzuelo a sí atraía todos los peces que del mar quería.
Veloz veía el delfín salir a flote, y el gran atún llegar a ella alentoso, la foca, el león de mar o el cachalote interrumpir su sueño perezoso, salmonete, salmón, salema a escote nadar en fila a ritmo prodigioso, pez sierra, cachalote, orca y ballena sacar el dorso en monstruosa escena.
Una ballena en esto divisamos la mayor que en el mar jamás se viese. Once pasos o más le calculamos que el dorso inmenso sobre el mar midiese. Todos de un mismo error nos engañamos, nacido de que nunca se moviese, y es que un islote el animal creemos, pues tan distantes son sus dos extremos.
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La maga pez tras pez de la marina hacía salir con encantado ruego. Del mismo parto que Morgana Alcina nació, y no sé decir si antes o luego. Me ve apenas, y al punto le fascina mi gesto, y en el suyo muestra el fuego, y urde retenerme allí en su plaza con cierto engaño, y se empleó en la traza.
Nos atajó con faz amable y leda, con ademán gracioso y complaciente; y dijo: —Como aquí gustarles pueda, hacer descanso hoy entre mi gente, yo les haré ver en mi copiosa preda gran variedad de peces diferente: el escamoso, el mórbido, el de pelo, tantos o más que estrellas tiene el cielo.
Y si es lo que quieres ver la sirena que con su dulce canto el mar sosiega, podemos ir a aquella opuesta arena donde a esta hora siempre una se llega—. Y apunta el dedo a aquella gran ballena que ser islote cree la vista ciega.
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Yo, ¡ay mísero!, que siempre fui en exceso curioso, en aquel pez cargué mi peso.
Dudón me exhorta entonces, e igualmente Reinaldo a no ir, y más esto me apronta. La maga satisfecha y sonriente dejando a aquellos dos, tras de mí monta. La ballena en su empleo diligente las olas de aquel mar surca y remonta. Bien pronto llegué de esto a arrepentirme, mas ya muy lejos de la tierra firme.
Al mar Reinaldo se lanzó y a nado fue en mi socorro, y casi en él se ahoga, porque un furioso noto inesperado cubrió el cielo y el mar con negra toga. Lo que después de él fue, no he averiguado. Alcina entonces mi cuidado afoga, y aquel día entero y la siguiente noche me tiene sobre aquel monstruoso coche;
hasta que al fin en esta isla vara que es posesión de Alcina casi entera, después de que a una hermana la usurpara
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que sola el padre hizo su heredera, la única legítima que hallara, pues (según me informó quien mucho era secretamente sabedor de esto) son las dos otras, fruto del incesto.
Y, cuanto son inicuas y malvadas e inclinadas al vicio más caído, con casta vida y obras señaladas así su corazón la otra ha ofrecido. En su contra las dos son conjuradas y ya más de un ejército han fornido con los que, por echarla de su estado, ciento las plazas son que le han quitado.
Y no tendría ya un palmo de tierra esta que Logistila es llamada, si un golfo a un lado no hay que el paso cierra y al otro una montaña inhabitada, tal cual tienen Escocia de Inglaterra un río y un macizo separada. Mas no tan pobre ambas creen a esta que no quieran tomar lo que aún le resta;
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pues ambas en su vicio y perdimiento la odian por ser ella casta y santa. Mas por seguir de nuevo con mi cuento y descubrirte cómo acabé planta, diré que Alcina en suave apartamiento me tenía, y ardía en llama tanta como aquella en que estaba yo por ella al verla tan cortés conmigo y bella.
Gozaba yo sus miembros desmedido al punto que pensé tener por junto cuanto entre los demás es repartido, a unos más, a otros menos, nunca junto; y puse a Francia y todo en el olvido, siempre en contemplación de aquel conjunto: toda aspiración, todo deseo colmaba ella y era de ella reo.
Yo de ella era entre tanto el más amado, que no cuidaba Alcina más de otros; Se vio cualquier amante otro dejado, pues antes que yo hubo muchos otros. Día y noche me tenía siempre al lado, a mí me hizo imperar sobre los otros:
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a mí creía, a mí se confiaba; jamás con ningún otro dialogaba. Mas, ¡ay!, ¿por qué mi herida ahora toco, sin esperanza ya de medicina? ¿Por qué el pasado bien ahora evoco, cuando hoy padezco extrema disciplina? Cuando feliz pensé que fuese, y loco creía que me amase más Alcina, el corazón que puso en mí, traspuso, y en otro nuevo amor su amor dispuso.
Tarde entendí su natural mudable, que suele amar por desamar muy presto. Dos meses la gocé, y al cabo instable un nuevo amante colocó en mi puesto. De sí me apartó Alcina interesable y de su gracia al fin me vi depuesto; y luego supe que hasta igual jornada llevó a otros mil, y a todos desgraciada.
Pues porque ellos no vayan por el mundo pregonando una vida así lasciva, aquí y allá, por el vergel fecundo, transforma uno en abeto, otro en oliva,
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otro en palmera o cedro, otro al segundo en esto en que me ves a mí cautiva, otro en líquida fuente, alguno en fiera, según tome capricho esta hechicera.
Tú que has llegado a esta isla aciaga, señor, por vía nueva y nunca usada, después que su hoy amante por ti haga o roca u onda o cosa asemejada, tendrás el valimiento de esta maga, y más que el bien que habrás, no creerás nada; mas sabe que será el fin de tu medra ser hecho o fiera o fuente o leño o piedra.
Te doy yo liberal aviso de esto, no porque crea que ha de aprovecharte; mas es mejor si el porvenir te apresto y sabes de sus hábitos en parte; pues tal vez como es diverso el gesto son diversas también la traza y arte. Quizás tú sepas descubrir el daño, que a mil antes que a ti trajo su engaño».
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Rogelio, que sabía por la fama que Astolfo de su dama primo era, mucho sintió que en ser de tronco y rama la forma natural mudado hubiera; y por amor de aquella que más ama (si es que sabido hubiese la manera) le habría hecho merced; mas ayudarlo no podía ya más que en confortarlo.
Como pudo mejor lo hizo; y quiso saber si fácilmente al reino hallara de Logistila paso agreste o liso que aquel de Alcina nunca atravesara. De que uno hallara el árbol le dio aviso todo de lajas lleno, abrojo y jara, si, andando un poco y yendo a la derecha, subía el alto alcor por senda estrecha. 
Mas no creyendo que seguir pudiera mucho el camino por aquella estrada, pues gran grupo de gente ardida y fiera habría de topar allí emboscada: los pone Alcina en torres y tronera a fin de que no salga el que hizo entrada.
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Rogelio agradeció al mirto lo oído y fuese al fin bien sabio e instruido.
Llegó al corcel, lo desató y la rienda tomó y a pie los dos fueron en fila, pues no quiso montar la ave tremenda temiendo el mal frenar que el ave estila. Trazaba cómo a salvo andar la senda que se lleva al país de Logistila. Resuelto estaba a acción de toda clase, con tal que Alcina no lo sujeta.
Pensó subir de nuevo a su caballo, y lanzarse volando a otra carrera, mas luego halló que fuese mayor fallo, pues no acataba el freno aquella fiera. «Por fuerza pasaré, si mal no hallo», decía entre sí, mas vana traza era: no había andado dos millas la marina, cuando topó ante sí el fortín de Alcina.
Vio una muralla larga en lontananza que un gran campo en redor circunda y cierra; y parece que el cielo casi alcanza
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y que es de oro de ley de almena a tierra. Cronista hay que opinión contraria lanza, y dice que es de alquimia, y quizás yerra, o tal vez con razón sigue en sus trece; digo oro yo, pues tanto resplandece.
Ya cerca de los muros cuya hechura jamás gozó en el mundo otro castillo, dejó la senda que por la llanura ancha y derecha andaba hasta el rastrillo; y a mano diestra a aquella que a la altura iba, giró tomando hosco pasillo; mas presto se topó la inicua hueste que le turbó el andar la senda agreste.
Jamás se vio legión que más asombre, de aspecto más horrible y más funesto: unos siendo del cuello abajo hombre muestran de simio o bien de gato el gesto; de otros según el pie fauno es el nombre, otros centauro son ágil y presto; mozos procaces son, torpes abuelos, desnudos unos y otros todo pelos.
