23718876 Powell John Las Estaciones Del Corazon

194
John PoweII Las estaciones del corazón Sal Terrae

description

Crecimiento.Interior

Transcript of 23718876 Powell John Las Estaciones Del Corazon

John PoweII

Las estaciones del corazón

Sal Terrae

Colección «PROYECTO»

55 John Powell, SJ

Las estaciones del corazón

Editorial SAL TERRAE Santander

Título del original en inglés: Through Seasons ofthe Heart

© 1987 by John Powell, SJ Tabor Publishing,

a división of RCL Enterprises 200 East Bethany Drive, Alien (Texas)

Traducción: Ana María Velasco Gil

© 1999 by Editorial Sal Terrae Polígono de Raos, Parcela 14-1

39600 Maliaño (Cantabria) Fax: 942 369 201

E-mail: [email protected] http//:www.salterrae.es

Con las debidas licencias Impreso en España. Printed in Spain

ISBN: 84-293-1302-8 Dep. Legal: BI-677-99

Fotocomposición: Sal Terrae - Santander

Impresión y encuademación: Grafo, S.A. - Bilbao

índice

Presentación 7

INVIERNO Enero . . . .* 11 Febrero 42 Marzo 71

PRIMAVERA Abril 105 Mayo 135 Junio 166

VERANO Julio 199 Agosto 230 Septiembre 261

OTOÑO Octubre 293 Noviembre 324 Diciembre 354

5

Presentación

Estoy realmente en deuda con mi colega y amiga Loretta Brady, pues suya fue la idea de publicar un libro de lecturas diarias tomadas de mis escritos y mis programas audiovisuales, y le estoy sumamente agradecido por su paciencia y perseverancia en la selección y edición de estas lecturas. Contando con mi apoyo, Loretta ha modificado en varias ocasiones la redacción y la puntuación de los textos originales, cambios que en algunos casos han proporcionado un contexto y en otros han contribui­do a una mayor fluidez y continuidad del texto.

Al leer y escuchar las diversas obras y los distintos trabajos publicados a lo largo de los últimos veinte años, Loretta ha seleccionado cuatro temas: 1) hacerse persona; 2) hacerse una persona amante; 3) lograr comunicarse; y 4) llegar a ser creyen­te. En su selección de las lecturas de cada día ha entrelazado hábilmente estos cuatro temas en cada estación del año: prima­vera, verano, otoño e invierno, las estaciones del corazón.

Cuando leí la versión final de esta selección, estuve varias veces a punto de ruborizarme, porque era dolorosamente cons­ciente de las discrepancias entre lo que decía y mi modo de vivir. Mi inquieta conciencia me azuzaba diciéndome: «Si estás verda­deramente convencido, ¿por qué no lo pones en práctica mejor?» Por tanto, desde el principio era consciente de la necesidad de advertir al lector que los ideales presentados en esta selección son para mí precisamente eso: ideales. Desgraciadamente, no los he hecho realidad. Pero, como el lector verá en las páginas siguientes, le ruego que sea paciente, porque «Dios aún no ha acabado conmigo».

En 1966, mi viejo amigo de los días escolares Dick Leach asistió a un retiro que dirigí en la Casa de Ejercicios de los jesuí­tas en Barrington, Illinois, y me insistió mucho en que diera a conocer parte de los contenidos del mismo, prometiendo publi-

7

car en el futuro todo lo que yo escribiera. De modo que nos es­trechamos las manos y formamos un equipo. Argus Press se convirtió en Argus Communications y recientemente adoptó el nombre de Tabor Publishing.

Ya han pasado veinte años desde aquel apretón de manos, y Tabor ha publicado hasta la fecha casi trece millones de ejem­plares de diez libros míos, que han sido traducidos a diez idio­mas. También los programas audiovisuales producidos y edita­dos por Tabor son ya muchos millones. Se trata de un vigésimo aniversario muy feliz.

Nadie está más sorprendido que yo de todo ello. En lo más profundo de mi interior hay un tímido chaval que parpadea des­lumhrado preguntándose: «¿Todo esto me está sucediendo de verdad?» Mi corazón no deja de repetir las palabras del salmis­ta: «¿Qué puedo dar al Señor a cambio de todas las cosas que él me ha dado?» Gracias, Señor.

Y gracias también a ti, Loretta. Gracias Dick Leach. Gracias queridos lectores. Y, por íavor, recordad que os amo.

JOHN POWEIX, SJ

8

Invierno

1 DE E N E R O

J—Ja más importante de todas nuestras percepciones es la forma de percibirnos a nosotros mismos. El folklore de los indios ameri­canos incluye un relato que ilustra muy claramente este hecho. De acuerdo con la leyenda, un indio muy valiente se encontró un huevo de águila que había caído del nido sin romperse. Como no podía encontrar dicho nido, el indio colocó el huevo en el de un pollo silvestre, donde fue incubado por una gallina clueca y donde la cría de águila, con sus poderosos ojos, vio el mundo por prime­ra vez. Y como su único modelo eran los pollitos, se limitaba a hacer lo mismo que ellos: caminar, escarbar la tierra, picotear aquí y allá buscando granos y cascaras desperdigadas y revolotear de vez en cuando a poca distancia del suelo para descender de nuevo. El águila aceptaba e imitaba la rutina diaria de los pollitos inca­paces de volar. Y pasó la mayor parte de su vida viviendo de este modo.

Cierto día, otro águila sobrevoló la nidada de pollos, y nuestro águila, ya vieja pero pensando aún que era un pollo silvestre, miró hacia arriba con temerosa admiración ante aquella gran ave que surcaba los cielos. «¿Qué es eso?», preguntó asombrada. Uno de los viejos pollos respondió: «Yo ya he visto otra antes. Es un águi­la, la más orgullosa, fuerte y grandiosa de todas las aves. Pero ni sueñes con ser como ella. Tú eres un pollo silvestre como el resto de nosotros». Y así vivió y murió el águila, encadenada por esta creencia, pensando que era un pollo silvestre.

Nuestras vidas están configuradas por el modo de percibirnos a nosotros mismos. Las actitudes mediante las cuales nos percibi­mos y evaluamos nos dicen quién somos y describen el comporta­miento adecuado para ese tipo de persona. Vivimos y morimos de acuerdo con nuestra autopercepción.

De The Christian Vision.

11

2 DE E N E R O

JL ú y yo miramos la realidad (nosotros mismos, los demás, la vida, el mundo, Dios...) con los ojos de nuestra mente. Pero todas esas cosas las vemos de manera diferente. Tu visión de la realidad no es la mía, y viceversa. Tanto tu visión como la mía son limita­das e inadecuadas, aunque no en idéntico grado. Tanto tú como yo hemos malinterpretado y distorsionado la realidad, pero lo hemos hecho de maneras diferentes. Cada uno de nosotros ha visto una parte de verdad y de belleza que el otro no ha sido capaz de ver. Lo decisivo es que las dimensiones y la claridad de dicha visión son las que determinan las dimensiones de nuestros mundos respec­tivos y la calidad de nuestras vidas. En la medida en que no haya­mos sabido ver ó hayamos distorsionado la realidad, en esa misma medida han quedado reducidas nuestras respectivas vidas y nues­tra felicidad. Por tanto, si queremos cambiar (crecer), primero ha de producirse un cambio en dicha visión o percepción fundamen­tal de la realidad.

Suele admitirse que una auténtica y plena vida humana se asienta en tres factores que son como las tres patas de un trípode: la dinámica intrapersonal, las relaciones interpersonales y el marco de referencia. En mis anteriores ensayos me he referido principalmente a los dos primeros. Ahora me interesa fijarme en el tercero: el marco de referencia, la percepción básica de la reali­dad por la que integramos, valoramos e interpretamos a nuevas personas, acontecimientos e ideas. Cuando una persona lo sufi­cientemente flexible continúa integrando lo «nuevo», su propia percepción o visión básica resulta transformada. Pero es siempre dicha visión, aunque cambie, la que controla la calidad de la vida humana y la participación en ella.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

12

3 DE E N E R O

JLodo niño que viene a este mundo es un interrogante viviente. Y la primera pregunta que se hace se refiere a sí mismo: ¿Quién soy yo? El niño procede inmediatamente a descubrir la realidad física: sus manos, sus pies, etc. Luego vienen experiencias como la de sentirse húmedo o la de tener hambre... Finalmente, sobrevie­ne el descubrimiento de la realidad emocional personal: seguri­dad, inseguridad, necesidad de gratificación y de cuidados... En algún momento, a lo largo de este progresivo proceso de autocon-cienciación, el niño empieza a descubrir que él no es toda la reali­dad, que los demás seres no son una mera prolongación suya. Se inicia aquí el sorprendente descubrimiento de la otrrídad: ¿Quiénes son esos seres? Unos son cálidos, otros son fríos; a unos se les puede manipular llorando, a otros no...

Lo que todas las demás personas tienen en común con el niño es que están ahí, que forman parte del mundo, y el niño tiene que aprender a relacionarse con ellas. Así pues, desde los primeros días de su vida, el niño ha de abordar la tarea de interpretar la rea­lidad y acomodarse a ella. A medida que sus ojos van captando la realidad física, su pequeña mente comienza su propia labor de comprensión, interpretación y evaluación. Es el comienzo de una «visión» que habrá de configurar una vida humana.

El cuerpo humano tiene una capacidad instintiva de adapta­ción: los poros se cierran cuando hace frío; las pupilas se contra­en con la luz... Del mismo modo, a medida que va creciendo, el niño irá desarrollando todo un repertorio de reacciones psicológi­cas de adaptación comparables a las del cuerpo; y así, cada vez que perciba en su mundo un nuevo ser, tendrá que hacer un reajuste. Con el tiempo, este proceso dará lugar a la interpretación perso­nalizada de la realidad y la adaptación a la misma propias de un ser humano que siempre será único.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

13

4 DE E N E R O

JL odos hemos nacido con un valor único e incondicional. A lo largo de la historia de la humanidad, cada uno de nosotros es un misterio irrepetible, creado a imagen y semejanza de Dios. Pero sólo podemos conocernos a nosotros mismos cuando nos refleja­mos en los ojos de los demás. Consecuentemente, nuestra dota­ción básica de autoestima es, en gran parte, regalo de nuestros padres. Sin embargo, la mayoría —y pienso que todos en cierta medida— hemos percibido que su amor por nosotros era sólo con­dicional, que sólo nos lo manifestaban cuando satisfacíamos sus condiciones y que desaparecía cuando dejábamos de hacerlo. De lo cual hemos concluido que su amor no se basaba en lo que somos, sino que estaba condicionado por nuestros resultados. Y así hemos terminado pensando que nuestro valor está, en cierto modo, fuera de nosotros mismos. Dentro de nosotros no hay moti­vo alguno para el amor, la estima y el aprecio verdaderos por noso­tros mismos. No hay ocasión para la celebración.

Cuando el merecer el amor es cuestión de aprobar exámenes y satisfacer condiciones, comenzamos a experimentar más fraca­sos que éxitos. Y ante la experiencia del fracaso repetido, aparecen el conflicto, el miedo, la frustración, el dolor y, por último, alguna forma de autoaborrecimiento. Por eso pasamos el resto de nues­tras vidas intentando escapar de ese sufrimiento a través de algu­na estratagema. O intentamos adoptar alguna apariencia que agrade a los demás y nos proporcione la aceptación deseada. Renunciamos a ser nosotros mismos y jugamos a ser alguien dis­tinto, alguien que sea digno de reconocimiento y amor.

De El secreto para seguir amando.

14

5 DE E N E R O

• J a importancia de la autoimagen está acertadamente ilustra­da en el cuento de hadas Rapunzel, que es la historia de una joven encarcelada en una torre con una vieja bruja. La chica era real­mente muy bella, pero la vieja bruja le decía insistentemente que era fea. Naturalmente, ésa era la estratagema de la bruja para mantener a la joven presa en la torre. La liberación de Rapunzel se produjo un día en el que ella contemplaba el exterior desde la ven­tana de la torre, a cuyo pie se hallaba su Príncipe Encantado. Rapunzel dejó que su cabello, en largas y bonitas trenzas, cayera por la ventana (las raíces de sus trenzas, por supuesto, permane­cían unidas a su cráneo), entonces el príncipe realizó una escala con el cabello de Rapunzel por la que ascendió para rescatarla. En realidad Rapunzel no estaba encarcelada en la torre, sino presa del temor ante su propia fealdad, tal como la bruja se la había descri­to con tanta frecuencia y eficacia. Sin embargo, cuando Rapunzel vio reflejado en los ojos de su amante que era bella, se liberó de la auténtica tiranía de su imaginaria fealdad.

Esto no sólo ocurre en el caso de Rapunzel, sino en el de todos nosotros, que necesitamos desesperadamente ver en el espejo de los ojos ajenos nuestra bondad y belleza si queremos ser verdade­ramente libres. Hasta que llegue ese momento, también nosotros permaneceremos encerrados en nuestras propias prisiones. Y si bien el impulso del amor nos exige salir de nosotros mismos y pre­ocuparnos de la felicidad y la plenitud de los demás, no amaremos lo suficiente hasta que hayamos tenido esta visión.

De Why Am I Afraid To Love?

15

6 DE E N E R O

JL odos tenemos en nuestro interior muchas cosas que nos gus­taría compartir. Todos tenemos nuestro pasado secreto, nuestras secretas vergüenzas y sueños fallidos, nuestras secretas esperan­zas... Pero, por muy grande que sea esa necesidad y deseo de com­partir dichos secretos y de ser comprendidos, cada uno de noso­tros debe tener en cuenta sus propios temores y los riesgos que corre. Sean cuales sean mis secretos, parecen formar parte de mí más profunda y singularmente que ninguna otra cosa. Nadie ha hecho jamás las mismísimas cosas que yo he hecho, nadie ha pen­sado mis pensamientos y nadie ha soñado mis sueños. Ni siquie­ra estoy seguro de poder encontrar las palabras con las que com­partir estas cosas con otro; pero hay algo de lo que estoy aún menos seguro: ¿qué le parecerían esas cosas a ese otro?

La persona que tiene una buena imagen de sí misma, que se acepta a sí misma real y verdaderamente, tendrá mucho adelan­tado en este momento de dilema. No es muy probable, en cambio, que una persona que nunca se ha dejado compartir pueda gozar del apoyo de una buena imagen de sí. La mayoría de nosotros hemos experimentado y realizado cosas y hemos vivido sensacio­nes y sentimientos que sabemos que jamás nos atreveríamos a contar a nadie, porque podríamos parecer ilusos, ridículos o engreídos. Toda nuestra vida podría parecer un espantoso fraude.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

16

7 DE E N E R O

ecuerdos. Las personas estamos hechas de recuerdos. La mitad de lo que somos está determinado por nuestros recuerdos. Los acontecimientos que suceden hoy en nuestras familias son los recuerdos del mañana. La bondad, el aliento o la solidaridad que invirtamos en otra persona será una inversión para siempre. Y producirá cuantiosos dividendos a lo largo de la vida de esa persona.

Algunos recuerdos simplemente ocurren mientras que otros deben planificarse. Sí, algunos recuerdos simplemente suceden: como el primer día de colegio y los múltiples acontecimientos que son simplemente parte de la vida cotidiana. En cambio, otros recuerdos tenemos que planificarlos, como las Navidades, las excursiones y los cumpleaños. En mi opinión, planificar las cosas es muy importante, porque permanecerán para siempre como recuerdos en nuestra mente y en nuestro corazón. De hecho, la mitad de lo que somos está determinada por los recuerdos que lle­vamos dentro.

Del programa de vídeo Families.

R

17

8 DE E N E R O

X iF o cabe duda de que la actitud que cada uno de nosotros tiene hacia sí mismo es la más importante de todas las actitudes. Hemos comparado la actitud con una lente de la mente. Siguien­do con esta comparación, la lente o actitud con la que cada cual se ve a sí mismo está siempre ante los ojos de la mente. Cuando reac­cionamos ante algo, otras lentes o actitudes pueden superponer­se, pero esta visión a través de la lente del «yo» afectará favorable o desfavorablemente al modo en que vemos todo lo demás. Nuestras diversas actitudes siempre están dispuestas a interpre­tar, evaluar y dictar una respuesta apropiada en función de lo que se trate. Sin embargo, es importante caer en la cuenta de que la actitud hacia uno mismo está siempre en acción, afectando al resto de nuestras actitudes y matizando nuestro modo de ver cada parte de la realidad. Ésta es, sin lugar a dudas, la actitud básica y fun­damental en todos y cada uno de nosotros.

Puede que la función y el resultado más cruciales de esta acti­tud hacia uno mismo sea que cada uno de nosotros lleva a la prác­tica su autoimagen. Por ejemplo, si me percibo como un perdedor, actúo como tal y me aproximo a cada nueva persona o situación con mentalidad de perdedor. Todas mis expectativas están impregnadas de dicha percepción de mí mismo. Y, como todos sabemos, la expectativa suele ser la madre del resultado. Nuestras expectativas de fracaso originan nuestros fracasos reales. Y cuan­do de hecho perdemos o fracasamos, nos ratificamos en nuestra actitud original de autoderrota. «¿Lo ves? ¡Ya te dije que yo no ser­vía! He fracasado otra vez». Es verdaderamente un círculo vicioso.

De The Christian Vision.

18

9 DE E N E R O

JL JLdce algunos años, un psicólogo llamado Cari Rogers propor­cionó a sus colegas unas ideas revolucionarias. Su planteamiento era que, en realidad, todos tenemos el mismo problema, aunque presentamos síntomas diferentes. Según Rogers, independiente­mente de los síntomas, el problema real es siempre el mismo: no nos comprendemos, aceptamos y amamos a nosotros mismos. Este problema puede manifestarse con diversos síntomas, pero sigue siendo radicalmente el mismo: que no nos proporcionamos comprensión, aceptación y amor. Por ello, Rogers sugiere que, en lugar de centrarnos en el síntoma, debemos simplemente aceptar a las personas tal como son. Lo que tenemos que decir a cuantos forman parte de nuestra vida es esto: «Te acepto. Te comprendo. Me preocupo por ti». Si podemos aceptarnos así los unos a los otros, creceremos todos individualmente en autocomprensión y autoaceptación.

Pensad en vuestros esposos y esposas, en vuestros hijos, vues­tros padres y vuestros amigos. En cierto sentido, tenemos el des­tino de cuantos amamos en nuestras manos. Si los aceptamos y amamos, serán capaces de aceptarse y amarse a sí mismos. No­sotros somos como un espejo situado frente a ellos que les dice: «¡Mirad! Sois bellos. Sois estupendos. Claro que tenéis problemas, no lo niego; pero quiero insistir en que sois espléndidos y deciros que os acepto como sois y me preocupo por vosotros». De acuerdo con el concepto de Rogers, cuando unas personas facultan a otras para comprenderse, aceptarse y amarse a sí mismas, los proble­mas sintomáticos (sean cuales fueren) desaparecen milagrosa­mente. No se trata de un tema para debatir, sino de algo que tene­mos que poner en práctica en nuestras vidas.

De la cassette My Vision and My Valúes.

19

10 DE E N E R O

n cierta ocasión, un sabio y viejo profesor se dirigió a un gru­po de jóvenes y entusiastas estudiantes a los que encargó la tarea de encontrar una flor insignificante en la cuneta de un solitario camino, pidiéndoles al mismo tiempo que estudiaran la flor largo rato. «Haceos con una lupa y estudiad las delicadas nervaduras de las hojas y fijaos en los matices y tonos del color. Girad la hoja len­tamente y observad su simetría. Y recordad que esa flor podría haber pasado desapercibida y haber sido despreciada si no la hubierais encontrado y admirado». Cuando los estudiantes regre­saron después de haber cumplido su tarea, el sabio y viejo profe­sor comentó: «Así son también las personas. Cada una es diferen­te, minuciosamente trabajada y singularmente dotada. Pero... tenéis que dedicarles tiempo para apreciarlo. Demasiadas perso­nas pasan desapercibidas y son despreciadas porque nadie les ha consagrado nunca tiempo ni ha admirado su singularidad». En verdad, cada uno de nosotros es una obra maestra única de Dios.

De The Christian Vision.

E

20

11 DE E N E R O

A b u r a n t e mucho tiempo tuve la impresión de que había cierta oposición entre el amor a uno mismo y la virtud cristiana de la humildad. Mi antigua interpretación de la humildad exigía que la persona negase rotundamente todo lo bueno acerca de sí misma y que centrara toda su atención consciente en las faltas y los fallos personales. Pero no dejaba de tener la sensación de que se trataba del camino hacia la autodestrucción psicológica.

Por eso me encantó descubrir que uno de los Padres de la Iglesia, san Ambrosio, obispo de Milán de finales del siglo iv, tenía una idea muy diferente acerca de la humildad, puesto que afir­maba que la «expresión perfecta de la humildad» se encuentra en el Magníficat de María, la madre de Jesús.

Según los evangelios, el contexto fue el siguiente: la prima de María, Isabel, estaba a punto de dar a luz (a Juan el Bautista), y era costumbre entre los judíos que todos los parientes de sexo femenino visitaran a la futura madre para ayudarla en el momen­to del parto. Yo sospecho que además de querer ayudarla, María estaba también ansiosa por compartir el secreto de su seno con su prima. En todo caso, poco después del anuncio del ángel, María emprendió un viaje de ciento veinte kilómetros desde Nazaret a Ain Karim, un barrio situado al suroeste de Jerusalén. Cuando María llegó, Isabel se quedó sorprendida: «¿A qué debo el honor de que la madre de mi Señor venga a visitarme?» Podemos per­fectamente imaginar que María abrazó cariñosamente a su prima y le explicó:

«Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaven­turada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre» (Le 1,46-49).

De The Christian Vision.

21

12 DE E N E R O

s un hecho que no podemos amar a los demás si no nos ama­mos a nosotros mismos, y así es precisamente como el manda­miento del Señor nos dice que amemos a nuestro prójimo. Una versión psicológica de este mandamiento podría perfectamente decir: «Amate a ti mismo y amarás a tu prójimo. Niégate a amar­te a ti mismo y no serás capaz de amar a tu prójimo». El Jesús al que yo conozco nos dice con insistencia que prescindamos de los platillos de nuestra balanza, que dejemos de sopesar lo que damos y lo que recibimos, que hagamos del amor la norma y la razón de nuestra vida. «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Y más adelante Jesús nos asegura: «Dichosos seréis si lo cumplís» (Jn 13,17). Sin embargo, es de crucial importancia caer en la cuenta de que nuestra actitud hacia nosotros mismos determina nuestra capacidad activa de amar a los demás. La dura realidad es que sólo en la medida en que nos amemos a nosotros mismos podremos amar verdaderamente a los demás, incluido Dios.

Si nuestra actitud hacia nosotros es mutiladora, nuestra capa­cidad de amar se ve proporcionalmente menoscabada. El dolor causado por una pobre autoimagen es como una violenta guerra civil en nuestro interior que centra toda nuestra atención en noso­tros mismos y nos deja muy escasa libertad para ir hacia los demás. Cuando sufrimos, incluso por algo tan simple como un dolor de muelas, estamos mínimamente disponibles para los demás. Si nuestra actitud hacia nosotros mismos nos provoca el dolor del vacío, no tenemos ni fuerzas ni deseos de ir hacia los demás. Sin embargo, a medida que esa actitud hacia nosotros mismos se vaya haciendo más positiva y alentadora, nuestro dolor se irá reduciendo en la misma proporción, y seremos más libres para interpretar las necesidades de los que nos rodean y respon­der a ellas. En suma, cuanto mejor sea nuestra autoimagen, tanto mayor será nuestra capacidad de amar. Por el contrario, cuanto mayor sea la influencia del dolor, tanto menor será nuestra capa­cidad de amar y de preocuparnos por los demás.

De The Christian Vision.

E

22

13 DE E N E R O

r \*J uando era joven y apasionado, le dije en cierta ocasión a un hombre mayor y más sabio que yo que pensaba emplear toda mi vida y mis energías en amar a los demás. Él me preguntó amable­mente si pensaba amarme a mí mismo con igual determinación. Le contesté que amar a los demás no me dejaría tiempo para amarme a mí mismo; y aquello sonaba a muy santo. Pero mi amigo, mayor y más sabio que yo, me miró fija y pensativamente y, finalmente, me dijo: «Estás embarcado en una carrera suicida». Mi fácil respuesta fue: «¡Qué hermosa manera de morir!, ¿no le parece?» Pero, naturalmente, él tenía razón. Ahora sé lo que él ya sabía entonces: que el amor verdadero a los demás tiene como premisa el amor verdadero a uno mismo.

Para entender lo que significa amarse a sí mismo, pregunté-monos primero qué significa amar a otro. El amor hace al menos estas tres cosas:

1. El amor estima y afirma el valor incondicional y único de la persona amada.

2. El amor reconoce e intenta satisfacer las necesidades de la persona amada.

3. El amor perdona y olvida los fallos de la persona amada.

Cuando se nos pide «amar al prójimo como a nosotros mis­mos», lo que subyace, evidentemente, es que cualquier cosa que hagamos por nuestro prójimo estemos dispuestos a hacerla tam­bién y sobre todo por nosotros mismos. En otras palabras, es un acuerdo que lo incluye todo. Son dos las personas a las que tienes que amar: tú y tu prójimo. No puedes amar a uno realmente sin amar al otro.

De El secreto para seguir amando.

23

14 DE E N E R O

Jtmagina que eres una de esas personas a las que amas de veras. Distancíate un poco y pregúntate: ¿He intentado realmente ver y afirmar mi valor incondicional y único tal como lo veo y afirmo de ellas? ¿Intento verdaderamente considerar y satisfacer mis pro­pias necesidades tal como considero y satisfago las suyas? ¿Me he perdonado realmente a mí mismo por mis faltas y errores del mismo modo que les he perdonado los suyos? Medita sobre ello. ¿Piensas de ti mismo con la misma amabilidad y afecto con que lo haces de aquellas personas a las que más amas? ¿Te concedes a ti mismo el mismo afecto y comprensión que les ofreces a ellas?

Supongamos que alguien te pide un favor. El amor te pide que intentes satisfacer la necesidad de tu amigo, pero hay alguien más al que debes considerar con igual atención: a ti mismo. Veamos tus necesidades. Una de tus necesidades primarias es darte con amor a los demás. La única forma de ser amado es amar. Las úni­cas personas verdaderamente felices son las que han encontrado a alguien o alguna causa a la que amar y pertenecer. Sin embargo, puede que tengas también otras necesidades que debas tener en cuenta. Puedes tener necesidad de descansar, o puedes tener otra obligación más urgente. Es posible que, consideradas todas las cosas, tengas que negarte a complacer la petición de tu amigo.

No estoy hablando de narcicismo. Me limito a describir lo que debe ser un amor equilibrado, que se extienda a uno mismo y al prójimo con igual interés. El equilibrio puede deshacerse tanto si nos preocupamos exclusivamente de nosotros mismos como si nos preocupamos únicamente del prójimo. Pero ninguna de ambas actitudes es humanamente viable. Ninguna de ellas repre­senta un amor verdadero y equilibrado.

De El secreto para seguir amando.

24

15 DE E N E R O

r \^J ada vez es mayor el convencimiento de que tenemos una ne­cesidad tan fundamental y tan esencial que, si se satisface, es casi seguro que todo lo demás se armonizará en una sensación gene­ral de bienestar. Cuando esa necesidad se alimenta como es debi­do, todo el organismo humano está sano, y la persona es feliz. Esta necesidad es la de un verdadero y profundo amor a uno mismo, una auténtica y gozosa autoaceptación, una verdadera autoestima, cuyo resultado es un sentido interior de celebración: «¡Es bueno ser uno mismo... Estoy feliz de ser yo mismo!».

¿Te has sentido incómodo e inquieto al leer esto? Condicio­nados como estamos por nuestra cultura, parece que somos emo-cionalmente alérgicos al vocabulario que habla del amor a uno mismo. La idea de alegrarnos y celebrar nuestra propia y singular bondad nos resulta extraña y fuera de lugar, porque la asociamos inmediatamente con el egoísmo, la vanidad y la autosuficiencia. Sospecho que la mayoría de nosotros nunca hemos atravesado la corteza de este difícil vocabulario y de estas sospechas para des­cubrir la realidad más importante de cualquier vida humana y el principio de todo amor humano.

De El secreto para seguir amando.

25

16 DE E N E R O

lugar de mostrar un yo que imaginamos inadecuado o desa­gradable, instintivamente construimos muros, en contra del con­sejo que nos da Robert Frost: no construyas un muro hasta que sepas lo que estás encerrando dentro y dejando fuera del mismo. En la medida en que experimentamos ansiedad, culpa y senti­mientos de inferioridad, sentimos la tentación de llevar máscaras y de representar un papel, porque no confiamos en nosotros mis­mos ni nos aceptamos. Los muros y las máscaras son medidas de autodefensa, y viviremos tras nuestros muros y llevaremos nues­tras máscaras siempre que las necesitemos.

Aunque pueda parecemos que estamos más seguros detrás de esas fachadas, se trata de una vida solitaria. Dejamos de ser au­ténticos y, como personas, nos morímos de hambre. Lo más triste de enmascararnos, sin embargo, es que nos aislamos de todo con­tacto genuino y auténtico con el mundo real y con otros seres humanos que tienen en sus manos nuestra madurez y plenitud potenciales. Cuando recurrimos a representar papeles o llevar máscara, no existe ninguna posibilidad de crecimiento humano o personal. Sencillamente, no somos nosotros mismos y, por lo tanto, no podemos evolucionar como deberíamos en una atmós­fera de crecimiento. Estamos meramente actuando en un escena­rio. Cuando caiga el telón después de nuestra representación, seguiremos siendo las mismas personas inmaduras que éramos cuando dicho telón se alzó al comienzo de la obra.

De Why Am 1 Afraid To Love?

26

17 DE E N E R O

c \*J ada uno de nosotros es una persona única y singular. Algunas veces bromeamos con otros diciéndoles: «Después de hacerte, Dios rompió el molde». De hecho, cada uno de nosotros ha sido forma­do en un molde único. Nunca ha habido y nunca habrá nadie exactamente igual a ti o a mí. Sin embargo, al comienzo de su vi­da, la persona está, como si dijéramos, cerrada, como el capullo de una flor o la yema de una planta. Sólo cuando el capullo de la flor reciba el calor del sol y el alimento de la madre tierra, se abrirá y pondrá de manifiesto toda la belleza latente que tiene dentro de sí. Análogamente, también los seres humanos, al comienzo de la vida, deben recibir el calor del amor humano, la seguridad y el ali­mento del afecto de sus padres, para abrirse y poner de manifies­to la singular belleza de la que Dios ha dotado a cada individuo.

Sabemos que si unas fuerzas hostiles, como una helada ines­perada, dañan el capullo de una flor, éste no se abrirá. Del mismo modo, una persona que viva sin el calor y el aliento del amor y que deba soportar la escalofriante ausencia del elogio y el afecto, per­manecerá encerrada en sí misma. Las dinámicas de la personali­dad se verán obstruidas. Y si las dinámicas de la personalidad se ven seriamente bloqueadas, el resultado será lo que los psicólogos denominan neurosis. Aunque hay muchas descripciones válidas de la neurosis, ésta se reconoce básicamente por la paralizante inca­pacidad de relacionarse bien con los demás, de acercarse a ellos y de aceptarlos como son sin temor al rechazo.

De Why Am I Afraid To Love?

27

18 DE E N E R O

JL e amas realmente a ti mismo? ¿Puedo pedirte que hagas una pequeña prueba que tiene que realizarse por la noche en el baño? Asegúrate de cerrar bien la puerta, porque cualquier observador se quedaría asombrado. Dirígete al espejo y di, «¡Eh tú, te amo!» Ahora bien, ésa no es la prueba —ya supongo que eso eres capaz de hacerlo—, sino la siguiente: ¿cómo te has sentido al decirlo?; ¿puedes pronunciar esas palabras con convencimiento o tienes la sensación de que tal acto de amor hacia uno mismo es una tonte­ría y una ridiculez? El gran psiquiatra Cari Jung observó en cierta ocasión que todos estamos familiarizados con las siguientes pala­bras de Jesús: «Cada vez que hagáis eso al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo haréis». Y Jung planteaba una cuestión exploratoria: «¿Qué ocurriría si descubrieras que el más pequeño de los hermanos de Jesús, el que más necesita de tu amor y al que más puedes ayudar amándole, la persona para la que tu amor ten­dría mayor significado..., qué ocurriría si descubrieras que el más pequeño de los hermanos de Jesús... eres tú?».

Del programa de vídeo Free To Be Me.

28

19 DE E N E R O

M—i as personas que acuden a los profesionales en busca de ayu­da, suelen hacerlo porque sus reacciones emocionales de carácter negativo se han hecho demasiado problemáticas o porque tienen la sensación de que su mundo se les viene abajo. El primer pro­blema con que se topa al tratar de ayudar a estas personas lo cons­tituye ese período de desintegración o desorientación que atravie­san al pasar de lo viejo a lo nuevo: una especie de «limbo» incier­to y caótico, aun cuando el dolor es muy real y muy convincente. Puede haber individuos que, hartos ya de luchas, de depresiones, de constantes estados de ansiedad o de hostilidad latente, hayan tocado fondo y estén deseando salir nuevamente a flote, dispues­tos a realizar el necesario esfuerzo y a asumir los riesgos de pen­sar y obrar de distinta manera. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que hay personas que parecen no llegar nunca a «tocar fondo» y que tienen, literalmente, que romperse en pedazos antes de decidirse a recomponer éstos de una forma nueva y diferente. Otras personas, en cambio, «tocan fondo» enseguida y están fácil­mente dispuestas a cambiar, porque intuyen que la trayectoria que siguen no las va a llevar, lamentablemente, a ninguna parte y, con­siguientemente, están dispuestas a realizar una reevaluación y a adquirir una nueva visión.

Finalmente, están los destinatarios de la nueva «bienaventu­ranza»: ¡Dichosos los que tienen hambre de una vida en toda su plenitud! Estos no sienten gana ni deseo alguno de conformarse con nada que suene a mediocridad. Son los «pioneros» que escri­ben nuevas canciones, estudian nuevas teorías y hasta construyen mejores ratoneras; y, aunque se les puede encontrar en las ofici­nas, en las escuelas, en las fábricas o en los supermercados, todos ellos tienen, por así decirlo, sangre de aventurero en sus venas. Dicen abiertamente «sí» a la vida y «amén» al amor y están dis­puestos a reconsiderar su sistema de creencias, a someterse a la terapia de la visión y a cualquier otra cosa que augure crecimien­to. Para ellos, el dejar de crecer es dejar de vivir: cuando has aca­bado de crecer, ¡estás acabado!

De Plenamente humano, plenamente vivo.

29

2 0 DE E N E R O

j L / a s experiencias de hoy son los recuerdos de mañana. En mi opinión, el recuerdo más importante que los niños tienen de su vida familiar es el del amor que se profesan sus padres. Las únicas personas que conozco que no creen en el amor como algo perma­nente, como algo fiable, son las personas que nunca lo han expe­rimentado u observado.

Yo suelo visitar las tumbas de mis abuelos y de mis padres y me fijo en sus nombres. Recibí el nombre de John Powell por mi abuelo. Me fijo en «John Powell y Mary Ellen Hardin Powell» y en «Jennie y William Powell». Me fijo en sus nombres y digo: «No estáis muertos. No estáis muertos, porque sin duda estáis con Dios en el cielo. Estoy seguro. Sé que estáis vivos, que vuestra vida no finalizó con la muerte, sino que tan sólo cambió. Pero quiero deci­ros algo más: estáis muy vivos dentro de mi. Recuerdo todas las historias que me contasteis, todos los momentos que compartis­teis conmigo, todas las veces en que me sentasteis en vuestro regazo... Todo está vivo dentro de mí. Y quiero daros las gracias, deseo agradeceros tantos recuerdos hermosos».

Del programa de vídeo Famüies.

30

2 1 DE E N E R O

c \_> uando el encuentro y la relación de auténtico amor han desa­parecido de una vida humana, suele ser porque la persona, ya sea por timidez o por egoísmo, ha cerrado a cal y canto las puertas de su corazón. Es incapaz o no está dispuesta a arriesgarse a ser transparente, a mostrar a otras personas las áreas más sensibles de su alma. Sin esa capacidad de riesgo, la vida humana no puede ser más que una prolongada y dolorosa inanición, y el mundo una prisión deprimente. Responder a la llamada del amor exige mucho valor y mucha decisión, porque el exponerse conlleva siempre el riesgo de resultar gravemente herido. Pero el amor sin transpa­rencia es imposible, y la vida humana sin amor resulta irremedia­blemente incompleta.

Los que están dispuestos a amar, al final acaban encontrando el amor. Y entonces ya disponen del espejo que refleja la imagen de una persona que ama, lo cual constituye el comienzo de una genuina autoestima y autocomplacencia. Por eso es por lo que dice Viktor Frankl que el origen de la verdadera autoestima se encuen­tra en «la valoración que se refleja en aquellos a los que hemos amado».

Si algo es el amor, es un proceso gradual, una larga y pronun­ciada curva que debe tomarse con sumo cuidado, no un ángulo recto que pueda doblarse de golpe y de una vez por todas. Hasta descubrir la auténtica dicha del amor, el hombre o la mujer deben emprender un largo viaje y recorrer muchos kilómetros, atravesar densos y oscuros bosques y afrontar innumerables riesgos. Por eso el amor requiere más cuidados que la mayoría de las cosas. El amor exige abstenerse de todo cuanto pueda emponzoñarlo. Exige mucho valor, mucha perseverancia y mucha autodisciplina.

Pero el viaje hacia el amor es el viaje hacia la plenitud de vida, porque sólo en la experiencia del amor podemos conocernos a nosotros mismos. Sólo amando podemos aceptar gozosamente lo que somos y lo que seremos y descubrir la plenitud de vida que es la gloria de Dios.

De El secreto para seguir amando.

31

2 2 DE E N E R O

• ' a persona plenamente humana mantiene un equilibrio entre «interioridad» y «exterioridad». Tanto el introvertido extremo como el extrovertido extremo están des-equilibrados. El introver­tido está interesado casi exclusivamente en sí mismo; él es el cen­tro de gravedad de su propio universo; y, debido a la preocupación que siente por sí mismo, es ajeno al vasto mundo que le rodea. Por su parte, el extrovertido extremo se prodiga hacia fuera, pasando de una distracción externa a otra; su vida no es en absoluto re­flexiva y, consiguientemente, apenas tiene profundidad. Como dijo Sócrates: «La vida sin reflexión no merece la pena ser vivida». La primera condición pare el crecimiento humano es, pues, el equilibrio.

