Burroughs, Edgar Rice - Tarzan El Invencible

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  • 8/14/2019 Burroughs, Edgar Rice - Tarzan El Invencible

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    Tarzn el invencible Edgar Rice Burroughs

    NDICE

    I El pequeo NkimaII El hindIII Fuera de la tumba

    IV En la leoneraV Ante las murallas de Opar VI TraicionadoVII Bsqueda intilVIII La traicin de Abu BatnIX En la celda de la muerte de Opar X El amor de una sacerdotisaXI Perdido en la jungla XII Por senderos de terror XIII El hombre lenXIV Abatido por un disparo

    XV Mata,Tantor, mataXVI Regresad!XVII Un puente sobre un golfo

    IEl pequeo Nkima

    No soy historiador ni cronista, y, adems, tengo la ms absoluta conviccin de queexisten ciertos temas que los escritores de ficcin deberan dejar en paz, entre los quedestacan la poltica y la religin. Sin embargo, no me parece que carezca de tica el piratear una idea de vez en cuando de unao de otra, con tal de que el tema sea tratado deun modo que se vea claramente que se trata de ficcin.

    Si la historia que estoy a punto de contarles hubiera aparecido en los peridicos deciertos dos poderes europeos, se habra podido producir otra y ms terrible guerramundial. Pero eso no me interesa particularmente. Lo que me interesa es que se trata deuna buena historia que se adapta a mis necesidades por el hecho de que Tarzn de losMonos estuvo ntimamente relacionado con muchos de sus episodios ms emocionantes. No voy a aburrirles con la rida historia poltica para no cansar su intelecto

    innecesariamente cuando trataran de descifrar los nombres ficticios que utilizo aldescribir a ciertas personas y ciertos lugares que, me parece a m, en inters de la paz y eldesarmamento deben permanecer en el anonimato.

    Tmense la historia como otra simple historia de Tarzn que espero les entretenga ydivierta. Si en ella encuentran temas sobre los que pensar, mucho mejor.

    Sin duda alguna, muy pocos de ustedes vieron, y an menos recordarn haber visto, unanoticia que apareci discretamente en los peridicos hace algn tiempo, en la que se decaque corra el rumor de que las tropas coloniales francesas estacionadas en Somalia, en lacosta noreste de frica, haban invadido una colonia africana italiana. Tras esa noticiahay una historia de conspiracin, intriga, aventura y amor; una historia de canallas y denecios, de hombres valientes, de mujeres hermosas, una historia de las bestias de la selvay de la jungla.

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    Si fueron pocos los que vieron en el peridico la noticia de la invasin de la Somaliaitaliana en la costa noreste de frica, tambin es cierto que ninguno de ustedes se enterde un incidente horrendo que ocurri en el interior un tiempo antes de este asunto. Que pudiera existir alguna relacin, de cualquier clase, con la intriga internacional europea ocon el destino de las naciones no parece ni remotamente posible, pues slo fue un monto

    que hua por las copas de los rboles lanzando gritos de terror. Era el pequeo Nkima, perseguido por un mono fuerte y de gran tamao, mucho mayor que el pequeo Nkima.Por fortuna para la paz de Europa y del mundo, la velocidad del perseguidor no era

    proporcional a su desagradable estado de nimo y, por eso, Nkima escap de l; peromucho rato despus de que el mono mayor abandonara la persecucin, el ms pequeosegua huyendo por las copas de los rboles, chillando con toda la potencia de suestridente vocecita, pues terror y huida eran las dos principales actividades del monito.

    Tal vez fue la fatiga, pero ms probablemente una oruga o un nido de pjaro, lo que puso fin a la huida de Nkima y le dej parloteando mientras se columpiaba en una ramamuy por encima del suelo de la jungla.

    El mundo en el que el pequeo Nkima haba nacido pareca, en verdad, un mundo

    terrible, y l se pasaba la mayor parte de las horas en que estaba despierto parloteando alrespecto, actividad en la que era tan humano como simio. Al pequeo Nkima le parecaque el mundo estaba poblado por grandes y fieras criaturas a las que les gustaba la carnede mono. Estaban Numa, el len, ySheeta, la pantera, e Histah, la serpiente; era un triun-virato que haca inseguro todo su mundo desde la ms elevada copa de rbol hasta elsuelo. Y luego estaban los grandes simios, y los simios inferiores, y los mandriles, eincontables especies de monos, a todos los cuales Dios haba hecho ms grandes que al pequeo Nkima y todos los cuales parecan tener algn motivo de rencor contra l.

    Por ejemplo, la bruta criatura que le haba estado persiguiendo. El pequeo Nkima nohaba hecho ms que arrojarle un palo mientras dorma en la horcadura de un rbol, yslo por eso haba perseguido al pequeo Nkima con incuestionable intencin homicida;utilizo esta palabra sin proyectar ninguna reflexin del monito. Nunca se le habaocurrido a Nkima, como al parecer jams se les ocurre a algunas personas, que, igual quela belleza, el sentido del humor en ocasiones puede resultar fatal.

