Bennington, Geoffrey y Derrida, Jacques (1991), Jacques Derrida

download Bennington, Geoffrey y Derrida, Jacques (1991), Jacques Derrida

of 31

  • date post

    15-Oct-2015
  • Category

    Documents

  • view

    93
  • download

    3

Embed Size (px)

Transcript of Bennington, Geoffrey y Derrida, Jacques (1991), Jacques Derrida

Geoffrey Bennington

De DERRIDABASE

En G. Bennington y J. Derrida, Jacques Derrida, trad. M Luisa Rodrguez Tapia, Ctedra, Madrid, 1994, pp. 121-213. Edicin digital de Derrida en Castellano.

Geoffrey Bennington y Jacques Derrida

El nombre propio El inconsciente Babel

Tiempo y finitud La firma La literatura

La metfora La traduccin El don

EL NOMBRE PROPIO

- El nombre propio debera garantizar una cierta conexin entre lenguaje y mundo, en la medida en que debera designar a un individuo concreto, sin ambigedad, sin necesidad de pasar por los circuitos de la significacin. Incluso si aceptamos que la lengua est compuesta de diferencias y, por tanto, de huellas, parece que el nombre propio que forma parte del lenguaje, seala directamente al individuo al que da nombre. Esta posibilidad de designacin con nombre propio tiene que ser el verdadero prototipo del lenguaje y, como tal, puede determinar el telos de este ltimo: por complicadas que se hayan vuelto nuestras necesidades en materia de lenguaje, el ideal regulador puede y debe seguir siendo el de dar nombre propio, incluso a la verdad misma, en ltima instancia (M, 276 sq.). Frege, por ejemplo, ya que lo mencionas, resuelve su distincin entre sentido y referencia concibiendo las frases como nombres propios de proposiciones que tienen siempre como referencia bien un objeto que llamamos verdadero bien un objeto que llamamos falso. Incluso si debiramos aceptar lo que afirma Derrida de la lengua, sta es una ocasin que se escapa a su famosa textualidad y que le da un fundamento que limita el exagerado alcance que l intenta atribuir a la diferenzia.

- No es errado ver en el nombre propio un desafo importante. Constituye precisamente la clave del logocentrismo. Pero no existe el nombre , propio. Lo qu designamos con el nombre comn genrico nombre propio tiene que funcionar tambin en un sistema de diferencias: este o aquel nombre propio, y no otro, designa a este o aquel individuo, y no a otro, y se encuentra, por tanto, marcado por la huella de los dems en una clasificacin (GL, 99b; 155a), aunque no sea ms que de dos trminos. Estamos ya en la escritura con los nombres propios. Para que exista un nombre verdaderamente propio, sera necesario que no hubiera ms que un solo nombre propio, que entonces no sera ni siquiera un nombre, sino la pura llamada al otro puro; el vocativo absoluto (GR, 162-164; cfr. ED, 155; OA, 142-143), que ni siquiera llamara, porque la llamada implica distancia y diferenzia, sino que se pronunciarla en presencia del otro que, entonces, no seria ni siquiera otro, etc. Lo que denominamos nombre propio es, pues, siempre impropio, y el acto de nombramiento que se deseara como origen y prototipo del lenguaje supone la escritura en el sentido amplio que da a tal palabra Derrida. El acto de nombrar violenta la presunta unidad que se supone que debe respetar, da existencia y la retira al mismo tiempo (ED, 107), el nombre propio borra el propio que anuncia (CP, 383), se rompe (GL, 41 b) o se anula (GL, 232b), es la oportunidad de la lengua, destruida inmediatamente (GL, 264b): nombrar desnombra (PAR, 99), el nombre propio despoja, desapropia, expropia (CP, 379; 382) en lo que se llamar finalmente abismo de lo propio o de lo nico (EP, 95-96; PAR, 214; SI, 28); y si se quiere designar ese origen con el nombre de Dios, el mejor nombre propio, el ms propio (OT, 27-28), se arrastra a Dios en la violencia de la diferencia (ED, 170), se le convierte en el nombre de quien me desposee de m mismo (ED, 268-272), el nombre de la confusin originaria de los nombres, Babel (OA, 134 sq.; PS, 204 sq.; 218-219; UG, 38-41), Locuras (PS, 479). Ningn nombre propio que empiece as a verse adulterado por el comn (OA, 143), a insinuarse en la lengua: lo que se va a llamar literatura. Lo veremos dentro de un instante: el nombre propio lleva la muerte de su portador mientras garantiza su vida y le da seguridad durante y sobre su vida (PS, 384).