El equilibrio entre «interioridad» y «exterioridad» es lo que se entiende por «integración de la personalidad». Todos somos capa­ces de exagerar, y todos podemos volcarnos excesivamente hacia dentro o hacia fuera. Todos podemos hacernos esclavos de nues­tros placeres sensoriales, sin pararnos a reflexionar sobre nuestra paz anímica o sobre nuestra necesidad social de amar y darnos a los demás. O podemos también exagerar en sentido contrario y dejarnos esclavizar por el «intelecto» y vivir únicamente del cuello hacia arriba.

Cuando el hombre vive plenamente con todas sus facultades y armoniza todas sus fuerzas, la naturaleza humana demuestra ser constructiva y digna de confianza.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

32

2 3 DE E N E R O

m 4 a «interioridad» implica que una persona se ha explorado y experimentado a sí misma. Esa persona es consciente de la vitali­dad de sus sentidos y emociones, de su mente y de su voluntad, y no le producen extrañeza ni miedo las actividades de su cuerpo y de sus emociones. Sus sentidos le hacen experimentar tanto la belleza como el dolor, y no rechaza ninguna de las dos cosas. Es capaz de experimentar toda la gama de emociones, desde la aflic­ción hasta la ternura. Su mente es viva y perspicaz; su voluntad busca poseer cada vez más todo cuanto es bueno y, al mismo tiem­po, saborea lo que ya posee. Esta persona se ha escuchado a sí misma y sabe que nada de lo que ha oído es malo o aterrador.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

33

2 4 DE E N E R O

M—i a «interioridad» implica autoaceptación. La deseada interio­ridad significa que esa persona «que funciona plenamente», «que se auto-realiza» y que es «plenamente humana» no sólo es cons­ciente de sus necesidades y actividades físicas, psicológicas y espi­rituales, sino que además las acepta como buenas. Se siente a gusto con su propio cuerpo, con sus emociones (tanto afectuosas como hostiles), con sus impulsos, pensamientos y deseos. Y no sólo se siente a gusto con lo que ya ha experimentado en sí misma, sino que esta persona está abierta a nuevas sensaciones, a nuevas y más profundas reacciones emocionales y a distintos pen­samientos y deseos. Acepta su condición cambiante, porque el cre­cimiento es cambio. Su destino último como ser humano, es decir, lo que será al final de su vida, es algo deliciosamente desconoci­do. No hay ninguna pauta de crecimiento humano que pueda ser pre-estructurada para todos. No ambiciona llegar a ser como cual­quier otra persona, porque ella es ella misma; y su yo potencial, que se realiza a diario a base de nuevas experiencias, posiblemen­te no sea susceptible de ser definido en ninguna fase de su creci­miento. Su potencial es explorado constantemente.

La persona plenamente humana se acepta tal como es física, emocional e intelectualmente. Sabe que lo que ella es, es bueno; y sabe que su yo es aún mayor en potencia. Pero es realista acerca de sus propias limitaciones, y por eso no pierde el tiempo en soñar en lo que querría ser ni emplea el resto de su vida en tratar de con­vencerse de lo que es. Ha escuchado y escudriñado en su interior y ha amado lo que realmente es. Confía en sus propias dotes y recursos y en su capacidad para adaptarse y hacer frente a todos los desafíos que la vida le presente.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

34

2 5 DE E N E R O

J /a «exterioridad» implica que la persona está abierta no sólo a sí misma y a su interior, sino a su entorno exterior. La persona ple­namente humana está en profundo y significativo contacto con el mundo exterior a ella. No sólo se escucha a sí misma, sino que escucha también las voces de su mundo. La amplitud de su propia experiencia individual se ve infinitamente multiplicada gracias a una sensitiva empatia con otros. Sufre con los que sufren y se ale­gra con los que están alegres. Renace con cada primavera y siente el impacto de los grandes misterios de la vida: nacimiento, creci­miento, amor, sufrimiento, muerte... Su corazón late al ritmo del de los jóvenes enamorados y comparte en cierto modo su júbilo. También conoce la filosofía de la desesperación del «ghetto» y la soledad de los que sufren sin remedio, y la campana nunca dobla sin que, de alguna extraña manera, doble también por él.

«Crea en mí, oh Dios, un corazón atento», reza el salmista.

Lo contrario a esta apertura es una especie de actitud defensi­va del que oye únicamente lo que quiere oír y ve exclusivamente lo que quiere ver, conforme a su manera de ser y a sus pre-juicios. La persona defensiva no puede crecer como es debido, porque su mundo no es mayor que ella misma, y su horizonte es un círculo cerrado.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

35

2 6 DE E N E R O

ecimos que las personas son maduras o inmaduras, pero la verdad es que toda vida humana debería representar un creci­miento continuo hacia la plena madurez. En este proceso de auto-revelación y autoexpansión están implicadas las que hemos deno­minado «dinámicas de la personalidad». En consecuencia, todos los signos de inmadurez se caracterizan de algún modo por con­verger en uno mismo. El egocentrismo se delata a sí mismo de muchas maneras: mediante el rencor, los prejuicios, las malas caras, los pensamientos irracionales y los sentimientos de inferio­ridad exagerados, la preocupación excesiva por la opinión que los demás tienen de nosotros, la inquietud, la dependencia excesiva de los padres o de la familia, las actitudes rebeldes o irascibles, la jactancia o la intimidación, las rabietas, la negatividad de las crí­ticas destructivas, la desidia, la autoindulgencia, las burlas humi­llantes para los demás, los flirteos, etc., etc.

Los signos de la madurez se reconocen en la capacidad de darse a los demás y llevarse bien con ellos, de practicar una auto­suficiencia razonable, de marcarse metas realistas, de ejercer la discreción y de diferenciar las cosas importantes de la vida de las nimiedades, así como en la flexibilidad, la capacidad de adapta­ción y la estabilidad emocional.

De Why Am I Afraid To Love?

D

36

27 DE E N E R O

%^/na antigua canción irlandesa dice así: «Vivir arriba con los santos que amamos es una pura gloria. Pero vivir abajo con los santos que conocemos es otra historia». Al reflexionar sobre cómo vemos a los demás, recuerdo la época de mi vida que siguió inme-diatamente a mi ordenación. Todavía tenía en las manos el óleo de la misma, cuando me pidieron que diera un retiro sacerdotal. Dado que ya tenía una larga experiencia hablando, acepté. Sin embargo, cuando llegué y vi a los asistentes reunidos en la capilla para escuchar la primera conferencia, me quedé horrorizado al darme cuenta súbitamente de que iba a ser el más joven en aque­lla capilla, y con una diferencia de al menos quince años. Tenía que predicar a aquellos hombres considerablemente mayores que yo durante toda una semana. Vi que algunos de ellos entraban con majestuosa altivez con sus fajines rojos, y juro que oí los acordes de la marcha «Pomp and Circumstance» de Elgar. Estaba aterrori­zado, y para colmo también había dos obispos. Y yo estaba allí, viéndoles entrar en la capilla con el monseñor que dirigía la casa de retiro. Con una amigable sonrisa, el monseñor me preguntó: «¿Cómo te sientes?» Yo respondí: «¡Aterrorizado!», «¿Aterrori­zado?, ¿por qué?», preguntó el monseñor. Y yo le pregunté a mi vez: «¿No les ha visto?» Entonces el monseñor se acercó más a mí, puso su brazo paternal alrededor de mis hombros y me dijo: «Lo que necesitan es lo mismo que el resto del mundo un poco de amor y de comprensión». Y recuerdo que yo le repuse: «¿Y por qué no lo parece?» ¿Es eso lo que las personas realmente necesitan, un poco de amor y comprensión? Por supuesto que sí, pero tanto tú como yo solemos preguntarnos por qué no lo parece.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

37

2 8 DE E N E R O

JL odos nosotros soportamos en alguna medida las agonías de la soledad, la frustración y la inanición emocional y espiritual. De alguna manera, estos dolores se deben a fracasos en el amor. La tristeza esencial de ese dolor consiste en que se convierte en el centro de nuestra atención, obligándonos a preocuparnos de nosotros mismos. Y la autopreocupación es un obstáculo absoluto para llevar una vida de amor.

En cierta ocasión pregunté a un psiquiatra amigo mío: «¿Cómo se puede enseñar a amar?» Lo menos que se puede decir es que su respuesta fue sorprendente, puesto que me respondió haciendo a su vez unas preguntas: «¿Te han dolido alguna vez las muelas? ¿En quién pensabas mientras te dolían?» Su argumenta­ción estaba clara. Cuando sentimos dolor, aun cuando se trate tan sólo de la pasajera incomodidad de un dolor de muelas, pensamos en nosotros mismos.

El psiquiatra continuó: «El mundo en que vivimos está lleno de dolor. Y el dolor que reside en lo más profundo de los corazo­nes humanos que nos rodean no es como un dolor de muelas. Nos acostamos con él y con él nos levantamos. Nuestro mundo está lleno de dolor, y por eso es un mundo sin amor. La mayoría de los seres humanos se vuelcan tanto en sí mismos a causa de su pro­pio dolor que les cuesta mucho dar amor a los demás».

De Why Am I Afraid To Love?

38

29 DE E N E R O

4 JL A. unque es difícil de aceptar, las cicatrices psicológicas adqui­ridas durante nuestros primeros siete años de vida permanecen, de alguna manera, con nosotros para siempre. La mayoría de los problemas psicológicos profundos no se originan después de esta edad, aunque esas cicatrices u otras derivadas de ellas puedan agravarse o inflamarse por circunstancias posteriores de nuestras vidas. Una idea preconcebida bastante común es que nosotros somos personalmente los dueños de nuestro destino y los que diri­gimos nuestras almas, pero la verdad es que estamos en gran medida configurados por otros que, de manera casi terrorífica, tie­nen nuestro destino en sus manos. Todos y cada uno de nosotros somos producto de quienes nos han amado... o se han negado a hacerlo.

De Why Am I Afraid To Love?

39

3 0 DE E N E R O

4 x l parte de todo lo demás que pueda y deba decirse del amor, es bastante evidente que el verdadero amor exige olvidarse de uno mismo. Para todas aquellas personas que utilizan la palabra y rei­vindican la realidad sin conocer el significado del término o sin poder apenas amar, la prueba es la siguiente: ¿Podemos realmente olvidarnos de nosotros mismos? Hay muchos productos falsificados en el mercado a los que se llama amor, pero de hecho no les corres­ponde ese nombre. Algunas veces podemos etiquetar la gratifica­ción de nuestras necesidades como «amor»; incluso podemos hacer cosas por los demás sin amar realmente. La prueba de fuego es siempre la pregunta por el auto-olvido.

¿Podemos realmente situar el foco de nuestra mente en la feli­cidad y la plenitud de los demás? ¿Podemos realmente preguntar no lo que los demás harán por nosotros, sino lo que nosotros podemos hacer por ellos? Si queremos amar de verdad, debemos hacernos estas preguntas.

De Why Am I Afraid To Love?

40

3 1 DE E N E R O

E humano sentir una fuerte tentación de juzgar a las personas en términos de sus actos o máscaras. Es muy raro que seamos capaces de ver a través de la apariencia y la simulación que en­mascaran un corazón inseguro o herido que al mismo tiempo se está camuflando y protegiendo de ulteriores daños. Por consi­guiente, nos resistimos con los puños de hierro de la crítica y el sarcasmo o intentamos arrancar las máscaras de nuestros herma­nos humanos con una ira feroz. No nos damos cuenta de que las máscaras sólo se llevan puestas mientras se necesitan. Únicamen­te la certeza de un amor que acepta y comprende hará que las per­sonas ansiosas, presuntamente culpables y supuestamente infe­riores abandonen sus defensas. Puede que también nosotros este­mos ocultos tras máscaras y muros y, en consecuencia, sólo logre­mos un mínimo encuentro y comunicación humanos...; sólo una máscara frente a otra máscara, un muro frente a otro muro.

Por lo general podemos reconocer las máscaras. Tenemos la sensación de que nuestro hermano o hermana no es auténtico, sino un presuntuoso, y le calificamos de farsante. No nos damos cuenta de que en las raíces ocultas de estas fachadas sólo hay un grito de dolor y la necesidad de ser comprendido y amado en la vida. La mayoría de las características detestables que encontra­mos en los demás son resultado de algún tipo de convergencia defensiva sobre uno mismo, y nos contraría esta postura egocén­trica. Entonces es cuando debemos recordar la pregunta del psi­quiatra: «¿Has tenido alguna vez dolor de muelas?» Debemos aprender a ver a través de la apariencia y la simulación de nues­tros hermanos humanos. Debemos intentar aliviar el dolor y el solitario vacío que han construido esos muros defensivos. Los ata­ques directos a estas defensas sólo provocarán su reforzamiento.

De Why Am I Afraid To Love?

41

1 DE F E B R E R O

• / a manera más segura de encontrar a Dios es entregarse a los demás: amarlos, aceptarlos como son, preocuparse por ellos, tener paciencia con ellos... Dios se encuentra tanto en la persona que ama como en la que es amada.

Lo que nos impide entregarnos y amar a los demás de esta forma afectuosa es una palabra de cinco letras: «dolor». El dolor psicológico, las dudas, las ansiedades, los miedos...; éstos son los tiranos que nos aprisionan. Todas las características detestables que poseemos los seres humanos son realmente gritos de dolor y llamadas de socorro. El mentiroso, el fanfarrón, el impostor, el arrogante y el egoísta no son más que poses destinadas a sofocar y ocultar el dolor de los corazones de quienes no pueden amarse a sí mismos.

Si estuviéramos verdaderamente convencidos de ello, dejaría­mos de considerar detestables a las personas. Las veríamos como seres que sufren y que necesitan todo nuestro amor. Veríamos a personas que necesitan que las aceptemos, que las revistamos de dignidad, que creamos en ellas. Piensa, por favor, en las personas que te rodean, que sufren, que no son cariñosas simplemente por­que están demasiado heridas en su interior. De hecho, esperan un milagro: alguien que las ame y que las llame de la muerte.

De la cassette My Vision And My Valúes.

42

2 DE F E B R E R O

-A Tácticamente cualquier apologética de la fe cristiana puede memorizarse, practicarse y exponerse sin efecto alguno, excepto la apologética del amor. El amor, que por esencia sólo busca lo bueno de los demás y está dispuesto a pagar el alto precio del auto-olvi­do, es un producto difícil de imitar o falsificar.

Para amar debemos tener una enorme motivación. En un mundo codicioso, en un mundo que lucha encarnizadamente por sus riquezas, los cristianos, por su compromiso con el amor, debe­rían destacar como subyugadoras excepciones. Los verdaderos cristianos sólo deben buscar el bien, la plenitud y el verdadero destino de sus hermanos humanos, haciendo siempre del amor su argumento más elocuente y su medio más efectivo. Es difícil. Pero el Señor Jesús del Evangelio está con nosotros y nos expone el imperativo cristiano: «En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros».

El poeta Archibald MacLeish dijo que nos afectan más los sím­bolos que las ideas. Según él, el símbolo de la soledad se repre­senta por medio de dos luces sobre el mar; el símbolo de la aflic­ción es una figura solitaria en el umbral de una puerta. Y el sím­bolo de Cristo en este mundo es el cristiano. Sobre los altares de nuestras iglesias cuelga un gran crucifijo bajo el cual hay una leyenda no escrita que dice: «Ningún hombre tiene mayor amor... Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Es un recuer­do constante de nuestra vocación como testigos de Cristo.

De WhyAm IAfraid To Love?

43

3 DE F E B R E R O

• 4\ núcleo de la cuestión y el punto crucial del problema es éste: ¿es verdad que nos realizamos intentando tener todas las experiencias que podamos?, ¿es cierto que cuantas más experien­cias posea una persona, más se desarrollará y realizará como tal? o, por el contrario, ¿no es más cierto que la persona se realiza com­prometiéndose y después eligiendo experiencias en función de su respeto, fomento y reafirmación del compromiso?

Comprometerse con el amor permanente e incondicional sig­nifica, en mi opinión, que ciertas experiencias que, de lo contra­rio, podría haber tenido, ahora son imposibles para mí. El hombre que elige a una mujer como esposa y compañera de su vida, por el mismo hecho de elegir, ha eliminado a todas las demás mujeres como posibles esposas y compañeras de su vida. Y esta elimina­ción es la que nos aterroriza a la hora de comprometernos. Cada compromiso es como cada momento de la vida: hay un nacimien­to y una muerte en cada uno de ellos. Algo es, y algo no puede nunca ser de nuevo. Hay una elección y una renuncia, un «sí» y un «no». Amar es, sin duda, costoso. Amar incondicionalmente es una apuesta vital. Al amar nos situamos en una senda en la que no hay vuelta atrás. Y en este preciso instante muchos parecen colapsarse. Con la grandeza al alcance de la mano, desfalle­cen ante la idea de no retornar jamás. Éste es el camino menos transitado.

De Unconditional Lave.

44

4 DE F E B R E R O

r \±J risto nuestro Señor no dejó duda alguna acerca de las cre­denciales del cristiano. Dijo: «Por esto conocerán que sois mis dis­cípulos, porque os amáis los unos a los otros... Amaos los unos a los otros como yo os he amado... Éste es el mandamiento que os doy, que os améis los unos a los otros». San Juan nos recuerda en su primera epístola que es imposible amar a Dios, a quien no vemos, y no amar a cuantos nos rodean, a quienes sí vemos.

Todas estas cosas las hemos leído, pero quizá hablemos de ellas sin practicarlas. Sabemos que Cristo considera que lo que hacemos a los demás se lo hacemos a él mismo; que acepta como dirigidos a él nuestra preocupación y nuestro respeto por los demás. Sin embargo, en la batalla cotidiana, cuando nuestras necesidades son tan apremiantes y dolorosas, lo olvidamos.

La única actitud digna del cristiano es la de Cristo, que siem­pre pensaba en los demás, que se entregó a sí mismo hasta que no tuvo ni una gota más de sangre que ofrecer. En sus propias pala­bras: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus ami­gos». Esto es, por supuesto, lo que nos pide el amor, que demos la vida por los demás. Sólo cuando consintamos en hacerlo, nos encontraremos a nosotros mismos y hallaremos también nuestra felicidad y consumación, y sólo entonces seremos verdaderos cris­tianos. Si no lo hacemos, quizás haya alguna justificación para la pregunta que el filósofo agnóstico Nietzsche se hizo en cierta oca­sión: «Si los cristianos desean que creamos en su Redentor, ¿por qué no parecen un poco más redimidos?» Nietzsche fue también quien acuñó esta frase tan tristemente común en nuestros días: «Dios ha muerto».

De WhyAm IAfraid To Love?

45

5 DE F E B R E R O

E -«—/ncontrar a Dios en otros seres humanos es la parte mas cos­tosa del diálogo entre Dios y nosotros. Nuestra naturaleza nos exige que, de algún modo, nos pongamos en contacto con Dios de una manera física o perceptible a través de los sentidos. En el An­tiguo Testamento, Dios se presenta como un trueno y un relám­pago sobre el Sinaí, y su voz emerge de una zarza ardiente. En el Nuevo Testamento, la bondad de Dios hacia nosotros es incluso más sorprendente. Se hace hombre y es alzado en agonía sobre una cruz por ti y por mí. «Esto es lo que quiero decir cuando digo que os amo». En la Encarnación, Dios nos ofreció sus dones en la vasija de barro de la humanidad para poder hablar nuestro len­guaje y para que nosotros pudiéramos saber cómo es realmente.

Del mismo modo que Dios esperaba que le encontráramos bajo el velo de la humanidad, aun cuando esa humanidad fuera una máscara roja de sangre y agonía, ahora espera que le encon­tremos bajo otros velos humanos. Y nos resultará sumamente cos­toso si nos tomamos en serio las palabras de Dios:

«...porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me dis­teis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestísteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.

...Y el rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis"». (Mt 25,35-36.40)

De Why Am 1 Afraid To Love?

46

6 DE F E B R E R O

j M—J o recuerdo bien. Cuando yo era niño, mi familia tenía gran­des dificultades para salir adelante, mientras que la familia veci­na era de las que se conocen como «acomodadas». El pequeño de esa familia era de mi edad, y su padre le había regalado un coche de juguete que era una auténtica maravilla. Tenía pedales, pero también era posible empujarlo. ¡Debió de haber costado por lo menos cincuenta dólares! Bobby y yo lo pasamos en grande con aquel coche. Subíamos y bajábamos la calle embalados, todo lo rápido que nuestras pequeñas piernas nos lo permitían. Fue un coche magnífico y una época magnífica de nuestra vida. Pero un día Bobby me trajo malas noticias: iba a desprenderse de nuestro bonito coche, se lo iba a dar a los niños del orfanato. «¿Por qué? —le pregunté—, ¿está roto o algo por el estilo?» «No —respondió serena pero firmemente—, no se lo regalaría si estuviera roto». Así que me rasqué la cabeza y le pregunté de nuevo: «Entonces, ¿por qué se lo vas a regalar?» Bobby me lo explicó: «Bueno, ya sabes, los chicos que viven allí... no tienen madre ni padre como noso­tros». Entonces yo le sugerí: «¿Y por qué les vas a regalar nuestro coche?, ¿por qué no les regalas una madre o un padre?».

Bobby y yo nos turnamos, empujándonos el uno al otro, cami­no del orfanato. Justo antes de llegar, le pregunté por última vez: «Bobby, ¿estás seguro de que quieres regalárselo?» Bobby me explicó que su madre y su padre únicamente le habían pedido que lo pensara. Le dejaron tomar la decisión final, y lo que íbamos a hacer era lo que él había decidido. Fue un día triste, pero siempre me he alegrado de haber recibido aquella lección: los valores se adquieren, no se enseñan. Aquel día aprendí algo importante sobre el valor del amor, sobre el valor de dar algo a los menos afor­tunados; y aprendí a hacerme la más importante de todas las pre­guntas: «¿Qué es lo que el amor me incita a hacer?» Aquel día aprendí mucho acerca del amor.

Del programa de vídeo Families.

47

7 DE F E B R E R O

X ir uestra llamada al Reino, la que cada uno de nosotros debe afrontar, es ésta: no puedo pronunciar mi «sí» de amor a Dios, sin pronunciar mi «sí» de amor a ti. Tampoco tú puedes pronunciar tu «sí» de amor a él, sin incluirme a mí en tu acto de amor. Jesús es muy claro a este respecto. Si nos acercamos a depositar nuestra ofrenda de amor sobre su altar y recordamos que sentimos un ren­cor imperdonable, debemos darnos media vuelta. Primero debe­mos estar en paz los unos con los otros, y sólo entonces podremos acercarnos a él con el don de nosotros mismos, el «sí» del amor. Él no desea mi ofrenda de amor, a no ser que también te la ofrez­ca a ti; ni desea tu ofrenda de amor, a no ser que la compartas conmigo.

«Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado... Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn 15,11-12.17).

En el Reino de Dios nunca soy menos que un individuo, pero nunca soy sólo un individuo, sino que soy siempre un miembro de un grupo, llamado por Dios a una respuesta de amor que debe incluir a todo el grupo o es realmente inaceptable para Dios.

La Iglesia es verdaderamente la familia de Dios, y el Señor, que nos llama a una respuesta de amor, considera hecho a sí mismo lo que nos hagamos los unos a los otros: «Lo que hagáis al más humilde de mis hijos me lo hacéis a mí». No puede haber ningu­na relación de amor con Dios, a no ser que nos relacionemos los unos con los otros en el amor. Algunas veces esto parece el coste más alto por ser cristiano, porque es mucho más fácil amar al Dios al que no se ve que al prójimo al que sí se ve.

De The Christian Vision.

48

8 DE F E B R E R O

JL JL ay una historia sobre el evangelista Juan, el que escribió, «Dios es amor... Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su her­mano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve». De este mismo Juan se cuenta que, en el crepúsculo de su larga vida, se sentaba durante horas con sus jóvenes discípulos reunidos a sus pies. Un día, tal como se relata en esta vieja tradición, uno de sus discípulos se quejó: «Juan, siempre hablas del amor, del amor de Dios por noso­tros y de nuestro amor mutuo. ¿Por qué no nos hablas de algo más aparte del amor?» Y el discípulo que en cierta ocasión, cuando era joven, había reclinado su cabeza sobre el corazón de Dios hecho hombre, contestó: «Porque no hay nada más, sólo amor... amor... amor».

El amor es el único camino hacia nuestro destino humano y hacia los pies de Dios, que es amor.

De Why Am I Afraid To Love?

49

9 DE F E B R E R O

r V J onsidera la siguiente conversación:

Autor: «Estoy escribiendo un librito que va a titularse ¿Por qué temo decirte quién soy?».

Interlocutor: «¿Deseas una respuesta a tu pregunta?».

Autor: «Ésa es precisamente mi intención, responder a la pregunta».

Interlocutor: «Pero, ¿deseas saber mi respuesta?».

Autor: «Por supuesto que sí».

Interlocutor: «Temo decirte quién soy, porque, si te digo quién soy, puede que no te guste cómo soy, y eso es todo lo que tengo».

Este breve diálogo, que es parte de una conversación real y total­mente espontánea, refleja en cierto modo los tremendos temores y dudas que nos paralizan a la mayoría de nosotros y nos impiden avanzar hacia la madurez, la felicidad y el verdadero amor.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

50

10 DE F E B R E R O

* A a mayoría de nosotros practicamos juegos con los demás en nuestra conducta habitual. Provocamos a los demás para que reaccionen ante nosotros tal como nosotros deseamos que lo hagan. Y puede ser que, por ejemplo, no lleguemos jamás a madu­rar en auténticas personas, porque hemos decidido seguir siendo niños pequeños y necesitados. Emitimos nuestras señales de de­samparo con el tono de nuestra voz y la expresión de nuestro ros­tro, y condicionamos a los demás para que reaccionen ante noso­tros con la mayor amabilidad posible. Damos la impresión de estar tan desvalidos como un niño, y la mayoría de la gente es tan ser­vicial que obedece dócilmente nuestras instrucciones «escénicas».

Otros asumen un papel mesiánico e insisten en querer salvar a los demás a toda costa. Desean ser «los ayudadores» y convertir en «ayudados» a todos los demás con quienes se relacionan. Ocurre a veces que el «niño perpetuo» establece un curioso mari­daje con el «mesías», y ambos hacen de ello un juego para toda su vida. Y como la cosa funciona bastante bien, ninguno de los dos tendrá necesidad jamás de madurar.

Si, a pesar de nuestros miedos y nuestra inseguridad —que nos incita a asumir diversos «estados del ego» y a jugar diversos juegos—, fuéramos capaces de contactar honradamente con nues­tras emociones y de referirlas con sinceridad, entonces aparecerí­an y se nos harían evidentes los estereotipos de las «señales de desamparo» o de la «mística mesiánica».

El «niño perpetuo» descubriría que nunca se relaciona bien con los demás, excepto cuando les expone sus problemas y su des­valimiento; el supuesto «salvador» comprobaría que nunca se rela­ciona bien con los demás, a no ser que el otro se encuentre en apu­ros... y le necesite. No es fácil ser así de honrado consigo mismo, porque para ello hay que permitir que las emociones reprimidas puedan ser reconocidas como tales, y ello, a su vez, exige relatar dichas emociones a los demás.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

51

11 DE F E B R E R O

• / os «juegos», en este contexto, no son en realidad divertidos. Se trata de reacciones estereotipadas ante determinadas situacio­nes vitales; reacciones que han sido programadas para nosotros en algún remoto momento de nuestra personal historia psicológica. A veces estos juegos son extremadamente reñidos, porque todo el mundo juega para ganar... para ganar algo. Al objeto de lograr una comunicación sincera con los demás, experimentar la realidad de los demás, llegar a integrarse y madurar, resulta sumamente útil que seamos conscientes de nuestras reacciones estereotipadas, de los juegos que jugamos. Si nos hacemos conscientes de dichos jue­gos, tal vez consigamos abandonarlos.

Los mencionados juegos son casi siempre pequeñas manio­bras de las que nos servimos para eludir la auto-realización y la autocomunicación. Son como pequeños escudos que llevamos de­lante de nosotros cuando entramos en la dura batalla de la vida y que han sido pensados para protegernos de los golpes y ayudarnos a obtener algún pequeño trofeo para nuestro ego. Eric Berne de­nomina estas pequeñas victorias con el deportivo término de «strokes» (golpe, jugada, tacada, etc): pequeñas victorias o éxitos que nos proporcionan protección y reconocimiento. Los juegos son de lo más diverso, porque la historia psicológica y la programación es siempre algo único en cada caso, y porque además hay una diversidad de «estados del ego» que podemos adoptar, según las necesidades del momento y la situación vital.

Lo único que todos estos juegos tienen en común es que frus­tran el autoconocimiento y eliminan toda posibilidad de autoco­municación sincera con los demás. El precio de la victoria en estos juegos es muy elevado: hay muy pocas probabilidades de que la persona experimente verdaderos encuentros interpersonales, que sería lo único que podría encaminarla hacia el crecimiento huma­no y hacia la plenitud de una vida realmente humana.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

52

12 DE F E B R E R O

LJ i realmente deseo «verlo tal como es... y contarlo tal como es», debo hacerme a mí mismo una serie de difíciles preguntas acerca de las pautas de acción y reacción que aparecen en mi conducta, y debo preguntarme qué es lo que dichas pautas me revelan acer­ca de mí mismo.

Lo que tú y yo realmente necesitamos es un momento de la verdad y un hábito de sinceridad con nosotros mismos. En la tran­quila y personal privacidad de nuestra mente y de nuestro cora­zón, tenemos que preguntarnos: ¿En qué juegos participo? ¿Qué es lo que trato de ocultar? ¿Qué es lo que espero obtener?

Mi firme voluntad de ser sincero conmigo mismo y con es­tas preguntas será el factor decisivo y esencial para crecer como persona.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

53

13 DE F E B R E R O

• / a mayoría de nosotros, debido a una mala información, nos obstinamos en creer que podemos resolver nuestros propios pro­blemas y gobernar la nave de nuestra vida, pero lo cierto es que, en lo que de nosotros depende, no podemos dejar de vernos abru­mados por nuestros problemas y naufragar. Lo que yo soy, en cual­quier momento dado del proceso de mi hacerme persona, vendrá determinado por mis relaciones con los que me aman o se niegan a amarme y con aquellos a los que yo amo o me niego a amar.

Lo que es seguro es que una relación sólo será buena si es buena ¡a comunicación en que se basa. Si tú y yo somos capaces de decir­nos con toda sinceridad el uno al otro quiénes somos, es decir, qué es lo que pensamos, juzgamos, sentimos, valoramos, respetamos, estimamos, amamos, odiamos, tememos, deseamos y esperamos, en lo que creemos y con lo que nos comprometemos, entonces —y sólo entonces— podremos ambos crecer. Entonces —y sólo entonces— podrá cada uno de nosotros ser lo que realmente es, decir lo que realmente piensa y expresar lo que realmente ama. Éste es el verdadero sentido de la autenticidad como persona: que mi exterior refleje verdaderamente mi interior. Lo cual significa que yo puedo ser sincero en la comunicación de mi persona a los demás, pero que no puedo hacerlo a menos que tú me ayudes. Sin tu ayuda, yo no puedo crecer ni ser feliz ni estar realmente vivo.

Tengo que ser libre y capaz de expresarte mis pensamientos, hacerte saber mis opiniones y mis valores, exponerte mis miedos y mis frustraciones, reconocerte mis fallos y mis motivos para avergonzarme, y compartir mis éxitos, antes de poder estar real­mente seguro de lo que soy y de lo que puedo llegar a ser. Debo ser capaz de decirte quién soy antes de poder saberlo. Y debo saber quién soy antes de poder obrar auténticamente, es decir, de acuer­do con mi verdadero yo.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

54

14 DE F E B R E R O

C Kj i yo puedo comunicarme contigo, y tú conmigo, únicamente a nivel «sujeto-objeto», es muy probable que ambos nos comuni­quemos con los demás, e incluso con el propio Dios, a ese mismo nivel. Nosotros seguiremos siendo sujetos aislados; y los demás y Dios seguirán siendo meros «objetos» en nuestro mundo, pero no experiencias. La persona que no ha experimentado la revelación de un encuentro, probablemente tenga lo que llamamos «amista­des», y tal vez conserve una supuesta fe religiosa (una especie de relación con Dios), fundamentalmente porque esas son cosas que de algún modo se esperan de ella, pero dichas relaciones con los demás no pasarán de ser meras conveniencias sociales y no ten­drán auténtico significado personal.

El mundo de dicha persona es un mundo de objetos, de cosas que pueden ser manipuladas para servir de distracción y propor­cionar placer. Las posesiones de tal persona podrán ser hermosas y caras o vulgares y baratas, pero la persona estará sola, y llegará al final de sus días sin haber vivido jamás. El proceso dinámico de personalización se tornará algo tan estático como un pedrusco en un charco de agua. Y cuando el proceso de personalización es sofocado, la vida entera se convierte en un terrible aburrimiento. Si las aristas de la vida son muy afiladas, la vida puede resultar sumamente dolorosa para una persona, la cual sentirá necesidad de una serie de estímulos artificialmente provocados y efímeros, pero que son pequeños intentos de evadirse de la vida, breves «escapadas», en un desesperado esfuerzo por huir de la inexorable intrusión de la realidad y de la esencial soledad de la persona carente de verdaderos amigos.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

55

15 DE F E B R E R O

i la amistad y el amor humano han de madurar entre dos per­sonas, debe darse entre ambas una absoluta y sincera revelación mutua, y esta clase de auto-revelación sólo se consigue mediante lo que hemos llamado comunicación «gut-level» (comunicación «visceral»). No hay otra forma de conseguirlo, y todas las razones que podamos aducir para racionalizar y justificar nuestros disi­mulos y nuestra falta de sinceridad deben ser consideradas como un puro engaño. Sería mucho mejor para mí decirte lo que real­mente siento acerca de ti que enredarme en la viscosa dificultad e incomodidad de una relación insincera.

La mentira tiene siempre la rara virtud de volverse contra uno, y puede dar lugar a verdaderos disgustos. Aun cuando yo tenga que decirte que no te admiro ni te amo emocionalmente, será mucho mejor que tratar de engañarte y tener que pagar el precio que, a la larga, exigen todos los engaños de este tipo: un mayor daño tanto para ti como para mí. Y también tú tendrás que decir­me, en ocasiones, cosas que te costará muchísimo decir. Pero la verdad es que no tienes otra alternativa; y, si yo deseo tu amistad, debo estar dispuesto a aceptarte tal como eres. Si cualquiera de nosotros entabla la relación sin esta determinación de comportar­se con absoluta sinceridad y transparencia, entonces no hay amis­tad ni crecimiento posible; lo único que habrá será, más bien, una especie de asunto sujeto-objeto que podríamos tipificar en las riñas, las malas caras, los celos, los enfados y las acusaciones pro­pias de adolescentes.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

s

56

16 DE F E B R E R O

A JL X. pesar de lo reacios que somos a decir a otros quienes somos, todos y cada uno de nosotros estamos habitados por un profundo e intenso deseo de ser comprendidos. Todos tenemos muy claro que deseamos ardientemente ser amados; pero, cuando no somos comprendidos por aquellos cuyo amor necesitamos y deseamos, cualquier clase de comunicación profunda se convierte para noso­tros en algo inquietante e incómodo, algo que ni nos ensancha el corazón ni nos anima. Es evidente que nadie puede realmente amarnos de veras si no nos comprende verdaderamente. En cam­bio, quien se siente comprendido, ciertamente se sentirá amado.

Si no hay nadie que me comprenda y me acepte tal como soy, me sentiré «extrañado». Ni mis talentos ni mis bienes me conso­larán en absoluto. Incluso rodeado de gente, siempre tendré una sensación de aislamiento y de soledad. Experimentaré una espe­cie de «reclusión en solitario». Es un axioma, tan cierto como la ley de la gravedad, que quien es comprendido y amado crecerá como persona; en cambio, quien padece esta situación de «extraña­miento» acabará languideciendo solo en su solitaria reclusión.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

57

17 DE F E B R E R O

1 é a comunicación no es sólo el alma del amor y la garantía de su crecimiento, sino que es la esencia misma del amor en la prác­tica. Amar es compartir, y compartir es comunicar. Por tanto, cuando decimos que la comunicación es «el secreto para seguir amando», lo que realmente queremos decir es que el secreto para seguir amando consiste en amar, en seguir compartiendo, en seguir viviendo el propio compromiso. Por supuesto que hay un primer «sí», un primer compromiso con el amor; pero ese primer «sí» conlleva un número ilimitado de pequeños «síes».

Una de las formas más comunes de huir de realidades como la del amor consiste en sustituir la acción por la discusión. Preferimos discutir, pensar y cuestionar dichas realidades, en lugar de ponerlas en práctica. Es mucho más fácil discutir las ver­dades que vivirlas.

Lo mismo sucede con el amor. Preferimos discutirlo a vivirlo. No hay cuota de entrada en los foros de debate, pero la práctica del amor sí requiere un costoso aprendizaje. Como escribía Dag Hammarskjóld en su libro Señales:

«El "gran" compromiso oscurece con demasiada facilidad el "pequeño"».

De El secreto para seguir amando.

58

18 DE F E B R E R O

\ ^ u i e n haya pensado alguna vez en asumir el riesgo de la transparencia emocional se habrá preguntado también: «¿Puedo confiar en ti?; ¿hasta qué punto puedo hacerlo?; ¿vas a compren­der mis sentimientos o a rechazarlos?; ¿te vas a reír o te vas a com­padecer de mí?...» El procedimiento habitual consiste en jugar al bañista que comprueba la temperatura del agua metiendo prime­ro los dedos del pie. Desgraciadamente, la mayoría de nosotros decidimos esperar hasta estar seguros, y por eso terminamos no entrando en las benéficas aguas del diálogo.

Lo de esperar hasta tener la absoluta garantía de poder confiar me recuerda un caso que escuché en cierta ocasión. Al parecer, la madre de un niño dijo a los amigos de su hijo que le invitaban a ir a nadar: «No permitiré que Michael se meta en el agua hasta que aprenda a nadar». Obviamente, el único modo de aprender a nadar es meterse en el agua. Análogamente, el único modo de aprender a confiar consiste en confiar.

El diálogo no puede aplazarse. El tribunal no puede llegar a un veredicto hasta que no se lleve a cabo el juicio. Por eso el diálogo requiere un acto de voluntad: «Voy a confiar en ti. No puedo estar seguro, y quizá me decepciones, pero voy a arriesgarme; voy a pro­bar fortuna y a revelarte mis sentimientos más profundos, porque quiero darte mi don más preciado..., porque te quiero. Y porque te quiero, el primer don que voy a ofrecerte es mi confianza».

De El secreto para seguir amando.

59

19 DE F E B R E R O

^ / n a de las necesidades más fuertes, que puede fácilmente con­vertirse en una preocupación neurótica, es la necesidad de sentir­nos seguros. Por eso a la mayoría nos gusta tener una habitación propia con mensajes colgados en la puerta como los siguientes: PRIVADO, NO PASAR o NO MOLESTAR. Queremos tener un lugar seguro, atrincherado contra la invasión de los demás con sus interrogato­rios y su inquisitivo deseo de saberlo todo acerca de nosotros. No hay desnudez más dolorosa que la desnudez psicológica. De la necesidad de sentirse seguro y protegido de los penetrantes ojos ajenos surge el mito de que todos necesitamos un refugio privado donde nadie más pueda entrar. Es algo que suena bien y parece conveniente, y la mayor parte de la gente probablemente se lo cree. Sin embargo, es un mito equívoco: algo que desearíamos que fuera cierto, pero que en realidad no lo es.