    Nkima reflexionaba con tristeza sobre las injusticias de la vida. Pero haba otra causa detristeza ms profunda que deprima su pequeo corazn. Haca muchas lunas que su amose haba marchado y le haba abandonado. Era cierto que le haba dejado en un bonito yconfortable hogar, con gente buena que le alimentaba, pero el monto echaba de menos algran tarmangani, cuyo hombro desnudo era el nico refugio desde el que poda lanzarinsultos al mundo con absoluta impunidad. Durante mucho rato el pequeo Nkima habaafrontado los peligros de la selva y de la jungla en busca de su amado Tarzn.

    Como los corazones se miden por el amor y la lealtad, y no por dimetros encentmetros, el corazn del pequeo Nkima era muy grande -tan grande que detrs de l podan esconderse el corazn del ser humano medio y hasta l mismo- y durante muchotiempo haba sido la causa de un gran dolor en su diminuto pecho. Pero, por fortuna parael pequeoManu, su mente era tan ordenada que se distraa con facilidad incluso cuandosenta una gran afliccin. Una mariposa o un gusano poda llamar de pronto su atencin ysacarle de las profundidades de sus cavilaciones, lo cual estaba bien, ya que de locontrario se habra muerto de pena.

    Y ahora, al volver sus pensamientos melanclicos a la contemplacin de su prdida,

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    stos alteraron de pronto su tendencia al soplar una brisa de la jungla que llev a suaguzado odo un sonido que no era uno de los que formaban parte de sus instintoshereditarios. Era una disonancia. Y qu es lo que provoca disonancia en la jungla ascomo en cualquier otro lugar en que entre? El hombre. Eran voces de hombres lo que

    Nkima oa.

    En silencio, el monito se fue deslizando por los rboles en la direccin de donde provenan los sonidos; y despus, cuando los sonidos se oyeron ms fuertes, le lleg loque era, en lo que se refera a Nkima o, en realidad, a cualquier otro habitante de la jungla, la prueba definitiva de la identidad de quienes producan el ruido: el rastro de olor

    Todo el mundo ha visto que un perro, quiz su propio perro, le medio reconoce a uno por la vista; pero alguna vez ha quedado completamente satisfecho sin probar y aprobarcon su sensible olfato lo que han visto sus ojos?

    Y as ocurra con Nkima. Sus odos haban sugerido la presencia de los hombres, yahora su olfato le aseguraba definitivamente que haba hombres cerca. No pens en elloscomo hombres, sino como grandes simios. Entre ellos haba gomangani, grandes simiosnegros: hombres negros. Esto se lo dijo su olfato. Y tambin haba tarmangani. stos, que

    para Nkima seran grandes simios blancos, eran los hombres blancos.Su olfato busc con impaciencia el rastro de olor conocido de su amado Tarzn, pero nose encontraba all, eso lo supo incluso antes de tener a los extraos al alcance de la vista.

    El campamento que ahora contemplaba desde un rbol cercano estaba bien montado.Era evidente que haca das que se encontraba all y caba esperar que permaneciera anms tiempo. No era un campamento para pasar una sola noche. Las tiendas de loshombres blancos y los beyts de los rabes estaban dispuestos casi con precisin militar ydetrs se hallaban los refugios de los negros, construidos con los materiales que lanaturaleza haba proporcionado en el mismo lugar.

    En el interior de un beyt rabe, que tena la abertura frontal abierta, estaban sentadosvarios beduinos blancos bebiendo su inevitable caf; en la sombra de un gran rboldelante de otra tienda haba cuatro hombres blancos absortos en una partida de cartas;entre los refugios de los nativos, un grupo de fornidos guerreros galla jugaban a minkalaTambin haba negros de otras tribus, hombres de frica Oriental y de frica Central, yalgunos negros de la costa occidental.

    Catalogar esta variada agrupacin de razas y colores habra desconcertado a cualquierviajero o cazador africano con experiencia. Haba demasiados negros para creer que todoseran porteadores, pues con todos los fardos del campamento listos para su transporte nohabra habido ms que una pequea carga para cada uno de ellos, aun despus de haberincluido ms que suficiente entre los askari, que no llevan ninguna carga aparte de su rifley municin.

    Tambin haba ms rifles de los necesarios para proteger incluso a un grupo de mayor tamao. En verdad pareca haber un rifle para cada hombre. Pero stos eran detallesmenores que no causaban ninguna impresin en Nkima. Lo nico que le impresionaba erael hecho de que hubiera tantos tarmangani y gomangani extraos en la regin de su amoy como para Nkima todos los extraos eran enemigos, estaba intranquilo. Ahora ms quenunca deseaba encontrar a Tarzn.

    Un indio de piel oscura, con turbante, estaba sentado en el