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Hay quien sin freno en un corcel galopa, quien lento en asno va o en buey lo imita, hay quien sobre centauro en esta tropa o águila, o grulla o avestruz milita; quien cuerno en la boca trae, quien copa, quien macho o hembra es o hermafrodita, quien trae arnés o escala trae de esparto, quien lima, quien palanca en aquel parto.
De ellos el caudillo se veía haber el vientre antes atestado, y sobre un gran galápago venía de paso fatigoso y reposado. A un flanco y otro había quien lo regía, porque era él de la turca adormilado; uno el sudor secaba, otro la baba, otro la sucia ropa le aireaba.
Uno de forma humana en pies y vientre, y perro en la testuz, cuello y oreja, contra Rogelio ladra, a fin que él entre en la bella ciudad que detrás deja. «¡No será —dijo él— que allí me adentre, si esta la mano de regir no ceja!»,
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y el arma al punto le mostró desnuda, mientras dirige a él la punta aguda.
Pretende el monstruo herirlo con la lanza, mas ágil él se zafa de aquel perro; y una estocada tal le dio en la panza que un palmo por la espalda salió el hierro. Ase el escudo y contra más se lanza, mas mucho tropel hay que guarda el cerro, contra él de aquí y de allí la turba cierra, él la contrasta y hace áspera guerra.
Tallando al cuello va o a la cintura muchos de aquella inicua e infame raza, pues de yelmo su espada apenas cura, de escudo, de pancera o de coraza; mas tanto siente de ellos la apretura que fuera menester, para hacer plaza y apartar de una vez al pueblo reo, tener más brazos él que Briareo.
Si descubrir allí hubiese querido el escudo que fue del nigromante (hablo de aquel con que moría el sentido,
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aquel que en el arzón dejara Atlante), habría aquel tropel presto vencido y le hizo caer ciego delante; mas hizo bien en despreciar tal maña, que quiso usar virtud y no artimaña.
Resuelto allí a morir ha decidido antes que haber prisión de aquella gente. De pronto ve salir de aquel bruñido muro que creo yo de oro luciente, dos damas que en el porte y el vestido no son de humilde cuna ciertamente, ni de pastor con estrechez criadas, sino en lujosa corte regaladas.
Las dos traen unicornio por montura más cándido que es cándido el armiño; las dos son de tan única hermosura y tan rico es su hábito y su aliño, que aquel que ahora las viese en la llanura requiriera para hacer fiel escudriño ojos de dios; y el juicio al fin sería que una es Belleza y otra es Bizarría.
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Las dos se acercan al lugar del prado donde acucia a Rogelio el tropel fiero. Toda la turba entonces se echa a un lado y le ofrecen la mano al caballero, que del rubor con gesto colorado dio gracias de aquel acto lisonjero, y aceptó ante sus ruegos por decoro volver el paso a aquella puerta de oro.
El friso que en la puerta está de modo que un poco sobresale hacia adelante, no tiene parte que no cubran todo las más preciosas gemas de levante. Reposa de aquel arte el peso todo en cuatro pilas de íntegro diamante. Ya sea obra real o sea fingida más bella obra no hay ni distinguida.
Por las columnas y la puerta de oro corretean impúdicas doncellas que si el debido femenil decoro guardasen más, serían quizá más bellas. Con verdes mantos van todas a coro, tocadas de guirnaldas todas ellas,
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y con gesto galante y dulce aviso Rogelio hacen entrar al paraíso;
que bien tal nombre a aquel lugar conviene donde presumo yo que amor naciera. Con otro empleo más no se entretiene que fiesta o danza o juego el que allí fuera; jamás meditación sensata tiene ser racional que allí se recogiera: jamás hay displacer allí ni inopia, pues lleno el cuerno trae siempre la copia.
Aquí, donde con dulce y mansa frente parece que el abril siempre sonría, mozos y mozas hay; el que en la fuente canta con dulce y suave melodía, el que a sombra de un árbol felizmente o juega o danza o intelecto cría, y el que, lejos del resto, al ser que ama descubre los excesos de su llama.
Por las ramas de hayas y de pinos, de erizados abetos y laureles, mil niños dios revolotean vecinos,
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gozando unos el triunfo ante sus fieles, tendiendo otros la red, otros ladinos aguardando a asaetar mozos noveles; lo hay que en un arroyo el dardo enfría y el que en un ripio de aguzarlo fía.
Allí alazán le fue a Rogelio dado grande, gallardo y fuerte como un toro, de arnés preciosamente recamado todo de pedrería y fino oro; y dejaron a cargo del alado, aquel que obedecía al viejo moro, a un pajecillo porque de él se tira con paso que a Rogelio no se alcanza.
Las dos damas de hermosa y blanca cara que del tropel lo habían defendido, de aquel tropel que antes le cerrara la senda que a la diestra había cogido, le dijeron: «Señor, la fama clara que hemos en sus obras conocido, tal es que nos alienta a que les pidamos merced con que salir del mal podamos.
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Corriente hay que cerca de la villa esta llanura en dos partes divide, do una que el nombre de Erifila pilla defiende el puente, e inquieta y tasa pide a quien cruzar pretenda a la otra orilla. Giganta es por el gran alto que mide, de dientes de mordisco venenoso y uñas con que araña como un oso. Y fuera de que siempre obste el camino que libre fuera si no diese el alto, corriendo a veces el jardín vecino a unos y a otros da gran sobresalto. Sepan que de entre aquel pueblo asesino que fuera de la puerta les hizo asalto, muchos sus hijos son, todos secuaces, como ella, impíos, fieros y rapaces».
A lo cual respondió: «No una batalla, hiciera por ustedes sino ciento, de cuanta fuerza en mí o virtud se halla, valeos como sirva a su intento; que visto yo con armadura y malla no por ganar para mi hacienda aumento,
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mas por satisfacción de las querellas, y más si son de damas así bellas».
Ambas la oferta aquella agradeció digna de un caballero, como él era, y hablando de este modo al fin vinieron al puente que da paso a la ribera; donde aquella criatura altiva vieron vestir una armadura de oro entera. Mas para el canto que vendrá difiero cómo la combatió aquel caballero.
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Canto 7
Quien marcha lejos de su patria, admira cosas tan lejos de pensar que hallará, que, al narrarlas después, las creen mentira y al fin en falso y embustero para; que el necio vulgo como falsa mira la cosa que no toca o no ve clara. Por esto sé que la ignorancia mucha hará dudar al que mi canto escucha. Más goce o no de crédito, no curo de cuál sea el parecer del vulgo lento: sé bien que a ti parece hecho seguro, porque les alumbra claro entendimiento; y así para ti solo yo procuro que suave el fruto de mi intento. Dejé el discurso cuando la ribera vieron guardada de Erifila fiera.
Venía armada del metal más fino que ornaban gemas de muy varia veste: rubí encarnado, topacio citrino, verde esmeralda y cordón celeste.
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Tenía por montura, no un rocino, sino un rabioso lobo al puesto de este, un lobo sobre el cual guardaba el río de arnés de extraordinario y rico avío.
De tal tamaño Apulia no los cría: era más que un buey robusto. Pues no espumar su boca el freno hacía, no sé cómo lo guíe ni lo arreste. Al fin, el pestilente ser traía del color del sablón la sobreveste, que, fuera del color, era del corte del que usan los prelados en la corte. Como insignia en escudo y encimera portaba un sapo hinchado y venenoso. Las damas le mostraron cómo era al caballero aquel ser monstruoso venido a darle atajo en la ribera, como antes hizo a mucho insidioso. Que vuelva atrás, ella a Rogelio grita; toma él la asta, y a luchar la incita.
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No menos atrevida la giganta calza el estribo, el gran lobo espolea, en ristre la asta contra él levanta, y hace temblar la tierra en que campea. Más muere sobre el prado furia tanta, cuando Rogelio el yelmo le golpea, y en modo del arzón la desaloja que a seis brazos o más detrás la arroja.
Y, cuando ya con desenvainada espada venía a desgajarse la cabeza, pues bien, lo podía hacer según postrada yacía Erifila mansa de una pieza, «No hagas venganza ahora despiadada —gritaron las doncellas—, que es crudeza. Contén cortés el frío acero y tente: baste el desdén de atravesar el puente».
Un poco más, pasada la ribera, siguieron arriscada y hosca vía, que, fuera de que angosta y dura fuera, casi la loma sin torcer subía. Mas, ya salvada, al fin a ancha pradera salieron que al pasar la cima había,
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donde vieron el más bello y jocundo palacio que jamás se vio en el mundo.