En lugar de un espacio reservado exclusivamente para noso­tros, lo que de verdad necesitamos es tener a alguien (un auténti­co confidente) que nos conozca de arriba abajo, y algunas otras personas (amigos íntimos) que nos conozcan suficientemente a fondo. Los refugios privados que creamos para tener un lugar en el que escondernos y al que nadie pueda seguirnos, son letales para la clase de intimidad que tanto necesitamos para alcanzar la plenitud de nuestra vida humana.

A estas alturas, algo que ya se ha convertido en un tópico es que sólo puedo conocerme a mí mismo en la medida en que sea capaz de confiarme a ti. Si puedo sentirme contigo totalmente libre en un lugar sin ningún letrero que prohiba el paso, sin duda alguna entraré, con la seguridad de tu compañía, en lugares de mi interior cuya existencia nunca habría podido conocer; entraré en lugares en los que nunca habría podido entrar solo. Necesito tu mano en la mía y la seguridad de tu amor comprometido e incon­dicional incluso para tratar de ser sincero acerca de mí mismo.

De El secreto para seguir amando.

60

2 0 DE F E B R E R O

• -J a comunicación entre los seres humanos es difícil. Cuando nos comunicamos, compartimos algo que, en consecuencia, se convierte en una posesión común. Por ejemplo, si contamos un chiste o explicamos una receta, el hecho de compartirlos hará de ellos nuestra propiedad común; poseeremos algo juntos. A través de la comunicación relacional humana, la posesión común que obtenemos es nosotros mismos. Mediante los actos con que com­partimos nuestros sentimientos o nos comunicamos, conocemos y somos conocidos. El otro nos entrega el don de sí mismo, y noso­tros le correspondemos con el don de nosotros mismos.

Parece obvio que la comunicación humana es el elemento nuclear de toda relación. También parece evidente que el don del propio ser entregado al auto-revelarse es el don esencial del amor. Todos los demás regalos —las joyas, las colonias, las flores y las corbatas— no son más que símbolos. El auténtico regalo del amor es el don de uno mismo.

De alguna manera, percibimos que nuestras vidas marchan bien en la medida en que también marchan bien nuestras relacio­nes; somos tan felices como nuestras relaciones lo sean. Un humano solitario es una contradicción en los términos. La exis­tencia de un humano aislado es como la de una planta que trata de sobrevivir sin agua o sin la luz del sol: no podrá crecer y se irá marchitando y muriendo lentamente. La calidad de nuestra exis­tencia humana se fundamenta en nuestras relaciones.

De El verdadero yo: ¡en piel

61

2 1 DE F E B R E R O

JL arece obvio que cuanto más frecuente sea nuestro uso de la comunicación verbal precisa, tanto menos espacio habrá para los mensajes imaginarios y los consiguientes malentendidos. Cuando ocultamos nuestros verdaderos pensamientos —simulamos, nos ponemos máscaras y adoptamos determinadas actitudes—, deja­mos a los demás la tarea de interpretar nuestras intenciones, y el resultado es siempre el malentendido, lo que normalmente tiene consecuencias desastrosas.

La comunicación explícita no sólo nos evita estos sufrimientos o malentendidos innecesarios, sino que también tiene una conse­cuencia mucho más positiva: crea relaciones profundas y durade­ras, y las relaciones son la fuente de nuestro crecimiento como personas. Somos seres sociales; nos une la misma suerte. Y para llegar a ser lo que podemos ser necesitamos relaciones profundas y permanentes; y para lograr este tipo de relación es absoluta­mente esencial una comunicación auténtica.

Se dice que una obra de arte es, ante todo y sobre todo, una obra. No cabe duda de que la tarea principal en una relación au­téntica es la comunicación, porque da lugar a relaciones profun­das y bien definidas, pero sólo si nos empleamos a fondo en ellas. Como cualquier otra realización humana, la comunicación es cuestión de práctica continua, porque todas las fórmulas verbales son inútiles, a no ser que su cultivo haya hecho que esas habili­dades comunicativas sean parte de nosotros. Ninguna fórmula para el éxito funciona, a menos que la pongamos en práctica.

La mayoría aprendemos a hablar en el primer año de nuestra vida y, según los neonatólogos, empezamos a oír antes incluso de nacer. Pero, por desgracia, muchos piensan que, como hemos aprendido a hablar y oír, ya sabemos comunicarnos, y eso es lo mismo que decir que, como somos capaces de tocar las teclas de un piano, también podemos componer una música armoniosa. La buena comunicación no es un logro automático o fácil.

De El verdadero yo: ¡en pie!

62

2 2 DE F E B R E R O

r V-iuando las personas empiezan a comunicarse de verdad, comienza un cambio total que, a la larga, afecta a todas las áreas de la vida. Los sentidos parecen cobrar vida; el color que antes no se percibía se empieza a apreciar; la música que antes nunca se escuchaba se convierte en un acompañamiento vital; la paz que antes nunca se había experimentado comienza a encontrar su lugar en el corazón humano... Por supuesto, la única forma de demostrarlo es experimentarlo; para saber que todo esto es verdad hay que intentarlo. Como sugiere el viejo dicho: «Prueba..., podría gustarte».

El sufrimiento de la incomunicación en una relación es suma­mente real y doloroso. Es frecuente que en nuestras relaciones humanas las líneas de comunicación estén mal instaladas y se desconecten enseguida cuando llega la crisis de una tormenta. El resultado es la soledad: el azote del espíritu humano. Pero cuando las líneas se restablecen, se produce una especie de segunda pri­mavera de amor, alegría y todo tipo de manifestaciones positivas. La salud y la felicidad espiritual comienzan a florecer en esta pri­mavera de la comunicación.

De El verdadero yo: ¡en pie!

63

2 3 DE F E B R E R O

A X J L prender y practicar las habilidades de una buena comunica­ción producen un beneficio sumamente valioso: la madurez perso­nal. Si creemos profundamente en estas verdades y aceptamos las actitudes que subyacen a la comunicación honesta y sincera, ten­dremos un contacto sano con la realidad. Una vez que renuncie­mos a nuestros roles y simulaciones, empezaremos enseguida a relacionarnos con nosotros mismos como realmente somos y con los demás como realmente son; comenzaremos a ser auténticos y verdaderos con nosotros mismos y con los demás; y el resultado lógico de todo ello es la madurez.

A nadie (incluido yo mismo) le gusta ser inmaduro, pero de hecho todos lo somos. Somos seres en proceso y aún no hemos alcanzado todo lo que podemos ser. La condición indispensable de nuestro crecimiento humano es el contacto con la realidad, y la comunicación honesta y sincera es el único camino que nos con­duce al mundo real. La otra alternativa es aceptar una vida que no sea más que fingimiento y apariencia sin sentido.

Es muy posible que la comunicación sea la cuestión más importante sobre la que hayamos reflexionado en toda nuestra vida.

De El verdadero yo: ¡en pie!

64

2 4 DE F E B R E R O

E comienzo de toda comunicación satisfactoria es el deseo, el deseo de comunicar, que no puede ser algo vago y negociable, sino una postura inquebrantable de la voluntad, una resolución inter­na, una firme promesa que nos hacemos a nosotros mismos y a aquellos con los que estamos intentando relacionarnos.

Todo esto puede sonar como si el compromiso con la comuni­cación requiriese una voluntad de hierro. La verdad es que no exis­te lo que solemos denominar «voluntad de hierro», pues lo que en nosotros es fuerte o débil es la motivación.

Si alguien quiere realmente vivir, la amenaza de la muerte puede constituir una poderosa motivación. Los seres humanos podemos hacer cosas increíbles si estamos suficientemente moti­vados. Casi siempre, el motivo asume la forma o de vía de escape del sufrimiento, o de esperanza de una recompensa. Cuando la presencia del dolor vuelve insoportables nuestras vidas, estamos motivados para el cambio; o cuando las recompensas de un logro nos parecen suficientemente grandes, estamos motivados para pagar el precio por obtenerlas.

Por tanto, es de suma importancia que nos preguntemos: ¿deseo realmente comunicarme?; ¿cuáles son los sufrimientos y las sanciones si no lo hago?, pues se trata de preguntas que figu­ran entre las más importantes que nos hemos planteado en nues­tra vida.

De El verdadero yo: ¡en pie!

65

2 5 DE F E B R E R O

s obvio que el compromiso es cuestión de prioridades. Y todos conocemos por experiencia personal la importancia de és­tas. Si tenemos que hacer cinco cosas en un día, de una forma u otra hacemos lo posible por llevar a cabo sólo aquéllas a las que hemos dado prioridad; realizamos las cosas a las que concedemos una importancia especial. Por eso es importante y prudente hacer una lista, reflexionar y enumerar nuestros motivos personales. Si deseamos lo suficiente una buena comunicación, le concederemos la máxima prioridad. Y si le damos ese grado de prioridad, alcan­zaremos el éxito.

Una vez decidido el compromiso, el principal obstáculo para perseverar es el fracaso. Es una experiencia humana bastante co­mún que el fracaso oscurece y debilita el compromiso. Es impor­tante recordar que, para los humanos, el camino hacia el éxito está normalmente pavimentado de fracasos. Abraham Lincoln perdió varias elecciones antes de ser finalmente elegido presiden­te; Thomas Edison experimentó durante dos años con muchos materiales llegados de todos los rincones del mundo, antes de des­cubrir un filamento apto para la bombilla eléctrica; cuando Marconi sugirió la posibilidad de la transmisión inalámbrica del sonido (la radio), fue internado en una institución mental. Pero Lincoln, Edison y Marconi eran personas fuertemente motivadas, y por eso no se rindieron, porque de alguna manera sabían que el único fracaso real es aquel del que no aprendemos nada. Y ellos seguramente se basaban en la premisa de que no hay mayor fra­caso que el fracaso de no intentarlo, y por eso perseveraron a pesar de los repetidos fallos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

E

66

2 6 DE F E B R E R O

* J o primero que debemos explorar en nosotros es nuestra capacidad de comprensión personal y nuestro deseo de lograr una buena comunicación. Debemos preguntarnos con sinceridad cuá­les son nuestras prioridades. ¿Nos parece importante la comuni­cación?; si elaboráramos una lista de las diez prioridades funda­mentales en este momento de nuestra vida, ¿aparecería la comu­nicación en ella?; ¿queremos verdaderamente conocer y ser cono­cidos?; ¿hay en nosotros falsos miedos a que la comunicación ter­mine de forma trágica?; si estuviéramos dispuestos a compartir sinceramente nuestro ser con alguien, ¿qué tememos que podría ocurrir?; si tuviéramos que describir nuestro «temor catastrofista» a la buena comunicación, ¿qué sería lo peor que podría ocurrir?; ¿cuál es en nuestra opinión el mayor peligro de ser totalmente abiertos y sinceros?

Es preciso que consideremos con especial cuidado esta pre­gunta: ¿hasta qué punto queremos comunicarnos? Si lo deseamos de verdad y estamos dispuestos a empeñarnos en ello, no estamos lejos del éxito. Y las recompensas son el crecimiento personal, unas relaciones interpersonales buenas y fluidas y, en definitiva, la vida feliz que todos pretendemos.

La única manera de saber hasta qué punto se desea algo es intentarlo. Después de comenzar a hacerlo, se verá con claridad la intensidad de ese deseo.

De El verdadero yo: ¡en pie!

67

27 DE F E B R E R O

\*J na prevención muy común es la siguiente: «Si me abro por completo a ti, tendré que cargar contigo». Otros dicen lo mismo desde una perspectiva distinta: «La gente no quiere saber nada acerca de mí. Bastante tienen con sus propios problemas». ¿Es verdad?

La auto-revelación en sí misma nunca es una carga. Es impor­tante de que nos demos cuenta de que en nuestro interior hay un don y de que nosotros mismos somos dones. Si ofrecemos ese don como un acto de amor a través de nuestra auto-revelación since­ra, no constituirá un lastre, sino que será el don incondicional de la comunicación. Los regalos nunca son cargas, a menos que con­lleven ataduras. Cuando nos comunicamos, no debemos pedir nada, excepto una escucha empática. Nuestra auto-revelación no debe plantear más demanda que la de ser acogida con las manos amables y agradecidas de la aceptación. Al entregar ese don, esta­mos verdaderamente entregándonos a nosotros mismos. Es nues­tro más valioso, y quizá nuestro único, don verdadero.

De El verdadero yo : ¡en pie!

68

2 8 DE F E B R E R O

JL JL ace algunos meses, en un encuentro, se me acercó un hom­bre de aspecto triste y me dijo que había leído muchos de mis libros, pero admitió tener una duda persistente: «¿Por qué tengo que decir quién soy?; ¿en qué va a beneficiarme?» Yo recurrí al pri­vilegio, supuestamente irlandés, de responder a una pregunta planteando otra. «¿Cree que yo me enriquecería si usted compar­tiera su historia conmigo?» «No —dijo moviendo la cabeza con tristeza—, no pienso semejante cosa». «Pues bien —le respondí en mi torpe intento de terapia de «shock»—, ahí es donde usted se equivoca».

A veces temo que la mayoría de nosotros somos como este querido amigo. Creemos que tenemos que poseer un cielo tacho­nado de estrellas, una historia impactante, para poder comunicar­los. Imaginamos que un verdadero regalo debe contener el aroma de las rosas y estar enmarcado por bordados de oro. La verdad es que cualquier historia humana, si se transmite como un acto de amor, dilatará la mente y alegrará el corazón del interlocutor.

Con aquel hombre aprendí mucho acerca del corazón humano y del sentido de un espíritu humano quebrantado. Sé que me he vuelto más tolerante y menos ansioso de juzgar o etiquetar a los demás, porque aquel buen hombre compartió su «dudoso» regalo conmigo.

Las personas son verdaderos dones.

De El verdadero yo: ¡en pie!

69

2 9 DE F E B R E R O

4 JL JL1 principio, el consejo de ser sinceros con nosotros mismos parece superfluo, porque ¿cómo podemos mentirnos a nosotros mismos? Sin embargo, los gurús de la comunicación insisten en que el primer obstáculo a la comunicación con otra persona no es una dificultad entre ambas, sino que se encuentra en el propio interior. Es obvio que si no nos decimos la verdad a nosotros mis­mos, menos se la podremos decir a los demás; si no estamos en contacto con los sentimientos y actitudes que están en nuestro interior, nos resultará imposible compartirlos con otro; si nos engañamos a nosotros mismos, no cabe duda de que también engañaremos a nuestro interlocutor.

De El verdadero yo: ¡en pie!

70

1 DE M A R Z O

s bastante obvio que la mente consciente sólo contiene nues­tras percepciones presentes. El nivel subconsciente de la mente es el centro de almacenamiento de los materiales que podemos tras­ladar a la mente consciente cuando sea necesario. Por ejemplo, la mayoría recordamos la tabla de multiplicar si la necesitamos y en el momento en que nos es precisa. Pero el inconsciente es el alma­cén de aquellos recuerdos, emociones y motivaciones con los que «simplemente no podemos vivir». Se le ha denominado el sóta­no de la mente, donde se almacenan los «monstruos» que están enterrados en lo más profundo de nuestro interior. Pero, desgra­ciadamente, están sepultados vivos, no muertos, y por eso conti­núan influyéndonos. El proceso de su enterramiento se llama represión y no es consciente o deliberado, sino que enterramos nuestras posesiones no deseadas sin ni siquiera darnos cuenta o recordarlas.

La represión de nuestra mente inconsciente tiende a desequi­librarnos. En la medida en que nos reprimimos, perdemos con­tacto con nosotros mismos. Afortunadamente, las realidades que hemos reprimido en el inconsciente siempre están intentando emerger buscando reconocimiento. Son similares a un trozo de madera que se mantiene bajo el agua. Sin embargo, si nos abrimos al autoconocimiento, irán gradualmente saliendo a la superficie.

De El verdadero yo: ¡en pie!

E

71

2 DE M A R Z O

J 3—i o importante es desear conocer lo que hay en nuestro inte­rior. Debemos cultivar el deseo de ser honestos con nosotros mis­mos. La honestidad con uno mismo es un acto de autoconsciencia que se debe practicar diariamente. Y esta autoconsciencia es más un proceso que un simple hecho. Debemos intentar de manera habitual hacernos conscientes de la forma sumamente personal e individual en que funcionamos cuando procesamos nuestras sen­saciones, percepciones, emociones y motivaciones. Debemos pres­tar más atención a la manera en que tomamos nuestras decisio­nes y, por último, actuamos.

Sólo así incrementaremos nuestro conocimiento de nuestros procesos personales y obtendremos un mayor control consciente sobre nuestras acciones y reacciones. Por supuesto, a lo largo de todo este proceso debemos aceptar la responsabilidad de nuestras decisiones y de nuestra conducta, pues sabemos que son el resul­tado de algo que está dentro de nosotros. Al mismo tiempo, debe­mos escuchar y observar para descubrir en qué consiste eso que hay en nuestro interior. Debemos intentar averiguar quiénes somos realmente, en lugar de tratar de decirnos quiénes debería­mos ser.

De El verdadero yo: ¡en pie!

72

3 DE M A R Z O

^Jer honesto con uno mismo requiere renunciar a actuar y a representar «papeles». Pero antes de la renuncia debe llegar el reconocimiento. ¿Cuál es nuestro papel? Se dice que todos lleva­mos un cartel que nosotros mismos hemos elaborado y que nos anuncia y hace que se nos trate en función de él. Si el mensaje dice «gilipollas», los demás no se nos acercarán para mantener una conversación seria; si dice «felpudo», los otros tenderán a pisarnos.

Lo curioso de estos carteles es que los demás pueden leerlos con bastante claridad, incluso aunque nosotros no seamos cons­cientes de nuestros propios mensajes. Yo creo que éste es uno de nuestros miedos más comunes a la intimidad. Porque si permiti­mos que alguien se acerque a nosotros, podrá ver a través de nues­tra escenificación y sacará a la luz nuestra farsa, y eso puede dejar­nos con la sensación de estar completamente desnudos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

73

4 DE M A R Z O

C / n a vez más vuelven esas preguntas-«boomerang»: ¿creemos realmente que debemos ser sinceros con nosotros mismos para ser auténticos con los demás?; ¿deseamos de verdad ser sinceros con nosotros mismos?; ¿deseamos de verdad ser sinceros con los de­más?; ¿queremos compartir con los demás nuestro auténtico don o preferimos mantenerlo a buen recaudo y ofrecer sólo una farsa? Nuestra actuación es el precio que pagamos por nuestra seguri­dad; es la armadura que evita que resultemos heridos, pero tam­bién es una barrera interior que estanca nuestro crecimiento, así como una muralla que impide a los demás llegar a conocer nues­tro auténtico yo. Se necesita mucho valor para renunciar a actuar, porque se corre un riesgo real al salir de detrás de nuestro muro. Y tendremos que redactar de nuevo nuestro mensaje: «Éste es mi auténtico yo. Lo que ves es lo que hay». Tened paciencia. No será fácil. Sospecho que el viejo Polonio lo sabía cuando aconsejó a Laertes: «Usa de sinceridad contigo mismo, y no podrás ser falso con los demás».

Sin embargo, si estamos dispuestos a correr ese riesgo, nues­tro valor obtendrá grandiosas recompensas: la estatua cobrará vida. Empezaremos a saber quiénes somos realmente. Quizá per­cibamos por primera vez dónde termina nuestro papel y dónde comienza nuestro yo real. Nuestro auténtico yo surgirá de detrás de la máscara, del engaño, de la simulación. Nuestras relaciones comenzarán a florecer, y nos transformaremos en el mejor yo posi­ble. Los antiguos griegos lo sabían bien cuando admitieron como resumen de toda sabiduría la siguiente fórmula: «Conócete a ti mismo».

El viaje más largo es el viaje hacia el propio interior. ¡Bon voyage!

De El verdadero yo: ¡en pie!

74

5 DE M A R Z O

E evangelio de san Juan describe el día en que Jesús perdió a todos sus seguidores. Al comienzo de aquel día, Jesús intentó tener una reunión privada con sus apóstoles, pero enseguida una gran multitud se congregó en torno a él, y Jesús pasó el día ente­ro hablándoles. Hacia el final de aquel día preguntó a sus apósto­les si aquellas personas tenían algo que comer. («¿Qué pueden tener? Has estado hablándoles todo el día»). Entonces uno de los apóstoles encontró a un chiquillo que ofreció cinco panes y dos peces. («Venga, hombre, ¿cómo vamos a alimentar a esta multitud con cinco panes y dos peces?»). Y entonces ocurrió el milagro. La multiplicación de los panes y los peces por todas partes. Cuando la gente se dio cuenta, pidió que Jesús fuera su rey. Y le siguieron por el lago repitiendo su petición: «¡Sé nuestro rey!», mientras los apóstoles hacían voluntariamente de «animadores».

Entonces Jesús puso de manifiesto las verdaderas raíces de la petición de la multitud. «Han sido los panes y los peces, ¿verdad? Queréis un Mesías militar hacedor de milagros que pueda multi­plicar las espadas y los escudos y que os libere de los grilletes de Roma. Pues bien, ése no es mi Reino. Mi Reino es un reino de fe, y entraréis en él si creéis en mí». Entonces aquellas personas pro­clamaron ser grandes creyentes, que incluso creían que Dios ali­mentó con el maná a sus antepasados en el desierto. Y por eso Jesús se enfrentó a ellos con un gran desafío de fe: «Vuestros Padres comieron el maná en el desierto y murieron. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si coméis de este pan, nunca moriréis».

Pero ellos no aceptaron el desafío y reaccionaron airadamen­te. «¿Quién se cree éste que es?; ¿y quiénes piensa que somos nosotros? ¿Acaso no conocemos a su madre?» Y le abandonaron. Entonces Jesús preguntó entristecido a sus decepcionados apósto­les: «¿También vosotros queréis marcharos?» Y Pedro, en uno de sus mejores momentos, respondió: «¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

Nuestra fe en Jesús es nuestro consuelo. También es nuestro desafío. ¿Creo realmente?

De la cassette The Growing Edge OfLife.

75

6 DE M A R Z O

«¡ i /legará un día en que te quedarás ciego!» Ésta es la sobre-cogedora frase que un oculista me espetó en cierta ocasión. En la pared de mi despacho tengo un cuadro de un hombre caminando por Park Avenue, en Nueva York, con un bastón blanco y un bote de hojalata. Sobre los hombros lleva uno de esos carteles tipo «sandwich» que dice por ambos lados: «Por favor, ayúdame. Mis días son más oscuros que tus noches». He pensado en ello miles de veces: «Mis días son más oscuros...».

Durante los últimos veinticinco años, desde el veredicto del oculista, mi vista no ha cambiado mucho. Quizá la voluntad de Dios sea que pueda ver el resto de mi vida. Pero el veredicto de aquel médico fue, no obstante, un momento muy valioso de mi existencia. Tanto si me quedo ciego como si continúo viendo, aquel momento fue y siempre será un momento de gracia. La posibilidad de la ceguera me ha exigido decir un «sí» a Dios mucho más profundo que en ninguna otra circunstancia. Me ha exigido entregarme, confiar. «Mi vida entera está en tus manos. Sí. Si tú quieres, conservaré la vista. Sí. Sé que me amas. Confío en tu amor y en tu voluntad respecto de mí». Creo que Dios nos pone a todos en una situación similar. Y creo que esa situación es el «momento del sí», que es muy parecido al «sí» que el propio Jesús le dijo al Padre; un «sí» que le costó la vida. «¡Esto es lo que quie­ro decir cuando digo que te amo!», dice con sus brazos extendidos en la cruz. Si tú y yo somos capaces de decir nuestro propio «sí» cuando se nos pida, el epitafio de nuestras vidas dirá: «Esto es lo que quiero decir cuando digo que te amo».

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

76

7 DE M A R Z O

1 evangelio de Jesús condena nuestro egoísmo y promueve cuanto de bueno hay en nosotros, también nos pide que resitue-mos nuestro centro de gravedad, que lo traslademos de la prisión del egoísmo al mundo de los demás, que pasemos del egocentris­mo a la hermandad, de la lujuria al amor. Nos pide que creamos que el único verdadero poder en el mundo es el poder del amor. Nos exige que amemos no sólo a nuestros amigos, sino también a nuestros enemigos. Exige una revolución total, una «metanoia» o conversión. Una vez que le dices a Jesús el «sí» de la fe y aceptas su proyecto de plenitud de vida, el mundo entero deja de girar en torno a ti, a tus necesidades y tus gratificaciones; y serás tú el que tenga que girar en torno al mundo, buscando heridas para sanar­las, llamando amorosamente a los muertos a la vida, encontrando lo perdido, queriendo a los no queridos y dejando atrás todas las preocupaciones egoístas y parasitarias que consumen nuestro tiempo y nuestras energías. ¿No te parece aterrador? Somos lla­mados a salir de nosotros mismos para ya nunca regresar, como si partiéramos de un viejo hogar, de un lugar en el que en otro tiem­po vivimos y nos sentimos seguros. Una vez que encontramos ver­daderamente a Jesús en la fe, ya no podemos ser los mismos de nuevo. Ésta es la peregrinación de la fe. Lo que la hace incluso más aterradora es que no hay garantías de devolución del dinero, no hay mapas de carreteras que indiquen un determinado desti­no, no hay procesos lógicos de verificación. Sólo una voz, la voz de Cristo en algún lugar de nuestro interior pidiéndonos: «Abandó­nate... Déjate llevar... Confía en mí... Cree en mí... Déjate llevar». Sería imposible si no pusiera delicadamente su mano entre las nuestras diciendo: «No tengas miedo. Yo he vencido al mundo».

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

E

77

8 DE M A R Z O

ecientemente escuché una historia —supongo que imagina­ria— sobre un hombre que, al caer por un acantilado, consiguió agarrarse a la raíz de un árbol que crecía en un saliente de la roca y permaneció allí colgado para salvar su vida. Se puso a rezar y entonces oyó la voz de Dios preguntándole: «¿Crees realmente en mí?» «iSí, creo!», respondió el pobre hombre cuya vida pendía de un hilo. «¿Confías en mí?», preguntó la voz de Dios. «¡Sí, sí!», con­testó el hombre. Y la voz de Dios repuso: «Entonces, yo me ocu­paré de salvarte. Ahora, haz lo que te digo... ¡Suéltate!» Si com­prendes lo esencial de la historia, entonces conoces la naturaleza de la fe: la renuncia a todas las certezas y todos los cálculos huma­nos a los que nos aferramos en nuestra vida mientras Dios susu­rra en nuestra mente y en nuestro corazón: «¡Suéltate!».

Cuando Jesús surge de las páginas del Evangelio como una voz viva pidiéndonos que nos abandonemos, su petición no es algo que pueda relegarse a una esquina inutilizada de nuestra vida o confinarse en un rito dominical. Él sencillamente dice: «Sol­taos... Renunciad a todos vuestros pequeños planes para lograr la seguridad humana... No os preocupéis por la comida, la bebida o el vestido... Buscad primero el Reino de Dios, y Dios se ocupará de vosotros... No intentéis encajarme en vuestros planes, sino tratad de encontrar vuestro lugar en los míos... Haced que yo sea vuestra prioridad, y yo me haré cargo de vuestros asuntos». Si cuando leéis el evangelio, sentís que os recorre un pequeño estremecimiento de temor o experimentáis el impulso de eludir el desafío y cambiar de tema, puede deberse a que comenzáis a entender el valor y la renuncia de la fe. Si incide realmente en vosotros, tendréis una sensación de crisis, que identificaréis por el miedo que sentiréis en vuestro corazón.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

R

78

9 DE M A R Z O

T J—J a fe, ya sea en otro ser humano o en Dios, significa fiarse de la palabra de otro e implica un nuevo conocimiento que sólo se puede conseguir confiando en la palabra ajena. Si me explicas un problema de matemáticas y entiendo la explicación, no tengo que confiar en tu palabra de que la explicación es correcta, porque puedo comprobarlo por mí mismo; no tengo por qué tener ningu­na fe en ti. Sin embargo, si me dices que me amas y que intenta­rás hacerme feliz, no hay forma de que puedas probármelo ni de que yo pueda probarlo por mí mismo, de modo que debo creer en ti y en tu palabra.

Lo mismo ocurre en el caso de la fe en Dios. Dios me da su palabra o revelación. Si la acepto, si considero que realmente me ha hablado prometiendo amarme y ofreciéndome una razón para vivir y una razón para morir, si le acepto a él y su mensaje de vida, en ese momento me convierto en creyente.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

79

10 DE M A R Z O

X_ios prejuicios están por todas partes. No hay un brillante Camelot en el que se proscriban todos los prejuicios o se impida la programación psicológica. La mayoría de las decisiones humanas se toman en las glándulas, no en el cerebro. Pero hay algo en nuestro interior que quiere deshacerse de los prejuicios, la progra­mación y el lavado de cerebro. Odiamos los cordones umbilicales que nos encadenan a nuestro pasado destruyendo nuestra libertad de opción. No queremos a Dios, con sus velas, su incienso y sus vidrieras, sólo porque hemos sido «educados» de ese modo.

La religión y el patriotismo son áreas especialmente sospecho­sas, porque parecen fomentar las verdades «convenientes» del tipo que los prejuicios aprovechan: las que consuelan a las personas que lo necesitan y controlan la conducta de la gente.

Pero no todos los tiranos que nos esclavizan están fuera de nosotros. Los parásitos de la inseguridad humana nos han invadi­do a todos, son pequeñas termitas de terror que nos dicen que es más seguro creer, tener algo a lo que aferramos. Pero Dios —si realmente existe—, sea lo que sea, no es una aspirina.

Los prejuicios presentan otras formas. Puede que un diablo aún más enfadado se revuelva en mis tripas: un viejo rencor laten­te por los santos supersticiosos que me han atormentado con un sentimiento de culpabilidad: mamá, papá, la tía solterona, el clé­rigo santurrón soltando sermones en los que en realidad no creía, la hermana «supermonja» que amenazaba con convertir en esta­tua de sal a quien se atreviera a mirar hacia atrás, las biografías retrógradas de los santos que iban al cielo y los pecadores que iban al infierno... Puede que yo quiera rechazar la fe simplemente para que todos ellos estén equivocados.

Pero, en cualquier caso, no podemos permitir que los prejui­cios tomen nuestras decisiones. Debe haber un terreno interme­dio entre las presiones de la indoctrinación y el prejuicio de la rebelión.

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

80

11 DE M A R Z O

¿ JLe has preguntado alguna vez, como hemos hecho la mayoría, si realmente crees en Dios, en la religión y en la realidad de la Iglesia? Para muchos de nosotros, cuando en algún momento de crisis se nos planteó la cuestión de la fe, fue doloroso y descon­certante, una pesada carga en el estómago, como una comida indigesta. Tal vez para ti llegara en una época difícil, en un perío­do en el que te preguntabas si merecía la pena recurrir a orar, dado que las palabras de la oración se te atragantaban, un tiempo en el que tu mente se cuestionaba si la oración era algo real o sólo una superstición sin fundamento.

Puede que fuera un domingo por la mañana, cuando las cam­panas de la iglesia cercana convocaban a los fieles a alabar y supli­car a Dios, y tú, en la cama, te diste la vuelta desasosegado antes de volverte a dormir. O cuando planeabas tu matrimonio, y te encontraste intentando decidir entre una iglesia o los despachos del juzgado local. O quizá sucedió cuando alguien a quien conocí­as y querías falleció, y el pensamiento acerca de qué ocurre des­pués de la muerte te alcanzó como un rayo.

Escuchaste esta pregunta que nunca deja de resonar: «¿Creo realmente en Dios?».

De A Reason To Live, A Reason To Die.

81

12 DE M A R Z O

JL ara la palabra «crisis», los chinos utilizan una combinación de dos caracteres, que son los que designan el «peligro» y la «oportu­nidad». Esta disyunción parece tener lugar en todas las crisis. Se trata de un punto de inflexión, y, dependiendo de hacia dónde nos dirijamos, podemos encontrar peligro u oportunidad. Las bifurca­ciones en el camino de la vida humana que nos exigen tomar deci­siones son siempre encrucijadas del peligro y la oportunidad. Como en el uso médico de este término, cuando se declara que un paciente está en estado «crítico», entendemos que puede encami­narse hacia la vida o hacia la muerte.

En el proceso de la fe deben producirse dudas y crisis. Paul Tillich señala que la fe sólo puede madurar a través de las crisis. La duda desgasta la vieja relación con Dios, pero sólo así puede nacer una nueva. Y lo mismo ocurre con nuestras relaciones inter­personales humanas, pues crecen desde una fragilidad inicial hasta su permanencia a través de la prueba de la duda y la crisis. Por eso Kahlil Gibran dice que podemos «olvidar a las personas con las que nos hemos reído, pero nunca podremos olvidar a aquellas con las que hemos llorado».

En las personas mayores hay algo que hace que se sientan incómodas, o incluso molestas, con las crisis de fe de los jóvenes. Lo que ocurre es que perdemos de vista el hecho de que la fe sólo puede madurar mediante esas crisis. Olvidamos que ninguno de nosotros puede decir un significativo «sí» que le comprometa hasta que se haya enfrentado a la posibilidad alternativa de decir «no». El comportamiento más destructivo que podemos tener con las personas que están atravesando períodos de crisis es intentar acallar esas dudas legítimas y alentar su represión. Porque las dudas reprimidas presentan una alta tasa de resurrección, y las dudas que se aplastan echarán nuevas raíces. Una cosa es cierta, ese paso por la oscuridad de las dudas y las crisis, pese a lo dolo­roso que pueda ser, es esencial para crecer en el proceso de la fe.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

82

13 DE M A R Z O

• / a mayoría de nosotros, en nuestro deseo de una fe auténtica, le decimos a Dios: «¡Muéstramelo, y creeré!» Pero este plantea­miento no funciona nunca. Dios nos ha manifestado con absolu­ta claridad, a través de la vida y la enseñanza de su Hijo Jesús, que el proceso debe ser el inverso. Nos dice: «Creed en mí, y os lo mos­traré». La fe en él es un pre-requisito absoluto de la experiencia religiosa del poder de Dios en nuestra vida. Observad en el Nuevo Testamento la cantidad de veces que Jesús dice a las personas favorecidas por él que ha sido la fe de dichas personas la que ha desencadenado su poder. Al centurión romano le dice que su cria­do se curó por haber «tenido fe» (Mt 8,13). Por otra parte, cuando los discípulos preguntan a Jesús por qué ellos no habían sido capaces de expulsar al demonio de un joven, Jesús les dice simple y llanamente:

«Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: "Desplázate de aquí allá", y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20).

De A Reason To Live, A Reason To Die.

83

14 DE M A R Z O

3—J os soldados que crucificaron a Jesús tenían su propia versión de la fútil fórmula: «Muéstramelo, y creeré». Mientras Jesús ago­nizaba en la cruz, le gritaban: «Si eres realmente el Rey de los judí­os, sálvate a ti mismo... Si te vemos bajar de la cruz, creeremos». Por supuesto, no hubo más respuesta a tal demanda que el eco silencioso de su oración previa: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». En mi opinión, éste es justamente el tema que impregna toda la vida y la enseñanza de Jesús: ¡Creed primero, y entonces veréis el poder de Dios! No vengáis a mí pidiendo ver signos y maravillas para poder creer. Creed en mí primero, y os mostraré más signos y maravillas de los que podéis imaginar. De hecho, os encontraréis haciendo cosas más grandes de las que yo mismo he realizado.

Esto da ocasión a una pregunta y una respuesta sinceras. Si descubrimos que únicamente tenemos una fe muy débil, si expe­rimentamos más duda que certeza dentro de nosotros, ¿qué debe­mos hacer? La respuesta que yo voy a dar puede parecerles a algu­nos simplista o incluso rechazable, pero es la siguiente: debemos leer el Nuevo Testamento lenta y devotamente, intentando man­tener abiertos la mente y el corazón. Si es verdad que Dios real­mente toma y mantiene la iniciativa en materia de fe, le corres­ponde a él actuar en nosotros. Nuestra única responsabilidad, dado que no podemos suscitar la fe, es estar abiertos a Dios. Debemos abrir nuestros corazones a su suave atracción y nuestras mentes a su iluminación.

Jesús nos insta a preguntar una y otra vez. El resto es cosa de Dios.

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

84

15 DE M A R Z O

JL ™ o hay prueba científica de las afirmaciones y los contenidos de la fe, así como tampoco hay ninguna posibilidad de objetivar ni justificar ninguna de las etapas en el proceso de la misma. La experiencia de llegar a la fe sencillamente no está abierta a este tipo de investigación científica. Ninguna ciencia natural puede establecer como un hecho la entrada sobrenatural de Dios en la historia de la humanidad o en una vida humana individual. Estos acontecimientos están fuera del alcance de las ciencias naturales. Sin embargo, existe lo que podríamos llamar una verificación «existencial» o experiencial de la fe, que es similar a la prueba experiencial de disfrutar de un helado de chocolate o de la belle­za de un día de otoño cuando las hojas están cambiando y el aire es frío y vigorizante. Hay, sin duda, muchas realidades que sólo pueden conocerse a través de la experiencia personal.

En la película A Patch ofBlue, una joven ciega le pregunta a su abuelo: «Abuelito, ¿cómo es lo verde?» El abuelo, irritado, respon­de: «Lo verde es verde, estúpida. Y deja de hacer preguntas». A esto le sigue una patética escena en la que la joven palpa la hier­ba con la mano y frota su mejilla con una hoja en un vano inten­to de experimentar la realidad del verdor.

El dramaturgo William Alfred, autor de Hogan's Goat, dijo en cierta ocasión: «Las personas que dicen que Dios no existe son como niños de seis años diciendo que no existe el amor apasiona­do: simplemente aún no lo han experimentado». El evangelista Billy Graham dice: «Sé que Dios existe por experiencia personal. Sé que le conozco. He hablado con él y he caminado con él. Se pre­ocupa por mí y actúa en mi vida cotidiana». La experiencia de Dios debe estar al alcance de la mayoría, porque un reciente sondeo de Lou Harris revelaba que el 97% de los americanos creen en algún tipo de Dios personal. Aunque las estadísticas no son, y nunca pueden ser, la última palabra. La fe sigue siendo una experiencia personal, como el helado de chocolate, un día de otoño y el verdor.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

85

16 DE M A R Z O

n el acto de fe, el motivo y la fuerza motriz es el propio Dios, que nos ha hablado tanto a todos mediante su palabra externa como a la voluntad y la mente del creyente mediante su palabra interna. En casi todos los demás juicios de valor que hacemos, el motivo es nuestra percepción de una prueba que está a nuestro alcance: reunimos pruebas, las evaluamos y gradualmente llega­mos a una conclusión. El proceso de fe es bastante distinto. Sen­cillamente, no hay una prueba concluyente al alcance de nuestras mentes. No podemos razonar nuestro camino hacia la fe del mis­mo modo que razonamos nuestro camino hacia otras conclusio­nes. Se trata simplemente de una conclusión producto de la atrac­ción de Dios sobre la voluntad y de su iluminación del intelecto.