- Dentro de un instante: sin embargo, hay instantes, aqu y ahoras anteriores a que la gran mquina de la diferenzia se ponga en marcha, puntos de origen absolutos hacia los que seala la verdad. Aceptemos que el nombre llamado propio est ya inmerso en un sistema de diferencias, llamemos a eso escritura, si quieres, e incluso, para adelantar lo que no vas a dejar de hacer en relacin con la metfora, aceptemos que nombre propio y sentido propio no se distinguen ms que de forma secundaria sobre un fondo de impropiedad o metfora originarias. Pero lo que hace que llamemos propios a los nombres propios tiene que depender de un elemento o un momento de propiedad, aunque no sea ms que un abrir y cerrar de ojos, que tales nombres subrayan y conmemoran, como si dijramos. No sigue siendo cierto que pienso, luego existo es verdad cada vez que lo concibo o me lo digo a m mismo en un aqu y ahora, y que, por encima o por debajo de los nombres que se me puedan dar, y que ya no sern verdaderamente propios, es la concrecin de esta verdad lo que une lengua e incluso escritura a un instante fundador que precede a tu famoso texto? Mi nombre llamado propio me seala a m mismo mi identidad, que se basa, en ltima instancia, en esos momentos de certeza irrefutable. O bien se basar el lenguaje en un indudable sentido-estmulo (Quine) que no impedir, en absoluto, toda clase de vacilaciones y ambigedades en esta situacin lmite que llamaremos de traduccin radical pero que constituye, en cierto modo, la verdad del lenguaje. Para evitar el caos que alegremente llamas diseminacin, hay que reconocer que tales momentos, sealados por los decticos en general, sujetan el tejido del lenguaje a su otro, sin reducir ese otro al lenguaje.

- Tomemos, pues, estos decticos. No poseen ningn privilegio particular, en este sentido. Para quien adopte la versin cogito de la objecin, que pretende marcar y sustraer un origen subjetivo a la deriva general, volvemos a encontrarnos con Husserl. Ya hemos visto todos los problemas planteados por su distincin entre expresin e indicacin: Husserl est obligado a reconocer que un trmino como yo funciona como indicacin en la interlocucin, pero quiere, igual que t, salvar la pureza de la expresin en el soliloquio. Pero podemos mostrar (VP, 105108) que, como cualquier otro trmino, yo debe poder funcionar en ausencia de su objeto, y, como cualquier otro enunciado (sa es la medida de su idealidad necesaria), yo soy debe poder ser comprendido en mi ausencia y despus de mi muerte. Adems, slo teniendo en cuenta esto se hace posible un discurso sobre el ego trascendental, lo que demuestra una vez ms el nexo que une lo trascendental a la finitud. El sentido, incluso de un enunciado como yo soy, es perfectamente indiferente al hecho de que yo est vivo o muerto, sea un ser humano o un robot. La posibilidad de que est muerto es necesaria para el enuncia do. Y si enlazamos, de forma un poco brutal, con Quine (pero quiz no haya que sorprenderse de encontrar un fondo de fenomenologa impensada en la filosofa llamada analtica [LI, 79-80; 236]), afirmaremos que la identidad propia del stimulus en ese sentido, antes de que haya que decidir, en el ejemplo de Quine, si Gavagai debe traducirse por conejo que pasa o paso de conejo, debe suponer la posibilidad de la repeticin; y, en consecuencia, la posibilidad de una idealidad y, por tanto, tambin de diferencias, huellas y diferenzia, que por s solas podran justificar la suposicin de que dos interlocutores (como el autctono y el etnlogo en la fbula de la traduccin radical) reciben el mismo stimulus, marcado por el dectico en la pregunta del etnlogo Cmo llama usted a eso?.

Tanto si se intenta comprobar desde el lado del sujeto como desde el lado del objeto, el paso a la lengua no supone un sentido previo que los signos, despus, slo tendran que expresar, sino una cierta continuidad que aqu denominamos lo mismo (y que no es ms que la diferenzia [M, 18)). Lo cual hace que, al referirse a un stimulus o a una presencia propia del sujeto, al final no se remita a una presencia fundamental en relacin con la cual se podran prever cmodamente todas las ambigedades que se deseen, sino a otra red de huellas. Esta continuidad (que no est hecha ms que de diferencias y cesuras) no permite dar crdito a la idea de un abismo entre lenguaje y mundo o experiencia, ni tampoco, por ejemplo, entre espacio de lo legible y espacio de lo visible (PS, 106). Ello no impide reconocer todo tipo de diferencias entre estos campos, pero obliga a pensar que la huella es su posibilidad comn.

Si el fundamento, garantizado por nombres propios y decticos, se divide y complica de este modo, nos puede sorprender ver que Derrida, en su texto sobre Descartes, en el que se distancia de los anlisis de Foucault, menciona, antes del enunciado del cogito, una experiencia instantnea, una punta (ED, 91) anterior a cualquier frase. No es se precisamente el tipo de fundamento sobre el que acabamos de mostrar dudas, prolongando la exposicin posterior?

Advirtamos, en primer lugar, que el objetor aceptaba provisionalmente la necesidad de presentar la lengua en trminos de diferenzia, y buscaba en el lenguaje huellas que no fueran simplemente huellas de huellas, sino que remitieran al final a un origen que se escapara del texto, sin dejar de ser su base. Ese origen protegera el sistema contra la locura de la diseminacin permanente. Ahora bien, en el planteamiento de Descartes, es precisamente la punta de la experiencia la que est loca, por ser anterior a la distincin metafsica entre razn y locura, y el enunciado que la inscribe en el lenguaje (aunque no sea ms que para dirigirla al propio sujeto) es el que la conduce a la lgica y la razn. Que no nos engae lo instantneo de esta punta (ni tampoco una referencia semejante a la energa viva del sentido en un texto de esta poca [ED, 13]): pese a ciertas apariencias, no se trata, precisamente, de un origen en sentido metafsico. All do