Alcina apareció entonces delante, rindiéndole a Rogelio franca entrada, y lo acogió con señorial semblante, de todo un gran cortejo rodeada. De todos tanto fue el honor galante que oyó el guerrero y recibió la espada que no habría sido más ni de más celo, si hubiese descendido Dios del cielo.
No ya el bello palacio era excelente porque excediera a todos en riqueza, más por tener la más dichosa gente que hay en el mundo y de mayor nobleza. Poco era uno de otro diferente: todos de tierna edad y de belleza; era Alcina entre todos la más bella, como es más bello el sol que toda estrella.
Era tanto en el talle bien formada cómo pintó jamás pintor ilustre; de tan rubia melena ensortijada
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que no hay oro que más esplendor y lustre. Teñían su mejilla delicada la rosa entreverada y el aligustre; era terso marfil su gentil frente, de proporción perfecta y consecuente.
Dos negros ojos no, dos soles claros, flanquean dos negras cejas arqueadas, al mirar dulces, y a volverse avaros, en los que amor con alas delicadas descarga su carcaj de mil disparos en aquellos que atajan sus miradas. El bello gesto una nariz divide que aun la envidia a alabar no se comide.
Bajo ella está, no haciendo al resto agravio, la boca de cinabrio húmeda y blanda; que, al abrir y cerrar el dulce labio, muestra de perla en él gemela banda; de allí sale una voz de son tan sabio que el más tosco y más duro pecho ablanda; la risa es tal que en el terrestre piso descubre a voluntad el paraíso.
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Es blanca nieve el cuello y leche el pecho; torneada la garganta por de fuera; el busto que en marfil parece hecho va y viene como onda en la ribera, que alza la brisa del lecho marino. Ver Argos lo que resta no pudiera, más se puede juzgar que corresponde a aquello que se ve lo que se esconde.
Justos los brazos son en la medida y en la cándida mano que presenta la longitud y anchura convenida, no hay vena o imperfección que le haga afrenta. Remata su persona distinguida el breve pie sobre el que el talle asienta. Su angélico ademán, propio del cielo, no se puede ocultar tras ningún velo.
Es todo en su figura anzuelo suave, ya ría o hable o cante o mueva el paso: no es mucho que Rogelio preso acabe, pues tan cortés y bella la haya al caso. De aquello que del mirto oyera y sabe, de cuánto es cruel e impía, no hace caso;
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que no concibe engaño ni cautela que se halle en ademán que así amarla.
Antes que a cosa tal, a creer se inclina que fuese Astolfo así sobre la arena, porque alguna impiedad o acción mezquina lo hiciese digno de esta y de más pena; y todo cuanto oyó que fuese Alcina lo estima falso y como tal condena, y que la envidia y el despecho empuja a calumniar a aquel que el mal aguja.
La bella dama que tan firme amaba la siente ya del corazón partida, pues por hechizo Alcina se lo lava de toda hecha de amor antigua herida; y de sí sola y de su amor lo graba, y ella sola en él queda esculpida. Así, pues, no culpable se le debe, así entonces se mostró inconstante y leve.
Cítara, lira y arpa en el convite y otros semejantes instrumentos
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hacen temblar el aire con su envite dulce, armonioso y lleno de conceptos. No falta voz allí que en son compite cantándole al amor y a sus contentos, y que con invenciones y poemas pinte las gracias del amor supremas.
¿Qué mesa, pues, triunfante y suntuosa más que la corte vio jamás de Nino, o más que aquella célebre y famosa que dio Cleopatra al vencedor latino, puede igualar a esta que amorosa ofrece Alcina al bravo paladino? No creo que otra tal deje servida a Júpiter aquel garzón de Ida.
Cuando hubo ya el banquete concluido, hicieron juego en corro muy discreto, que trata de que uno a otro al oído diga, según su gusto, algún secreto; y así fácil les fue, de nadie oído, decir su amor sin miedo al indiscreto: al fin concierto entre los dos fue hecho de aquella noche compartir el lecho.
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Dio aquel día más temprano fin el juego de lo que era en aquel lugar costumbre, y entraron pajes que las sombras luego deshicieron con hachas de gran lumbre. Marchó Rogelio al catre tras el fuego, siguiendo a aquella amable servidumbre hasta un fresco y riquísimo aposento, de todos el más noble y opulento.
Y, luego que otra vez de dulce y vino fue regalado con amable gesto, y, honrando en el adiós al paladino, partió a la propia habitación el resto; Rogelio entró en el perfumado lino que bien podía Aracne haber compuesto, más atento al oído e impaciente, por si llega la bella maga siente. Con cada sutil ruido que él oía, pensando que ella fuese, el cuello alzaba; y, a veces con ficción creer sentía, y luego de su engaño suspiraba. Salía del lecho y fuera a ver salía, miraba fuera y nada fuera hallaba,
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y mil veces maldijo aquella hora que el bien, pues nunca pasa, le demora.
«Ya llega», de continuo se decía, y a contar comenzaba cada paso que había o que hubiese suponía entre su estancia y la de Alcina acaso. Con estas y otras trazas divertía aquel cruel y sin final retraso, temiendo que impidiese algún estorbo aquel aún no apurado dulce sorbo.
Alcina, luego que con buen perfume su adorno tras gran pausa al fin completa, llegado el tiempo aquel en que presume que yace aquella corte en sueño quieta, deja su estancia y sigilosa asume llegar por galería harto secreta allá donde la fe y el temor junto a Rogelio combaten en un punto.
Cuando descubre el sucesor de Astolfo ante él mostrarse aquellas dos estrellas, ardiente —y perdonen, si aquí me engolfo—
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no cabe en sí y olvida sus querellas. Ya ciego de pasión nada en el golfo de las delicias y las cosas bellas; salta del lecho y contra sí la aprieta, y no puede esperar que en él se meta;
aunque no vista falda y guardainfante; que envuelta se llegó en gasa delgada, a una camisa sola circundante, blanca y sutil y en todo harto extremada. Rogelio la abrazó, y en ese instante cedió el manto, y quedó solo tapada del velo que al cubrir no es más avaro que lo es con rosa o lirio un cristal claro.
No con tan recio ni tan firme lazo la hiedra el grueso árbol encadena como ambos hechos uno en un abrazo liban de sus labios tan amena flor como dio jamás ningún ribazo indio o sabeo en la olorosa arena. Declaren ellos qué placer provoca tener más de una lengua en una boca.
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Era este encuentro allá dentro secreto o al menos, si no tal, siempre callado; que raramente obtuvo el ser discreto censura porque fue siempre alabado. Caricias, cortesías y respeto a Rogelio le rinde aquel senado: cuanto hay allí lo alaba y se le inclina, que así lo quiere la abrasada Alcina.
Ningún gusto a las dos plácidas restas que todos caben en aquella holganza. Mudan al día la ropa que traen puesta dos y tres veces, según sea la usanza. A veces en banquete están o en fiesta, o justa, o lucha, o farsa, o baño, o danza. Ya en frescos sotos al lugar contiguos los versos de amor leen de los antiguos;
ya por umbrosos valles y por cerros les dan caza a las liebres temerosas;
ya a los faisanes con sagaces perros ahuyentan de las matas más frondosas; ya lazos a los tordos, o ya hierros
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tienden en las sabinas olorosas; o ya con red o ya cebo y anzuelo turban los peces con paciencia.
Gozaba, pues, Rogelio gloria y fiesta mientras luchaban Carlos y Agramante, cuyas historias no querría por esta olvidar, u olvidar a Bradamante, que con trabajos y pensión molesta lloraba aún al deseado amante que había por desusada y nueva vía visto llevar, y a dónde no sabía.
De esta primero y de no del resto digo, que gran tiempo vagó buscando en vano por bosque espeso y campo sin abrigo, por villa, por ciudad, por monte y llano; sin dar jamás con su querido amigo, que vio cómo lo hurtaban de su mano. Iba a menudo entre la alarbe raza, mas nunca halló de su Rogelio traza. No hay día que no inquieta a más de ciento, mas ninguno responde a sus cuestiones, marcha de campamento en campamento
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buscándolo en los moros pabellones, pues puede; porque sin impedimento vaga entre caballeros y peones, gracias a que el anillo se coloca que hace invisible al que lo trae en la boca.