Para hacer un acto de fe tenemos que confiar en nuestra pro­pia experiencia del Dios que hemos experimentado en nuestras mentes y corazones. Sin embargo, aunque en última instancia debemos dar algún tipo de «salto a ciegas», no vamos en contra de la razón: la ceguera de la fe no implica irracionalidad. Al atravesar el abismo hacia el mundo de la fe, sobrepasamos los límites de nuestros propios poderes de raciocinio, pero únicamente merced a una confianza absoluta en el Dios que ya ha actuado dentro de nosotros. La razón no posee un mapa de carreteras que nos con­duzca hacia el destino de la fe, pero confiamos en que hay real­mente otra mano entre las nuestras y en que no nos estamos arro­jando a un oscuro vacío, sino a los brazos de Alguien que nos ama. Dios nos ha hablado en nuestro interior con una palabra de amor y de vida, y nosotros le hemos respondido con nuestro propio «sí»: la respuesta de la fe.

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

E

86

17 DE M A R Z O

s obvio que si la fe debe ser definida como un acto, también debe ser considerada un acto que inaugura una nueva relación entre Dios y el creyente. Dios, con sus palabras internas y exter­nas, ha invitado al futuro creyente a establecer una relación con él. En el acto de fe, el creyente responde a Dios: «Acepto tu invi­tación. Yo seré tuyo, y quiero que tú seas mío». Acerca de la rela­ción que comienza en este momento deben decirse dos cosas.

La primera es que, como sucede en todas las relaciones, tiene tres posibilidades distintas de futuro. Podemos o incrementar nuestra relación con Dios, o mantener una cierta distancia y una conexión superficial con él, o suspender la relación. La relación de fe está sujeta a momentos de crisis, a puntos de inflexión en los que el creyente puede tomar el camino del peligro o de la oportu­nidad, el de una gran profundidad o incluso el de perder final­mente la fe. Hay muchas cuestiones que pueden influir en este aspecto, de las cuales las más importantes son el equilibrio psico­lógico del creyente y el ambiente en que vive. Sin embargo, más que por ninguna otra cosa, el destino de esta relación vendrá determinado por la comunicación y la interacción entre Dios y el creyente. De lo que no cabe duda es de que todas las relaciones interpersonales son buenas y prosperan en función de la comuni­cación entre las dos partes de la relación. La comunicación entre el Dios que invita y el creyente que acepta es el núcleo y el tras-fondo de la fe, su alimento vital.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

E

87

18 DE M A R Z O

" * o que es verdadero respecto de las relaciones humanas, tam­bién lo es respecto de la relación de fe: si no se profundiza, irá gra­dualmente muriendo. La fe, al igual que las raíces de una planta, debe buscar una mayor profundidad o estar sometida a la ley de la muerte. Las relaciones interpersonales son algo vivo; por eso su crecimiento depende de una evolución dinámica, de nuevos des­cubrimientos en la persona amada y de nuevas auto-revelaciones a la misma. Para san Ignacio de Loyola, una relación de amor con­siste en un intercambio de dones. Sin ellos, una persona no puede mantener una unión interpersonal. En la relación de fe esta inte­racción, esta auto-revelación mutua, este intercambio de dones, depende en gran medida de lo que se denomina «vida de oración». Si no encontramos a Dios en la oración, no conservaremos duran­te mucho tiempo una fe coherente.

En segundo lugar, las crisis son inevitables y valiosas en todas las relaciones cuando se manejan bien. Sólo a través de las crisis, los vínculos de la fe y el amor pasan de una fragilidad original a una permanencia probada. A través del crecimiento que se produ­ce si se manejan bien las crisis, la fe está cada vez más marcada por la fidelidad y la profundidad y se convierte en una respuesta personal continua, en un «sí» personal a las iniciativas de Dios. Pero hay muchos «síes» dentro del «sí» original de la fe. Michel Quoist, en su libro Prayers, escribe:

«Temo decir "Sí", Señor. ¿Dónde me llevarás? Temo sacar la pajita más larga, Temo firmar con mi nombre un compromiso no leído, Temo el "sí" que conlleva otros "síes"».

Quoist dice que «sólo quienes han experimentado esta "lucha" con Dios pueden entender realmente esta oración».

De A Reason To Live, A Reason To Die.

88

19 DE M A R Z O

4 JL JLlguien ha dicho que lo que nosotros somos es el don que Dios nos ha concedido y que en lo que nos convirtamos es nuestro don a Dios. Es verdad que Dios nos regala la materia prima de nues­tras vidas y se ofrece para ayudarnos a construir con ella una cate­dral de amor y alabanza. En este aspecto tengo que enfrentarme a mi propia y obvia responsabilidad. O bien utilizaré esta materia prima que me ha sido entregada como un peldaño, o bien se con­vertirá en un obstáculo con el que tropezaré. Por utilizar otra ana­logía, día a día Dios me entrega nuevas piezas que encajan en este gigantesco «puzzle» de mi vida. Algunas de estas piezas son inci­sivas y dolorosas; otras son parduzcas y descoloridas. Sólo Dios, que ha planificado y previsto el cuadro de mi vida, conoce la belle­za resultante cuando todas las piezas se hayan colocado en su lugar. Pero yo sólo conoceré esa belleza después de haber coloca­do en su lugar la ultima pieza, la pieza de mi muerte.

No se puede llegar a ninguna interpretación teológica satis­factoria del sufrimiento si consideramos únicamente esta vida y este mundo que conocemos. En el trasfondo de cualquier explo­ración cristiana del sufrimiento debe haber un contexto de una vida ilimitada y eterna. Lo que sucede en esta vida y en este mundo puede que nunca tenga sentido para una mente inquisiti­va. No hay una justicia aparente o una distribución equitativa de las bendiciones. Pero los cristianos siempre hemos creído que esta vida es un mero punto en la línea infinita de nuestra existencia humana, que se extiende desde ahora hasta la eternidad.

Al igual que Job, yo no poseo todas las respuestas. Después de todo, ¿dónde me encontraba yo cuando Dios creó el mundo? Pero lo que sí poseo es una cierta concepción de lo que es la confianza. Y confío en el Dios del amor que es mi Padre. Estoy seguro de que tú te has encontrado en una situación análoga cuando tuviste que pedir a otra persona que confiara en ti. ¿Te acuerdas de que no podías darle una verdadera explicación? Tuviste que pedirle un voto de confianza. De algún modo, creo que, en este tema del sufrimiento, Dios se pone en esa misma situación con respecto a nosotros. El Dios grande e infinito nos pregunta a ti y a mí, limi­tados y finitos: «¿Podéis confiar —confiaréis— en mí?».

De The Christian Vision.

89

2 0 DE M A R Z O

1—in la larga historia de la espiritualidad cristiana, se ha hecho hincapié en los más diversos aspectos. Es cierto que algunos san­tos insistían tanto en el desapego que escribieron muy poco acer­ca de la gozosa experiencia de la creación de Dios. Afortunada­mente, otros santos han descrito lo que se ha llamado «espiritua­lidad encarnacionista»: En su Encarnación, Jesús, al convertirse en hombre y vivir en nuestro mundo con nosotros, habría subra­yado y validado la bondad de la creación. Como nosotros en to­do, excepto en el pecado, para el Verbo de Dios encarnado, todo —empleando las palabras pronunciadas por Dios en los albores de la creación— era «muy bueno».

San Ignacio de Loyola (1491-1556), en su regla jesuíta, ins­truye a sus seguidores para «buscar y hallar a Dios en todas las cosas». Por tanto, no es sorprendente que este enfoque encarna­cionista esté magníficamente desarrollado en los escritos de jesuí­tas contemporáneos como Karl Rahner, Bernard Lonergan, y Pierre Teilhard de Chardin. Y también se refleja en la hermosa poesía de Gerard Manley Hopkins, el poeta jesuíta.

La espiritualidad encarnacionista busca y halla a Dios en todas las cosas. Jesús se encuentra entre nosotros, y nosotros, a través de él, tenemos plenitud de vida. Comentando esto, san Ireneo insiste en que «¡la gloria de Dios es la persona que está plena­mente viva!» Glorificamos a Dios haciendo uso de todos los dones que él nos ha dado, utilizándolos con nuestra plena capacidad. Una parte de esta plenitud es estar plenamente vivo en nuestros sentidos, nuestras emociones, nuestras mentes y nuestros corazo­nes. Si una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida, como Sócrates observó en cierta ocasión, entonces tampoco merece la pena vivir en un universo no experimentado. A la mayoría de nosotros nuestra fe cristiana nos alienta a estar vivos en nuestro corazón. Como dice Antoine de Saint-Exupéry: «Sólo con el cora­zón se puede ver correctamente; lo esencial es invisible a los ojos». El mundo sería insoportablemente frío si pasáramos por él sin amar.

De The Christian Vision.

90

2 1 DE M A R Z O

ecuerdo lo que la periodista Dorothy Thomson escribió en cierta ocasión. Thomson estaba entrevistando a un superviviente de un campo de concentración nazi y, en el curso de la conversa­ción, preguntó a su entrevistado si en aquellos campos alguien había seguido siendo humano. La inmediata respuesta de su interlocutor fue: «No, nadie siguió siendo humano». Pero a conti­nuación se corrigió a sí mismo y recordó: «Mejor dicho, hubo un grupo de personas que sí siguieron siendo humanas. Eran perso­nas religiosas». El superviviente dijo que todos los demás, incluso quienes poseían grandes conocimientos y habilidades, parecían utilizar sus capacidades sólo egoístamente para sobrevivir. Los propios arquitectos de aquellos campos sólo habían utilizado sus grandes conocimientos para destruir. El conocimiento y las habi­lidades de una era tecnológica, sin la compasión y la sabiduría de la fe, resultaron ser, como probó la Alemania nazi, horriblemente peligrosos y destructivos. En su conclusión, Dorothy Thomson escribió: «Empiezo a pensar que cuando Dios desaparece, todo desaparece». Su frase recuerda en cierto sentido lo que George Washington escribió en su discurso de despedida: «No es posible mantener la moralidad sin la fe y la religión».

De The Christian Vision.

R

91

2 2 DE M A R Z O

4 X J L veces se me ocurren unas preguntas aterradoras: ¿es todo esto un sueño, un maravilloso cuento de hadas?; ¿es esta comu­nidad de amor a la que llamamos Iglesia un hecho o una ficción?; ¿nos hizo realmente Dios a su imagen y semejanza, o somos noso­tros los que hemos creado un Dios de amor? Yo creo. He creído con suficiente profundidad y suficiente fuerza como para apostar mi vida por la realidad de la Iglesia. De hecho, puedo repetir con con­vicción las siguientes palabras del Becket de Jean Anouilh: «Me he arremangado y me he echado toda esta Iglesia a la espalda. Y nada conseguirá jamás persuadirme de que la baje».

Aún hay partes de mí que la fe no ha reclamado. Oro dicien­do: «Creo, Señor, pero ayuda a mi incredulidad». Intento amar mis preguntas incrédulas hasta que pueda vivir las respuestas creyen­tes. Sin embargo, una cosa parece cierta: toda vida debe basarse en algún tipo de acto de fe. La fe es básicamente un juicio; un jui­cio respecto de la verdad o la falsedad de la palabra de Dios. Si la fe es un juicio sobre algo para lo cual no hay ninguna prueba lógi­ca o científica, entonces, tarde o temprano, todos debemos tomar una decisión, realizar un acto de fe en este terreno. Debemos apostar nuestra vida por algo. No decidir en este aspecto no es una manera inteligente de escapar al error. No decidir es en sí una decisión.

Respecto de mí mismo he tomado una decisión y he adoptado un compromiso en mi vida. También he pensado que si el amor de Dios, la llamada del Reino y la realidad de la Iglesia son sólo un sueño, entonces lo opuesto sería una pesadilla. El juicio o el acto de fe contrario nos consideraría a todos simples animales en busca de su presa. Entonces, el fuerte devoraría al débil; el rico compra­ría y vendería al pobre; el discapacitado sería destruido por defec­tuoso e improductivo... Y al final nuestro único destino sería con­vertirnos en polvo y en alimento de los gusanos.

De The Christian Vision.

92

23 DE M A R Z O

K cierta ocasión hice un retiro en Bad Schónbrun, que se encuentra en lo alto de los Alpes suizos. La primera noche fui a la capilla para asistir a la oración vespertina, y de detrás de mí sur­gió una de las voces de tenor más hermosas que he escuchado en mi vida. Cuando coloqué de nuevo el libro de himnos en el banco, me di la vuelta para mirar al propietario de la voz que había esta­do admirando. A la salida de la capilla le felicité (en alemán). Iba a decirle que tenía una voz natural tan buena que realmente debía haberla educado, pero no me venía a la memoria la palabra ale­mana para decir «educar». Mientras estaba intentando recordarla, me tendió su tarjeta en la que decía: «Walter Hegge, tenor solista de la Ópera de Zurich». (Y enrojecí). Después de unas palabras en alemán, me preguntó: «¿Habla inglés?» Yo le dije que hablaba algo parecido, «norteamericano». A continuación me comentó sus pro­pios orígenes en Sudáfrica y me invitó a dar un paseo después de cenar. Sendero de la montaña arriba le pregunté: «Walter, ¿qué estás haciendo aquí, un retiro?» Y su respuesta fue muy hermosa. «No —me replicó—, voy a ser bautizado el domingo y estoy dedi­cando esta semana a rezar y a prepararme para el momento más grande de mi vida». Entonces me contó la historia de su vida y su amorosa búsqueda de Dios, en cuya comunidad iba a entrar al cabo de unos días. Poco después encontramos un tronco, y me senté y le pedí que me cantase un solo. Así que el tenor solista cantó una aria de Puccini para mí. Mi mente y mi corazón se des­bordaban. La historia del amor de Dios por aquel hombre..., su bautismo el domingo..., la belleza de los Alpes suizos..., aquella impresionante voz y Puccini... Sentí que podía tocar el rostro de Dios. Quería que se detuvieran todos los relojes y calendarios y no bajar nunca de la montaña. Y supe lo que Pedro debió de sentir en el monte de la Transfiguración.

De My Vision And My Valúes.

93

2 4 DE M A R Z O

M—í 1 primer punto de mi propia síntesis espiritual o visión de fe es éste: «Dios es Amor» (1 Jn 4,16). San Juan define a Dios como amor, lo cual significa que todo lo que Dios hace es amor. Su amor, como todo amor real, es autodifusivo: sólo pide para dar, para compartir. Dietrich Bonhoeffer, en su Ética, sugiere que, al inten­tar entender la definición que Juan da de Dios, no debemos con­siderar la palabra «amor» como nuestro punto de partida, sino que debemos comenzar con la palabra «Dios». Como dice san Juan, sólo la persona que conoce a Dios puede realmente saber lo que es el amor. Y Bonhoeffer añade: «No es que previamente sepamos por naturaleza lo que es el amor y, en consecuencia, sepamos lo que es Dios». Ninguno de nosotros puede saber lo que es Dios y, por consiguiente, comprender el significado del amor, a no ser que Dios se revele a nosotros. Primero conocemos a Dios a través de la experiencia de fe.

San Juan dice que el amor se origina en Dios (1 Jn 4,10), y que percibimos el amor de Dios en Jesús especialmente en su acto de morir por nosotros (1 Jn 3,16). De acuerdo con Bonhoeffer, el que Dios ofreciera en Jesús su propia vida por nosotros es un «aconte­cimiento absolutamente único». San Pablo escribe: «En Cristo es­taba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres» (2 Cor 5,19). Jesús es, por tan­to, la definición viva del amor y, como dice Bonhoeffer, «la única definición del amor». El amor es lo que Dios inmutablemente es, y Jesús es la revelación de lo que Dios es.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

94

2 5 DE M A R Z O

E segundo punto de mi síntesis espiritual es éste: Dios nos ama

tal como somos. La clase de amor que nos lleva a la plenitud de la vida no es el amor que se fija en lo que hemos sido o lo que podrí­amos llegar a ser, sino el amor que nos acepta como somos. Y éste es precisamente el modo en que Dios nos ama. Por supuesto que somos imperfectos, pero Dios nos ve como seres en proceso y nos acepta tal como somos, sea cual sea el momento de nuestro desa­rrollo en que nos encontremos. La más mortífera de todas las fal­sedades acerca de Dios es la idea de que pueda estar enfadado. Cuando la Escritura se refiere a la «ira de Dios», se trata simple­mente de una figura retórica. Que en Dios haya realmente ira o enfado es una falacia y un malentendido que debemos enterrar sin posibilidad alguna de resurrección. Debemos meditar a través de la oración sobre la naturaleza inmutable de Dios. Los teólogos denominan «inmutabilidad» al hecho de que Dios sea siempre el mismo. No puede herir ni ser herido; no está sometido al calor ni al frío, ni a los altibajos, ni a las volubles emociones que a noso­tros nos afectan. No debemos hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza humanas, porque ello supondría la muerte de toda fe auténtica. Podríamos establecer una analogía con el sol. El sol únicamente brilla, como Dios únicamente ama. La naturaleza del sol es brillar, ofrecer su calor y su luz. La naturaleza de Dios es amar, ofrecernos el calor y la luz de su amor por nosotros.

Todos nos hemos ocultado, en mayor o menor medida, de su luz y su calor. Nos hemos refugiado en una serie de distracciones, nos hemos escondido bajo la cobertura del pretexto y el engaño, pero el sol de Dios sigue brillando. Dios sigue amándonos y ofre­ciéndonos los dones que nos llevarán a la plenitud total. No hay ninguna momento en la historia de la vida humana en el que no podamos volver a la luz y el calor del amor de Dios. Sean cuales sean los obstáculos que hayan erigido el pecado y el egoísmo, Dios está siempre a nuestro alcance, ofreciéndose a sí mismo en el calor y la luz. Es importante que lo entendamos durante la vida, porque la única alternativa sería descubrir en la muerte lo que nunca hemos conocido en la vida, y lamentarnos con san Agustín: «Demasiado tarde, demasiado tarde, Señor, te he amado... La me­moria es sin duda un triste privilegio». De A Reason To Live, A Reason To Die.

95

2 6 DE M A R Z O

3—J\ tercer punto de mi síntesis espiritual es el siguiente: ¡a pro­videncia de Dios gobierna nuestras vidas. Estrictamente hablando, en Dios no existe el tiempo, no existe un «antes» o un «después». Sin embargo, nosotros somos criaturas temporales y, en nuestra forma limitada de comprender a Dios, debemos concebir sus acciones co­mo temporales. Por eso debemos decir que, antes de que Dios creara este mundo, conocía todos los mundos posibles que podía crear. Y en alguno de los mundos posibles que Dios podría haber creado, tú y yo existíamos, mientras que en otros mundos no. En algunos de los otros mundos que Dios podría haber creado, tú y yo habríamos tenido tipos muy diferentes de existencia, distin­tas circunstancias vitales, otros talentos, diversos sufrimientos y alegrías...

Sin embargo, en el acto de creación de Dios, él dijo que no quería esos otros mundos, sino éste. En su propio decreto de cre­ación eterna, él quería que esta brizna de hierba brotara a través de la tierra precisamente en el momento en que lo hizo, y que esa hoja de árbol cayera en el momento preciso de un día otoñal. Quería que tú y yo naciéramos de los padres que nos dieron la vida en el preciso momento que él eligió. Él sabía cómo seríamos, cómo nos comportaríamos, lo que seríamos capaces e incapaces de hacer. Él conocía las agonías y los éxtasis que la vida pediría de nosotros y nos otorgaría. A este mundo es al que Dios dijo su «sí» creador. Tras haber visto la totalidad de nuestras vidas desde toda la eternidad en el misterio del tiempo, Dios nos da estas vidas pieza a pieza, como si fueran los elementos de un «puzzle» que debemos realizar. Al encajar las piezas de este «puzzle» debemos creer que él, que nos las ha ofrecido, conoce la belleza final cuan­do la última de ellas —el acto de nuestra muerte— se sitúe en su lugar.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

96

27 DE M A R Z O

m á\ cuarto punto de mi síntesis espiritual dice lo siguiente: Nuestra respuesta a Dios es amarnos ¡os unos a ¡os otros. Un tópico teo­lógico es que a Dios no podemos darle nada, porque ya lo tiene todo. Sin embargo, en la revelación de Jesús claramente se nos orienta a responder al amor de Dios con nuestra caridad para con el prójimo. De hecho, a este amor que sentimos los unos por los otros Jesús lo considera el «signo distintivo» de sus discípulos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos» (Jn 13,34-35). Tal vez todo esto le resulte obvio a cualquiera que haya leído el Nuevo Testamento con atención. Pero lo que quizá no es tan obvio es que la capacidad de amarnos los unos a los otros es un don de Dios. Nosotros no obtenemos el favor de Dios amándo­nos los unos a los otros, sino que es el favor de Dios el que nos capacita para amarnos mutuamente.

San Juan dice: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3,14). Toda la primera carta de san Juan es un hermoso tratado sobre este hecho maravilloso pero misterioso. San Pablo, cuando escribe a los Corintios, les habla de los muchos dones de Dios, y en el famoso capítulo decimotercero de la Primera Carta a ios Corintios describe el don más excelso de Dios: la cari­dad. Finalmente, hay una descripción de Jesús del Juicio Final en la que presenta la llegada de los salvados a la bienaventuranza celestial:

«Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; esta­ba desnudo, y me vestísteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme"... "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis"» (Mt 25,34-40)

De A Reason To Live, A Reason To Die.

97

2 8 DE M A R Z O

3—i\ quinto y último punto de mi síntesis espiritual es éste: Dios es nuestro destino. Hace algunos años, una mujer llamada Florence Chadwick, después de no haber logrado cruzar a nado el Canal de la Mancha por unos cientos de metros, declaró que la razón de su fracaso se debía a la densa niebla matinal que se abatía sobre el canal. Sus palabras fueron: «Si hubiera podido ver la orilla, lo habría conseguido». La visión cristiana de la vida ve a Dios como el Alfa y Omega de la existencia humana. En esta vida y en este mundo, somos peregrinos de regreso a nuestro hogar. Ninguna síntesis vital proporcionada por la visión de la fe estaría completa sin una visión de la orilla. En el misterio de la transfiguración de Jesús, cuando la belleza de Dios irradió momentáneamente de la persona de Jesús, la reacción de Pedro fue típicamente humana: quiso levantar tres tiendas para permanecer en aquel monte para siempre.

Fue típicamente humana, porque todos queremos hacer eso mismo: queremos cristalizar nuestros momentos de extrema feli­cidad y permanecer en ellos para siempre. Pero nuestros relojes y calendarios siguen su curso, y debemos descender de esas cum­bres de suprema felicidad. Sin embargo, si la vida y la muerte han de tener un significado para nosotros, es muy importante recordar que algún día ascenderemos el monte de Dios y contemplaremos su belleza durante toda la eternidad. Habrá un momento en que los relojes y los calendarios hayan finalizado su tarea para todos nosotros. Éste es el sentido cristiano del destino. San Pablo escri­be a los romanos: «Estimo que los sufrimientos del tiempo pre­sente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rm 8,18).

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

98

2 9 DE M A R Z O

JLJ sta síntesis o visión de fe sitúa la vida en una perspectiva llena de significado. Nos capacita para entrar en una relación per­sonalizada con Dios en todas las dimensiones de la realidad hu­mana. Sólo los ojos de la fe pueden ver bajo la superficie de las cosas, y sólo la esperanza de la fe da coherencia a los aspectos dis­pares de la existencia humana. Lo cual nos adentra no sólo en nuestra unidad con Dios, sino también en nuestra unidad recí­proca. Lo primero que vemos es un cuerpo, una apariencia exter­na. Pero bajo la belleza o fealdad superficiales, en un modo de existencia más profundo, hay una persona: una persona con sue­ños rotos y esperanzas nuevas, una persona de soledad y amor. Y de alguna manera, en un modo de existencia incluso más profun­do, en el centro de esa persona está Dios. El modo más profundo de existencia en toda la creación es la presencia de Dios, cuyo ser se comparte y se refleja en todos los aspectos de la misma. Dios está en la luz del cielo, en lo imprevisto de la tormenta, en el pri­mer vagido del recién nacido y en el último aliento del moribun­do. Su pulso es el latido del universo.

En esta visión de la fe encontramos a Dios en la alegría, en el amor, en el dolor y en la soledad. No hay nada en la creación que no haya sido tocado por su presencia. Todos los movimientos que agitan la creación revelan la vida de un Dios trascendente profun­damente inmanente en todas las cosas. Dios está presente en la oscuridad de la desesperación y en la luz de la esperanza. Está en las risas y en el grito de dolor, en el mediodía y en la madrugada. No hay estrella lejana, ni gota de agua en el fondo del más pro­fundo océano, ni montaña, ni roca, ni frágil brizna de hierba que, de algún modo, no comparta su vida ni revele su persona.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

99

3 0 DE M A R Z O

kj esús nos ofrece a cada uno de nosotros el mismo amor que sin­tió por las personas de su tiempo. Hay muchos pasajes sobre su bondad. Y debemos recordarlos, porque Jesús es el mismo hoy, mañana y ayer. Fijémonos, por ejemplo, en Dimas, el buen ladrón (Le 23,39-43). San Lucas nos cuenta que uno de los malhechores crucificados con Jesús le insultaba diciendo: «¿No eres tú el Cris­to? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!» El otro ladrón intentó callarle diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma con­dena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Entonces, quizá elevando sus ojos al letrero colocado sobre la cabeza de Jesús, que indicaba el «crimen» por el que iba a morir, Dimas leyó: «Éste es Jesús de Nazaret, el rey de los judíos». El letrero formaba parte de la ceremonia de crucifixión, para que los espectadores y los transeúntes supieran la razón del castigo. La muerte por cruci­fixión era normalmente una forma muy lenta de morir que solía durar dos o tres días. Recordemos que Poncio Pilato se sorprendió de que Jesús hubiera muerto en unas dos o tres horas.

Entonces, el hombre al que llamamos Dimas dijo su oración, tal vez la única oración sincera de su vida:

«"Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". Y Jesús le dijo: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso"».

Jesús, como siempre, incluso en la agonía de su propia muerte, fue el «hombre para los demás». Las palabras que dirigió al agoni­zante Dimas fueron las últimas que dijo antes de su muerte. Pero su misericordia es la misma ayer, hoy y siempre. No cabe duda de que este don de misericordia y amor se ha repetido incontables veces a lo largo de la historia de la humanidad y de la debilidad humana.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

100

3 1 DE M A R Z O

ejemplo de la bondad de Jesús podemos verlo reflejado en los doce apóstoles. Como cualquier otro rabino y predicador itineran­te de su tiempo, Jesús eligió un pequeño grupo de doce hombres a los que invitó a ser sus compañeros constantes y los predicado­res de su evangelio (Me 3,14). Todos aquellos hombres, excepto Judas Iscariote, están canonizados, para que los admiremos e imi­temos. Pero, para ser honestos, no «nacieron santos». De he-cho, cuando Jesús los llamó eran una miscelánea bastante extraña de miseria humana. Y son ejemplos clásicos de hombres que fueron amorosamente conducidos a la grandeza por la paciencia de Jesús. Toda grandeza, según parece, nace de algún modo de la paciencia del amor; y aquellos hombres no fueron una excepción. Todos ellos fueron aprendices bastante lentos. Encontraron en la prudencia egocéntrica la mejor parte del valor cuando su propia seguridad se vio amenazada; y fueron cobardes. El grupo incluía un bocazas, dos niños mimados, un cabezota, y un indudable cabeza de chorlito. Simplemente fueron tan débiles como tú y como yo.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

101

Primavera

1 DE A B R I L

• éa figura central del grupo de apóstoles fue Simón, hijo de Jonás, al que se conocía como «piedra». De hecho, aquel hombre no tenía absolutamente nada que ver con una piedra, sino que era más bien como un cúmulo de arena compuesto por la debilidad humana. Su primera pregunta al ser invitado a formar parte de los discípulos de Jesús fue: «¿Qué gano yo con ello?» Y después de tres años al servicio de Jesús, cuando el Señor anunció a los apóstoles que se aproximaban su pasión y su muerte, el bocazas de Pedro fue el que protestó diciendo que no era una buena idea. Jesús tuvo que responderle con la pura verdad: «Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,21-23).

En la Última Cena, Pedro fue también quien arrogantemente negó la predicción de Jesús de que le negaría y sugirió que quizá uno de los otros podría ser así de débil, pero la «piedra» nunca. Y claro que negó a Jesús. Mientras la vida del Señor estaba en juego ante el tribunal judío del Sanedrín, Pedro esperó anónimamente en el patio, aparentando ser un espectador desinteresado. Y cuan­do fue reconocido como compañero de Jesús, no sólo negó tener nada que ver con él, sino que juró ante Dios que no le conocía en absoluto. De modo que cuando Jesús salió del palacio del Sumo Sacerdote camino a su prisión y muerte, Pedro estaba en el patio gritando sus aterrorizadas negaciones de Jesús.

«...y el Señor se volvió y miró a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor cuando le dijo: "Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces". Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamen­te» (Le 22,61-62).

De A Reason To Live, A Reason To Die.

105

2 DE A B R I L

r X^/uando Jesús estaba agonizando clavado en la cruz, seguro que sus ojos buscaron entre la multitud que le escarnecía los ros­tros de sus queridos amigos, los apóstoles. Él había entregado a aquellos hombres su confianza y su amor, y ahora daba su vida por ellos. Sin embargo, mientras los brazos de Jesús se encontra­ban extendidos como para abrazar todo el pecador mundo en el acto de su muerte, los apóstoles estaban ocultos en una habita­ción, con las puertas atrancadas y el cerrojo echado. El Domingo de Ramos fueron figuras públicas muy visibles, pero el Viernes Santo se habían desvanecido, recluyéndose en la seguridad de la oscuridad. Jesús tuvo que morir solo. La vieja forma de ver las cosas, caracterizada por el egocentrismo y la autoprotección, toda­vía estaba fuertemente implantada en la mente de los apóstoles, que resultaron ser lo que podríamos llamar «amigos en la prospe­ridad». Pero Jesús se comprometió a amarlos para que alcanzaran la integridad humana y la plenitud de la vida.

De modo que Jesús se presentó ante los apóstoles el Domingo de Resurrección por la mañana para compartir con ellos su triun­fo sobre la muerte. Con benevolencia y paciente comprensión intentó tranquilizarlos. «¡Shalom!», les dijo. «La paz sea con voso­tros». Los apóstoles, atemorizados, no daban crédito a sus ojos. «¡Estamos viendo un fantasma! Debemos de estar sufriendo una alucinación colectiva». Habían olvidado las predicciones de resu­rrección que Jesús había hecho previamente. Por eso, Jesús se ofreció gentilmente a comer su pescado, algo que los fantasmas no suelen hacer. Y pacientemente les permitió que le tocaran para asegurarse.

Los apóstoles debieron de sentirse profundamente conmovi­dos por aquel acto de amor de Jesús. Ellos le habían abandonado, y él había ido en su busca. Tal vez fuera aquel acto de benevolen­cia el que rompió las barreras de su resistencia. La vieja visión finalmente estaba comenzando a dar paso a una nueva, vivifican­te y gozosa. Según parece, hacer propia la visión de Jesús es un proceso que nunca se completa.

De The Christian Vision.

106

3 DE A B R I L

C t jhalom. . . La paz sea con vosotros... Lo comprendo» son las pa­labras constantes de Jesús a sus apóstoles y a nosotros. Paz en todas las tormentas de la vida. Paz cuando vuestro corazón está sumido en el fracaso. Paz cuando vuestro mundo parece derrum­barse sobre vosotros. Paz en la monotonía e infinitud de las pequeñas cosas. Paz en la vigilia y en la espera, cuando vuestro corazón está ansioso y vuestras manos no sirven para nada. Pero, sobre todo, paz en vuestra debilidad humana, cuando parece que no podéis hacer nada bien. «Shalom. Lo comprendo».

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí... Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo...» (Jn 14,1.27).

De A Reason To Live, A Reason To Die.

107

4 DE A B R I L

C i j i hemos sido creados para estar plenamente vivos, ¿por qué tan a menudo nos vemos reducidos a hacer únicamente lo menos malo? Es evidente que en nuestras vidas y en la de tantos otros se está perdiendo algo necesario para vivir en plenitud o, al menos, no lo reconocemos ni disfrutamos. De uno u otro modo, en uno u otro aspecto, algo no ha funcionado bien. En algún lugar del camino nos falló la luz. En su poema «No funciona», André Auw describe sus reacciones ante la escena en la que una joven madre intenta explicar a su hijo de cuatro años por qué la máquina de palomitas no puede expulsar su contenido:

«"No puedes tener tus palomitas, hijo. La máquina no funciona. Mira el aviso que han puesto".

Pero el niño no lograba entender. Después de todo, él deseaba las palomitas, tenía el dinero para comprarlas y podía verlas a tra­vés del cristal. Sin embargo, por lo que fuera, algo no marchaba bien, porque él no podía conseguir sus palomitas.

El niño se alejó con su madre a regañadientes y con ganas de llorar.

Y yo, Señor, también sentía ganas de llorar por todas esas per­sonas que se han convertido en máquinas estropeadas e inútiles, llenas de la bondad que otras personas necesitan y desean y que, sin embargo, nunca llegarán a disfrutar, porque, por la razón que sea, algo ha dejado de funcionar en su interior».

De El secreto para seguir amando.

108

5 DE A B R I L

V ^ n a persona sana que está en crecimiento acepta la debilidad como condición humana. «Las personas cometen errores, y yo soy una de ellas, ésa es la razón de que los lápices incluyan una goma». Las personas sanas y en crecimiento también son buenas comunicadoras, porque están dispuestas a compartir lo que pien­san y sienten abierta y sinceramente, y no sólo comparten la luz y el brillo, sino también el lado débil y herido de sí mismas.

Las defensas de nuestros egos heridos nos conducen a misti­ficaciones complejas e interminables; pero, afortunadamente, hay un antídoto positivo, creativo y curativo que consiste simplemen­te en aceptarnos a nosotros mismos en nuestra condición huma­na de debilidad y admitir que tenemos limitaciones. Esa sinceri­dad y esa franqueza contrarrestan nuestras tendencias insanas, porque, junto con la voluntad de compartir lo que somos con todas nuestras imperfecciones, nos hacen ser reales, nos posibili­tan ese tipo de contacto con la realidad que nos permite crecer y desarrollar todo nuestro potencial.

De El verdadero yo: ¡en pie!

109

6 DE A B R I L

JLanto tú como yo podemos sacar provecho de hacernos las siguientes preguntas: ¿qué es lo que veo cuando miro a través de las lentes de mi actitud hacia mí mismo?; ¿soy más un crítico que un amigo?; ¿miro más allá de los defectos superficiales para des­cubrir la persona verdaderamente hermosa y única que soy o me dedico al destructivo «juego de la comparación»?; ¿qué veredicto dicta respecto de mí el jurado de mi mente: «bueno en el fondo» o «culpable de todos los cargos»?

Una actitud cristiana sana hacia nosotros mismos reconoce y acepta la condición humana de fragilidad. Pero siempre nos vemos atravesando la vida de la mano del Señor, sintiéndonos contentos de ser quienes somos, sabiendo que él nos acepta y nos ama tal como somos. Nuestro Padre, que es poderoso, no cabe duda de que ha hecho cosas grandes y hermosas en nosotros y por nosotros: ¡santificado sea su nombre! Sólo a través de las lentes de esta visión podremos encontrar la paz y la felicidad que son el legado de Jesús. Únicamente si nos vemos de este modo podre­mos experimentar la plenitud de vida que él vino a traernos.

De The Christian Vision.

110

7 DE A B R I L

T 3—i ^ vida en sí misma es un proceso, y todos nosotros somos «seres en proceso». Ninguno ha alcanzado aún la madurez plena; nadie ha llegado a realizarse. Todos somos fracciones camino de convertirnos en números enteros. Recuerdo que en cierta ocasión vi el siguiente mensaje en un «pin» que llevaba una mujer: «Por favor, ten paciencia. Dios todavía no ha acabado conmigo». Dios todavía no ha terminado con ninguno de nosotros. Todos nos en­contramos en camino hacia el pleno crecimiento y el desarrollo de todo nuestro potencial. Y, naturalmente, todos necesitamos mucha paciencia durante este proceso: paciencia con nosotros mismos y paciencia con los demás.

El proceso de desarrollo y crecimiento humano es muy similar al proceso de aceptación de la muerte. Los humanos tenemos que movernos a nuestro propio ritmo y durante todo el proceso nece­sitamos que nos acepten allí donde nos encontremos. Sabemos, por ejemplo, que no podemos empeñarnos en que la conducta de los niños sea madura. Debemos dejarlos ser niños y aceptarlos como tales. También sabemos que no podemos exigir un someti­miento inflexible a los adolescentes que están intentando apren­der a pensar por sí mismos y llegar a ser personas independientes. De manera análoga, debemos aprender a ser pacientes con noso­tros mismos en los distintos pasos del proceso humano.

De El verdadero yo: ¡en pie!

111

8 DE A B R I L

J L / é hecho, desde nuestra concepción hasta la muerte, todos estamos inmersos en un proceso de cambio y crecimiento que da vueltas continuas en espiral: nacimiento-muerte-renacimiento en todas las fases de nuestra personalidad. Cada etapa de la vida con­lleva ciertas tareas relativas al desarrollo. Para realizar cada tarea y, de ese modo, avanzar en nuestro desarrollo personal, debemos estar inmersos en el cambio continuo. Y es obvio que el cambio implica abandonar los antiguos y cómodos comportamientos para adoptar otros nuevos y más maduros.

En cada cambio hay una muerte y un nacimiento. Y cada muerte, sea pequeña o grande, requiere que atravesemos las cinco etapas del proceso de morir: negación-ira-negociación-resigna­ción depresiva-aceptación pacífica. Según parece, tenemos que atravesar estas cinco etapas antes de poder aceptar y experimen­tar la nueva vida. Si los que nos aman nos aceptan sencillamen­te como seres «en proceso», su amor nos hará el mayor regalo posible.

El viaje a lo largo de la vida tiene muchos valles que no pode­mos rodear y también muchas montañas que escalar y sobre las que no podemos limitarnos a saltar. También es verdad que nece­sitamos espacio y libertad para cometer nuestros propios errores. El ensayo y el error son las únicas vías a través de las cuales apren­demos y crecemos. La vida es ante todo y fundamentalmente un proceso, y un proceso en zigzag.

De El verdadero yo: ¡en pie!

112

9 DE A B R I L

• ^a persona que trata no sólo de «apañárselas» más o menos bien durante una época difícil, sino de librarse de una existencia engorrosa y rutinaria y descubrir la plenitud de la vida, tendrá que revisar su «visión básica». Y esto, se cuente o no con la ayuda de un profesional, significa «terapia de reconstrucción». Como hemos venido repitiendo, nuestra participación en la plenitud de la vida es siempre proporcional a nuestra visión. Quien no vive plena­mente no ve como es debido. Ahora bien, renunciar a una visión en aras de una perspectiva radicalmente diferente conlleva siem­pre el paso por el «limbo» de la indefinición, de la «tierra de nadie», por la experiencia temporal del caos. Por eso es por lo que siempre se presenta un período inicial de desorientación o desin­tegración, que es una etapa necesaria del proceso de crecimiento.

Quien haya tenido alguna vez la experiencia de atravesar un río de montaña saltando de roca en roca sabe que, mientras se quede parado en una de ellas, experimentará una sensación de seguridad, de estar a salvo. Claro que, en tal caso, no hay movi­miento ni avance, ni se experimenta más satisfacción que la de sentirse seguro. El reto que supone seguir adelante —dar el paso a la siguiente roca— es difícil y arriesgado, justamente porque en esa operación hay un momento en el que ninguno de los dos pies se asienta con firmeza en la roca. Ese sentimiento de precariedad y de temor es comparable al que sentimos en el momento en que, debido a una nueva y profunda percepción («insight»), nos vemos tentados a abandonar nuestra rigidez y pasar a una nueva visión y a una nueva vida. Pero, del mismo modo que es absurdo buscar a un dentista o a un médico que nos cure al instante y sin experi­mentar ninguna molestia, es igualmente absurdo pensar que el crecimiento humano puede lograrse instantáneamente y sin dolor. No se accede impunemente a una vida nueva y plenamente humana.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

113

10 DE A B R I L

R toda vida se da siempre una «visión», al menos provisional,

que es una consecuencia necesaria del dinamismo de la mente humana. Los sentidos recogen datos fenomenológicos (percepcio­nes visuales, olfativas, gustativas, auditivas, táctiles...) que son transmitidos a la mente, la cual comienza de inmediato a proce­sar y evaluar dicho material. Como si de un ordenador se tratara, la mente interpreta todos los diferentes impulsos, primeramente captados por los sentidos, y organiza la realidad en pautas de per­cepción inteligibles.

Es como colocar las piezas de un mosaico o de un rompecabe­zas. La «realidad» es un mosaico que no nos llega todo de una vez en un primoroso envoltorio, sino que nos llega, pieza por pieza, en tantos paquetes como días. Cada día trae consigo nuevas piezas, y cada nueva pieza añade su propia aportación para una compren­sión más profunda del conjunto de la realidad. Cada uno de noso­tros coloca las piezas de un modo diferente, porque cada uno per­cibe la realidad a su manera. Por eso, las cualidades más necesa­rias para la construcción de una visión adecuada y correcta son la apertura y la flexibilidad. Y lo que hay que evitar a toda costa es la rigidez.

Las personas rígidas son como detectives que, en cuanto dis­ponen de los más mínimos indicios de evidencia, inmediatamen­te llegan a una conclusión definitiva e irrevocable acerca del mis­terio que tratan de resolver. Y si se descubre alguna nueva eviden­cia, ellos se empeñan en hacer que encaje con sus primeras y pre­maturas conclusiones. Las personas flexibles y abiertas, por el contrario, se contentan con emitir juicios provisionales que están dispuestas a revisar en cuanto surge una nueva evidencia. En lugar de pretender que los hechos se adapten a sus conclusio­nes, no dejan de revisar éstas para dar cabida a todos los hechos probados.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

114

11 DE A B R I L

E dolor en sí mismo no es un mal que deba evitarse a toda

costa. El dolor es más bien un maestro del que tenemos mucho que aprender. De algún modo, el dolor nos instruye, nos dice que cambiemos, que dejemos de hacer una cosa o que empecemos a hacer otra, que dejemos de pensar de una manera y comencemos a hacerlo de manera diferente. Cuando nos negamos a escuchar el dolor y sus lecciones, lo único que nos queda es un recurso esca-pista. Efectivamente, nos hemos dicho: «No escucharé. No apren­deré. No cambiaré».

Aplicadas a los seres humanos, casi todas las etiquetas care­cen de sentido. Con todo, creo que sí hay una distinción que tiene verdadero sentido: la que distingue entre las personas «en creci­miento» y las personas «estático-escapistas». Es ésta una distin­ción entre los que están «abiertos» y los que están «cerrados» a la posibilidad de crecer. A las personas abiertas y en crecimiento no les arredra la pedagogía del dolor y están dispuestas a intentar cambiar, para lo cual inician las respuestas y los ajustes apropia­dos. Otras personas, por razones que se nos escapan, simplemen­te no se aplican las lecciones del dolor y buscan más bien una existencia narcotizada y tranquilizada, una paz de la que no se obtiene nada. Están dispuestas a conformarse con el diez por ciento de su potencial. Están dispuestas a morir sin haber vivido realmente.

Por medio de un amor verdadero y duradero, podemos reco­brar la aceptación de nosotros mismos y la conciencia de nuestra valía. Cuando se dan estas dos cosas, todo lo demás, de un modo u otro, se mueve en la dirección del crecimiento por los senderos de la paz. En cambio, si carecemos de amor y de valoración perso­nal, no nos queda más que una existencia parcial. A lo único que podemos aspirar es a una mínima parte de lo que podríamos haber sido. Nos moriremos sin haber vivido realmente. La gloria de Dios —la persona plenamente viva— quedará eternamente disminuida.

De El secreto para seguir amando.

115

12 DE A B R I L

J l e has preguntado alguna vez cómo es posible escoger el mal, cómo es posible cometer pecado? Por su propia naturaleza, la voluntad sólo puede escoger lo que es bueno. Personalmente, yo estoy convencido de que el ejercicio o el uso del libre albedrío en una situación concreta de culpa consiste en que la voluntad, dese­osa de un determinado mal que tiene aspectos buenos (si te robo tu dinero, yo seré rico), obliga al intelecto a centrarse en el bien que puede conseguirse en el acto malo y a renunciar a reconocer el mal. Ello, a su vez, obliga al propio intelecto a racionalizar aque­llo que en principio se reconocía como malo. Mientras estoy haciendo algo incorrecto (en el momento de hacerlo), no puedo afrontar abiertamente su aspecto malo, sino que tengo que pensar que es bueno y correcto. En consecuencia, el libre albedrío proba­blemente se ejerce en el acto de obligar al intelecto a racionalizar, más que en la realización del acto mismo.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

116

13 DE A B R I L

egún dice Ernest Becker en su libro The Denial of Death, una parte de la realidad que normalmente nos negamos a afrontar es la muerte. La mayoría no tenemos ni idea de cómo reaccionaría­mos ante una muerte inminente, porque simplemente no quere­mos ni pensar en ella. Becker sostiene que del mismo modo que tememos el final de nuestra existencia finita, la muerte, también tememos una experiencia plena de la vida. La experiencia del dolor —propio y ajeno— es parte integrante de la vida humana. Sin embargo, cuando alguien llora, la respuesta más común es el ruego: «No llores». Probablemente es bueno que la gente llore, pero la mayoría no sabemos qué hacer ante las lágrimas.

Cuando marginamos la experiencia del dolor, nos distancia­mos también de la experiencia plena de los placeres y la belleza de la vida. En el mundo real que nos rodea hay mucha excitación y mucho estímulo: imágenes y sonidos, luz y oscuridad, agonías y éxtasis del mundo de Dios... De hecho, hay demasiadas cosas a las que tememos. Estamos convencidos de que escapan a nuestro control. Tenemos la sensación de no poder soportar una carga de un voltaje tan alto y estamos seguros de sufrir un cortocircuito. Por eso marginamos gran parte de la realidad y construimos una pequeña casa al lado de la carretera, apartada de los atascos de tráfico y rodeada por un seto de pequeños arbustos. Y en ella vivi­mos una existencia poco arriesgada, con los sedantes y las dis­tracciones que necesitamos para manejar esa parte limitada de la realidad a la que sí estamos dispuestos a enfrentarnos.

Es evidente que tanto tú como yo tenemos una capacidad limitada: no podemos asimilar todo el sufrimiento y toda la belle­za de nuestro mundo, y nadie podría pedirnos que lo hiciéramos. Es más bien cuestión de utilizar mejor la capacidad que ya tene­mos, porque sería un desperdicio de nuestro potencial humano que nos situáramos en una pequeña esquina de la vida y perma­neciéramos allí acurrucados, congelados por el temor a un mundo mayor y a una vida más plena.

De The Christian Vision.

s

117

14 DE A B R I L

c \^j orno dijo un gran psiquiatra: «Los niños son excelentes obser­vadores, pero malos intérpretes». Observan todo lo que hacen los demás, pero interpretan mal esas acciones; saben exactamente lo que haces, pero no saben con exactitud lo que ello significa.

Una conocida mía me contó en cierta ocasión que cuando su padre murió, ella era sólo una niña, pero observó que su madre no lloró ante la muerte de su padre. Y más tarde la madre me dijo lo siguiente: «Intenté mantener el tipo por los niños. Quería que supieran que su padre estaba en el cielo y que la muerte no es una tragedia. No quería mostrarles de ningún modo mi propio dolor». Por eso puso buena cara, y la niña sacó la siguiente conclusión: «Tú no querías a mi padre, ¿verdad? No le querías nada. ¡Yo que­ría a mi padre, y tú no!» Debido a ello, la pequeña odió a su madre durante años con todas sus fuerzas. Y todo estaba basado en la excelente capacidad de observación de una niña y en su defectuo­sa interpretación.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

118

15 DE A B R I L

m / n mi libro Plenamente humano, plenamente vivo cuento la his­toria de la avería repentina de mi coche en una transitada auto­pista de Chicago. De pie en el arcén de la autopista, junto al iner­te automóvil, eché un vistazo al barranco que se encontraba a uno de los lados, observando la alta valla y el denso follaje del fondo. Al mirar al otro lado de la autopista me encontré con seis carriles de denso tráfico. El resultado fue un pánico instantáneo. No sabía qué hacer. Lo que no revelé acerca de este episodio en el libro mencionado es que, varios meses después, Loretta Brady, una mu­jer que trabaja conmigo, llegó tarde a una reunión. «Lo siento —dijo—, mi coche se ha averiado». Yo le hice unas cuantas pre­guntas amables y averigüé que su coche se había estropeado en el mismo lugar en que había tenido lugar mi tragedia (¡uno no puede por menos de acordarse del «triángulo de las Bermudas»!). Sé que resulta un poco extraño, pero es verdad.

«¿Qué has hecho?» —le pregunté—. «Descender por la ladera del lado oeste de la autopista —me respondió con una sonrisa ligeramente triunfal—. Después encontré un teléfono bajo el paso elevado y pedí ayuda». (Larga y penosa pausa). «¿Puedo hacerte una pregunta personal? ¿Cómo te sentías mientras hacías todas esas cosas?», le pregunté (¡válgame Dios!) adoptando el tono de «Padre confesor». Ella (¡válgame Dios!) me respondió: «¡Divina­mente!». Y yo murmuré entre dientes: «Te odio».

El filósofo romano Epicteto tenía razón cuando decía: «Lo que te desazona no son tus problemas, sino tu modo de verlos» ¡La próxima vez bajaré al fondo de ese barranco!

De The Christian Vision.

119

16 DE A B R I L

P m /s muy importante que todos afrontemos la cuestión de la autocomprensión y del perdón a uno mismo. Una idea sumamen­te útil en este aspecto es la siguiente: del mismo modo que debe­mos esforzarnos por ser benévolos en nuestro trato con los demás y perdonar, también debemos extender esa misma benevolencia y capacidad de perdón a nosotros mismos. Somos tan complejos que no podemos juzgarnos adecuadamente ni estar seguros de hasta dónde llega nuestra responsabilidad. Esto no quiere decir que nos escabullamos con proyecciones del tipo: «El diablo me obligó a hacerlo». Tenemos que estar dispuestos a aceptar nuestra responsabilidad sobre nuestras acciones y sobre sus consecuen­cias, pero es difícil estar seguros de nuestras intenciones subjeti­vas. Somos fraccionarios, y las raíces de nuestras motivaciones están muy enmarañadas.

Sin embargo, podemos afrontar el hecho de que nuestras ac­ciones han sido desordenadas y de que hemos podido causar daño a otros. Siempre permanecerá en el misterio, incluso para noso­tros mismos, el grado de responsabilidad subjetiva que tuvimos en aquellas acciones. Por lo tanto, aunque debemos aceptar nuestra responsabilidad, también debemos seguir esforzándonos por com­prendernos y perdonarnos. En cualquier caso, nunca está de más que nos disculpemos ante aquellos a quienes hemos herido por acción o por omisión.

Al mismo tiempo, reconozco que soy un ser en proceso y que «Dios aún no ha terminado conmigo». No estoy a punto de disol­verme en un mar de arrepentimiento por no haber sido perfecto. Tengo que ser generoso conmigo mismo y evitar todos los juicios severos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

120

17 DE A B R I L

JL JLace algunos años di un retiro en un colegio femenino de segunda enseñanza de Chicago, y una de las chicas que se acercó a hablar conmigo me preguntó: «Padre, ¿recuerda el terrible in­cendio que se produjo en el colegio de primaria "Nuestra Señora de los Ángeles"?» «Sí, lo recuerdo», respondí. «Bueno, pues yo estuve en ese incendio —me dijo—. Y quiero contarle una cosa. Nos dijeron que no podíamos salir por la entrada, porque las lla­mas habían invadido los pasillos, de modo que teníamos que sal­tar por las ventanas de nuestra clase. Pero yo era tan pequeña que no pude subirme al alféizar. Todas las demás niñas de mi curso salieron, y yo me quedé la última. Todavía estaba intentando al­canzar el alféizar, cuando una chica más alta que estaba a punto de saltar miró hacia atrás y me vio. Entonces vino a por mí y me subió al alféizar. Luego me empujó fuera. Cuando aterricé en el patio del colegio y miré hacia arriba, lo único que salía por la ven­tana eran las llamas. Aquella chica no lo consiguió. Siempre me acordaré; es un recuerdo que nunca se borrará. Ella murió, pero yo vivo. Dio su vida por mi».

Los recuerdos se forman a partir de nuestras experiencias del pasado y, como grabaciones, siguen sonando dentro de nosotros. Las cosas que nos han ocurrido retornan a nosotros como un re­frán o una pieza musical. Yo creo que es muy importante que la familia lo sepa y lo medite. Las experiencias de hoy serán los recuer­dos del mañana. Y los recuerdos perviven por siempre.

Del programa de vídeo Families.

121

18 DE A B R I L

JLeóricamente, la mayoría de nosotros admitiría que las emo­ciones no son ni meritorias ni pecaminosas. El sentirse frustrado, el estar enfadado, el tener miedo o el encolerizarse no hacen que una persona sea buena o mala. En la práctica, sin embargo, la mayoría de nosotros no acepta en su vida cotidiana lo que estaría dispuesto a admitir en teoría, y todos practicamos una censura bastante estricta de nuestras emociones. Si nuestra conciencia censora no acepta determinadas emociones, reprimimos éstas en nuestro subconsciente. Los expertos en medicina psicosomática afirman que la causa más frecuente del cansancio y de auténticas enfermedades es la represión de las emociones. Lo cierto es que hay emociones que no estamos dispuestos a reconocer. Sentimos vergüenza de nuestros miedos, o nos sentimos culpables de nues­tra ira o de nuestros deseos físico-afectivos.

Antes de poder estar lo bastante liberado como para practicar esa comunicación «gut-level», en la que uno se muestra emocio-nalmente sincero y transparente, hay que estar convencido de que las emociones no son una realidad moral, sino simplemente/acfzca. Mis envidias, mi ira, mis deseos sexuales, mis temores, etc., no hacen de mí una buena o mala persona. Por supuesto que esas reacciones emocionales deben ser integradas mental y afectiva­mente; pero antes de que puedan ser integradas, antes de que yo pueda decidir si deseo o no deseo seguirlas, debo permitirles que se manifiesten y debo oír con toda claridad lo que están diciéndo-me. Debo ser capaz de decir, sin el más mínimo sentido de repre­sión moral, que estoy enfadado, o que estoy airado, o que estoy sexualmente excitado.

Ahora bien, antes de ser lo bastante libre como para hacer esto, debo estar convencido de que las emociones no entran en el terreno de la moral, no son buenas ni males en sí mismas. Y tam­bién debo estar convencido de que la experiencia de toda la amplia gama de emociones forma parte de la condición humana y es patrimonio de todo ser humano.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

122

19 DE A B R I L

* Jc sumamente importante comprender este punto. La no-represión de nuestras emociones significa que debemos experi­mentar, reconocer y aceptar plenamente nuestras emociones. Lo cual no implica en modo alguno que debamos siempre obrar de acuerdo con ellas. Sería trágico y demostraría la más absoluta inma­durez el que una persona permitiera que sus sentimientos o emo­ciones rigieran su vida. Una cosa es sentir y reconocer ante uno mismo y ante los demás que uno tiene miedo, y otra cosa es per­mitir que ese miedo le venza a uno. Una cosa es que yo sienta y reconozca que estoy enfadado, y otra cosa es que te aplaste la nariz de un puñetazo.

En la persona integrada las emociones ni están reprimidas ni ejercen el control. Sencillamente, son reconocidas (¿Qué es lo que siento?) e integradas (¿Deseo obrar de acuerdo con este senti­miento o no?).

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

123

2 0 DE A B R I L

ólo puedo comprenderme a mí mismo después de haberme comunicado adecuadamente con otra persona. Como resultado de este aumento de mi autocomprensión, constataré cómo mis pau­tas de inmadurez se transforman en pautas de madurez y cam­biaré gradualmente. Quienquiera que observe las pautas de sus reacciones y esté dispuesto a examinarlas con detenimiento, pue­de que llegue a la conclusión de que se trata de pautas de hiper-sensibilidad o de paranoia. Y en el momento mismo en que esta conclusión se le imponga, descubrirá cómo cambia la pauta. A pesar de todo cuanto hemos dicho acerca de las emociones, no hemos de creer que las pautas emocionales son puramente bioló­gicas o inevitables. Yo puedo cambiar, y cambiaré, mis pautas emocio­nales (es decir, pasaré de una emoción a otra) si honradamente he dejado aflorar mis emociones y, tras haberlas explicitado sincera­mente, las considero inmaduras e indeseables.

La dinámica, en suma, es la siguiente: permitimos que nues­tras emociones afloren para que puedan ser identificadas; obser­vamos las pautas de nuestras reacciones emocionales, las explici-tamos y las juzgamos. Una vez hecho todo esto, de un modo ins­tintivo e inmediato hacemos las modificaciones necesarias a la luz de nuestros propios ideales y expectativas de crecimiento. Es decir, cambiamos. Cualquiera puede intentarlo y comprobarlo por sí mismo.

Si todo esto es verdad —y no hay más que experimentarlo para saber que lo es—, es obvio que esa frasecita que solemos usar tan oportunamente, «Lo siento pero es mi forma de ser», no es más que una escapatoria y un engaño. Es verdad que resulta cómoda cuando uno no desea crecer; pero, si uno desea realmen­te crecer, no emplea semejante falacia.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

s

124

2 1 DE A B R I L

E ser plenamente humano, en cuanto de él depende, no repri­me sus emociones, sino que permite que salgan a la superficie para poder reconocerlas. El ser plenamente humano experimenta la plenitud de su vida emocional; está «al tanto de» sus emociones, en sintonía con ellas, consciente de lo que ellas le dicen acerca de sus necesidades y de sus relaciones con los demás. Por otra parte, también hemos dicho que esto no supone abandonarse a las emo­ciones. En la persona plenamente humana se da un equilibrio entre los sentidos, las emociones, el intelecto y la voluntad. Las emociones tienen que ser integradas. Y aunque sea necesario «explicitar» nuestras emociones, no es necesario en absoluto que obremos en función de ellas. Y, sobre todo, no permitamos que dichas emociones tomen nuestras decisiones.

La vital importancia de todo esto resultará evidente si se con­sidera por un momento: 1) que casi todos los placeres y sufri­mientos de la vida están profundamente relacionados con las emociones; 2) que, en la mayoría de los casos, la conducta huma­na es resultado de fuerzas emocionales (aun cuando todos sinta­mos la tentación de dárnoslas de intelectuales y explicar a base de motivos racionales y objetivos todas nuestras preferencias y accio­nes); y 3) que la mayoría de los conflictos interpersonales provie­nen de tensiones emocionales (p. ej., ira, celos, frustraciones, etc.), y la mayoría de los «encuentros» interpersonales se logran mediante algún tipo de comunión emocional (p. ej., empatia, ter­nura, sentimientos de afecto y de atracción...). En otras palabras, tus emociones y el modo que tengas de afrontarlas probablemen­te determinen tu éxito o tu fracaso en la aventura de la vida.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

125

2 2 DE A B R I L

JLJL ay algo en nuestro interior que explica nuestras reacciones emocionales; pero ello no significa que ese algo sea malo o lamen­table. Mi temor a que exista una discrepancia entre mis palabras y mi vida no es malo ni lamentable. Sencillamente, forma parte de mí. También puedo airarme al ver cómo un matón abusa de una víctima indefensa, y puedo descubrir que el origen de mi ira, lo que hay dentro de mí, es un sano sentido de la justicia y una com­pasión activa por los desvalidos de este mundo.

Lo importante es darse cuenta de que cada una de nuestras reacciones emocionales nos dice algo acerca de nosotros mismos. Debemos aprender a no descargar en los demás la responsabilidad de estas reacciones, prefiriendo culparles a ellos en lugar de aprender algo sobre nosotros mismos. Cuando yo reacciono emo-cionalmente, sé que no todos reaccionarían de la misma manera. No todos tienen en su interior las mismas emociones que yo. Cuando se trata con muchas personas, hay una gran variedad de reacciones emocionales: esas personas son diferentes, sienten diferentes necesidades, tienen un pasado diferente y persiguen diferentes objetivos. Consiguientemente, sus reacciones emocio­nales son también diferentes, en función de lo que haya dentro de cada una de ellas. Lo más que yo puedo hacer es estimular esas emociones. De modo análogo, si deseo saber algo acerca de mí mismo, de mis necesidades, de mi autoimagen, de mi sensibili­dad, de mis condicionamientos psicológicos y de mis valores, entonces tengo que escuchar mis propias emociones y aprender de ellas.

De El secreto para seguir amando.

126

2 3 DE A B R I L

JL-Jas tres razones principales por las que reprimimos aquellas emociones que consideramos indeseables son las siguientes:

1) Porque hemos sido programados para hacerlo. Las denominadas «grabaciones parentales» de nuestro primer indoctrinamiento es­tán constantemente haciendo sonar sus mensajes en nuestro inte­rior. Nuestros padres y otras personas que han tenido influencia en nosotros educaron durante los cinco primeros años de nuestra vida nuestros instintos más profundos. 2) Porque «moralizamos» las emociones. Según cuál sea nuestra educación, tendemos a etiquetar ciertas emociones como «buenas» o como «malas». Por ejemplo, es bueno sentirse agradecido, pero es malo sentir ira o envidia. 3) La consideración final que nos impulsa a negar ciertos sentimientos humanos válidos es un «conflicto de valores». Por ejemplo, si «ser un hombre» se ha convertido en una parte importante de mi identi­dad y mi autoimagen, en un valor que considero fundamental, casi con toda seguridad habrá ciertas emociones que consideraré nocivas para dicha imagen, por lo que tendré que controlar cuida­dosamente mis emociones para preservar mi masculinidad.

No estoy seguro de que estas tres razones para la represión no puedan reducirse a una muy simple. Lo que necesito para seguir viviendo es autoaceptación, autoestima, autoaprecio y autocom-placencia, y he intentado construir algún tipo de estructura que me proporcione todo ello. Reconozco que es como un castillo de naipes que debo proteger de toda clase de amenazas: las que vie­nen de fuera y las que proceden de dentro. En cuanto a estas últi­mas, si las considero incompatibles con mi autoaceptación, pue­den poner en peligro la precaria torre inclinada de mi autoimagen. Y eso no puedo tolerarlo. Por eso sufro dolores de cabeza, alergias, úlceras, resfriados y espasmos. Las emociones reprimidas son como las personas rechazadas: nos hacen pagar un elevado precio por haberlas rechazado. No hay nada más de temer que una emo­ción desdeñada.

De El secreto para seguir amando.

127

2 4 DE A B R I L

\Jn amigo me invitó a participar en un taller sobre comunica­ción de una semana de duración y me dio un folleto que prometía que el taller «pondría a los participantes en contacto con sus emo­ciones». Recuerdo mi reacción. «¿Qué?» Con aires de suficiencia me tranquilicé diciéndome que no cabía duda de que yo estaba en contacto con mis sentimientos y decidí que no tenía necesidad de participar en dicho taller. Finalmente, después de que mi amigo insistiera de nuevo, accedí a ir «únicamente para ver lo que se hace en esos sitios». El resultado fue una revolución copernicana que me trastornó profundamente.

De algún modo, al examinar los efectos de aquella semana, me di cuenta de que me había estado mintiendo a mí mismo sobre mí y sobre mis sentimientos, motivaciones y metas. Había estado tan ocupado diciendo a mis sentimientos cómo debían ser que me negué a permitirles decirme cómo eran realmente. Y estaba tan preocupado por ser un sacerdote bueno y santo que negué a los demás mi propia autenticidad. Había estado representando el papel de sacerdote, emitiendo como un magnetófono los mensa­jes que habían sido grabados e introyectados en mi interior por las personas que me adiestraron. Nunca había dicho cómo me sentía en realidad. Ni siquiera me lo había dicho a mí mismo.

De He Touched Me.

128

2 5 DE A B R I L

C ij i queremos aprender a entendernos a nosotros mismos, debe­mos aprender a abrirnos a todas nuestras reacciones emocionales y a aceptarlas. Si lo que hemos dicho sobre nuestras emociones es la clave para entendernos, entonces necesitamos aprender a escu­char nuestras emociones si queremos crecer como personas. Hay una creencia básica en la que debo confiar absolutamente para comprenderme a mí mismo mediante la comprensión de mis emociones, y es la siguiente: Nadie más que yo puede causar o ser res­ponsable de mis emociones. Pero lo cierto es que nos sentimos mejor atribuyendo nuestras emociones a otras personas. «Me has hecho enfadar... Me has dado miedo... Has hecho que me vuelva celo­so...» Y la verdad es que tú no puedes hacerme nada de eso. Lo único que puedes es estimular las emociones que ya están en mí esperando ser activadas. La diferencia entre causar y estimular las emociones no es un simple juego de palabras; es importante ade­más aceptar la verdad que encierra. Si yo creo que tú puedes hacerme enfadar, entonces, cuando me enfade, me limitaré a cul­parte de ello y a cargarte a ti con el problema, y nuestro encuen­tro no me habrá enseñado nada. Lo único que concluiré es que tú has sido el culpable de mi enfado. Y ya no necesitaré hacerme pre­gunta alguna sobre mí mismo, porque habré descargado en ti la responsabilidad del asunto.

Las personas realmente responsables se relacionan con sus emociones de una manera positiva y ya no se permiten el fácil recurso de juzgar y condenar a los demás. Serán personas que podrán crecer a medida que estén cada vez más en contacto con­sigo mismas. El crecimiento empieza siempre donde termina la culpabilización ajena.

De El secreto para seguir amando.

129

26 DE A B R I L

P a Jr> cierta manera, nuestros sentimientos resumen toda nues­tra historia; no son una mera reacción sumamente personal ante un individuo o una situación determinada, sino que tienen su ori­gen en nuestras más tempranas experiencias humanas, en los mensajes introyectados por nuestros padres y por otras personas importantes en los primeros años de nuestra vida. Moldeamos nuestras reacciones emocionales basándonos en las de nuestros padres, hermanos y hermanas. Pero nuestras respuestas emocio­nales nunca son copias exactas, porque también son expresión de nuestras propias experiencias personales y únicas. De hecho, sin­tetizan y reflejan las raíces de nuestra sumamente individual exis­tencia humana.

Consideradas sólo en el contexto del aquí-y-ahora, nuestras emociones son las reacciones psicofísicas a nuestras percepciones. Si percibimos a alguien como amigo, cuando estemos con él, nos sentiremos seguros. Lo primero es la percepción, y la emoción es consecuencia de esa percepción. Históricamente, nuestras percep­ciones, la forma en que vemos o captamos un objeto determina­do, se han conformado en gran medida por la influencia de deter­minadas personas o acontecimientos significativos de nuestras vidas. Y esas personas o acontecimientos son como mensajes gra­bados que se han depositado sobre nuestras máquinas mentales.

En consecuencia, al confiar nuestros sentimientos, de algún modo estamos compartiendo toda nuestra vida: las personas que nos han influido y las experiencias que nos han modelado. Es ver­dad que nuestros sentimientos se pueden inclinar en una u otra dirección dependiendo de lo que últimamente hayamos dormido o comido o de lo que nos haya salido bien o mal a lo largo del día. Aún así, compartir nuestros sentimientos es nuestra auto-revela­ción definitiva. Al confiar nuestros sentimientos, estamos dicien­do que una persona que ha tenido nuestros padres y nuestras experiencias reacciona de esta forma cuando está cansada o ham­brienta. Cuando compartimos nuestros sentimientos, siempre estamos manifestando dónde hemos estado y quiénes somos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

130

27 DE A B R I L

^«£uien haya visto alguna vez a un equilibrista habrá observa­do que lleva una «barra de equilibrio» que hace oscilar con sumo cuidado para no caerse. Pues bien, la vida es algo análogo: todos tenemos que negociar las difíciles, aunque distintas, trayectorias de nuestras vidas. La vida implica acción, y la acción significa otras personas; esas otras personas implican que habrá fricción, y la fricción con frecuencia provoca estrés. Ahora bien, una parte de este estrés es útil y positiva, pero otra es negativa y dañina, así que nos son imprescindibles unas barras de equilibrio.

Algunos opinan que el tratamiento de la tensión debe ser holístico: debe afectar a todas las dimensiones de nuestro ser. Por tanto, debería enfocarse:

Físicamente: haciendo ejercicio físico y manteniendo una dieta equilibrada.

Emocionalmente: expresando todos nuestros sentimientos sig­nificativos en el momento en que los sintamos.

Socialmente: llamando por teléfono a un amigo, celebrando una fiesta, quedando con personas que nos gustan...

Intelectualmente: alimentando la mente con la lectura, hacien­do un crucigrama, asistiendo a una conferencia...

Espiritualmente: admirando la belleza del mundo, escuchando música, dedicando diez minutos diarios a la meditación o la oración...

De El verdadero yo: ¡en pie!

131

2 8 DE A B R I L

T m é a practica de la apertura emocional tendrá como resultado final dos habilidades sumamente valiosas: aprenderemos a identi­ficar nuestros agentes estresantes negativos y seremos capaces de reevaluarlos. Como hemos dicho anteriormente, el estrés en sí mismo puede ser una fuerza positiva o negativa. Es como la ten­sión de la cuerda de un violín o de una guitarra. Si está demasia­do tensa, se romperá; pero, si no hay tensión, tampoco hay músi­ca. Por eso el estrés, en sí mismo, es neutral, y es nuestra manera de reaccionar ante él, basada en nuestras creencias y valores per­sonales, la que da a un agente estresante su poder positivo o nega­tivo sobre nosotros. Frecuentemente, el ordenador biológico del cuerpo nos ayuda a saber distinguir; no obstante, si examinamos nuestra vida cotidiana mediante la escucha y el aprendizaje de la expresión sincera de nuestras reacciones emocionales, poco a poco iremos localizando y aprendiendo a identificar los agentes estre­santes negativos que hay en nuestras vidas.

En otras palabras, bajo cada emoción subyace una actitud, dirigida hacia el éxito, el conflicto, las expectativas, el tiempo, la perfección, el complacer a los demás... No obstante, si estamos dispuestos a experimentar y a expresar nuestros sentimientos, podemos descubrir y explorar esas actitudes. Tenemos que dar la bienvenida, reconocer y expresar esos sentimientos antes de poder aprender de ellos.

Por tanto, tengamos nuestros sentimientos, asumámoslos y expresémoslos, y, sobre todo, aprendamos de ellos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

132

29 DE A B R I L

JL ara mí, es evidente que cada nuevo día —con todas las perso­nas y acontecimientos que dicho día nos depara— nos interpela, de hecho, si dejamos que lo haga. La persona indigente y carente de todo atractivo me interpela acerca de mi capacidad de amar. La muerte de un ser querido me interpela acerca de lo que realmen­te creo sobre la muerte y acerca de mis posibilidades de afrontar provechosamente esa clase de pérdida y la consiguiente soledad. La belleza de las cosas o de las personas me interpela acerca de mi capacidad de disfrute. La soledad me interpela acerca de mi ver­dadera autoestima y mi capacidad de disfrutar de mi propia com­pañía. Un buen chiste me interpela acerca de mi sentido del humor. Una persona con un carácter y una educación muy distin­tos de los míos me interpela acerca de mi capacidad de empatia y de comprensión. El éxito y el fracaso me interpelan acerca de lo que yo pienso precisamente sobre el éxito y el fracaso. El sufri­miento me interpela acerca de si realmente creo en la posibili­dad de crecer a pesar de la adversidad. Las críticas negativas diri­gidas a mi persona me interpelan acerca de mi susceptibilidad y de mi confianza en mí mismo. La entrega y la dedicación a mí de otra persona me interpelan acerca de mi capacidad de dejarme querer...

Evidentemente, cada día nos interpela de mil modos. Sin em­bargo, la mayoría de nuestras respuestas no brotan automática­mente, porque las hemos puesto «en cuarentena», lejos de nuestra vista. La «desatención selectiva» ha sepultado en la oscuridad muchos de mis recuerdos, pensamientos y emociones. Mi yo «ilu­sorio» ha hecho las funciones de un «censor» que yo mismo me he impuesto y que me permite contactar con aquellos pensamientos y emociones que se consideran aceptables, pero no con aquellos otros que podrían ser una amenaza para mi identidad ficticia.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

133

3 0 DE A B R I L

E mayor regalo que podemos ofrecer a otro es, sin lugar a dudas, el sentido de su propia valía. Es la mayor contribución que podemos hacer a la vida de cualquier ser humano. Y sólo a través del amor podemos hacer ese regalo y esa aportación. Sin embar­go, es esencial que nuestro amor sea liberador, no posesivo. En todo momento debemos dar a aquellos a los que amamos la liber­tad de ser ellos mismos. El amor afirma a los otros como otros. No los posee ni manipula como propios. Vienen aquí muy a propósito las palabras de Frederick Perls: «Tú no viniste a este mundo para satisfacer mis expectativas, ni yo para satisfacer las tuyas. Si nos encontramos, será estupendo; si no, ¿qué se le va a hacer?».

Amar es liberar. El amor y la amistad deben capacitar a los que amamos para dar lo mejor de sí mismos, de acuerdo con su leal saber y entender. Lo cual significa que desear por mi parte lo mejor para ti y tratar de ser lo que tú necesitas que yo sea, sólo puedo hacerlo respetando tu libertad para sentir, pensar y decidir a tu manera. Si estimo tanto tu persona como la mía, que es lo que el amor exige, debo respetarla con todo el cuidado y la sensibili­dad del mundo. Cuando te afirmo a ti, mi afirmación se basa en tu valor incondicional como misterio único, irrepetible e incluso sagrado de la humanidad.

A la hora de evaluar el amor que siento por ti, debo pregun­tarme si, en lugar de ser afirmador y liberador, no será un amor posesivo y manipulador. Y para evaluarlo será útil que me haga las siguientes preguntas: ¿es más importante para mí que tú te sien­tas a gusto contigo mismo o que yo me sienta a gusto contigo?; ¿es más importante para mí que tú consigas los objetivos que te has propuesto o que consigas los objetivos que yo deseo para ti?

De El secreto para seguir amando.

134

1 DE M A Y O

• J a vocación de «poner derechas» a las personas, de arrancar­les sus máscaras, de obligarlas a hacer frente a la verdad reprimi­da, es una vocación altamente peligrosa y destructiva. Eric Berne previene contra el peligro de desilusionar a las personas con res­pecto a sus «juegos»: puede que, sencillamente, no lo soporten. Habían escogido un «rol», habían comenzado a jugar un determi­nado juego y a llevar una determinada máscara, precisamente porque ello iba a hacerles la vida más vivible y tolerable...

Por eso debemos ser muy cuidadosos —extremadamente cui­dadosos, de hecho— y no asumir la vocación de hacer ver a los demás sus errores. Todos sentimos la tentación de desenmascarar a los demás, de hacer pedazos sus defensas y dejarlos desnudos y perplejos bajo la implacable luz de nuestros focos. Pero el resulta­do podría ser trágico. Si las «piezas» psicológicas se despegan, ¿quién va a recogerlas y a recomponer de nuevo la frágil porcela­na del pobre Ser Humano? ¿Tal vez tú? ¿Podrás hacerlo?.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

135

2 DE M A Y O

jL^ebemos ser conscientes de que somos capaces de utilizar a las personas en nuestro propio beneficio, para la satisfacción de nuestras profundas y acuciantes necesidades humanas. Y pode­mos engañarnos pensando que se trata de verdadero amor. Un joven que afirma amar a una joven puede engañarse pensando que la gratificación de sus propios impulsos egoístas es realmente amor. Y la joven que llena el vacío de su propia soledad con la compañía y la atención de un joven puede confundir esta satis­facción emocional con el amor. Del mismo modo, la madre y el padre que tratan ansiosamente de conseguir el éxito de sus hijos, pueden fácilmente racionalizar su deseo de una experiencia vica­ria de éxito y convencerse a sí mismos de que son unos padres que quieren a sus hijos. La cuestión esencial sigue siendo el auto-olvi­do. ¿Se olvidan realmente de sí mismos, de su propia convenien­cia y de su satisfacción emocional el joven y la joven y el padre y la madre, para buscar únicamente la felicidad y la realización de las personas amadas? No se trata de meras preguntas teóricas. El hecho es que, para la mayoría de nosotros, nuestras propias nece­sidades son tan palpables y reales que es enormemente difícil que la semilla caiga en la tierra y muera a sí misma antes de poder vivir una vida de amor.

De Why Am I Afraid To Love?

136

3 DE M A Y O

• J »tr.y bastante seguro de que la mayoría de las personas que conozco identifican el amor con un sentimiento o una emoción. Se «enamoran» y se «desenamoran» de acuerdo con un ritmo desi­gual. La llama del amor se extingue en sus vidas hasta que vuelva a surgir la chispa.