Se resiste a creer que yazga muerto, pues de tan grande paladín la ruina se habría oído ya (piensa, por cierto) del indio mar a donde el sol declina. No acierta a imaginar por qué desierto camino aún pueda andar; y así camina tras él, mientras que trae triste entretanto por únicos amigos, pena y llanto.
Concluye al fin volver adonde era la tumba de Merlín y en esa cueva allí tanto gritar y en tal manera que el frío mármol a piedad se mueva; que ya viva Rogelio o ya muera, ya sea alegre o ya fatal la nueva, entonces la sabrá, y así se avenga a aquel mejor consejo que allí tenga.
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Con tal resolución tomó el camino hacia la selva próxima a Pontiero, donde el mármol locuaz del adivino oculto estaba en un sitio agreste y fiero. Más la maga que siempre de continuo por ella vela y es de ella asidero (digo de aquella que en la bella cueva de su estirpe le dio prolija nueva),
aquella sabia más que otra ninguna cuyos cuidados siempre la rodean, sabiendo que ha de ser principio y cuna de héroes que casi semidioses sean, no hay día que no lance alguna runa en que las cosas por venir se lean. De cómo libre hurtó a Rogelio el ave y dónde paró en India, todo se sabe.
Lo había visto a lomos de aquel bruto, incapaz de guiarlo y desbocado, dividirse en apenas un minuto por medio peligroso y desusado; y bien sabía que era todo el fruto gozar de juego y ocio delicado,
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sin más memoria de su rey Agramante, ni de su honor, ni de su firme amante.
Y así la flor de su edad más leda podría haber ajado en vano asunto tan gentil paladín; y en torpe preda perder ánima y cuerpo a un mismo punto; y aquel honor que de nosotros queda después que el frágil resto es ya difunto que carga el hombre y al sepulcro dona, jamás de Marte y Belona.
Pero aquella hechicera, que más cura tiene del mozo que de sí no tiene, pensó traerlo por vía alpestre y dura a la virtud, aunque le pese y pene; como el sabio doctor, que ordena cura, aunque con fuego o tóxico la ordene, y, si bien al principio daño porta, sana al final y la salud reporta.
No era con él la maga así indulgente ni tan ciega de amor soberbio era que, igual que el viejo Atlante, solamente
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la vida preservar pretendiera. Más prefería aquel que largamente viviese, aunque sin fama y honor fuera, que, oyéndole alabar de polo a polo, perdiese de la vida un año solo.
Lo había hecho llegar él hasta Alcina por qué en su amor las armas se olvidan; y, como sabio de sin par doctrina, que hechizos sabe usar de toda clase, había el corazón de la adivina fijado con tal nudo a amor de base, que no se desharía, aunque a su vera más que Néstor Rogelio envejeciera.
Mas volviendo a la mágica presaga, decía que tomó el justo camino en que benéfica a la errante y vaga hija de Aimón a dar encuentro vino. Viendo Bradamante allí a su maga, muda en contento su dolor mohíno, y aquella le hace el caso conocido: que a Alcina fue Rogelio conducido.
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Queda la dama mas muerta que viva cuando oye que anda tan lejos su amante; y más, cuando conoce que deriva su amor, si esto no ataja de portante: más la benigna maga compasiva aplica ungüento a su dolor bastante, y le promete y jura hacer que prestó vuelva de su Rogelio a ver el gesto.
«Desde que traes —le dice— aquel anillo que deshace el poder del arte maga, sé bien que, si lo llevo hasta el castillo donde Alcina con saco vil te estraga, su traza desharé, y será sencillo volverte aquel de quien tu amor se paga. Me partiré esta noche a la hora prima, y al alba veré aquel clima opuesto».
Y así siguió narrando puntualmente la industria con que habría de librarlo del reino afeminado de esa gente y a Francia nuevamente de llevarlo. Dio el anillo la moza prontamente y no solo el anillo quiso darlo,
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que habría el corazón dado y la vida, si llega a ser que allí la otra los pida.
Lo da, y a ella se encomienda y fía y más fía a Rogelio y le encomienda, al cual con ella mil besos envía; después hacia Provenza alza la rienda. Tomó la encantadora opuesta vía, y, por llevar a término su agenda, surgir hizo un corcel con un conjuro que, excepto rojo un pie, todo era oscuro.
Quizás un Farfarel o Alquino fuera que en esta forma del infierno trajo, y en él montó con suelta cabellera, descalza, y sin usar silla o cintajo; más, porque este su hechizo le valiera, el anillo del dedo antes extrajo, y tan veloz marchó que a la mañana llegó de Alcina a aquella isla lejana.
Mudó entonces de cuerpo y de semblante: alargó más de un palmo su estatura y en proporción sus miembros al instante,
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de suerte que quedó con la figura que pensó que tuviera el nigromante que Rogelio crió con tanta cura. Pobló de largas barbas la mejilla y la frente se arrugó e hizo amarilla.
Tanto en gesto, en acento y en portante bien lo supo imitar, que totalmente venía a parecer el sabio Atlante. Se escondió luego, y tanto fue paciente que vio alejarse la celosa amante un día de Rogelio finalmente. Fortuna fue, porque en su rica sede sufrir sin él una hora apenas puede.
A solas lo encontró, como quería, gozando el matutino aire sereno a orillas de un riachuelo que corría desde un monte a un cristal claro y ameno. El hábito lujoso que vestía de ocio era todo y de lascivia lleno, que había de su mano peregrina de oro y seda sutil tejido Alcina.
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De ricas piedras un collar decora hasta el pecho al marica mozalbete, y en uno y otro tan viril otrora El brazo tenía un brillante brazalete. Embellece cada oreja ahora de oro sutil un rico y fino arete; y tal perla pendía de aquel oro cual no vieron jamás indio ni moros.
Traía aromado el lindo gentilhombre el pelo, y una cinta era su flama; todo en él era amor como es el hombre avezado en Valencia a servir dama: del que fue no quedaba más que el nombre, corrupto el resto que le diera fama. Así se halló a Rogelio en tal asiento, mudado el ser por amor de encantamiento.
En la forma de Atlante hacia él se gira aquella que fielmente lo fingía, con aquel rostro que, aunque aquí mentira, Rogelio venerar siempre solía, y aquel severo ceño lleno de ira que temido de niño tanto había;
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y le habla así: «¿Es este, pues, el fruto que tras tan larga fatiga ahora disfruto?»
¿Niño te di de osos y leones por leche las médulas aún calientes, por cubiles y horribles barrancones te hice de niño estrangular serpientes, vencer pardos y tigres a montones, y a aún vivos jabalís sacar los dientes, para que al fin de tanta disciplina te vea el Adonis o Atís de esta Alcina?»
¿Es esto aquello que el poblado cielo, vísceras y diseños en la tierra, sueños y hechizos que con tanto celo estudié siempre y que mi ciencia encierra, cuando aún gateabas por el suelo, decían de tus hechos en la guerra: que serían tus obras de armas tales que a ellas nunca otras habría iguales?
¡Alto principio es este que hoy anciano persuade a creer que seas presto un Magno, un César Julio o un africano!
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¡Ay!, ¿quién de ti creyera jamás esto: verte de Alcina esclavo cortesano? Y para hacerlo a todos manifiesto al cuello y brazos la cadena llevas con que te arrastra preso y tú lo apruebas.
Si ni aun tu propio honor basta a moverte ni las gestas que el cielo te ha otorgado, ¿por qué a tu prole, con así perderte, niegas el bien que te he pronosticado? ¿Por qué sellas el vientre de esta suerte de donde quiere el cielo que engendrado por ti sea el linaje sin segundo que, más claro que el sol, deslumbre al mundo?
¡No impidas, no, que las más nobles almas que tienen forma allá en la eterna idea, aquí de tanto en tanto broten almas del tronco que nacido de ti sea! ¡No impidas, no, los mil triunfos y palmas con que, después que hundida y mal se vea, aquel linaje que contigo empieza a Italia vuelva su grandeza inicial!
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Y si no basta a rendir tu tema fiero copia tan larga de almas sin segundo que ilustre, ínclita, invicta, alta y señera del árbol tuyo brotará fecundo; bastar una pareja a ello debiera: Hipólito y su hermano; pues al mundo pocos antes han habido que a tal grado de perfecta virtud hayan llegado.