Ahora bien, todo el mundo saben que los sentimientos son como yoyós, que suben y bajan dependiendo de cosas tan volubles como el barómetro, la meteorología, la digestión, la época del mes o el lado de la cama por el que nos levantamos por la mañana. Los sentimientos son inconstantes, y las personas que identifican el amor con los sentimientos se convierten en amantes veleidosos.

Es evidente que los sentimientos están relacionados con el amor. La primera atracción del amor suele experimentarse en forma de sentimientos muy intensos. Y yo no puedo —a menos que sea una especie de héroe o un masoquista— poner tu satisfacción, tu seguridad y tu evolución en pie de igualdad con las mías si no siento por ti un profundo amor. Sin embargo, a lo largo de una relación amorosa tendremos que atravesar de vez en cuando inviernos de desajuste emocional para encontrar en primavera alguna novedad en nuestro amor. En la medida en que el oropel del amor juvenil se vaya puliendo con el tiempo, para convertirse en el oro más valioso del amor maduro, habrá ocasiones en que la satisfacción emocional brillará por su ausencia; y habrá otras veces en que los sentimientos negativos nublarán el cielo de nues­tro mundo. Pero ciertamente el crecimiento en el amor supone y necesita, por lo general, un buen clima emocional.

Sería fatal identificar el amor con un sentimiento, dada la volubilidad de éstos. Pero sería igualmente letal para una relación amorosa la ausencia de sentimientos cálidos y afectuosos que apo­yen las intenciones del amor.

De El secreto para seguir amando.

137

4 DE M A Y O

JLa hemos dicho que cualquier indicio de competición mina la relación de amor y la práctica del diálogo. Lo contrario y apropia­do es el espíritu de colaboración: un espíritu que da por supuesto que estamos mutuamente comprometidos en el amor, dispuestos a soportar uno las cargas del otro y a compartir nuestras mutuas alegrías. Hemos perdido dos «yoes» para convertirnos en un «nosotros», y juntos afrontaremos los retos de la vida. Algunas veces tendremos éxito, y otras fracasaremos; pero estaremos jun­tos. Este sentido de unión es lo más hermoso y alentador que podemos tener, porque proporciona el gozo del logro en común, de la colaboración y de la unidad.

Si el autoaprecio y la autocomplacencia constituyen realmen­te el comienzo del amor y de la plenitud de la vida, lo conseguire­mos juntos. Tú mirarás mis ojos y verás reflejado en ellos cuántos motivos tienes para autocomplacerte, y yo veré reflejados mi belle­za y mi valor en los tuyos. Quiero ser el primer invitado a tu fies­ta de autocomplacencia, y deseo que tú acudas a mi propia fiesta, porque sin ti nunca podría haberla celebrado. Cuando se da una unidad como ésta, la mariposa de la felicidad no puede estar muy lejos.

De El secreto para seguir amando.

138

5 DE M A Y O

A XJLmarte a ti no significa dejar de amarme a mí mismo. Por el contrario, la idea de que no puedo amarte a menos que me ame a mí mismo está aceptada umversalmente por los psicólogos. Quie­nes no se aman a sí mismos están tristes, atormentados por una constante sensación de vacío que están siempre tratando de lle­nar. Como una persona con un terrible dolor de muelas, sólo pue­den pensar en sí mismos, y están constantemente buscando un dentista, alguien que les haga sentirse mejor. Si no me amo a mí mismo, sólo puedo utilizar a los demás; no puedo amarlos.

Mi amor hacia ti no puede significar nunca una abdicación de mi propio yo. Posiblemente podría dar mi vida por ti por amor, pero nunca podría negar mi identidad como persona. Intentaré ser lo que tú necesitas que yo sea, hacer lo que tú necesitas que se haga y decir lo que tú necesitas escuchar. Al mismo tiempo, estoy comprometido en una relación sincera y abierta. Como parte de mi don de amor, siempre ofreceré mis pensamientos, preferencias y todos mis sentimientos, aun cuando piense que pueden ser desagradables o incluso herir tus sentimientos. Si estamos com­prometidos con total sinceridad y apertura, nuestra relación nunca será difícil ni estará marcada por proyectos ocultos, renco­res reprimidos o emociones desplazadas; no nos comportaremos como adolescentes que no tienen valor para hablar claro. A menos que acordemos respetar la sinceridad y la apertura, nunca estare­mos seguros el uno del otro, y nuestra relación parecerá más una farsa que una imagen de la vida real.

De Unconditional Love.

139

6 DE M A Y O

JLodos experimentamos en alguna ocasión una sensación de soledad o de aislamiento, un vacío muy doloroso en nuestro inte­rior que se convierte en una cárcel insoportable. Todos nos hemos sentido en alguna ocasión distanciados de los demás, apartados del grupo, solos y solitarios. Por su propia naturaleza, esta sole­dad, como todos nuestros dolores de muelas, centra la atención en nosotros mismos. Pretendemos llenar ese vacío, satisfacer ese hambre...; tratamos de encontrar a alguien que nos ame.

Puede que hagamos cosas por los demás en un intento obvio de ganar su amor. Puede que nos acerquemos a ellos con las manos tendidas a modo de los platillos de una balanza: en una mano ponemos lo que les damos, y en la otra esperamos recibir lo que ellos nos den. Y puede incluso que nos engañemos pensando que se trata de amor.

Sabemos que nuestra soledad sólo puede llenarse con el amor de los demás. Sabemos que debemos sentirnos amados. La para­doja es la siguiente: si pretendemos llenar el vacío de nuestra pro­pia soledad buscando el amor de los demás, inevitablemente no encontraremos consuelo, sino una desolación aún más profunda. Es verdad que «no eres nadie hasta que alguien te ama». Sólo la persona que ha experimentado el amor es capaz de crecer. Una aterradora pero auténtica realidad de la vida humana es que al amarme, o al negarse a amarme, son los demás los que tienen el potencial de mi madurez en sus manos. La mayoría de nosotros, impulsados por nuestros dolorosos vacíos y necesidades, aborda­mos la vida y a los demás con actitud de buscadores; tratamos de buscar el amor de los demás que tanto necesitamos. Pero la para­doja sigue siendo inflexible; si buscamos el amor que necesitamos, nunca lo encontraremos. Estaremos perdidos.

De Why Am I Afraid To Love?

140

7 DE M A Y O

E amor puede ser la solución de nuestros problemas, pero

debemos enfrentarnos al hecho de que, para ser amados, debemos hacernos amables. Cuando orientamos nuestras vidas hacia la satisfacción de nuestras propias necesidades y cuando salimos a buscar el amor que necesitamos, somos sin duda egoístas, por mucho que los demás intenten suavizar sus juicios sobre nosotros. No nos nacemos amables, aunque sí merezcamos compasión. Nos centramos en nosotros mismos, lo que hace que nuestra capaci­dad de amar se quede atrofiada, y seguimos siendo unos niños perpetuos.

Sin embargo, si lo que pretendemos no es ganar directamente el amor, sino darlo, nos haremos amables y, sin duda, a cambio seremos amados. Ésta es la ley inmutable bajo la que vivimos: la preocupación por uno mismo y el centrarse en sí mismo sólo puede aislar y provocar una soledad incluso más profunda y tor­tuosa. Es un círculo vicioso y terrible que nos atrapa cuando la soledad, al pretender ser mitigada por el amor de los demás, se limita a aumentar.

La única manera de poder romper este círculo formado por nuestros anhelantes egos es dejar de preocuparnos por nosotros mismos y empezar a preocuparnos por los demás. Naturalmente, no es fácil. Trasladar el centro de atención de nuestra mente del propio yo a los demás puede, de hecho, conllevar toda una vida de esfuerzo y trabajo. Y resulta más difícil porque debemos situar en el primer plano a los demás, en lugar de a nosotros. Debemos aprender a responder a las necesidades de los demás sin buscar la satisfacción de nuestras propias necesidades.

De Why Am l Afraid To Love?

141

8 DE M A Y O

E problema es que todos nos aferramos a nuestros propios sal­vavidas. Cada uno de nosotros debe decidir cómo quiere pasar su vida. Si decidimos pasar nuestras vidas persiguiendo nuestra pro­pia felicidad y realización, estamos destinados al fracaso y a la desolación. Si decidimos pasar nuestras vidas buscando la realiza­ción y la felicidad de los demás, y esto es lo que el amor implica, seguramente alcanzaremos nuestra propia felicidad y realización.

Las personas que sólo quieren su propia realización, o que de­ciden amar para poder realizarse, descubrirán que sus esfuerzos son vanos, porque el centro de atención está situado en sí mismas. Las personas sólo pueden crecer en la medida en que sus horizon­tes lo permitan, y quienes deciden amar para realizarse y ser feli­ces se decepcionarán y no crecerán, porque su horizonte seguirá siendo ellos mismos. Por consiguiente, no podemos de ninguna manera concebir el amor como un medio de auto-realización, por­que, si lo hacemos, seguiremos estando dentro de un traicionero círculo vicioso, partiendo siempre de nuestras necesidades, pasan­do por los demás, para regresar a nosotros mismos. No podemos utilizar a los demás como medios, sino que deben ser siempre el objetivo final del amor. Sólo alcanzaremos la madurez en la medi­da en que traslademos el centro de atención de nuestras mentes alejándolo de nosotros mismos y de nuestras necesidades y dese­os egocéntricos de satisfacer dichas necesidades.

De WhyAm lAfraid To love?

142

9 DE M A Y O

i j ó l o se puede amar realmente a los demás cuando el centro de nuestras mentes y el objeto de nuestros deseos es otra persona, cuando todos nuestros actos tienen su origen en la preocupación por otra persona, no por nosotros mismos. Si realmente amamos de este modo, seremos amados y podremos aceptar el amor de los demás. Sin embargo, el error que hay que evitar a toda costa es amar para recibir amor a cambio. Debo, como Cristo sugiere, per­der la vida antes de poder ganarla. Debo descubrir que la única forma real de recibir es dar. Tengo que perder mi vida, y no puedo perderla si siempre la tengo ante mi mente.

En otras palabras, amor significa preocupación, aceptación e interés por las personas que me rodean y a las que intento amar. Es una autodonación que puede convertirse en un altar de sacri­ficio. Sólo puedo amar a los demás en la medida en que verdade­ramente sean el centro de mi mente, de mi corazón y de mi vida; y sólo puedo encontrarme a mí mismo olvidándome de mí. El amor es verdaderamente costoso y exigente. Debido a los dolores internos que todos soportamos, a las cicatrices que forman parte de nuestra herencia humana y a la competitividad y el ejemplo de un mundo avaricioso, nos resultará difícil hacer el sacrificio de nosotros mismos que implica amar. El amor siempre conlleva al menos este sacrificio: la orientación de mis pensamientos y dese­os hacia los demás y el abandono del propio yo y del propio inte­rés. Es innecesario decir que tal abandono siempre implica un alto coste para uno mismo.

De Why Am I Afraid To Love?

143

10 DE M A Y O

^^yna vida de amor es difícil, pero no es una vida desolada ni ingrata, sino que de hecho es la única vida verdaderamente humana y feliz, porque está llena de preocupaciones tan profun­das como la vida, tan amplias como el mundo entero y tan tras­cendentales como la eternidad. Sólo cuando hemos consentido en amar, y hemos aceptado olvidarnos de nosotros mismos, podemos alcanzar nuestra realización; realización que llegará imperceptible y misteriosamente como la gracia de Dios, pero la reconoceremos y se reconocerá en nosotros. Habremos hecho la revolución coper-nicana que resitúa el centro de nuestra mente y de nuestro cora­zón en el bien y la realización de los demás; y aunque esta con­versión no ha buscado nada para sí misma, lo ha recibido todo. La persona amable, a fin de cuentas, es la que ha consentido en amar.

Solemos exigir que los demás nos amen sin estar dispuestos a hacer el sacrificio y llevar a cabo el abandono de nosotros mismos que son necesarios para hacernos amables. Sin embargo, quien haya superado la paradoja complicada y profunda que el amor implica y haya estado dispuesto a darse a los demás sin reservas y sin pedir nada a cambio, no cabe duda de que será amado y alcan­zará la plenitud.

De Why Am I Afraid To Love?

144

11 DE M A Y O

Jl.ero ¿cómo podemos amar si nunca hemos sido amados? Entre el negro y el blanco siempre hay una zona gris. Todos tenemos alguna capacidad de amar, alguna capacidad de desplazar el cen­tro de nuestra mente de nosotros mismos y situarlo en las necesi­dades, la felicidad y la realización de los demás. En la medida en que lo hagamos, en la medida en la que hagamos realidad este potencial que está latente dentro de nosotros, seremos amados. Aun cuando al principio sólo podamos amar un poco, al menos nos amarán un poco; y el amor que recibamos nos permitirá salir cada vez más de nosotros mismos e ir hacia los demás, en la direc­ción que marca el amor. Éste es, pues, el desafío que subyace en cada uno de nosotros: debemos utilizar cualquier capacidad para amar que tengamos, ya sea pequeña o grande. En la medida en que estemos dispuestos a hacer el esfuerzo y tener la dedicación que el amor implica, seremos alimentados y fortalecidos por el amor que recibiremos a cambio; pero debemos recordar que, al hacer esta autodonación, el centro de nuestras mentes debe siem­pre alejarse de nuestro yo, y esto excluye pedir o pensar que vamos a recibir algo a cambio. Cuando preguntamos «¿qué has hecho por mí?», hemos dejado de amar.

De WhyAm I Afraid To Love?

145

12 DE M A Y O

r 3—i A fórmula bíblica para una vida buena es ésta: «Ama a las personas/Utiliza las cosas». Cuando Dios creó el mundo, vio que era muy bueno. El mundo está verdaderamente grávido de la grandeza de Dios. Y él nos llama a unirnos a él para afirmar: «¡Es muy bueno!» Somos invitados a utilizar y disfrutar todas las cosas buenas de Dios. Pero se nos advierte que no permitamos que nuestros corazones sean propiedad de las cosas. Si amas las cosas, pronto empezarás a utilizar a las personas para conseguir esas co­sas que amas. Guarda tu corazón para amar, y guarda tu amor para las personas.

El imperativo bíblico se ilustra con un ejemplo tomado de la vida de Martin Buber, el filósofo del «Yo-Tú». Buber dirigió su especulación filosófica hacia los temas del «Yo-Tú», hacia la pri­macía de las personas, después de un triste incidente. Cierto día, un joven se presentó en el despacho de Buber pidiendo que le con­cediera un poco de tiempo. «Necesito verle», le dijo. Buber no le atendió argumentando que estaba preparando una ponencia para un congreso que se celebraría unos días después. Aquella noche, el joven se suicidó, y su suicidio afectó profundamente a Buber. De una forma renovada y dolorosa aprendió la importancia de amar a las personas y utilizar las cosas.

Esto de «Amar a las personas/Utilizar las cosas» supone un delicado equilibrio que fácilmente se descompensa. En el momen­to en que comenzamos a amar las cosas, empezamos a utilizar a las personas para conseguir las cosas que amamos. Consiguien­temente, la Biblia no dice que «el dinero es el origen de todo mal», sino que «el amor al dinero es el origen de todo mal». Tu corazón estará donde se encuentre tu tesoro. Así, por ejemplo, cuando nos hacemos dependientes de la adoración y la adulación, sólo permi­timos la entrada en nuestro mundo a quienes traen consigo la necesaria cuota de admisión. Cuando nos hacemos dependientes de nuestros propios placeres y satisfacciones, nos negamos a dar un lugar en nuestro mundo a quienes podrían resultar una carga o una incomodidad. No aceptamos el desafío del amor.

De The Siient Holocaust.

146

13 DE M A Y O

" J" los evangelios (Le 1,26-38) leemos que un ángel se acercó a una joven con una pregunta totalmente inesperada: «¿Quieres ser la madre del Mesías?» Intentando recuperarse de la asombro­sa sorpresa, la joven hizo la única pregunta importante: «¿Es real­mente ésa la voluntad de Dios?; ¿quiere Dios verdaderamente eso de mí?» Pues ése había sido siempre el deseo de su corazón: cum­plir la voluntad de Dios en todas las cosas. El ángel le aseguró que era la voluntad de Dios, y la joven, María, inclinó su cabeza con un «sí» inmediato: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Le 1,38). Y así, en aquel momento, la Palabra se hizo carne. El Hijo de Dios recibió su humanidad a través del cuerpo de María y del poder de Dios, y aceptó residir en ella, bajo su inmaculado corazón.

Cuando María dijo «Hágase», no comprendió todos los demás «síes» que conllevaría su primer «sí». Los estudiosos de la Escritura no creen que ella supiera que el Mesías de quien había consenti­do ser madre sería de hecho el Hijo de Dios. Yo también estoy seguro de que, cuando se hizo evidente que estaba embarazada, no sabía cómo explicar su maternidad a José, que resolvió «repu­diarla en secreto». Pienso que ella se preguntaba con frecuencia cuál iba a ser el futuro de aquel pequeño que tenía en sus brazos aquella noche en Belén. Después de todo, no comprendía esa mi­rada distante que se percibía en los ojos de su criatura; una mira­da que parecía ver en el futuro. Era casi como si él supiera que su destino era hacer algo que cambiaría el curso de la historia huma­na. También creo que María se quedó perpleja por la respuesta de su hijo a su inquieta pregunta tras haber permanecido en el tem­plo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos esta­do terriblemente preocupados intentando encontrarte», y Jesús se limitó a responder: «¿No sabíais que tenía que ocuparme de los asuntos de mi Padre?». Estoy seguro de que María no lo entendió.

De The Christian Vision.

•'147

14 DE M A Y O

M JL r JLaría no estaba con Jesús el Domingo de Ramos. No escuchó los «¡Hosannas!» ni experimentó la excitación de su aclamación pública y su entrada triunfal en Jerusalén. El retrato evangélico final de María es la terrible escena del Calvario, donde permane­ció valientemente a los pies de la cruz, viendo a su hijo morir lenta y dolorosamente. Y cuando el cielo se oscureció, sostuvo el cuerpo muerto de su hijo entre sus brazos temblorosos.

Miguel Ángel esculpió en mármol un hermoso tributo a esta mujer. Es como un tributo a su «sí» a la voluntad de Dios. En la escultura, María sostiene a Jesús en sus brazos, mirando el cuer­po desgarrado de su hijo con ternura maternal y amorosa compa­sión. Miguel Ángel llamo a su escultura la «Pietá». Pietá es una palabra italiana que significa «fidelidad». Y María es la mujer que deseó la voluntad de Dios con todo su corazón, que dijo su «sí» sin comprender todo lo que implicaba. Pero confiaba en Dios, confia­ba en que él la amaba, confiaba en su sabiduría y en sus caminos, aun cuando ella no comprendiera. El resumen de Miguel Ángel para la increíble proeza de María es la palabra «PIETÁ».

María dijo «sí» a la voluntad de Dios y fue fiel hasta el final.

El cristiano que realmente ha asimilado la mente de Cristo sabe que el Señor nunca habló de éxito, sino sólo de «fidelidad», de pietá. Cuando vemos nuestras vidas cristianas en la perspectiva del evangelio, la fidelidad a la voluntad de Dios es la única corona real y eterna del éxito.

Puede que un ángel escriba sobre nuestras tumbas, la tuya y la mía, el epitafio apropiado que resuma nuestras vidas en la tie­rra: «PIETÁ».

De The Christian Vision.

148

15 DE M A Y O

• / stoy absolutamente seguro de que cuando confiamos nues­tros sentimientos a alguien, tenemos la sensación de que estamos realmente compartiendo nuestro yo verdadero. No tenemos muchos pensamientos completamente originales —al menos, yo no re­cuerdo haber tenido ninguno—; tampoco hemos adoptado mu­chas decisiones novedosas; pero nadie, a lo largo de toda la histo­ria de la humanidad, ha tenido exactamente los mismos senti­mientos; nadie ha sentido nunca como nosotros. Nuestros senti­mientos son tan únicos y originales como nuestras huellas dacti­lares. Por ejemplo, alguien podría resumir su persona diciendo: «Soy cristiano, abogado, y mi familia es mi vida». Claro y preciso. Pero, en realidad, no se llega a conocer a la persona individual a partir de tales resúmenes generales. Porque la mayoría de los nor­teamericanos se identifican con el cristianismo, y en el país hay un abogado por cada siete mil habitantes, además, los devotos de la familia también son muy comunes.

Las personas que sólo están dispuestas a compartir de este modo sus pensamientos y opciones lo hacen de la misma manera en que podrían estar explicando el último libro que han leído. Pero si una persona se nos confía y nos describe sus sentimientos —su soledad y sus luchas, sus temores y sus alegrías, la paz de la cer­teza y el dolor de la duda—, entonces tendremos la sensación de que estamos llegando a conocer quién es realmente esa persona. Dime lo que piensas, y posiblemente podré encasillarte en una categoría; dime lo que sientes, y llegaré a conocerte.

De El verdadero yo: ¡en pie!

149

16 DE M A Y O

E diálogo debe preceder a la discusión, porque el estanca­miento de las emociones no resueltas ni expresadas bloqueará todo intento de intercambio abierto y fluido sobre planes, decisio­nes, etc. Solemos dar por supuesto que esas emociones son nega­tivas; pero es obvio que no todas las emociones son negativas. En el caso de las emociones positivas, hay un motivo aún más con­vincente para practicar el diálogo antes de la discusión. Sólo cuan­do te expongo mis sentimientos, me convierto para ti en un indi­viduo transparente y conocible. En realidad, mis ideas, conviccio­nes, valores y creencias no son originales, sino que los he adquiri­do a base de leer, de asimilar tradiciones, de escuchar e imitar a otros...: a través de la inevitable osmosis del contagio humano. Las ideas y posturas que adopto pueden encasillarme en una determi­nada categoría («irlandés», «católico», «demócrata»...), pero nunca podrán hacerme tan transparente y conocible que tú puedas expe­rimentar mi yo verdadero y compartir mi persona. Esto sólo pue­den lograrlo mis sentimientos, positivos, negativos o neutros. Mis sentimientos son como mis huellas dactilares, como el color de mis ojos y el sonido de mi voz: únicos en mí e irrepetibles en cual­quier otro. Para conocerme debes conocer mis sentimientos. Y sólo después de que me conozcas a través del diálogo, en cualquier momento de mi vida, podrás comprender las ideas, preferencias e intenciones que comparto contigo en la discusión.

He comprobado una y otra vez este hecho en conferencias, en clases, en tertulias y en el trato personal. Mis emociones son mi «llave»: cuando te doy esta llave, tú puedes entrar en mí y com­partir conmigo el más precioso don que puedo ofrecerte: yo mismo.

De El secreto para seguir amando.

150

17 DE M A Y O

y JLo creo que no solemos fracasar en el gran compromiso del amor, sino más bien en la tarea diaria del mismo, que es la comu­nicación. Podemos compartir cualquier cosa con una persona, y aún así no estar cerca de ella. Podemos compartir comida y dine­ro. Incluso podemos compartir la intimidad sexual y no estar cerca de esa persona. Pero hay algo, en mi opinión, que no pode­mos compartir con alguien sin estar cerca. El hecho de compartir sincera y abiertamente todos los sentimientos da como resultado la cercanía y la intimidad personales.

Tus sentimientos, más que ninguna otra cosa, revelan tu au­téntico yo. Por ejemplo, yo puedo ponerme en pie y decirte: «¡Soy un sacerdote!» Y tú responder: «Vale, se dan como hongos». Y yo replicar: «¡Ése es el compromiso esencial de mi vida!» Y tú decir: «Sí claro, pero no nos has contado mucho sobre ti mismo. ¿Qué se siente siendo sacerdote?; ¿estás solo?; ¿qué significa el sábado por la noche para ti?; cuando paseas por la calle y ves a una pareja joven y enamorada caminando delante de ti dándose la mano, ¿deseas una mano en la tuya?; ¿cantas en tu corazón: "Hola, jóve­nes amantes, dondequiera que estéis"?; ¿qué sientes respecto de estas cosas?» Si os digo lo que siento respecto de estas cosas, lle­garéis a conocerme. Se puede hablar utilizando tópicos, o acerca de otras personas, o tener todas las noticias en la punta de la len­gua, o se puede ser la persona con buen humor que hace que los demás se rían, pero en realidad no se comparte lo que se es hasta que no se comparten los sentimientos. A esto lo llamamos comu­nicación «gut-level», comunicación visceral, y es, en mi opinión, el secreto del amor.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

151

18 DE M A Y O

4 A. JLlguien ha tenido el acierto de distinguir cinco niveles de co­municación en los que las personas podemos relacionarnos unas con otras. Para comprender dichos niveles, tal vez sea útil imagi­nar una persona encerrada en una prisión. (Es el ser humano, urgido insistentemente desde dentro a salir hacia los demás y, sin embargo, temiendo hacerlo). Los cinco niveles de comunicación representan otros tantos grados de disponibilidad a salir fuera de sí mismo y comunicarse con los demás.

El hombre de la prisión —todo hombre— ha estado en ella durante años, aunque, paradójicamente, las rejas no están cerra­das. Puede salir, pues, de su prisión, pero durante su larga estan­cia en ella ha aprendido a temer los posibles peligros con que podría encontrarse. Así pues, ha llegado a sentir una especie de seguridad y protección tras los muros de la prisión, en la que está preso por propia voluntad. La misma oscuridad de la prisión le impide tener una visión clara de sí mismo, y no está seguro del aspecto que puede tener a la luz del día. Pero, sobre todo, no está seguro de cómo habrían de recibirlo el mundo que él ve desde detrás de sus barrotes y las personas a las que ve moverse en dicho mundo. De modo que se siente desgarrado entre, por una parte, la necesidad casi desesperada de ese mundo y esa gente y, por otra, el temor igualmente desesperado al riesgo de ser rechazado si decidiera poner fin a su aislamiento.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

152

19 DE M A Y O

* J a persona encerrada en sí misma evoca lo que Viktor Frankl escribe en su libro, Man's Search for Meaning, acerca de sus compa­ñeros de infortunio en el campo de concentración nazi de Dachau. Algunos de aquellos prisioneros, que anhelaban tan desesperada­mente su libertad, habían estado encerrados durante tanto tiem­po que, cuando al fin fueron liberados, salieron a la luz del sol, parpadearon nerviosamente y regresaron en silencio a la ya fami­liar oscuridad de los barracones, a la que se habían acostumbrado al cabo de tanto tiempo.

Éste es el dilema, un tanto dramático, que todos nosotros ex­perimentamos, en un momento u otro de la vida, a lo largo de nuestro proceso de ser personas. La mayoría de nosotros nos limi­tamos a dar una débil respuesta a la invitación de llegar a un encuentro con los demás y con nuestro mundo, porque nos resul­ta incómodo y violento exponer nuestra desnudez de personas. Algunos sólo están dispuestos a aparentar semejante «éxodo», mientras que otros consiguen reunir el valor suficiente para reco­rrer todo el camino hacia la libertad.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

153

2 0 DE M A Y O

" •/a comunicación en el quinto nivel, la conversación tópica, representa la más débil respuesta al dilema humano y el más bajo nivel de autocomunicación. De hecho, puede decirse que no hay comunicación alguna, a menos que sea por puro accidente. En es­te nivel hablamos con frases hechas, tales como: «¿Cómo estás?... ¿Y la familia?... ¿Dónde te has metido?...». Y decimos cosas de este estilo: «¡Me encanta el vestido que llevas!»; «Espero que volvamos a vernos muy pronto...»; «Ha sido fantástico verte...». En realidad no queremos decir casi nada de lo que, de hecho, decimos o pre­guntamos. Si a nuestra pregunta, «¿Cómo estás?», se pusiera el otro a responder en detalle, nos quedaríamos pasmados. Afortu­nadamente, lo normal es que el otro sea perfectamente conscien­te de lo superficial y convencional de nuestro interés y de nuestra pregunta, y se limite a responder de un modo igualmente con­vencional: «Muy bien, gracias».

Ésta es la conversación —la no-comunicación— típica del «cocktail», del supermercado o de la peluquería. Las personas no comparten nada en absoluto. Cada cual sigue refugiado en el ais­lamiento de su afectación, de su fingimiento y de su sofisticación. Todos dan la sensación de haberse reunido para estar solos en grupo. Es lo que refleja perfectamente la canción de Paul Simón Sounds of Silence, tan eficazmente usada en la película «El graduado».

«...Y en la desnuda noche vi a diez mil personas, tal vez más, que charlaban sin hablar, que oían sin escuchar, que escribían canciones que ninguna voz cantaba. Nadie se atrevía a romper los sonidos del silencio».

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

154

2 1 DE M A Y O

R el cuarto nivel de la comunicación no nos aventuramos demasiado lejos de la prisión de nuestro aislamiento para aden­trarnos en la verdadera comunicación, porque no revelamos casi nada de nosotros mismos. Nos contentamos con referir a otros lo que ha dicho Fulano o lo que ha hecho Mengano. Pero no hace­mos ningún comentario personal, auto-revelador, sobre tales hechos, sino que nos limitamos a referirlos. Del mismo modo que la mayoría de nosotros nos escudamos a veces en tópicos, así tam­bién recurrimos en ocasiones al cotilleo, a la trivialidad y a la anécdota ajena. Ni damos nada de nosotros ni pedimos nada de los otros a cambio.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

155

2 2 DE M A Y O

1 /n el tercer nivel de comunicación ya comunico algo de mi persona. Estoy dispuesto a dar este paso, para salir de mi solitaria reclusión, y a asumir el riesgo de referirte algunas de mis ideas y revelarte algunas de mis opiniones y decisiones. Sin embargo, lo habitual es que mi comunicación siga estando sometida a una estricta censura. Mientras comunico mis ideas, etc., te observo atentamente. Es como comprobar la temperatura del agua antes de zambullirte en el mar. Quiero estar seguro de que vas a acep­tarme con mis ideas, mis opiniones y mis decisiones. Si arqueas las cejas o frunces el ceño, si bostezas o no dejas de mirar el reloj, probablemente me batiré en retirada y me apresuraré a refugiar­me en el silencio, o cambiaré de tema de conversación, o peor aún: me pondré a decir cosas que sospecho que quieres que diga. Trataré de ser como a ti te gusta.

Tal vez algún día, cuando haya hecho acopio de valor y desee intensamente crecer como persona, tal vez entonces descubra ante ti todo cuanto contienen mi mente y mi corazón. Entonces será mi momento de la verdad.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

156

23 DE M A Y O

• ' a comunicación en el segundo nivel implica compartir mis sentimientos (emociones). «Gut-level». Puede que muchos de no­sotros creamos, que una vez que hemos revelado nuestras ideas, opiniones y decisiones, no nos queda realmente mucho más que compartir. Pero lo cierto es que las cosas que más claramente me diferencian y me individualizan respecto de los demás, que hacen que la comunicación de mi persona sea objeto de un conocimien­to realmente único, son mis sentimientos o emociones.

Si deseo realmente que sepas quién soy yo, debo hablarte con las tripas («gut-level») tanto como con la cabeza. Mis ideas, opi­niones y decisiones son absolutamente convencionales. Si yo soy un convencido conservador o un convencido liberal, también lo es muchísima gente; si estoy a favor o en contra de la exploración del espacio, siempre habrá otros que piensen lo mismo. Pero los senti­mientos que subyacen a mis ideas, opiniones y convicciones son exclusivamente míos. Nadie apoya a un partido político, o tiene una convicción religiosa, o está comprometido con una causa, con mis mismísimos sentimientos de fervor o de apatía. Nadie experi­menta mi mismo sentimiento de frustración, padece mis mismos miedos y siente mis mismas pasiones. Nadie se opone a la guerra con la misma indignación con que yo lo hago, y nadie defiende el patriotismo con el mismo sentido de la lealtad con que yo lo defiendo.

En este nivel de comunicación, son estos sentimientos los que debo compartir contigo si es que he de decirte quién soy yo real­mente.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

157

2 4 DE M A Y O

T JL-Ja mayoría de nosotros tenemos la sensación de que los de­más no van a soportar que comuniquemos con tanta sinceridad nuestras emociones. Preferimos defender nuestra insinceridad argumentado que la sinceridad podría dañar a otros; y como hemos racionalizado nuestra insinceridad haciéndola pasar por «nobleza», nos conformamos con unas relaciones superficiales. Esto ocurre no solo con personas a las que hemos conocido más o menos casualmente, sino también con miembros de nuestra pro­pia familia, pudiendo incluso llegar a destruir la auténtica comu­nión dentro del matrimonio. Consiguientemente, ni crecemos no­sotros ni ayudamos a nadie a crecer. Entretanto, nos vemos obli­gados a vivir reprimiendo las emociones, lo cual resulta verdade­ramente peligroso y autodestructivo. Para tener el carácter de un verdadero encuentro personal, toda relación debe basarse en esa comunicación visceral («gut-level») sincera y abierta. La alternati­va consiste en quedarse encerrado en la propia prisión y soportar la lenta e inexorable agonía de uno mismo como persona.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

158

2 5 DE M A Y O

1 / a comunicación en el nivel uno se denomina «comunicación cumbre». Toda amistad profunda y auténtica, y en especial la unión de quiénes están casados, debe basarse en una transparen­cia y una sinceridad absolutas. A veces la comunicación «gut-level» resultará más difícil, pero es precisamente en esas ocasiones cuando es más necesaria. Entre amigos íntimos, o en el matrimo­nio, ha de darse de vez en cuando una comunión emocional y per­sonal total y absoluta.

Dada nuestra condición humana, ésta no puede ser una expe­riencia permanente. Sin embargo, puede y debe haber momentos en los que el encuentro alcance la comunicación perfecta. En esas ocasiones ambas personas experimentarán una empatia mutua casi perfecta: yo sé que mis reacciones son totalmente comparti­das por la otra persona, y en ella se reduplica perfectamente mi felicidad o mi aflicción. Somos como dos instrumentos musicales que dan exactamente la misma nota, que emiten el mismísimo sonido y con idéntica intensidad. Esto es lo que queremos indicar al hablar de este nivel de comunicación cumbre.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

159

26 DE M A Y O

JL ara comprender los efectos de la comunicación cumbre imagi­nemos a un hombre que permanece solo todo el día en su aparta­mento. Mientras está en él, tiene una sensación de seguridad; no tiene necesidad de interacción alguna con otras personas que pue­den amenazarle e incluso herirle; sabe dónde están las cosas (la lamparita, el cuarto de baño, las aspirinas...). Al menos, en su ais­lamiento está protegido del peligro. El mundo exterior a su peque­ño apartamento no existe para él. Está vivo, pero no demasiado. Respira, pero no vive realmente. De repente, un día se asoma a la ventana y ve a otra persona que está experimentando un momen­to de intensidad emocional. Aquello le resulta tan interesante y tan cautivador que se olvida de todos sus miedos. Abre la puerta, sale al exterior y, en ese maravilloso y liberador momento, experi­menta otro mundo. Empieza a respirar un aire limpio y fresco; la luz y el calor del sol caen sobre él por primera vez... Y entonces sabe que la vida que había en él se ha expandido; que ya nunca podrá regresar, que nunca volverá a ser él mismo ni a vivir una experiencia tan reducida y que ya no encajaría en ese mundo; y todo porque ha salido de sí mismo y ha ido hacia alguien distinto de un modo verdaderamente profundo. Todas las dimensiones de su mundo, todas las previsiones y prejuicios en los que había esta­do encerrado, se han desvanecido de alguna manera.

A raíz de las experiencias cumbre, sus protagonistas, si bien no de un modo siempre espectacular, experimentan una autén­tica alteración, porque toda la relación adquiere una nueva pro­fundidad e intensidad. Cada uno verá al otro desde una nueva perspectiva.

De El secreto para seguir amando.

160

27 DE M A Y O

JL ermítaseme ahora describir lo que trato de decir al hablar de experiencia cumbre en la comunicación. Ante todo, supongamos que en dicha experiencia cumbre te abres de tal forma que el otro se ve llamado a salir de sí mismo y de todas sus inveteradas y petrificadas posturas y cálculos para acceder a una nueva expe­riencia. Esta nueva experiencia no consiste tan sólo en un conoci­miento más profundo de la realidad de tu propio yo, sino que ade­más, y en virtud de la refracción y la asimilación posteriores, cons­tituirá una nueva experiencia para el otro, cuya capacidad y reali­dad se verán incrementadas. Semejante experiencia transformará para siempre esa realidad y hará que la persona sea más abierta, más afectuosa y más viva.

Dado que las emociones son las que definen y revelan el yo esencial, necesariamente estaré revelando mis sentimientos en el momento de mi transparencia. Es el hecho de compartir mis sen­timientos el que te proporcionará la oportunidad de conocerme a mí y de conocerte a ti mismo de una nueva manera, y de cambiar mediante ese conocimiento. Tal vez ello suceda mientras te relato un incidente o te expreso mi amor; pero será el sentimiento o el contenido emocional el que ocasione ese cambio y te ofrezca la experiencia de mi persona. A menos que abra mis propios y sin­gulares sentimientos, tú no harás más que «proyectar» en mí tus propias emociones. Por ejemplo, si te cuento que he fallado en algo, sin describir vividamente mi reacción emocional exacta ante ese fallo, tú pensarás que mi reacción fue como habría sido la tuya en una situación similar; y nunca es así. Si te niego el acceso a la profundidad de mis emociones, jamás llegarás a conocerme ni te enriquecerás con el tipo de experiencia cumbre de que estoy hablando.

De El secreto para seguir amando.

161

2 8 DE M A Y O

3—i as personas o las circunstancias pueden estimular una reac­ción; pero la manera específica en que cada cual reacciona estará determinada por nuestras propias actitudes y perspectivas perso­nales que, a su vez, se han ido configurando mediante los mensa­jes introyectados en nuestras mentes y a través de nuestras expe­riencias vitales. Las actitudes son tan personales como las huellas dactilares. Por consiguiente, no hay dos personas que vean algo exactamente del mismo modo ni, por tanto, que reaccionen de idéntica manera. Hay quien se ríe de algo que otro se toma muy en serio, o reacciona con compasión ante una persona con la que otro se enfadaría. Supongamos que a dos personas les ocurre exactamente lo mismo. Es posible que uno se sienta estimulado por el reto que conlleva, mientras el otro se siente desolado por la catástrofe.

El inculpador que proyecta la responsabilidad de sus reaccio­nes no crece. Su vida es un ejercicio perpetuo de proyección y racionalización. Es una vida de simulación en la que la realidad no consigue penetrar nunca. Los acusadores se empeñan en que son otras personas las que están instrumentalizándolos. Por eso nunca llegan a conocer realmente su propia realidad interior. «La culpa, querido Bruto, no está en nuestra estrella, sino en nosotros mis­mos, si nos resignamos a la inferioridad» (Julio César, acto prime­ro, escena segunda).

Si de verdad nos serenamos y dejamos que la verdad que to­do esto encierra haga mella en nosotros, se notará de inmediato en nuestra comunicación, pues haremos «afirmaciones en pri­mera persona» en lugar de «afirmaciones en segunda persona», lo que tiene un significado mucho mayor que una mera elección de palabras.

De El verdadero yo: ¡en pie!

162

29 DE M A Y O

4 X A l hacer «afirmaciones en primera persona» —«me enfadé»— asumimos la responsabilidad de nuestra propia reacción; recono­cemos que otra persona en nuestra situación podría haber reac­cionado de forma diferente. Puede que la comprensión de las acti­tudes y la perspectiva que han condicionado nuestra respuesta no sea fácil o inmediata; sin embargo, sabemos que nuestra reacción ha sido el resultado de algo que albergamos dentro de nosotros. Y, cuando hacemos una «afirmación en primera persona», admiti­mos esa realidad ante nosotros mismos y ante el otro.

De hecho, en muchas ocasiones nos damos cuenta de que hay personas que nos irritan, mientras que a otros les despiertan com­pasión; determinadas circunstancias nos molestan, mientras que otros saben quitarles importancia; percibimos ciertas situaciones como si fueran «absolutamente horribles», pero somos conscien­tes de que otros ven esas mismas situaciones como «una oportu­nidad para ser creativos».

El importante efecto personal de todo ello reside en que, si asumimos nuestras propias reacciones y aceptamos la responsabi­lidad sobre ellas, descubriremos nuestro verdadero yo. Iremos comprendiendo gradualmente que algunas de nuestras actitudes son paralizantes y tergiversadoras, y es preciso que las revisemos. Y este tipo de honestidad supondrá una irresistible iniciación en la madurez.

De El verdadero yo: ¡en pie!

163

3 0 DE M A Y O

upongamos que una persona reacciona con furia ante algo que otra persona le ha hecho o dicho. En tal caso, puede expresar su ira de dos formas: 1) «¡Me has hecho enfadar!» (que es una «afirmación en segunda persona»). O puede decir: 2) «Cuando dijiste eso, me enfadé» (que es una «afirmación en primera perso­na»). La primera expresión, la «afirmación en segunda persona», niega directamente la veracidad de todo lo que hemos dicho acer­ca de la responsabilidad personal sobre nuestras propias reaccio­nes; pero aún va más lejos: culpabíliza al otro; es un intento de manipulación sutilmente disfrazado; sitúa al otro en la posición de «malo» y, además, es una afirmación que, si se trata de una per­sona combativa, la invita a entrar en una acalorada discusión en la que necesariamente ha de haber ganador y perdedor, y que generará más calor que luz.

De El verdadero yo: ¡en pie!

s

164

3 1 DE M A Y O

m i a mayoría sentimos la tentación de generalizar nuestra expe­riencia personal y olvidamos que los otros son precisamente eso, otros, diferentes de nosotros. Pero es frecuente que tengamos la falsa presunción de que todo el mundo reacciona como nosotros. Esta tentación de generalizar es señal de que sólo hemos descu­bierto la «alteridad» de forma imperfecta, de que aún no nos hemos dado cuenta plenamente de lo individuales y únicos que somos. Por eso, aún seguimos sintiéndonos tentados a proyectar nuestras reacciones en los demás. Si algo nos hace daño o nos molesta, damos por hecho que hará daño o molestará a todo el mundo; si una determinada situación estimula en nosotros preo­cupación, suponemos que cualquiera se preocuparía en esa misma situación. Tal hábito de pensamiento y palabra nos convierte en la norma de toda realidad humana. El descubrimiento de la «alteri­dad» es esencial para un buen comunicador.

Ningún ser humano sobre la faz de la tierra posee la verdad completa, sino que cada uno sólo tenemos una parte de la verdad; pero, si estamos dispuestos a compartir nuestras pequeñas por­ciones, nuestros fragmentos de verdad, todos poseeremos una realidad mucho más completa, una parte mucho mayor de la ver­dad total. La imagen que me viene a la mente es la de dos perso­nas situadas a ambos lados de una sólida valla que está pintada por un lado de marrón y por el otro de verde. Si la persona que está en el lado verde se empeña en decir que «definitivamente, esta valla es verde», estará incitando a la polémica a la persona que está al otro lado de la valla. «No, no es verde. Es claramente marrón». Es obvio que cada una posee una parte de verdad, que es justamente lo que sucede en la mayoría de nuestros desacuerdos. Es difícil imaginar que una persona pueda estar totalmente equi­vocada sobre cualquier tema complejo. Todos poseemos una parte de la verdad que hemos de compartir.

De El verdadero yo: ¡en pie!

165

1 DE J U N I O

J—ia tentación clásica en este asunto —y que podría parecer el más destructivo de los errores que se cometen en el campo de las relaciones humanas— es la siguiente: nos sentimos tentados a pensar que la comunicación de una reacción emocional desfavo­rable tiende a dividir, a separar. Si yo te digo que me estás moles­tando cuando haces algo que estás acostumbrado a hacer, tal vez me sienta tentado a creer que sería mejor no mencionarlo siquie­ra, y de ese modo nuestra relación será más pacífica. Además —pienso—, no lo entenderías...

De modo que guardo silencio y me quedo con ello dentro, y cada vez que tú haces eso que a mí me molesta, mi estómago lleva la cuenta: 2... 3... 4... 5... 6... 1... 8..., hasta que, un día, vuelves a hacer lo mismo que has hecho siempre... y se arma un follón de todos los demonios. Durante todo este tiempo en que has estado fastidiándome, yo iba guardándomelo dentro y aprendía secreta­mente a odiarte. La miel de mis buenas intenciones iba convir­tiéndose en hiél.

Cuando, al fin, todo estalla en una violenta explosión emocio­nal, tú no comprendes nada, y piensas que semejante reacción está absolutamente fuera de lugar. Ahora, los lazos de nuestra amistad o de nuestro amor parecen increíblemente frágiles y a punto de romperse. Y el caso es que todo empezó el día en que me dije: «No me gusta lo que hace, pero será mejor no decir nada; de ese modo nuestra relación será más pacífica». Aquello fue un error, y yo debería habértelo dicho desde el primer momento. Ahora se ha producido un divorcio emocional, ¡y todo porque yo quería mantener la paz entre nosotros...!

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

166

2 DE J U N I O

C ij encillamente, no estoy lo bastante maduro para entablar una verdadera amistad si no caigo en la cuenta de que no puedo juzgar acerca de la intención o motivación de otra persona. Debo ser lo suficientemente humilde y sensato como para respetar la complejidad y el misterio de todo ser humano. Si te juzgo, lo único que hago es revelar mi propia inmadurez y mi ineptitud para la amistad.

La franqueza emocional no implica nunca un juicio acerca del otro. De hecho, se abstiene incluso de todo juicio acerca de uno mismo. Si, por ejemplo, yo te dijera a ti: «No me siento a gusto contigo», habré sido emocionalmente sincero y, al mismo tiempo, no habré dado a entender en absoluto que es tuya la culpa de que yo no me sienta a gusto contigo. No estaré diciendo que es culpa de nadie, sino simplemente informando de mi reacción emocional ante ti en ese momento. No te he juzgado. Tal vez la culpa sea de mi egoísmo, que me ha hecho tan sensible. No estoy seguro y, en la mayoría de los casos, nunca lo estaré. El estar seguro implicaría un juicio. Lo único que yo puedo asegurar es que ésta ha sido y es mi reacción emocional.

Si yo te dijera que algo que tú haces me fastidia, yo no sería tan arrogante, una vez más, como para pensar que tu acción fas­tidiaría a cualquiera. Ni siquiera doy a entender que tu acción sea en modo alguno mala u ofensiva. Sencillamente, digo que yo estoy experimentando fastidio aquí y ahora. Lo único que sé es que estoy intentando decirte que en este momento estoy experi­mentando fastidio. Probablemente sería sumamente útil, en la mayoría de los casos, prolongar nuestra comunicación «gut-level» con una especie de aclaración, con el fin de hacer saber al otro que no hay juicio implícito de ningún tipo.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

167

3 DE J U N I O

JL*re todas las amenazas a que está expuesto el auténtico diálo­go, la que hay que evitar con mayor cuidado es la intrusión de los juicios, bien sobre uno mismo, o sobre nuestro interlocutor. Ya hemos dicho que nadie puede causar nuestras emociones, sino simplemente estimular unas emociones que ya están dentro de nosotros. La puerta de entrada más habitual de los juicios que arruinan el diálogo es mi creencia de que tú has causado mis emo­ciones, o el pensamiento de que hay una conexión tan obvia entre tu acción y mi emoción que «cualquiera habría reaccionado como yo lo he hecho». Ambas reacciones están basadas en juicios, y ambos juicios tienen que ser falsos.

Por ejemplo, acordamos encontrarnos a determinada hora y en cierto lugar. Tú llegas media hora tarde, y yo estoy enfadado. Debería decírtelo como un simple hecho, dando únicamente a entender que hay algo en mí que reacciona airadamente cuando me hacen esperar. Pero piensa en los posibles juicios acusatorios que podrían acompañar a mis palabras, las inflexiones de mi voz o las expresiones de mi rostro:

«Podrías haber sido más puntual...». «Has sido muy desconsidera­do». «No te importan mis sentimientos». «En realidad no me quie­res». «Siempre llegas tarde». «Eres un egoísta». «Lo has hecho para herirme o para desquitarte». «Ésta es la razón de que no tengas amigos». «No piensas en las consecuencias». «Cualquier otro habría salido con tiempo para llegar».

Los juicios son mortales para el auténtico diálogo. Además, el tipo de juicios que sentimos la tentación de hacer implican normal­mente una crítica indirecta y destructiva que resulta fatal para la autoaceptación, el autoaprecio y la autocomplacencia, y, cuando estos tres elementos desaparecen, el amor se desvanece.

De El secreto para seguir amando.

168

4 DE J U N I O

LJ i tengo que decirte quién soy yo realmente, debo hablarte de mis sentimientos, tanto si voy a obrar de acuerdo con ellos como si no. Puedo decirte que estoy enfadado y explicarte el hecho de mi enfado sin inferir juicio alguno sobre ti y sin tratar de obrar sobre dicho enfado. Puedo decirte que tengo miedo y explicar el hecho de mi miedo sin acusarte de ser tú la causa de él y, al mismo tiempo, sin sucumbir al mismo. Pero, si debo abrirme a ti, tengo que permitirte tener la experiencia (encuentro) de mi persona, para lo cual debo hablarte de mi enfado y de mi miedo.

Se ha dicho con razón que o verbalizamos nuestros sentimien­tos o los somatizamos. Los sentimientos son como el vapor que se acumula en el interior de una olla: si se guardan dentro y se per­mite que acumulen intensidad, pueden acabar haciendo saltar la «tapadera» humana que los reprime, lo mismo que el vapor puede hacer saltar por los aires la tapadera de la olla.

Cuando enterramos nuestras emociones, no han muerto, sino que siguen vivas en nuestro inconsciente y en nuestras visceras, lastimándonos y afligiéndonos. El explicitar nuestros verdaderos sentimientos no sólo favorece mucho más una auténtica relación, sino que además es esencial para nuestra integridad física y para nuestra salud.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

169

5 DE J U N I O

R todos nosotros hay una necesidad real de ser amados. Por ello es muy importante que podamos asimilarlo y saborear su rea­lidad cuando alguien nos ofrece un amor sin condiciones. El amor es incondicional cuando es ofrecido como un simple regalo, sin lazos que lo aten. Se expresa cuando alguien dice (y es eso lo que quiere decir): «Sencillamente, te amo. No tienes que dar nada a cambio de mi amor. Lo único que tienes que hacer es aceptarlo. Te amo». Cuando se ofrece amor de esta forma, debemos saber cómo asimilarlo. Y para ello tenemos que caer en la cuenta de que somos dignos de ser amados.

Por otra parte, es igualmente necesario ser totalmente hones­to en la comunicación de uno mismo. Tenemos que decir quiénes somos realmente y negarnos a representar cualquier papel que nos puedan sugerir. Si decido ser únicamente yo mismo, puede que me pregunte si eso me costará tu amor. «¿Piensas que soy dulce y paciente?; bien ¿y que ocurriría si me enfadara y perdiera la paciencia?, ¿seguirías amándome?» No puedo permitir que me arrincones o que me subas a un pedestal en el que me sienta incó­modo e incapaz de moverme. Debo insistir en mi derecho y en mi necesidad de decirte quién soy realmente. Si vas a amarme sin condiciones, debes ofrecerme una atmósfera de libertad para que pueda decirte quién soy verdaderamente.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

170

6 DE J U N I O

JL JLace muchos años leí un libro sobre cómo hablar en público. El primer capítulo se titulaba: «No trates nunca de ser mejor ora­dor que persona, porque el auditorio se dará cuenta». Era una paráfrasis de la definición de buen orador que da Quintiliano: una buena persona que habla bien. Es evidente que implica que nor­malmente nuestros motivos se transparentan a pesar de nuestros intentos por camuflarlos. Todos hemos notado que en ocasiones éramos malinterpretados, y de hecho lo hemos sido; pero en con­junto las intuiciones de los demás sobre nuestras motivaciones son normalmente acertadas, aunque sean incompletas. Por lo tanto, las personas que intenten dialogar deberán ser sumamente sensibles a sus motivos. Yo sugiero tres posibilidades a las que hay que prestar especial atención.

Ventilación: Cuando ventilamos una habitación, la aireamos. Nos deshacemos del aire viciado y de los olores. Las emociones también pueden acumularse dentro de nosotros hasta el punto de hacernos sentir la necesidad de ventilarlas, de «desahogarnos» de una vez. Puede haber ocasiones en las que esto sea necesario, pero cuantas menos sean, mejores serán el diálogo y la relación.

La ventilación es esencialmente egocéntrica: si quiero sentir­me mejor, te utilizo como un cubo de basura para mis desechos emocionales. La necesidad ocasional de este tipo de ventilación es comprensible, pero nadie quiere convertirse en un cubo de basura ni en un paño de lágrimas. Volcar mis problemas emocionales so­bre ti para sentirme mejor es egocéntrico. Quien convierte esto en un hábito, se vuelve egoísta, y una persona egoísta tiene muy poca capacidad para el diálogo y el amor.

De El secreto para seguir amando.

171

7 DE J U N I O

M -L W JLanipulación: El segundo posible motivo que debemos consi­derar es la manipulación. Ya hemos dicho que el amor es esen­cialmente liberador. El amor se limita a preguntar: «¿Qué puedo hacer por ti?; ¿cómo necesitas que sea yo?» La pregunta implícita en la manipulación es justamente la opuesta: «¿Qué puedes hacer por mi?» La manipulación es como un juego de manos para obli­gar al otro a satisfacer mis necesidades. Obviamente, habrá veces en las que yo necesite que tú me ayudes, que estés conmigo, que me escuches. Y debo sentirme libre para pedírtelo sin miedo al rechazo.

Sin embargo, la manipulación como motivo del diálogo impli­ca que expongo y describo mis sentimientos a otra persona para que haga algo al respecto. Como manipulador hago que la otra persona se sienta responsable de mis emociones. Por ejemplo, puedo decirte que me siento solo. Se trata del simple hecho de estar atravesando un período de soledad, y quiero que lo sepas, porque quiero que me conozcas. O puedo decírtelo de tal modo que se vea claramente que te hago responsable de llenar el vacío de mi soledad. Mediante sutiles inflexiones de voz, gestos, etc., te hago sentir la necesidad de satisfacer mis necesidades. Indirec­tamente y mediante sugerencias, estoy utilizando la influencia emocional que tengo sobre ti para conseguir que resuelvas mis problemas.

De El secreto para seguir amando.

172

8 DE J U N I O

r \^jomunicaríón: El único motivo que puede dar origen a un ver­dadero diálogo es el deseo de comunicación. Ya hemos dicho que comunicarse significa compartir, y que compartimos nuestro yo real cuando compartimos nuestros sentimientos. En consecuen­cia, el único motivo válido para el diálogo es ese deseo de dar al otro lo más preciado que puedo darle: mi propio ser en la auto-revelación, en la transparencia que se alcanza en el diálogo.

NOTA. Estoy seguro de que, como yo, también tú has sentido algu­na vez que los demás no están realmente interesados por ti. Ni siquiera quienes supuestamente nos aman y a los que supuesta­mente amamos parecen muy interesados en escucharnos. He co­nocido a muchas esposas que tienen esta falta de interés respecto de sus maridos, y a muchos maridos que tienen esa misma falta de interés respecto de sus esposas. Y lo mismo suelen decirme los jóvenes cuyos padres aparentemente no se interesan por ellos. En realidad, yo creo que muchos o la mayoría de estos casos pueden explicarse por el hecho de que la parte «postergada» estaba utili­zando uno de los dos primeros motivos para la auto-revelación: la ventilación o la manipulación. Sé por propia experiencia que me siento incómodo cuando noto que estoy siendo utilizado o mani­pulado por alguien. Empiezo a mirar al reloj y a buscar un modo de escapar. La naturaleza humana es esencialmente gregaria, y la ley de la «societariedad» está grabada en nuestros corazones. No obstante, este anhelo de conocer y ser conocido no incluye el deseo de ser un cubo de basura o un resolvedor de problemas.

De El secreto para seguir amando.

173

9 DE J U N I O

JL^urante mi infancia, cuando me encontraba en lugares sagra­dos, me conmovía la sensación de cercanía a Dios. Me quedaba impresionado, como si se tratara de alguna superstición o de la imaginación de un niño, pero de una forma muy vaga sabía que tal o cual iglesia era la casa de Dios, y pensaba que era bueno que Dios tuviera ventanas de colores (vidrieras) y una fragancia espe­cial (posiblemente el persistente olor del incienso o de las flores del altar). Todo era muy impreciso, y tal vez algún psicólogo con nada mejor que hacer lo analizaría en términos de programación religiosa. Pero de algún modo yo sabía que no era meramente eso. Dios me había tocado, y los primeros indicios de mi propia fe, así como los primeros deseos de Dios, se estaban formando en mí.

Recuerdo que cuando se acercaba el día de mi Primera Comu­nión, escribí la fecha en la palma de mi mano con tinta indeleble. Quizá sólo era la nota recordatoria para sí mismo de un niño, pero me inclino a pensar que, incluso en aquellos primeros días de fe, hallar a Dios en alguno de los lugares de encuentro era algo espe­cial para mí.

De He Touched Me.

174

10 DE J U N I O

jLXecir «¡Sí!» al don de amor y vida de Dios significa, ante todo y sobre todo, elegir el amor como principio vital. Sin embargo, decir «¡Sí!» a Dios no es nada sencillo, porque convertir nuestra vida en una vida de amor no es fácil. Elegir el amor como principio vital significa que mi modo de pensar o pregunta básica debe ser la siguiente: ¿Qué es lo que el amor me lleva a ser, hacer o decir? Mi respuesta consecuente a cada acontecimiento de la vida, a cada persona que entra en mi vida, a cada exigencia de mi tiempo, mis emociones y mi corazón, debe de algún modo transformarse en un acto de amor. Sin embargo, a fin de cuentas, este «¡Sí!» es el que me abre a Dios. Al elegir el amor como principio vital, el cáliz de mi alma se dilata, para que Dios pueda derramar en mí sus dones, gracias y poderes.

De Unconditional Love.

175

11 DE J U N I O

Jl.engo que ser honesto al preguntarme a mí mismo si realmen­te deseo conocer y cumplir la voluntad de Dios o si lo que quiero es que Dios haga mi voluntad. ¿Me dirijo a Dios con la seguridad de que sólo quiero conocer y cumplir su voluntad, o prefiero hacer primero mis propios planes y luego insistir en que Dios haga rea­lidad mis sueños?

Me parece que no buscaré y cumpliré la voluntad de Dios a menos que esté convencido de dos cosas: 1) que Dios desea mi felicidad incluso más de lo que la deseo yo mismo; y 2) que Dios sabe mucho mejor que yo lo que me hará verdaderamente feliz.

Debo preguntar a lo más íntimo de mi persona si realmente creo en estas dos verdades. El desear realmente la voluntad de Dios por puro gozo personal dependerá de mi creencia en ellas.

De la cassette The Growing Edge OfLife.

176

12 DE J U N I O

el encabezamiento del libro he escrito que «hacer tu volun­tad, O Dios, es mi deleite. Heme aquí, que vengo» (Salmo 40).

Todos los días rezamos la oración del Señor, «Hágase tu volun­tad en la tierra como en el cielo». Todo esta ahí, ¿verdad?. A mí no me cabe duda de que el desear y el hacer la voluntad de Dios es lo que da la medida de la santidad de una persona. Es la medida de la fe. Es la medida de nuestro amor. La santidad no se mide por la intensidad o devoción con las que oramos; no se mide por las gra­cias que hemos recibido o la unión con Dios de la que hemos goza­do. La única medida de la santidad o la cercanía a Dios es nuestro anhelo de querer y hacer su voluntad. «Hágase tu voluntad».

En el capítulo séptimo del evangelio de Mateo, Jesús dice: «No todo el que me diga "Señor, Señor" entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial».

De la cassette The Growing Edge OfLife.

177

13 DE J U N I O

los años cuarenta, los seminarios acostumbraban aceptar a jóvenes que acababan de finalizar la enseñanza secundaria. Un día, cuando cursaba el último año de ésta, me encontré sentado frente a mi director espiritual y me oí decirle que quería ser sacer­dote. Si me hubierais preguntado entonces, como hizo él, por qué quería ser sacerdote, seguramente habría salido del paso con algu­nas razones y motivos precoces. De hecho, sólo habrían sido apro­piados si hubiera expuesto una experiencia más profunda, la lla­mada de Dios, la misma corriente de gracia que me ha movido lenta pero constantemente todos los días de mi vida. De algún modo, entrar al servicio de Dios como sacerdote parecía justa­mente lo que tenía que hacer. Cualquier otra cosa era mera pala­brería (que también se me daba muy bien).

Nadie de mi familia ni ninguno de mis amigos creían que hablaba en serio sobre mis intenciones de hacerme sacerdote. Incluso mi padre, que estaba seguro de que mi destino era llegar a ser un gran abogado, se mostró incrédulo cuando quedaban pocos días para mi partida. Ahora pienso que me gustaba bastan­te la idea de que la gente no me creyera. No quería parecer un pia­doso «destinado-al-ministerio-desde-su-primera-infancia». Yo era el «batallador», el polemista, el pianista de jazz, el bailón... Pero la irresistible fuerza del amor de Dios y la corriente de su gracia me movían a hacer algo mucho mejor y me llevaban a un lugar tam­bién mucho mejor.

De He Touched Me.

178

14 DE J U N I O

r \*J uando era un «novicio» jesuíta, experimenté un prolongado período de dolorosas dudas acerca de la fe. Una noche de verano, durante aquel período de prueba, estaba estudiando cuando una polilla comenzó a golpear el cristal de mi ventana intentando lle­gar a la luz que alumbraba mi escritorio. Una y otra vez trataba de llegar a la luz, se golpeaba en la ventana, caía y lo intentaba de nuevo. De repente me di cuenta de que la polilla y su frustración simbolizaban mi búsqueda de Dios. A mí me parecía que sobre el rostro y el corazón de Dios había algún tipo de velo misterioso. El antiguo calor y la placidez de su presencia habían desaparecido. ¿Era yo infiel, o era que él me estaba pidiendo que mi fe echara raíces más profundas? Todos reconocemos que tendemos a buscar el consuelo de Dios, en lugar de al Dios del consuelo. Quizás aquél fue el laboratorio de la vida y del amor en el que se me pidió que madurara y me purificara.

Paul Tillich escribió en cierta ocasión que el círculo de muer­te-resurrección del cristianismo es también característico del cre­cimiento en la fe. La antigua fe debe morir, corroída por las dudas, pero sólo para que pueda nacer una fe nueva y más profunda.

De He Touched Me.

179

15 DE J U N I O

M /legué al altar de mi ordenación como sacerdote con costum­bres ambivalentes e identidad ambigua. El día de la ordenación le entregué a Dios una fracción de mí mismo, no sé si grande o pequeña. No sentí muy profundamente la vergüenza de mi condi­ción, porque nunca la había afrontado honestamente. Los meca­nismos de defensa de la naturaleza humana son ingeniosos. La vista y la memoria son muy selectivas. Tendemos a ver y a escu­char sólo lo que queremos. Una vez que hice un holocausto públi­co de mí mismo para Dios, no pude enfrentarme al hecho perso­nal de estar atizando las ascuas para que ardieran las astillas aún intactas. Lo que decía mi boca no era mi estilo de vida. Hablaba de algo mucho mejor de lo que era capaz de vivir.

El día de mi ordenación el sol brillaba y hacía calor. Las fami­lias y los amigos de los ordenandos se apiñaban en nuestra húme­da capilla, y los futuros sacerdotes nos postramos ante el altar mayor al principio de la ceremonia. Esta postración es un gesto mediante el cual el futuro sacerdote da a entender su muerte, su muerte a sí mismo y a su propio interés y beneficio. Después se alza a la llamada del obispo, y esto simboliza que está vivo sólo para Cristo y su Reino. El sacerdocio se interpreta teológicamente como una identificación más profunda con Cristo. De hecho, al sacerdote se le llama alter Christus, «otro Cristo». Desde entonces he sufrido por la discrepancia que refleja mi vida entre las pala­bras y los hechos y la esencia de mi compromiso; pero en aquel momento no sufrí. El sol brillaba resplandeciente; la ceremonia fue solemne e impresionante, y me hice sacerdote. Mi madre lloró y me abrazó con orgullo.

De He Touched Me.

180

16 DE J U N I O

C i_J iempre he creído que, cuando Dios llama a un ser humano, la experiencia sobrevivirá a tres pruebas: 1) La prueba del tiempo: la persona a la que Dios ha llamado nunca volverá a ser la misma. Aun cuando el cambio no sea dramático, la experiencia de Dios dejará una señal permanente. Las emociones impulsivas o las su­gerencias subconscientes vienen y van. La hora de Dios tiene una pervivencia evidente. 2) La prueba de la realidad: el alma a la que Dios ha llamado no se refugiará en una postura de desapego del mundo o en las torres de marfil del éxtasis privado, sino que pro­fundizará en una conciencia personal del mundo. Tales personas verán la belleza del mundo con nuevos ojos; oirán su música y su poesía como nunca antes, y sabrán que es un mundo hermoso. Pero también descubrirán un contacto más profundo con la tris­teza del corazón humano. Quienes experimenten a Dios percibi­rán una nueva conciencia de la realidad de cuanto les rodea, una nueva vivacidad. Como dijo san Ireneo en el siglo n: «La gloria de Dios es la persona plenamente viva». El auténtico contacto con Dios tiene como resultado un nuevo y vital «¡Sí!» a la vida. Y 3) La prueba de la caridad: los seres humanos que se han abierto a la lla­mada de Dios, gracias a ese contacto se parecerán más a Dios. Se convertirán en personas que aman más. San Juan dice que Dios es amor, y que quien no ama no puede haber conocido a Dios. Quien permanece en Dios, permanece en el amor. La más grande y res­plandeciente de todas las intervenciones milagrosas de Dios será siempre la producción de una persona que ama, la transformación de una persona egoísta en generosa. De esto es, en esencia, de lo que trata la hora o la llamada de Dios. Esto es lo que Dios está ha­ciendo en nosotros. El don del amor es el mayor don del Espíritu de Dios.

De He touched Me.

181

17 DE J U N I O

A A A. veces pienso que intentamos dictar a Dios cómo debe ser nuestro testimonio y nuestro discipulado, en lugar de ponernos a su disposición. Quizá la experiencia de Dios, su poder y su pre­sencia se vean obstruidos por nuestro incorregible egoísmo. Puede que no oigamos a Jesús decir que la persona que está siempre bus­cando su propia vida, nunca la encontrará; pero que quienes están dispuestos a perder su vida, la encontrarán. Personalmente creo que en mi propia vida hay muchas situaciones en las que podría haber sentido la presencia de Dios, pero no la sentí porque mi pro­pia presencia me preocupaba demasiado. No oí lo que Dios quería de mí, porque estaba demasiado ocupado instando con mis pro­pias peticiones a Dios. No obtuve respuesta, porque hacía pregun­tas erróneas.

De algún modo estoy seguro de que el camino más directo para la experiencia religiosa es pedir la gracia de dar, de compar­tir, de consolar a otro, de vendar una herida dolorosa, de alzar un espíritu humano caído, de solucionar un enfrentamiento, de des­cubrir a un amigo olvidado, de apartar una sospecha y reempla­zarla con confianza, de alentar a alguien que ha perdido la fe, de permitir a quien se siente inútil hacerme un favor, de mantener una promesa, de enterrar un viejo rencor, de reducir mis exigen­cias respecto de los demás, de luchar por un principio, de expre­sar gratitud, de superar un temor, de apreciar la belleza de la natu­raleza, de decir a los demás que les amo y repetírselo de nuevo...

Me obsesiona la posibilidad de no haber oído la voz de Dios hablándome en todas las circunstancias y personas de mi vida por haber estado haciendo preguntas equivocadas y peticiones erró­neas. Puede que haya estado demasiado ocupado hablando como para escuchar.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

182

18 DE J U N I O

X nosotros podemos tener una experiencia auténtica de Dios. Si lo intentamos, podemos experimentar su luz cuando estamos en la oscuridad, su fuerza cuando somos débiles, su presencia cuan­do estamos solos, su curación cuando hemos sido heridos... De hecho, los ojos de la fe buscarán y encontrarán a Dios en todas las cosas. Éste fue el genio religioso específico de san Ignacio de Lo-yola, que dio a sus seguidores la siguiente regla: «Buscar y hallar a Dios en todas las cosas».

Debemos buscar y hallar a Dios en los gozos del amor huma­no, en la magnificencia de una puesta de sol, en una noche estre­llada, en la densa nevada que comba las ramas de los árboles de hoja perenne en invierno, en una chimenea al final de un día per­fecto... Toda realidad es un reflejo de Dios, y Dios mora, en una forma más profunda de existencia, en todas las cosas. En toda realidad hay muchos modos o estratos de existencia. El peligro que nos acecha es el de la superficialidad. Podríamos mirar una hermosa hilera de árboles y sólo ver maderos; podríamos mirar una página de poesía profunda y sólo ver palabras. El nivel más profundo y último de toda existencia es Dios mismo, porque toda realidad es participación en su existencia y en su belleza. Consiguientemente, para el creyente, toda realidad es sacramen­tal, signo visible del poder y de la presencia de Dios. El poeta jesuí­ta Gerard Manley Hopkins dice en su poema «El naufragio del "Deutschland"»:

«Envío mi beso a las estrellas, a la maravillosamente dispersa luz estelar que le trasluce a él; y resplandezco, me glorio en el trueno. Envío mi beso al purpúreo poniente; pues, aunque él está bajo el esplendor y el portento del mundo, su misterio ha de ser desvelado, resaltado; por eso yo le acojo los días que le hallo, y prorrumpo en bendiciones cuando comprendo».

De He touched Me.

183

19 DE J U N I O

ios siempre ha sido generoso en lo que se conoce como «ora­ción de petición». San Agustín dijo de este tipo de oración que era «nuestra mayor fuerza y la mayor debilidad de Dios. El Señor nos asegura: «Pedid y recibiréis; llamad y se os abrirá. Todo lo que pidáis en mi nombre se os concederá».

Con frecuencia pienso en Dios como una toma de corriente eléctrica. Detrás de cada toma de corriente se encuentra el miste­rioso poder de la electricidad que puede iluminar una habitación, calentar una casa, proyectar una película... Sin embargo, la toma de corriente es literalmente inútil si no enchufamos algo en ella, si no conectamos con la fuente de poder. Se nos asegura que el poder de Dios está preparado para iluminar nuestra oscuridad, suturar nuestras heridas, llenar nuestro vacío, fortalecer nuestro valor, enderezar nuestras desviaciones y crear en nosotros corazo­nes llenos de amor. La conexión con todo ese poder es la oración. El salmista nos asegura: «El Señor está cerca de todos los que le invocan» (Sal 145,18).

De El verdadero yo: ¡en pie!

D

184

2 0 DE J U N I O

-L y o necesitamos un retrato teológicamente exacto de Dios pa­ra comenzar el diálogo de la oración. Si así fuera, nadie podría ni siquiera empezar a rezar. Llegar a conocer a Dios es un proceso dialogal. Comenzamos con impresiones erróneas, ideas distorsio­nadas, miedos infundados y prejuicios personales. Pero gradual­mente, a medida que nos abrimos a él y él se abre a nosotros, corregimos viejas impresiones erróneas, obtenemos nuevas reve­laciones y experimentamos nuevas facetas del Dios misterioso y tierno que no puede olvidarnos aunque una madre se olvidara del hijo que lleva en sus entrañas. Pero haber estado equivocados acerca de Dios no significa que no hayamos hablado con él. Sólo perseverando en este tipo de oración llegaremos a equivocarnos cada vez menos acerca de él, hasta que llegue el día en que le conozcamos del mismo modo que él nos conoce a nosotros.

Al llegar a este momento de mi vida, lo que más necesitaba era saber que Dios quería de verdad estar íntimamente cerca de mí. Necesitaba desprenderme del concepto deístico de Dios como alguien distante, desinteresado e inoperante en mí y en mis pode­res humanos. Pero sobre todo necesitaba tener algún éxito en este método de oración. Necesitaba sentir la llamada de Dios, experi­mentar sus pensamientos dilatando mi mente, sentir la firmeza de su fuerza y sus deseos en mi voluntad, escuchar su voz, expe­rimentar su luz en la oscuridad de mis noches, sentir su calma en mis momentos de angustia... Sólo entonces, en estas divagaciones en la misericordia de este Dios tierno, presente y disponible, supe que él quería realmente que yo fuera suyo y formar parte de mi corazón para siempre. Sólo entonces, cuando lo conseguí, supe que Dios nunca podría parecerme el mismo, y que yo ya nunca podría ser el mismo de nuevo.

De He Touched Me.

185

2 1 DE J U N I O

4 X X h o r a interpreto y enfoco la oración como la comunicación en una relación de amor, un hablar y un escuchar en la verdad y la con­fianza. Hablar a Dios con sinceridad es el comienzo de la oración, pues sitúa a la persona ante él. Creo que el «don» primordial del amor es el don de uno mismo a través de la auto-revelación. Sin esa auto-revelación, no hay un auténtico don, porque sólo en ese momento es cuando estamos dispuestos a situar en primera línea a nuestro auténtico yo, a ser admitidos para bien o para mal, a ser aceptados o rechazados; y sólo entonces empieza el verdadero encuentro interpersonal. No comenzamos a ofrecernos a nosotros mismos hasta que no nos ofrecemos de esta manera, porque el amor exige presencia, no presentes. Todos mis dones (presentes) son meros gestos, hasta que no haya dado mi auténtico yo (pre­sencia) en una auto-revelación sincera. Lo mismo que sucede en todas las relaciones interpersonales, sucede en la relación con Dios: no me pongo en sus manos o hago frente a su libertad de opción para aceptarme o rechazarme, para amarme u odiarme, hasta que le haya dicho quién soy. Sólo entonces puedo pregun­tarle si me acogerá, si permitirá que sea suyo y si él será mío. Según Martín Luther King, la primera norma para una buena ora­ción es no mentir a Dios. Al hablar con Dios en el diálogo de la ora­ción, debemos revelarle nuestro yo desnudo y verdadero. Debemos contarle la verdad de nuestros pensamientos, deseos y sentimientos, cualesquiera que sean. Puede que no sean los que a mí me gustaría, pero no son buenos o malos, verdaderos o falsos, sino míos.

Le he contado dónde vivo realmente, en la creencia y en la increencia. Le he hablado de mi desgana a la hora de responder a su llamada, de mis resentimiento emocional por ser un instru­mento público, un siervo al que no se sabe valorar. He sido como Job en el Antiguo Testamento, maldiciendo el día en que me creó, y como el profeta Jeremías, acusándole de hacer de mí no un pro­feta sino un tonto. He sido un rey David cantando su misericordia y su perdón, de los que siempre he necesitado a lo largo del cami­no de mi peregrinaje.

De He Touched Me.

186

2 2 DE J U N I O

4 X J L u n q u e hablar a Dios no es sencillo, mi experiencia me ha convencido de que escucharle en el diálogo de la oración es inclu­so más difícil. ¿Cómo se comunica Dios conmigo?; ¿cómo me revela quién es después de que yo me haya revelado a él?; ¿tengo que esperar horas, días, semanas o incluso años para ver lo que Dios hará con mi apertura a él, o hay una respuesta más inme­diata y directa? Yo creo que sí la hay.

Me hago preguntas como la siguiente: ¿puede Dios introducir una nueva idea directa e inmediatamente en mi mente?; ¿puede darme una nueva perspectiva para ver mi vida, con sus éxitos y sus fracasos, sus agonías y sus éxtasis?; ¿puede Dios poner nuevos deseos en mi corazón y nueva fuerza en mi voluntad?; ¿puede tocar y calmar mis turbulentas emociones?; ¿puede realmente susurrar palabras en los oídos de mi alma a través de la facultad interna que es mi imaginación?; ¿puede estimular Dios ciertos recuerdos almacenados en el cerebro humano cuando se necesitan? Estoy seguro de que Dios no sólo puede, sino que de hecho llega a noso­tros de estas maneras.

Oro diciendo a Dios quién soy y escuchándole cuando me revela no sólo quién es él, sino también quién soy yo y lo que mi vida y este mundo significan para él. Mi escucha es la silenciosa entrega a él de las cinco facultades o poderes de percepción a tra­vés de los cuales creo verdaderamente que viene a mí.

De He Touched Me.

187

2 3 DE J U N I O

r V-^ómo nos habla Dios? Ya hemos dicho que hay cinco antenas a través de las cuales Dios se comunica con nosotros. La primera de estas antenas es la mente.

Dios actúa en mi mente. Después de situarme ante el Señor, él viene a mí para ayudarme a ver, a través de sus ojos y de su pers­pectiva eterna, a la persona y los problemas que le he descrito. Pone sus ideas en mi mente, y en especial sus perspectivas. Am­plía mi visión, me ayuda a ver lo que es realmente importante en la vida y a distinguirlo de lo que no lo es. Siempre he definido la falsa ilusión como la confusión de lo que es importante en la vida con lo que no lo es. Yo personalmente me pongo nervioso y saco las cosas de quicio en especial cuando mi ego se siente amenaza­do. Entonces emprendo batallas sin sentido sobre temas de en-frentamiento erróneos. Después, cuando oro, le hablo de todo ello. Entonces él viene a mí y, con su proverbial delicadeza, llena mi mente con sus pensamientos y su visión. Y me rescata de mis fal­sas ilusiones.

De He touched Me.

188

2 4 DE J U N I O

ios actúa también en mi voluntad. Lo que he aprendido res­pecto de mí mismo en los últimos cuarenta años de mi vida es que soy débil. Sin disimulos ni vergüenza. Sin falsa humildad. Soy verdaderamente una persona débil con una enorme necesidad de redención. En los días de mis primeros fervores al servicio de Dios, tras entrar en el noviciado, solía ofrecerle mi día al despertarme. Le prometía un día «perfecto», un día de perfecto amor y servicio. Después, en mis oraciones nocturnas sólo podía ofrecerle mi arre­pentimiento. He tardado mucho tiempo en llegar a desconfiar sin­ceramente de mi fuerza y en entregarle mi vida.