De estos dos hermanos yo narrarte solía más que no de todo el resto; bien porque les toque la mayor parte de todo el bien que en tu linaje hay puesto; bien porque viese yo que de tu parte más atención había al narrar esto: gozabas de que héroes que así fuesen de nietos de tus hijos descendieron. ¿Qué tiene la que tanto te domina que no tengan mil otras meretrices, esta que es de tantos concubinos y sabes cuál los hace al fin felices? Más porque sepas bien quién es Alcina, desnuda de sus fraudes y barnices,
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ponte este anillo al dedo y vuelve a ella; que él te dará razón de cuánto es bella».
Corrido sin saber lo que replique quedó Rogelio con la vista en tierra; y, llegando la maga, en su meñique puso el anillo, y lo volvió a la tierra. Cuando él en sí volvió, tal fue su pique, sintió tal vejación hacerle guerra, que habría, por no ser visto, preferido a mil brazos en tierra está hundido.
En su primera forma en un instante, hablando así, volvió al fin la hechicera; pues no necesitaba la de Atlante, ya había conseguido el fin porque allí estaba. Les digo quién Rogelio halló delante y antes callé: Melisa el nombre era, que dio de sí noticia sin falsía y la razón por que hasta él venía, a petición de la que de amor llena, siempre lo busca y de su bien se cuida, por darle libertad de la cadena con que ata fuerza mágica su vida;
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y había así de Atlante de Carena tomado aspecto para ser creída. Mas ya que está en su acuerdo de aquel modo, quiere instruirse y que conozca todo:
«Esa dama gentil, que te ama tanto, esa que de tu amor digna sería, de la que sabes, si recuerdas, cuánto deba tu libertad el ser hoy día; este anillo que anula todo encanto manda, y el corazón mandado habría, si hubiera el corazón virtud tenido de hacer lo que este anillo cuando ha sido».
Y prosiguió narrando el sentimiento que Bradamante le ha portado y porta, y encareció con ello su ardimiento cuanto el afecto y la verdad comporta, de suerte que usó modo y parlamento que más conviene al que por otro exhorta; y en grado le hizo Alcina aborrecible en que se suele hallar lo que es horrible.
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Tanto la aborreció, como antes tanto la amó, y no halles extraño que así fuera: pues obra era su amor toda de encanto forzoso es que el anillo la rompiera. Hizo patente él también que cuanto bello en Alcina había falso era: falso, y no real, del pie al cabello; quedó hedionda, y huyó de lo bello.
Cual tierno niño que madura poma esconde y luego olvida el escondite, y, ya pasado un tiempo, al caso asoma allá donde escondió el frutal confite, y gran asombro de admirarla toma podrida y mustia, y no en su primo envite; de suerte que, si le fue antes sabrosa, de sí la arroja y juzga ahora asquerosa;
así Rogelio, luego que le hizo volver Melisa a ver la maga aquella, con ese anillo al que ningún hechizo, sí está en el dedo, engaña o atropella, halla, en vez del retrato antes postizo de aquella que juzgó encantado bella,
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mujer tan repugnante que la tierra no otra más vieja y fea que ella encierra.
Rugosa era la faz, pálida y fea; canoso el pelo, escaso y desvaído, seis palmos no alcanzaban esta pigmea, había los dientes todos ya perdido; que aún más que Hécuba, aún más que la Cumea, que otra anciana había vivido. Mas tales artes ella usar sabía qué moza y bella parecer podía.
Fingía ser moza y bella con tal arte que a muchos engañó como a este engaña, más deshizo el anillo de esta arte su tan creída de toda artimaña. Milagro no es entonces, si se parte del ánimo del joven la patraña de amar la maga Alcina, ahora que vela de guisa en que su fraude no la cela.
Mas siguiendo a Melisa en el consejo, restó en su habitual domestiqueza hasta que de sus armas y aparejo
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se vistió de los pies a la cabeza; y, por que viese Alcina en él despejo, fingió probar si le estaba aún la pieza, fingió probar si había algo engordado, después de un tiempo nunca haberse armado.
Y Balisarda se ciñó al costado (porque este el nombre de su espada era) y el escudo también tomó encantado, que no es que ya la vista confunde, sino que reducía a tal estado cual si del cuerpo el alma huida hubiera. Lo tomó, y con el trapo en que venía cubierto, lo echó al cuello, y tomó vía:
llegó al establo de su antigua ama y un hito hizo ensillar a un escudero, según dispuso hacer la sabia dama, que bien sabía cuánto era ligero. Quien lo conozca, Rabicán lo llama; aquel mismo que junto al caballero qué mirto hoy mece el viento en la marina, llevó allí la ballena a orden de Alcina.
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Su hipogrifo tomar pudo igualmente, pues junto a Cabricán se hallaba atado; más le advirtió la maga: «Ten presente que en vuelo es, como sabes, desbocado», con la promesa de que al día siguiente lo sacaría de aquel falso estado a allá donde con algo de acomodo podría aprender a hacer con él de todo.
Demás que no hallaría receloso de su fuga secreta, si lo deja. Siguió el mozo a Melisa puntilloso, que invisible le hablaba aún a la oreja. Fingiendo así, salió del lujurioso palacio aquel de la ramera vieja; y se llegó al portón que le encarrila derecho hacia el país de Logistila.
Cerró con los guardianes de improviso y a tajos se abrió paso en aquel puesto, e hiriendo y matando a cuantos quiso, pasó el puente lo más que pudo presto; de suerte que al llegarle a Alcina aviso,
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grande distancia había ya interpuesto. Diré en el otro canto qué fin tuvo, después que a Logistila de hallar hubo.
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Canto 8
Quien del mágico anillo dispusiese o aquel mejor de la razón podría desembozar su faz, que, si así fuese, no oculta por ficción ni arte estaría. Y así quien antes bello pareciese, feo y mortal después parecería. Muy venturoso fue Rogelio entonces, pues tuvo anillo con que abrió los gonces.
Rogelio —le dije ya— disimulando fue a caballo a las puertas del castillo; halló a la guardia distraída, y cuando llegó, no echó las manos al bolsillo. A aquel a pique, a aquel muerto dejando pasó el puente, rompiéndole el rastrillo: al bosque huyó, mas poco y mal galopa, pues un sayón de la hechicera topa.
Un halcón sobre el puño peregrino portaba al que a menudo echar gustaba ora al campo, ora al lago allí vecino,
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donde abundante presa siempre hallaba: montaba en un famélico rocino, de un perro fiel detrás se acompañaba. Juzga que pueda ser aquello huida, pues tan precipitada es la partida.
Le fue al encuentro, y con soberbio gesto le preguntó por qué veloz corría. No quiso responder Rogelio a esto, con que él, certificado ya que huía, puso en ejecución darle el arresto, y el brazo alzando en que el halcón tenía: «Verás —dijo— si el paso se destensa, pues no hallarás contra mi halcón defensa».
Lo suelta, y con tal fuerza bate el ala que alcanza a Rabicán en la carrera. El cazador del palafrén se cala y a un tiempo de la brida lo libera. Galopa, como flecha que arco exhala, con coces y bocados esta fiera; y el siervo detrás de él tan veloz corre que parece que el viento lo socorre.
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No quiere el perro parecer más tardo, y sigue a Rabicán con la presteza con que suele seguir la liebre el pardo. Ve huir Rogelio afrenta a su nobleza: se vuelve a aquel que corre tan gallardo y un arma sola ve con que se atreza: la fusta con que al perro necesita. Rogelio, pues, tomar la espada evita.
Aquel se acerca y fuerte lo golpea; a un tiempo el pie derecho el can le muerde; tres veces (más quizá) el bruto cocea, y no ocasión de herirle el flanco pierde. El ave sobre él revolotea, y, hundidas en su piel, las garras pierde: tanto del grito Rabicán padece, que ni a brida ni a espuelas obedece.
Alza Rogelio al fin su arma acerada; y, porque tal estorbo se concluya, mostrando el filo y punta de la espada, pretende que aquel ruin cortejo huya. Mas este más le turba y más le enfada, y menos da ocasión con que no irruya.
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Ve el paladín el daño y menoscabo que ha de sufrir, si no da al hecho cabo.
Sabe que de no usar al punto el hierro, le dará Alcina con su gente alcance: de caja, de trompeta y de cencerro escucha ya el rumor que trae su avance. Mas piensa que con siervo inerme y perro usarlo es deshonroso e infame lance: y al fin resuelve por más justo y breve aquel escudo usar que a Atlante debe.
Alza el rojo cendal en que cubierto desde su huida aquel escudo trae, y obra el efecto él con el que yerto a aquel que hiere de sentir sustrae: queda el siervo en el suelo sin concierto, cae el perro y cae el corcel, la pluma cae que hacía sostenerse en vuelo al ave; y quedan en poder de un sueño suave.
A Alcina, a la que ya le es manifiesto cómo Rogelio por romper la puerta, ha a muchos muerto y malherido al resto,
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le traspasa el dolor y queda muerta: rasga sus ropas, se maltrata el gesto, mujer necia se llama y mal despierta, y, al arma convocando urgentemente, juntó para ir tras él toda su gente. .
La parte en dos, y a una, hecho ya examen, manda a la senda que el felón camina; a otra que, atendiendo su dictamen, al puerto vaya y tome en la marina flota que nuble el mar con su velamen. Con estos va la desesperada Alcina, y tanto por Rogelio de amor arde que deja su ciudad sin quien la guarde.
No deja guardia a cargo de su estado lo que a Melisa, que ocasión buscaba para librar de aquel reino malvado al pueblo que en miseria se encontraba, le dio comodidad para a su grado cualquier signo acabar que Alcina usaba: imágenes quemó, deshizo estampas, nudos y rombos y mil otras trampas.
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Luego cruzando el valle y la ribera a sus viejos amantes que allí en forma vivían de fuente, planta, piedra o fiera hizo volver a su primera forma. Y todos, ya expedita la carrera, siguieron de Rogelio el paso y orma: al reino van de Logistila, y luego vuelven entre indio, persa, escita o griego.
Melisa a cada cual mandó a su tierra con orden de que tal no se olvidara, mas fue el primero el duque de Inglaterra en ser vuelto a su antigua humana cara; pues hizo el firme ruego y cortés guerra de Rogelio por él que así privara; y aún más que ruegos dio, pues dio el anillo a fin de hacer el acto más sencillo.
A ruego de Rogelio, pues, recobra su aspecto Astolfo natural y exacto, mas vana cree Melisa que es su obra, mientras que no le restituya al acto aquella lanza de oro, con que cobra victoria en cualquier justa al primer tacto:
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fue de Argalía, fue de Astolfo luego, y honor dio a uno y otro en todo juego. Halla Melisa al fin la lanza de oro, que algún rincón de aquel palacio ocupa, y el resto del ajuar que con desdoro perdió Astolfo, también cobra y agrupa. Después montó el corcel del sabio moro y al duque atrás acomodó en la grupa, y tan diestra el corcel rige y mancipa que en una hora a Rogelio se anticipa.
Mientras, topando piedra y fuerte espina, Rogelio a Logistila en su viaje de valle en valle senda tal camina yerma, arriscada, inhóspita y salvaje, que solo tras gran pena y gran mohína llega a la ardiente nona hasta un paraje costero entre monte y mar, al sur abierto, yermo, abrasado, estéril y desierto.
Punza al vecino monte un sol funesto y del calor que el monte reverbera, hierven de modo arena y aire que esto bastante a derretir el vidrio fuera.
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Solo cigarra con un son molesto (pues toda ave a la fresca sombra era) ociosa entre las ramas de un majuelo asorda valle y monte, y mar y cielo.
No tuvo allí otro amigo ni otra amiga Rogelio en esta huida fastidiosa más que el calor, la sed y la fatiga de andar senda tan yerma y arenosa. Mas porque no está bien que siempre te diga y te dé por diversión la misma cosa, dejo a Rogelio en tan duro rescaldo y vuelvo a Escocia en busca de Reinaldo.
En mucho era el paladín tenido del rey, su hija y de aquel reino todo, y la causa que allí le había traído Reinaldo declaró con gentil modo: que era al inglés y al escocés pedido socorro para aquel duro periodo, y añadió al ruego que su rey le diera justísima razón que a ello moviera.
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Dio el rey, sin titubeo, por respuesta que en cuanto allí su fuerza se extendía, siempre a su servicio predispuesta don Carlos y su imperio la tendría; y que en satisfacción de su recuesta cuantos hombres tuviese reuniría, y él mismo, si no fuese ya tan viejo, sería el capitán de aquel cortejo.
Mas tal molestia nunca la creería suficiente razón, si no tuviese un hijo que por seso y bizarría muy digno era a que aquel mando asumiese, y, aunque ahora allí en el reino no asistía, a Escocia se esperaba que volviese, mientras se apercibía aquella armada, de suerte que la hallara preparada.
Y así a los tesoreros por su tierra mandó reunir caballería y gente; barcos prepara y munición de guerra, vituallas y dinero prontamente. Partió en tanto Reinaldo hacia Inglaterra, y el rey por despedirlo cortésmente
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hasta Bervique mismo lo acompaña, y allí al dejarlo el rostro en llanto baña.
Soplando el viento próspero en la popa Reinaldo embarca, a todos despidiendo; zarpa el piloto, y sobre el mar galopa tanto que llega allá donde muriendo al mar el bello Támesis se topa. Entran en él con la marea subiendo, y a vela y remo van aguas arriba hasta que a Londres el bajel arriba.
Cartas de Carlos y de Otón reales (Otón que junto a Carlos sufre asedio) tiene para que el príncipe de Gales, actuando en atención a su remedio, junte en su tierra y su región feudales caballos y hombres por cualquiera medio; a fin de que en Calés, tras embarcarlos, pasen a Francia a socorrer a Carlos.
El príncipe al que Otón regente hizo en tanto que al infiel él combatía, a Reinaldo de Aimón tanto honor hizo
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como a su mismo rey hecho no habría. Sus demandas al punto satisfizo, y a todo el que empuñar arma podía de Bretaña y sus islas, con instancia, señala día en que embarcar a Francia.
Señor, mejor haré como el maestro tañe el instrumento, que a menudo varía cuerda y tono, porque diestro buscando va ahora el grave, ahora el agudo. Mientras los hechos de Reinaldo muestro, venirme Angélica a las mientes pudo, la cual dejé, cuando del franco huida, de un viejo se encontraba recogida.
Quiero un poco contar en qué esto acaba. Dije el modo en que al viejo con porfía senda que al mar se llega preguntaba. Tal era el miedo que al de Aimón tenía que, no cruzando el mar, morir pensaba y a riesgo en toda Europa se creía. Mas la sosiega el santurrón con traza, porque gozarla de secreto traza.
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Le encendió el corazón tanta hermosura, y le abrasó la frígida medula; mas luego que ve que ella de él no cura y hastiada ya de él con él deambula, espolea con saña su montura, mas no consigue acelerar la mula: al paso apenas va y al trote aún menos, no acata el animal más que los frenos.
Y, porque mucho ya se había alejado, y habría perdido a poco más su horma, recurre el viejo al antro sulfurado y presta a algunos que lo habitan forma elige a uno entre ellos señalado y de su cuita visceral le informa; y le hace entrar en el corcel caoba que el alma junto a Angélica le roba.
Como sagaz lebrel, habituado a dar a zorra y liebre astuta caza, que, viendo andar la presa por un lado, marcha por otro y finge no hallar traza, para al fin verse cómo ya tornado la trae en la boca, y muerde y despedaza;
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así a Angélica hallar el viejo ensaya, y habrá de hallarla allá por donde vaya.
Cuál fuese su intención, bien yo la entiendo; y en otra parte te la diré, mas luego. Angélica de nada, pues, temiendo, cabalgaba fiada con sosiego. Se iba el demonio en el corcel cubriendo, como se cubre entre el rescoldo el fuego, que con muy grave incendio se destapa, si no se extingue, apenas de él escapa.
Llevaba en tanto Angélica el camino que sigue el mar que la Gascuña lava, guiando por la arena su rocino que húmeda el flujo de la mar dejaba, cuando el demonio a enloquecerlo vino tanto que dentro de la mar nadaba. No sabe más que hacer la pobrecilla, si no es tenerse bien sobre la silla.
No vuelve atrás, por más que use la brida; cada vez más se aleja en el mar alto.
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Traía ella la ropa recogida por no mojársela y los pies en alto. La melena a la espalda iba esparcida y lasciva la brisa le da asalto. Restaban quietos mar y grandes vientos, quizá a tanta beldad ambos atentos.
Volvía ella a la orilla el rostro en vano, bañando con el llanto rostro y seno, y cada vez veía más lejano volverse y más pequeño el lido ameno. El corcel, que nadaba a diestra mano, tras mucho nado la sacó a un terreno de oscura piedra y grutas espantosas, ya huido el sol de las terrestres cosas.
Cuando sola se vio en tan yermo lido, que inspiraba pavor su sola hechura, a la hora en que en el mar Febo escondido la tierra y el opuesto cielo oscura, quedó en modo que habría sugerido a cuanto hubiese visto su figura si era mujer real lo que allí había o estatua en cambio que ser tal fingía.
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Quieta y pasmada en la dudosa arena, con un inmóvil labio a otro pegado, las manos juntas, suelta la melena, tenía el rostro al cielo levantado como acusando a Dios de que Él ordena la cruda inclinación del crudo hado. Luego de así permanecer un tanto, dio lengua a su dolor y ojos al llanto:
«Fortuna —se quejó—, ¿qué hacer te resta a fin de que por fin te satisfagas? ¿Qué más te puedo dar, que no sea esta mísera vida con que no te pagas? Cuando pudo acabar su estancia mesta, la traes del mar y de sus aguas dragas, ¿por qué gustas, Fortuna cruel y fiera, de verme aún sufrir más antes que muera?
Mas no sé qué hacer más puedas, Fortuna, que hasta hoy no hicieras contra mí primero. Tú causas que ande lejos de mi cuna, donde nunca volver jamás espero; y he perdido el honor, que es peor fortuna, pues, si bien no hice impuro desafuero,
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doy pie, al vagar por playa y por floresta, a ser llamada obscena y deshonesta.
¿Y qué virtud posee la doncella, que no es en opinión del mundo casta? Sea falso o cierto, el ser juzgada bella, ¿qué suerte es para mí torpe y nefasta? No doy gracias al cielo de esta estrella; ser bella obró mi mal y el de mi casta: mi hermano muerto fue por mi decoro, que poco le valió la lanza de oro;
por su causa Agricán, rey de Tartaria, deshizo a Galafrón, mi padre amado, gran Kan de donde soy originaria; y aquello causa fue de que hoy mi estado sea errar por esta Europa a mí contraria. Si hacienda, honor, familia me has quitado y hecho todo el mal que hacer podías, ¿qué daños más guardarme aún ansías? Si ahogarme en este mar no es postrimera muerte que tu crudeza satisface, acepto, pues, que mandes una fiera
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que mis miembros devore y despedace. Sea cual sea el fin, aunque de él muera, no habrá de ser que ingrata no lo abrace». Así decía la dama tristemente, cuando se topa el ermitaño enfrente.
La había visto él desde la cima de un altivo peñón, mientras aquella al pie de aquel escollo con gran grima cansada y afligida se querella. Seis días ha que allí su traza ultima, traído de un demonio, y viene a ella fingiendo más piedad aquel falsario que cuanta tuvo Pablo o san Hilario.
No es conocido, y cuando más se acerca, algo Angélica alivia su cuidado, y pierde el miedo, aunque la pena terca le traiga aún el rostro demudado. «Padre, ten —dijo ya estando cerca— piedad de mí, que a mal puerto he llegado». Y con voz del sollozo interrumpida, contó la historia bien por él sabida.
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Empieza el ermitaño a confortarla, con alguna piadosa oracioncilla; y pasa audaz las manos, al hablarla, ya por el seno, ya por la mejilla; confiado se dispone ya a abrazarla, mas ella su intención primero pilla: lo aparta con la mano y se desciñe, y de honesto rubor el gesto tiñe.
Entonces abrió él un frasquito que extrajo de un morral que atrás le pende, y en los ojos intensos do crepita la llama más voraz que Amor enciende, dejó apenas caer una gotita bastante a adormecerla. Ella se tiende, y yace sobre aquel lido lejano a merced toda del rapaz anciano.
La abraza él y a voluntad la toca; duerme ella inerme con profundo muermo. Ora le besa el pecho, ora la boca, sin que haya quien lo impida en aquel yermo. Mas en la monta su corcel se apoca,
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que no cumple al deseo el cuerpo enfermo; no le responde más su edad anciana, y menos puede, cuanto más se afana.
De mil formas y modos mil lo intenta, y aquel penco pellejo nunca salta. Sacude el freno, pica y lo atormenta, mas no logra dejar su testuz alta. Al fin junto a la dama se adormenta, y nueva adversidad después lo asalta; que nunca es la Fortuna avara y poca, cuando a un mortal para burlarlo toca.
Mas fuerza es, para que te narre el caso, que aquí seguir la senda recta eluda. Allá en el mar del Norte, hacia el ocaso, allende Irlanda, está la isla de Ebuda, en donde poca gente vive acaso después de que la orca fiera y ruda, con más de su tropel la destruyera, como venganza que Proteo hiciera.
Narra una antigua historia, o falsa o cierta, que tuvo aquel lugar un gran regente
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con hija en la que tanto se concierta gracia y beldad, que pudo fácilmente yendo una vez sobre la arena incierta dejar Proteo ardiendo en la corriente; y este, un día en que se hallaba sola, tomándole la flor, allí la preñó.
Pensó su padre aquel hecho infamante, cruel más que ningún otro y severo, y a muerte condenó al nonato infante: a tanto lo movió su desdén fiero. Ni aun ver la hija encinta, fue bastante a detener su hierro carnicero; y al nietecillo, que inocente era, le dio la muerte antes que naciera.
El marino Proteo, que el ganado del dios del mar, Neptuno, apacentaba, del cruel suplicio de su dama airado, rompió la ley y el orden que guardaba; de suerte que soltó en aquel estado cuantas focas y orcas comandaba, las cuales no ya oveja y buey mataron, mas villas y ciudades arrasaron;
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y van a las ciudades amuralladas, y a todas ellas hacen grande asedio. Sus gentes día y noche están armadas con gran temor y displicente tedio. Las tierras han dejado abandonadas y, por hallar del mal algún remedio, acuden al oráculo en encuesta, y de él todos escuchan por respuesta
que se ha de hallar para Proteo doncella que tenga de belleza un mismo grado, y a aquel dios ofrecerla en vez de aquella, al pie siempre de un mismo acantilado. Si le parece lo bastante bella quedará con tomarla sosegado; si no, que una tras otra se le ofrezca hasta que alguna al fin se lo parezca.
Y así principio dio la cruda suerte de aquellas cuyo gesto más las paga: que cada día a Proteo (¡oh caso fuerte!) se dé una hasta que al fin se satisfaga. Todas hallaron hasta hoy la muerte,
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que a todas una orca se las traga, que allí cerca quedó de la bocana, después que aquella grey volvió a su tana.
Sea crónica o historia fabulosa (que no sé yo si aquí Turpín nos miente), contraria a las mujeres y ominosa, pervive antigua ley entre esta gente: que de su carne la orca monstruosa que llega allí a diario, se alimente. Y aunque es en todo estado una gran carga, el ser mujer aquí es aún más amarga.
¡Oh míseras doncellas a quien lleva la impía Fortuna al litoral infausto, donde esta gente de ellas hace leva y así ejecuta aquel cruel holocausto; que, cuantas más de estas la orca ceba, menos su pueblo está de hembras exhausto! Mas, porque no las lleva siempre el viento, hacen por otras playas prendimiento.
Peinan con fusta y gripo la marina y otras diversas naves de su armada,
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y de lejana tierra y de vecina traen siempre la bodega bien cargada. Muchas cobran por oro o golosina, otras cobran por rapto o por espada; y siempre de gran copia de regiones tienen sus torres llenas y prisiones.
Yendo una fusta, pues, cerca de tierra delante de la playa ancha y baldía donde entre arbustos sobre estéril tierra la desdichada Angélica dormía, bajaron un retén de ellos a tierra por provisión de leña y agua fría, y hallaron de entre cuanta bella ha sido la flor en brazos del santón fingido.
¡Oh más que excelsa, oh presa más que cara para pueblo tan bárbaro y villano! Oh Fortuna cruel, ¿quién te pensara tan poderosa sobre el sino humano?, pues das por pasto a bestia horrible y rara la gran beldad, que a India a un rey pagano llevó desde su caucásico fuerte con media Escitia para hallar la muerte;
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la gran beldad que el gran rey Sacripante antepuso a su honor mismo y su estado, la gran beldad que al gran señor de Anglante quitó el seso y la fama de acordado; la gran beldad que al fin volvió Levante de arriba abajo atento a su dictado; no tiene ahora, indefensa y en el suelo, siquiera quien le preste algún consuelo.
Dormida aún, Angélica la bella, fue, antes que despierta, encadenada; y subieron al viejo junto a ella a aquella fusta ya de hembras cargada. Llevó, henchida la vela, a la doncella la nave hasta la isla desalmada, y allí en un torreón fue puesta Angélica, en espera de hallar la orca famélica.
Mas ser tan bella obró que se moviera aquella gente a compasión no usada, y que por gran espacio defiriera la muerte a la que estaba reservada; y así, mientras que hubo una extranjera,
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fue aquella gran belleza perdonada. Al monstruo la entregaron finalmente, detrás llorando toda aquella gente.
¿Quién podrá pintar la angustia, el llanto, el lamento gentil que el cielo pasa? ¿Cómo no se abrió aquel lido de espanto cuando quedó sobre la pétrea basa, donde esperaba sin socorro, al canto de ser del monstruo fácil presa y lasa? No diré más; que tanto el mal me mueve, que fuerza a que a otro asunto el canto lleve;
y encuentre verso no tan displicente hasta que el laso corazón rehaga, pues no podría la hórrida serpiente la tigre que sin cría ardiendo vaga, ni cuanta yerra por la arena ardiente del atlas al mar Rojo infecta plaga, ver o pensar sin que al gemido ceda que Angélica en aquel escollo queda.
¡Ay, si hubiese sabido Orlando el daño, vuelto en pos a París tras el litigio;
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o los dos que engañó aquel ermitaño con el correo del paraje estigio! Por socorrerla entre el sangriento baño buscado habrían su angélico vestigio: Mas ¿cómo harían, teniendo aún de ella indicio, si tan lejos estaban del suplicio?
Mientras tanto París era asediada por el famoso hijo de Troyano, y a tanta extremidad se vio llevada que casi cae del árabe en la mano; pues de no haber París sido escuchada del cielo que inundó de lluvia el llano, aquel día cae por la africana instancia el santo Imperio y gran nombre de Francia.
Volvió sus ojos Dios al justo ruego del viejo emperador de nuestro oeste, y con súbita lluvia apagó el fuego, que no hay fuerza que a él lo contrarreste. Mira, pues, si es sabio a Dios mostrar apego; pues no hay quien un socorro mejor preste. Y bien sabía esto el rey devoto, que se salvó por ofrecer le voto.
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De noche entre las plumas importuna a Orlando el pensamiento y la quimera: tal vez lo hace correr, tal vez lo aúna, mas no logra que afloje su carrera, como la luz del sol o de la luna después de que en el agua reverbera por los altos tejados fugitiva de un lado a otro va, de abajo a arriba.
Su dama, que le ha vuelto ya a la mente, si alguna vez de ella fue partida, le abrasa y hace más viva y ardiente la llama que de día cree extinguida. Con él había venido hasta poniente desde el Catay, y aquí fue de él perdida, y nada supo más ni oyó su oído desde que fue en el sur Carlos vencido.
Mucho se duele Orlando ahora, y consigo en vano aquella necedad sopesa: «¡Ay, corazón —lloró—, cuán vil contigo he sido y soy! ¡Ay cuánto ahora me pesa que, pudiéndote estar siempre conmigo,
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cuando era por tu bien mi suerte esa, te dejase entregar al duque Namo, por no saber guardar lo que más amo!
¿No pude con razones excusarlo? Quizá no las habría Carlos deshecho; y, si deshecho, ¿quién podría forzarlo? ¿Quién de ti apartarme a mi despecho? ¿No podía con armas contrastarlo, o bien dejarme vaciar el pecho? Mas ni Carlos ni Francia entera en plante a quitárteme por fuerza era bastante.
Si un buen guardián la hubiese custodiado al menos en París o en plaza fuerte... Mas me cuadra que a Namo la haya dado, pues quiso despedirla de esta suerte. ¿Qué paladín mejor la habría guardado que yo que lo habría hecho hasta la muerte? Guardarla más que a mí —llorando dice— debí y lo pude hacer, y no lo hice.
Ay, ¿dónde ahora sin mí, mi dulce vida, quedaste tan hermosa y tan zagala
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tal como, cuando ya la luz partida, sola en el bosque la cordera bala, que, porque espera ser del dueño oída, tanto resuena por la selva rala que escucha el lobo aquel llanto lejano y el mísero pastor la llora en vano? ¿Dónde ahora estás? ¿Dónde, esperanza mía? ¿Vas sola todavía el monte errando o te ha atajado el lobo por la vía sin la custodia de tu fiel Orlando? La flor que hacerme un dios casi podía, la flor que había venido respetando por no agostar tu honesto y casto estado, por fuerza otro cogido habrá y ajado.
Oh desdichado, oh mísero, ¿no quiero antes morir que ver la flor cortada? Oh pío Dios, hazme sentir primero cualquier mal, si esta suerte no le es dada. Mas si es verdad, yo juro, oh cielo fiero, que he de pasarme el pecho con la espada». Así con fuerte llanto suspirando iba diciendo el afligido Orlando.
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Ya las criaturas mil que son terrenas daban a sus espíritus reposo, al raso o entre sábanas amenas, sobre la hierba o sobre el mirto umbroso: cierras los ojos tú, Orlando, apenas, transido de tu cuita y pesaroso; y ni aun un sueño fugitivo y breve deja que goces de reposo leve.
Creía Orlando en plácida ribera de flores olorosas esmaltada, ver la nativa rosa en bella cera de la mano de Amor propia pintada; y los dos claros soles porque era en las redes de Amor su alma atrapada: digo de aquellos ojos y aquel gesto que le han del pecho el corazón depuesto.
Sentía el mayor placer, la mayor fiesta que no sintió jamás dichoso amante, cuando una tempestad se manifiesta que aniquila el verdor que halla delante, tanto que no se ve pareja a esta
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cuando azota aquilón, austro o levante. Parecía vagar por un desierto buscando vanamente algún cubierto.
Y en esto, sin saber que haya pasado, su dama por el turbio viento pierde, y el eco de aquel bello nombre amado hace sonar por lo que fue antes verde. Y mientras dice en vano: «Ay desdichado, ¿quién envidioso tu fortuna muerde?», su dama escucha por ignota senda que llora y en sus manos se encomienda.
A allá de donde el grito parte, acude; de un lado para otro en vano yerra. ¡Oh cuánto el dolor fuerte le sacude, porque la angélica visión le cierra! Entonces otra voz su dama alude: «No esperes más hallarla en esta tierra». Ante aquel grito despertó de modo que en lágrimas se halló bañado todo.
Sin reparar en que no es caso cierto lo que por miedo o por afán se sueña,
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quedó de aquella monición tan cierto que la tomó por verdadera seña; y, saliendo del lecho, medio muerto todo se armó, pero con falsa enseña, ensilló a Bridadoro y partió presto, sin querer cuenta de escudero en esto.
Y por poder tomar senda seguro de que su honor por tal no se machara, dejando aquel cuartel de blanco puro y rojo con que antes se mostrara, quiso portar blasón negro y oscuro a fin de que el dolor representara, el cual de un amostante había tomado que había, años había, degollado.
A media noche silencioso parte sin saludar al tío ni dar cuenta; ni a su amigo del alma, Brandimarte, antes le dice adiós o se presenta. Solo después que el sol su luz reparte cuando del lecho de Titón se ausenta y toda negra sombra desbarata, el rey de su partida se percata.
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Con gran contrariedad el soberano aquella deserción a saber vino, pues más necesitaba a Orlando a mano; y, ardiendo en ira y cólera, sin tino entre lamentos aquel rey cristiano maldijo e injurió al mal sobrino; y amenaza de hacerle pagar caro si no regresa, aquel torpe descaro.
Brandimarte, que tanto a Orlando amaba como a sí mismo, sin hacer derroche, o porque hacerlo regresar pensaba, o porque le enfadaba el real reproche, no quiso esperar más a aquel de Brava, y salió apenas que cayó la noche. No habló a su Flordelís de este su intento, porque no se le estorba el pensa