Sólo cuando estuve dispuesto a admitir mi insignificancia, co­menzó Dios a hacer algo conmigo. Su fuerza se hizo manifiesta en mi debilidad. Pero, en lugar de limitarse a armar de valor mi vo­luntad para afrontar el desafío del costoso discipulado, vino a mí en la oración y puso nuevos deseos en mi voluntad. Tanto psico­lógica como espiritualmente, es muy importante que seamos per­sonas de deseos. Estoy seguro de que todo gran logro en la histo­ria de la humanidad comenzó con el nacimiento de un deseo en algún corazón humano.

Por lo tanto, él viene a mí, en la escucha, en los momentos re­ceptivos de la oración, y me transmite su poder; él reaviva mis deseos de ser suyo, de ser útil para todos, de ser una especie de fuente pública al servicio de todos por el Reino de Dios, como lo fue su Hijo durante su vida entre nosotros.

De He Touched Me.

D

189

2 5 DE J U N I O

JLSios actúa en mis emociones. Cuando me encuentro emocio-nalmente amargado o desanimado, cuando experimento ese dolor sordo de la soledad o estoy triste por alguna crítica o fracaso, él viene a consolarme. Es como si su poder sanador se extendiera por mis sentimientos neuróticos. Si puede hacer que un leproso quede limpio, puede hacer que un neurótico se vuelva normal. Suelo pedirle a Jesús que alce la mano que calmó los vientos y las olas de Genesaret sobre mi alma turbulenta: haz que yo también me calme y me tranquilice. Sin embargo, creo firmemente que Dios no sólo viene a confortar al afligido, sino también a afligir al que se encuentra confortablemente instalado.

Hay ocasiones en las que viene no a inquietarme, sino única­mente a reorganizar mis valores o a hacerme consciente de al­guien necesitado; y siempre a incitarme a crecer. Nunca le he pe­dido una vida sin problemas o una tranquilidad inquebrantable. Sólo le pido esa paz que sabe lo que es importante y lo que no lo es, sólo esa serenidad que sabe que he sido amado y que estoy lla­mado a amar.

De He Touched Me.

190

2 6 DE J U N I O

JLJios actúa en mi imaginación. Las mismas personas que creen que Dios puede entrar en la mente con ideas y perspectivas, en la voluntad con su fuerza y sus deseos o en las emociones con su paz, se muestran reacias a aceptar que Dios pueda estimular nuestra imaginación para escuchar interiormente palabras reales o ver visiones auténticas. Mi propia madre me contó en cierta ocasión, muy confidencialmente, que Dios le había hablado con frecuencia dándole directrices bastante concretas sobre su vida. Y me dijo: «No se lo contaría a nadie más, porque los demás pensarían que estoy un poco loca». Recuerdo que yo le aseguré que era cosa de familia, porque yo también había oído a Dios y percibido interior­mente una amorosa mirada de Jesús, y creo que se trató realmen­te del toque de Dios estimulando mi imaginación.

Éste, naturalmente, fue el problema de Juana de Arco y sus voces. Lo que sigue es un corto extracto de la obra de George Bernard Shaw, St. Joan:

Robert: ¿Qué quieres decir?; ¿voces? Joan: Oigo voces que me dicen lo que tengo que hacer.

Proceden de Dios. Robert: Proceden de tu imaginación. Joan: Por supuesto. Así es como nos llegan los mensajes de Dios.

No cabe duda de que puede ser difícil distinguir las palabras que provienen del estímulo de la gracia de Dios de las que pueden pro­venir simplemente del autoestímulo o la autosugestión; pero la realidad no se debe negar simplemente porque la gracia de Dios dentro de nosotros pueda ser estimulada. Dios tiene acceso a nosotros a través de este poder de la imaginación. En cierta oca­sión discutía esta vía que Dios emplea para llegar a nosotros con una psicóloga que oraba, y su opinión era que siempre habría «algo sorprendente, distintivo y duradero» en la comunicación de Dios. Creo que tenía razón.

De He Touched Me.

191

27 DE J U N I O

ecuerdo que en cierta ocasión le pregunté a Dios qué desea­ba decirme o pedirme. Era un momento de ardiente fervor en el que me sentía preparado para escuchar cualquier cosa. En un momento de tranquila escucha, oí interiormente las siguientes palabras: «Te amo». Y me sentí desilusionado: ya lo sabía. Pero él volvió a mí, esta vez a través del canal de mi mente. De repente, me di cuenta con mucha claridad de que nunca había aceptado e interiorizado realmente el amor de Dios por mí. En el preciso ins­tante de esa intuición llena de gracia, vi que yo sabía que Dios había sido paciente conmigo y me había perdonado; pero me asombró no haberme abierto nunca a la realidad de su amor. Lentamente caí en la cuenta de que Dios tenía razón. Nunca había escuchado realmente el mensaje de su amor. Cuando Dios habla, siempre habrá «algo sorprendente, distintivo y duradero».

De He Touched Me.

R

192

2 8 DE J U N I O

ios actúa en mi memoria. El último canal o antena de la re­cepción humana de la comunicación de Dios es la memoria. Se dice que el amor consiste en partes iguales de memoria e intui­ción. También hemos insistido en que los únicos errores auténti­cos que cometemos son aquellos de los que no hemos aprendido nada. Cuando Dios se comunica con nosotros a través de la esti­mulación de algún recuerdo almacenado, puede despertar nuestro amor haciéndonos recordar su ternura y su bondad en el pasado, fortaleciéndonos para que vivamos el momento presente y tenga­mos esperanzas para el futuro. También puede impedirnos repetir un viejo error recordándonos el pasado. Para mí, al menos, el fun­damento de mi fe y mi gratitud es el recuerdo de la bondad de Dios en la historia de mi vida: sus advertencias, sus invitaciones. «Lo único que te pido es que me recuerdes siempre amándote».

De He Touched Me.

D

193

2 9 DE J U N I O

A b u r a n t e los últimos años de su vida, mi querida madre pade­cía una artritis que la inmovilizaba seriamente. En algunas oca­siones, yo la tomaba en mis brazos para subir y bajar las escaleras de nuestra casa de Chicago. La rutina era predecible. Después de bajar varios escalones, mi madre extendía su mano y se agarraba firmemente a la barandilla. El diálogo que seguía era siempre más o menos así:

— Mamá, tienes que dejarte llevar. Si no te dejas llevar, no nos podemos mover.

— Tengo miedo de que me tires.

— Si no te dejas llevar, voy a contar hasta tres y a dejarte caer. Una... Dos...

Mi madre siempre se dejaba llevar después de que yo hubiera con­tado hasta dos, entonces bajábamos varios escalones más. Sin em­bargo, después de haber avanzado esos escalones, se repetía el mismo proceso y el mismo diálogo. Mi madre se agarraba a la ba­randilla, y yo le advertía de su suerte si no se dejaba llevar.

En una de estas situaciones pensé que el diálogo entre mi ma­dre y yo debía ser similar al diálogo entre el Señor y yo. Por su­puesto, él tiene el mundo entero en sus manos, incluyéndome a mí, y él me mueve hacia mi deseado destino. Sin embargo, yo sigo agarrándome a las «barandillas de seguridad» que me ayudan a sentirme a salvo. Jesús me recuerda que no nos podemos mover mientras me aferré de ese modo a las pequeñas facultades, pose­siones y logros que forman parte de mi mecanismo de seguridad. Le oigo claramente decirme: «Déjate llevar...», pero de mi siempre honesto estómago sale el doloroso lamento: «Tengo miedo de que me tires». Me aterroriza la perspectiva de tener las manos abier­tas. ¿Qué ocurriría si pronunciara el «sí» de la rendición?; ¿qué me sucedería?

De The Christian Vision.

194

3 0 DE J U N I O

3—i a seguridad es una necesidad muy intensa en nosotros, ¿ver­dad? Tenemos tantas preguntas estremecedoras e inquietantes palpitando en nuestros nervios y músculos...: ¿Qué me ocurriría si me dejo llevar?; ¿tendría suficiente —suficiente tiempo, dinero, seguridades para la vejez, personas para cuidarme, inteligencia, salud...? Y por eso, me aferró con fuerza a mis barandillas de segu­ridad, que me permiten sentirme a salvo, pero me mantienen paralizado, de modo que son un obstáculo para la gracia.

El Señor debe reírse de mí como yo me reía de mi querida madre porque tenía miedo de que pudiera dejarla caer. Debe que­rer responder mis inquietas y trémulas preguntas sobre «si tendré suficiente» con un confortador pero desafiante: «Confía en mí. ¡Yo SERÉ LO QUE TÚ NECESITAS!».

Cuando amamos a otra persona, nuestro amor asume unas ve­ces la forma del consuelo y otras la del desafío. Jesús, que nos ama, es ambas cosas para nosotros: consuelo y desafío. Hay un inestimable consuelo en su presencia y en la tranquilizadora pro­mesa de su amor incondicional. Pero también hay un desafío infi­nito en su exigencia de confianza: «Déjate llevar. ¡Yo seré lo que tú necesitas!» Es el desafío del amor pidiéndonos que abramos las manos. En tu vida y en la mía habrá muchos momentos como el descenso por la escalera de mi madre en los que nos dejaremos lle­var y experimentaremos la libertad de ser capaces de movernos. También habrá ocasiones en que tendremos los nudillos blancos, temblaremos de miedo por nuestra seguridad personal y no ten­dremos la suficiente confianza para «dejarnos llevar y dejar a Dios ser Dios».

De The Christian Vision.

195

Verano

1 DE J U L I O

ecuerdo muy bien mi ingreso en el noviciado de los jesuitas. Cuando les cuento a mis alumnos actuales las condiciones de vida en el noviciado jesuita de los años cuarenta, les parece increíble. Nos os invitaré a experimentarlo, pero os aseguro que por muchas cosas, desde el madrugón a las cinco de la mañana, hasta el mobi­liario —que parecía hecho con maderas de cajas de fruta—, pa­sando por la conversación sobre los asuntos cotidianos en latín, los largos silencios y las cuatro horas de oración cada día, era trau­mático para la mayoría de nosotros.

Cuando el desafío dejó de ser una novedad, y el alto precio de este tipo de discipulado resultó obvio, la duda me asaltó como el repentino restallido de un trueno en una noche de verano, y la posterior tormenta de inseguridad oscureció por completo mi alma y mi vida. ¿Existía realmente un Dios?; ¿era Jesucristo real­mente el Hijo de Dios?; ¿era el Evangelio realidad o ficción?... En­tonces me apresuraba a ponerme a orar muerto de miedo, pero no encontraba a nadie. La experiencia de Dios era para mí una in­mensa soledad y un yermo silencio: la muerte de todo lo que había sido, sin una visión o una promesa de un nuevo nacimiento. Al llegar a aquel punto fue cuando las palabras de mi antiguo vecino volvieron a mí con urgencia e insistencia nuevas. Me había parecido tan seguro cuando decía: «Ya lo ves, no hay Dios... no hay Dios... ¡no hay Dios!».

De He Touched Me.

R

199

2 DE J U L I O

M J~ FXiraba los austeros alrededores y cumplía tristemente las formalidades de aquella espartana vida del noviciado. De hecho, en mi corazón había un funeral constante. Dios me había dejado solo en aquel solitario lugar. Pensé que había perdido la fe. El maestro de novicios, que en teoría debía guiarnos a través de aquel desierto, no parecía estar demasiado alarmado por mi re­pentino ateísmo. Me aconsejaba paciencia conmigo mismo y con Dios. Pensé que no había percibido realmente el impacto pleno de mi problema; él no había notado que todo mi mundo se convulsionaba.

Aquella «noche oscura» de descreimiento duró cuatro sombrí­os y desolados meses. Y entonces algo sucedió. Fue el comienzo del resto de mi vida, la experiencia religiosa cardinal de mi histo­ria personal. Por la noche, los novicios teníamos quince minutos de examen de conciencia durante los cuales nos arrodillábamos en un reclinatorio, con las manos posadas en la mesa y la mente repasando el día en busca de los fallos, por acción u omisión, de pensamiento, palabra y obra. Lo único que yo hacía bien, o al menos eso me parecía, era colocar el reclinatorio en el lugar ade­cuado. Un reclinatorio bien colocado, solía decirme humorística­mente, es la mitad de la batalla.

Y aquella noche, sin duda alguna, Dios me tocó.

De He Touched Me.

200

3 DE J U L I O

V ^ c u r r i ó un viernes por la noche al principio de la primavera, mientras colocaba en su sitio el reclinatorio para el examen de conciencia vespertino. Con la misma brusquedad y sorpresa de un ataque al corazón, me sentí lleno de la consciencia experiencial de la presencia de Dios en mí interior. Suele decirse que nadie puede transmitir una experiencia a otro, sino que lo único que puede ofrecer son sus reflexiones sobre esa experiencia. Estoy seguro de que es verdad. Lo único que yo puedo decir, al intentar compartir mi experiencia contigo, es que me sentí como un globo que esta­ba siendo hinchado con el puro placer de la presencia amorosa de Dios, incluso hasta el punto de sentirme incómodo y dudar de poder resistir más tiempo aquel repentino éxtasis. Pienso que la canción «¡El me tocó!» es el modo más adecuado de describir la experiencia de aquella noche. Estoy convencido de que todas las experiencias humanas, pero en especial la experiencia de un Dios infinito, son fundamentalmente incomunicables. De algún modo, Dios excederá siempre los límites de nuestro entendimiento hu­mano. Precisamente porque es infinito, no puede ser situado bajo la lente de una mente humana finita. Nuestros encuentros con su infinitud no pueden nunca encajar en nuestros conceptos o pala­bras finitas. Lo único que puedo decir es que «Él me tocó (y ya nada me pareció lo mismo)». Si hay un período de «luna de miel» en la relación de alguien con Dios, la mía fue el siguiente año. Hubo «toques» repetidos siempre en un momento inesperado, siempre sorprendentes y siempre increíblemente cálidos. Durante aquel año leí por primera vez el poema de Gerard Manley Hopkins «El naufragio del "Deutschland"» y encontré en él las palabras poéticas para decir lo que yo estaba experimentando.

«¡Tú dominándome, oh Dios dador del aliento y el pan; ribera del mundo, vaivén del mar; Señor de vivos y muertos; Tú has aglutinado en mí huesos y venas, has fijado mi carne, y después, casi me has deshecho con un horror del que eres responsable, ¿y vuelves a tocarme de nuevo? Una y otra vez siento tu dedo y te encuentro».

De He Touched Me.

201

4 DE J U L I O

W J n la obra de Thornton Wilder Our Town, una mujer joven, Emily, muere, pero descubre que se le permite revivir de nuevo un día de su vida y elige el de su duodécimo cumpleaños. Cuando vuelve a la vida, se siente realmente ansiosa de saborear cada momento de aquel maravilloso día de su vida y lamenta no poder mirar cada una de las cosas con suficiente detalle. Entonces se da cuenta de que ninguno de los que la rodean comparte su alegría de vivir. Y suplica a su madre: «¡Venga, mirémonos la una a la otra de verdad!» Cuando, con gran tristeza, cae en la cuenta de que nadie la comprende, dice: «¡Oh tierra!, ¡oh vida!, sois demasiado maravillosas para que nadie se fije en vosotras. ¿Es algún ser humano consciente del significado de la vida mientras aún vive?».

Con frecuencia, yo mismo me he preguntado por qué no vivi­mos más plenamente, por qué no saboreamos cada momento de esta gran oportunidad llamada vida. La persona media sólo utili­za en el transcurso de su vida el diez por ciento de su potencial. ¿Qué sucede con el otro noventa por ciento? Yo tengo una teoría que me gustaría exponeros. En mi teoría hay una visión de la rea­lidad que controla todo lo que tiene que ver con nosotros y con nuestras vidas. Cada uno de nosotros percibe la realidad de mane­ra diferente. Nuestra visión incluye la forma de vernos a nosotros mismos, a los demás, la vida, el mundo que nos rodea y a Dios. Esa visión está dentro de ti, del mismo modo que hay una visión dentro de mí, pero cada uno tenemos una visión diferente y carac­terística que controla y regula nuestra capacidad de vivir y disfru­tar. Yo opino que la calidad de toda vida humana está determina­da por dicha visión. La capacidad de cada ser humano de partici­par en la vida, de unirse a la danza de la vida y de cantar los can­tos de la vida está controlada por esa visión.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

202

5 DE J U L I O

X uedo pedirte que proyectes un cortometraje casero en la panta­lla de tu imaginación? Imagina que llegas a tu casa una noche oscura y, para tu espanto, ves una serpiente de más de diez metros en el jardín. Entonces el corazón empieza a latirte enloquecida-mente, y la adrenalina a ser bombeada a tu corriente sanguínea. Rápidamente, tomas una azada y, en medio de tu pánico, cortas a la serpiente en pedazos. Satisfecho de su muerte, entras en tu casa e intentas calmar tus nervios con una bebida caliente. Más tarde, tumbado en la cama, sigues viendo, hasta con los ojos cerrados, la serpenteante forma que te encontraste en el césped.

Al día siguiente, vuelves al lugar en que mataste a la serpien­te y descubres, de nuevo para tu espanto, que nunca ha habido una serpiente en tu césped, sino que lo que yace en trozos ante tus ojos es simplemente la manguera del jardín que se había quedado sin recoger. Siempre fue una manguera, por supuesto; pero la noche anterior para ti fue una serpiente. Lo que viste la pasada noche era una serpiente, y todas tus acciones y reacciones las de­sencadenaron lo que viste. El miedo, la azada, la lucha, el esfuer­zo para tranquilizarte...; todo ello fue consecuencia de la visión de una serpiente de más de diez metros. (Fin de nuestra película casera. Por favor, enciende las luces).

La intención de este ejercicio de imaginación es ilustrar que todas nuestras acciones y reacciones emocionales y conductuales son consecuencia de nuestras percepciones. En el caso de la ser­piente, se trataba de una visión percibida con los ojos de la carne. Pero también tenemos una visión interna de la realidad, un modo sumamente personal y único de percibir la realidad, es decir, una visión percibida con los ojos de la mente. Vemos las diversas par­tes de la realidad a través de los ojos de nuestras mentes, y no hay dos personas que vean esas partes de la realidad exactamente del mismo modo. Tú tienes tu visión, y yo tengo la mía.

De The Christian Vision.

203

6 DE J U L I O

JL odos tenemos una visión, debido a la naturaleza misma de la mente y a su instinto de interpretar la realidad. Pero, además, necesitamos especialmente dicha visión, porque ella hace que nuestra vida sea coherente y predecible. El tener una visión nos permite saber cómo hemos de actuar. Sin una visión, del tipo que sea, seríamos seres psicológicamente ciegos y andaríamos a tien­tas y tropezando continuamente por un territorio completamen­te desconocido. Y no tardaríamos en sentirnos confundidos y fragmentados.

La mencionada visión nos sirve como recurso interior con el que poder elegir las reacciones apropiadas a personas, lugares y cosas, además de que constituye la fuente de nuestras reacciones emocionales. Como ya hemos dicho, todos nuestros esquemas y reacciones emocionales se basan en nuestras percepciones. Lo de menos es si la percepción es correcta o no lo es; lo cierto es que la reacción emocional será inevitablemente proporcional a nuestra percepción. Imaginemos, por ejemplo, que un niño deja olvidada en el jardín una serpiente de juguete. Si yo la percibo como una serpiente de verdad, poco importa que lo sea o no lo sea. Mi reac­ción emocional corresponderá a mi percepción.

Las emociones son siempre el resultado de una percepción y una interpretación determinadas. Sin embargo, las reacciones emocionales a una percepción determinada pueden producir un profundo efecto en ulteriores percepciones e interpretaciones. ¿Te has encontrado alguna vez completamente solo en una inmensa casa perdida en un remoto lugar? Imagínalo. E imagina también que por la noche oyes un ruido que no eres capaz de localizar ni de explicar. Puede haber sido el golpe de una ventana cerrada por el viento. A partir de ese momento, cualquier crujido y cualquier sombra resultan sospechosos. Es una especie de círculo vicioso. Una percepción origina unas reacciones emocionales, y la reacción emocional colorea y deforma ulteriores percepciones.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

204

7 DE J U L I O

3—i a visión cristiana de la realidad nos llama a salir del aisla­miento y nos introduce suavemente en el amplio mundo, en el drama de la existencia humana. La visión cristiana no tolera fácil­mente las «áreas cómodas» de la cobardía y el escapismo. Los puños cristianos, firmemente cerrados, aferran todo el espectro de la experiencia humana. Se nos reta a estar vivos en todos nuestros sentidos para percibir los signos y sonidos, el calor y el frío, las alturas y las profundidades, el ruido y el silencio del vasto mundo de Dios. La visión cristiana nos reta a la apertura emocional, a estar dispuestos a sentir tanto el dolor como el placer, el consuelo del amor y la desolación de la soledad, las agonías del fracaso y los éxtasis del éxito. La mente cristiana no lleva anteojeras, no cons­truye barricadas ni planta altos arbustos alrededor de su territorio. Sabe que en algún lugar un recién nacido reposa en los brazos de su madre y, al mismo tiempo, en algún otro lugar un ser humano suda y se retuerce de dolor sin esperanza de alivio inmediato. Finalmente, el corazón cristiano, que es el único que puede ver correctamente, tiende la mano para, amando este mundo, llamar­lo a la vida.

Debo elegir esta visión cristiana. Es la elección más importan­te que haré en mi vida. Es la elección que verdaderamente me liberará, pero debo ser yo quien la elija. Las bienaventuranzas de Jesús son fórmulas para la felicidad, pero debo apropiarme de ellas, hacerlas mías, si voy a tener un corazón que cante y un espí­ritu que lo celebre.

De The Christian Vision.

205

8 DE J U L I O

4 -ZJLl comienzo de su actividad como rabí o maestro a la edad usual, que era los treinta años, Jesús empezó a reclutar discípulos. Todos los rabís de la época lo hacían. Sin embargo, doce de lo ele­gidos por Jesús fueron llamados a desempeñar un papel especial e invitados a una particular intimidad.

Jesús dedicó la mayor parte de los siguientes tres años a pre­parar a aquellos doce hombres. La visión del maestro fue gradual­mente expuesta ante ellos mediante la persona y la enseñanza del propio Jesús. En su enseñanza, el Señor solía utilizar una forma literaria que comenzaba del siguiente modo: «Bienaventurados (dichosos) los...». Llamamos a esto bienaventuranzas, porque la palabra latina beatus significa «dichoso». Estas bienaventuranzas fueron y son la fórmula de Jesús para una felicidad auténtica y una vida plena. Llaman a una profunda entrega en la fe. «¡Bienaventurado (dichoso) quien deposite su fe en mí!» (véase Lucas 7,23).

Estas nuevas bienaventuranzas pusieron en cuestión muchas de las viejas actitudes de los doce. De hecho, Jesús les decía que sus apuestas vitales habían sido mal situadas. Las cosas que ellos pensaban que les harían felices, Jesús les decía que eran ilusiones vacías que sólo podían desilusionarlos. Con frecuencia daba la sensación de que su enseñanza pedía cosas casi imposibles.

En cierta ocasión me dio por pensar que los doce apóstoles eran un poco cortos de entendederas, que no poseían las suficien­tes luces o la inteligencia para aprender las lecciones de su Maestro. Había encontrado diecisiete lugares en los evangelios donde Jesús les pregunta: «¿Seguís sin entender?» En nuestra jerga actual probablemente lo traduciríamos así: «No entendéis ni jota, ¿verdad?» En el pasado pensé de este modo, pero ahora no. Ahora pienso que el auténtico desafío de Jesús no era una cues­tión de inteligencia, sino, en última instancia, un desafío para renunciar a la vieja visión y aceptar la nueva. Era una cuestión de fe radical y de profunda confianza.

De The Christian Vision.

206

9 DE J U L I O

Vrf/n principio vital es una intención generalizada y aceptada de llevar a cabo un propósito, que se aplica a decisiones y circuns­tancias concretas. Por ejemplo, «Se debe hacer el bien, y evitar el mal». Si éste es uno de mis principios vitales, cuando tenga que tomar una decisión concreta en la que estén implicados el bien y el mal, mi principio me llevará a decidirme por lo que sea bueno y a evitar lo que sea malo.

Lo que yo sugiero es que todos tenemos un principio vital do­minante. Puede que sea difícil sacarlo de las oscuras regiones sub­conscientes para afrontar un examen a plena luz, pero ahí está. En cada uno de nosotros hay un conjunto de necesidades, objetivos o valores que nos preocupan psicológicamente. En todas las idas y venidas de la vida cotidiana hay algo que domina todos nuestros demás deseos. Este principio vital está presente en la estructura de nuestras decisiones como el tema dominante en una pieza musical: es recurrente y se escucha en diferentes situaciones. Na­turalmente, sólo tú puedes responder por ti mismo, del mismo modo que sólo yo puedo responder por mí mismo la pregunta sobre cuál es mi principio vital.

Por ejemplo, algunas personas buscan ante todo y sobre todo seguridad. Evitan todos los lugares donde el peligro pueda estar al acecho, aunque la oportunidad pueda también estar esperándolos en ese mismo lugar. No se arriesgan, no apuestan. Permanecen en casa por la noche y no revelan a nadie su yo más profundo. Dicen que es mejor sentirse seguro que lamentarse. La misma clase de minúscula reseña puede hacerse de una persona cuya principal preocupación y principio vital sea el deber, el reconocimiento, el dine­ro, la fama, la necesidad, el éxito, las relaciones, la aprobación de los demás o el poder.

De Unconditional Love.

207

10 DE J U L I O

s muy importante caer en la cuenta de que somos criaturas de costumbres. Cada vez que pensamos de una manera determi­nada, buscamos un bien concreto o utilizamos un motivo dado, dentro de nosotros se está formando y profundizando una cos­tumbre. Como un surco que está siendo trazado, cada repetición añade más profundidad a la costumbre. (¿Has intentado alguna vez romper una costumbre? Entonces ya sabes lo que intento decir).

Y lo mismo sucede con cualquier principio vital: cada vez que se emplee se hará una costumbre más profunda y permanente. Y en el crepúsculo de la vida nuestras costumbres nos gobiernan, porque definen y dictan nuestras acciones y reacciones. Como dice el proverbio, moriremos como hayamos vivido. Las personas que en la ancianidad se muestran egoístas y exigentes, así como las que son «maduras» y tolerantes, no se han vuelto así en los últi­mos años de su vida. Los viejos maniáticos han practicado toda su vida, del mismo modo que los viejos santos. Simplemente han practicado diferentes principios vitales. En lo que vosotros y yo nos convirtamos al final de nuestra vida, dependerá de lo que decidamos e intentemos ser en ese preciso instante. Hay una deci­sión fundamental, un principio vital, que un día penetrará hasta la médula de nuestros huesos y circulará junto con la sangre por nuestras venas. No cabe duda de que moriremos como hayamos vivido.

De Unconditional Love.

E

208

11 DE J U L I O

• >ctr.y convencido de que no puede haber cambio alguno en ninguna vida humana, en la calidad de vida y en la participación de la persona en la vida, hasta que la persona cambie su visión de la realidad. Recuerdo haber reflexionado intensamente acerca de ello hace mucho tiempo, en mis años de formación. Me había res­friado y, a última hora de la tarde, fui a la enfermería a conseguir algún medicamento. Mientras esperaba en el pasillo de la enfer­mería, vi cómo el hermano enfermero arropaba a dos ancianos sacerdotes que estaban en cama. Mientras colocaba la manta del primero de ellos, el anciano gruñó: «Aparta la cara. ¿Qué piensas que estás haciendo?» Pero cuando el hermano entró en la habita­ción de al lado e hizo exactamente lo mismo al segundo sacerdo­te, el anciano dijo: «Hermano, ¡qué bueno eres con nosotros! Esta noche, antes de dormirme, voy a rezar una oración especial exclu­sivamente por ti». Mientras yo estaba allí, en el pasillo, mi pensa­miento retumbó como un trueno: algún día yo seré uno de estos dos ancianos. ¿Cuál? Incluso entonces, tenía bastante claro que no tomaría la decisión en la vejez, porque ese tipo de decisiones no se toman cuando se es anciano. Sé que estoy tomando esa deci­sión en este preciso instante; estoy eligiendo, ensayando y practi­cando una visión definida justamente ahora. Cada vez que nos percibimos a nosotros mismos, a los demás, la vida, el mundo y a Dios de una manera determinada, estamos profundizando los hábitos que tendremos en la ancianidad. Cada vez que actúo de acuerdo con las intuiciones que tengo ahora, estoy decidiendo mi futuro y eligiendo ser un anciano amable o desagradable. Nuestro ayer gravita pesadamente sobre nuestro presente, y nuestro pre­sente gravitará pesadamente sobre nuestro futuro.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

209

12 DE J U L I O

\ J na de las frases más sorprendentes que he leído en un libro es de El diario de Ana Frank. Ana escribió el libro mientras era per­seguida por los nazis. Cuando se estaba literalmente jugando la vida, Ana Frank escribió en su diario: «Estoy convencida de que, en lo más profundo de su corazón, todas las personas son buenas». Cuando leo esta frase y considero las circunstancias en que fue escrita, me pregunto siempre: «¿Lo crees de verdad, Ana? Con toda la maldad que estás experimentando, en medio de todo ese odio hacia ti porque llevas en las venas sangre judía, mientras estás escondida y aterrorizada por cualquier ruido, ¿puedes real­mente creerlo?; ¿es verdad que todas las personas, en lo más pro­fundo de su corazón, son buenas?».

También recuerdo haber encontrado un punto de vista bas­tante saludable respecto de los demás en la penitenciaría estatal de Illinois, a la que fui a visitar a un preso. Mientras entraba junto a los demás visitantes, me encontré caminando al lado de una anciana negra que rezumaba amor y acogida a cuantos la rodea­ban. De hecho, aquella encantadora señora hacía cuanto podía por alegrar la deprimente atmósfera de la prisión. Finalmente le dije: «Me parece que usted reparte una gran cantidad de alegría por este mundo. Le gustan realmente las personas, ¿verdad?» Y ella me respondió: «Muchas gracias. En mi mundo no hay extraños, ¿sabe usted? Todos son hermanos y hermanas, aunque a algunos de ellos aún no los conozco». Me quedé mirándola y vi que lo decía realmente convencida. En su yo más profundo estaba persuadida. No es de extrañar que fuera tan feliz y cariñosa.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

210

13 DE J U L I O

* J a parte más importante de la visión de la realidad es la visión de mí mismo. Si, por ejemplo, yo me considero una persona inú­til, puedo ciertamente prever que habré de experimentar muchas y muy persistentes emociones dolorosas (desaliento, depresión, tristeza y hasta sentimientos suicidas). Pero si, gracias al amor incondicional de otra persona que me ayude a afirmarme, consi­go verificar que en realidad soy una persona decente y digna de amor y de estima, entonces se modificará radicalmente toda esa pauta de reacciones emocionales. A medida que la distorsión vaya desapareciendo de mi autopercepción, poco a poco me iré trans­formando en una persona segura de sí misma, confiada y feliz.

Si yo te considero a ti mi amigo, cuando me encuentro conti­go mis emociones serán cálidas y positivas. En cambio, si te veo como un enemigo y un competidor, mis emociones serán justa­mente las contrarias. Tal vez recuerdes estos versos:

«Dos hombres miraban a través de los barrotes de su celda.

El uno no veía más que fango; el otro, en cambio, veía estrellas».

En la búsqueda de la plenitud de la vida humana, todo depende de ese marco de referencia, de esa perspectiva habitual, de esa vi­sión fundamental que tenemos de nosotros mismos, de los demás, de la vida, del mundo y de Dios. «Sólo se obtiene lo que se ve».

Consiguientemente, si tú o yo hemos de cambiar y llegar a ser personas más plenamente humanas y más plenamente vivas, cier­tamente tendremos que ser conscientes de nuestra visión y esfor­zarnos pacientemente por corregir sus desequilibrios y eliminar sus distorsiones. Todo crecimiento real y permanente debe comenzar por aquí. Una persona tímida puede ser convencida de que debe adoptar un aspecto de confianza y seguridad en sí misma; pero eso no será más que una máscara que vendrá a ocu­par el lugar de otra máscara distinta. De hecho, no puede produ­cirse en nosotros un verdadero cambio ni un verdadero creci­miento mientras no cambie nuestra percepción fundamental de la realidad, nuestra visión.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

211

14 DE J U L I O

r x^rfuanto mejor entiendo a Jesús y su buena nueva, mas me parece que la espiritualidad cristiana implica tanto un espíritu de posesión como de desposesión. El genio de la espiritualidad cris­tiana radica en ser capaz de integrar y armonizar estos dos espíri­tus. El espíritu de posesión nos lleva a abrazar la vida en todos sus aspectos. La gloria de Dios es la persona que está plenamente viva. El espíritu cristiano de posesión ve una belleza única en cada una de las estaciones del año, oye la música y la poesía del universo, percibe la fragancia de un día primaveral y acaricia los suaves pétalos de la flor. El espíritu de posesión tiende a hacerme plena­mente vivo en mis sentidos, emociones, mente y voluntad. Me ayuda a funcionar plenamente en todos los aspectos de mi talen­to único.

El genio de la espiritualidad cristiana consiste en integrar este espíritu de posesión con el espíritu de desposesión. El espíritu de desposesión impide que las cosas buenas y maravillosas de este mundo se adueñen de mí, me posean o me encadenen. La despo­sesión implica que yo siempre soy libre, mi propia persona, libera­da de la tiranía que la posesión puede fácilmente ejercer sobre nosotros.

Un viejo adagio dice: «Todos nacemos con los puños cerrados, pero debemos morir con las manos abiertas». Me gusta este sim­bolismo de los puños cerrados y las manos abiertas. Ambas expre­siones simbolizan bien los espíritus de posesión y desposesión en la espiritualidad de la encarnación cristiana. Extiendo los brazos para tomar entre mis manos la plenitud de la vida y la creación. Pero no aferró nada con tanta fuerza que no pueda renunciar a ello.

De The Christian Vision.

212

15 DE J U L I O

T m 4 a comprensión crucial que abre toda una dimensión del cre­cimiento espiritual es la siguiente: algo en mí —mis actitudes, mi visión de la realidad— determina todas mis acciones y reacciones, tanto emocionales como conductuales. Algo que hay en mí escri­be la historia de mi vida, haciéndola triste y penosa o alegre y pacífica. En última instancia, algo que hay en mí hace que la aventura de mi vida sea un éxito o un fracaso. Cuanto antes lo reconozca, asumiendo la responsabilidad de mis acciones y reac­ciones, tanto más rápido avanzaré hacia mi destino: la plenitud de vida y la paz, que son el legado del Señor.

No debo permitir que esto quede en meras palabras, en un reconocimiento de dientes para afuera, sino que debo preguntar­me si lo creo realmente. ¿Estoy realmente convencido de que mis actitudes internas evalúan a las personas, los acontecimientos y las situaciones de mi vida y regulan todas mis reacciones? Si es así, debo seguir adelante y preguntar: «¿Creo realmente que tengo el poder de cambiar estas actitudes, siempre que sea necesario, en orden a tener una vida plena y llena de sentido? Si estoy conven­cido de ambos aspectos, entonces debo cerrar todas las puertas de huida de la realidad y caminar valientemente por el pasillo de la responsabilidad personal. Debo resistir la omnipresente tentación de culpar a otras personas, de quejarme de las circunstancias pasadas y presentes de mi vida, incluido el clima y la posición de las estrellas. En su auténtico sentido, debo convertirme en «dueño de mi destino» y, ante Dios, asumir la responsabilidad de mi pro­pia felicidad.

En consecuencia, la pregunta clave y útil no es: ¿se cumplirán hoy mis deseos?; ni tampoco: ¿tendré oportunidades?; ni: ¿cómo puedo cambiar a todas estas personas que me rodean, me oprimen y me arrastran consigo?; sino que la única pregunta clave y útil es: ¿qué hay en mí? Lo que configurará, influirá y dictará la historia de mi vida no es lo que me sucede a mí, sino lo que sucede en mí.

De The Christian Vision.

213

16 DE J U L I O

s extremadamente importante que no huyamos de nuestra incomodidad, sino que penetremos en ella y la examinemos. La incomodidad es un signo, un maestro que nos imparte una valio­sa lección. El modo de penetrar en nuestra incomodidad prove­chosamente y encontrar el origen de nuestra dificultad consiste normalmente en hacer la siguiente pregunta: ¿qué hay en mí? Debo preguntarme: ¿cómo me veo a mí mismo, a esta otra perso­na, esta situación? Mis reacciones físicas, emocionales y conduc-tuales son, en último término, resultado de mi punto de vista; son consecuencia de mis actitudes. En la mayor parte de los momen­tos de incomodidad experimento el efecto de mis actitudes en mi cuerpo, mis sentimientos, mis acciones y mis reacciones. Y es muy importante que descubra la causa de esta incomodidad: ¿qué hay en mí?; ¿cómo me percibo a mí mismo, al otro, esta circunstancia? La respuesta honesta a estas preguntas explicará mis reacciones corporales, emocionales y conductuales.

Después de haber localizado la actitud en cuestión, debo ha­cerme otra pregunta: ¿hay un modo distinto de verme a mí mis­mo, a esta otra persona, esta situación?; ¿se me ocurre otro medio más realista, más sano, más cristiano? Debo caer en la cuenta de que hay otras personas que, si estuvieran en mi lugar en este momento, permanecerían en paz, optimistas, amables y tranqui­las. ¿Cómo percibirían ellas este momento y estas circunstancias de mi vida si fueran yo?; ¿cómo me sugeriría Jesús que debo verme a mí mismo, a esta otra persona, esta situación?

De The Ckristian Vision.

E

214

17 DE J U L I O

¿\*J ómo reviso mi visión de la realidad?; ¿cómo puedo cambiar las actitudes que me paralizan, que me impiden ser una persona plenamente viva y feliz?

La expresión que utilizamos para referirnos a esa revisión es «terapia de la visión», que es un proceso de eliminación de un hábito para adquirir otro nuevo. Si tengo un viejo hábito de pen­samiento o de percepción, una actitud que ha demostrado ser pa­ralizante y destructiva, tengo que suprimirlo y sustituirlo por una actitud o hábito de pensamiento nuevo, constructivo y vivificante.

Antes de poder comenzar esta tarea, cuyo fin es el cambio, de­bemos aprender a identificar las actitudes que distorsionan nues­tra visión de la realidad y nos causan una seria incomodidad. Por ejemplo: «debo agradar a todo el mundo». Las personas que tienen esta actitud están destinadas a la decepción, porque se trata de un ideal inalcanzable que sólo deja espacio para el fracaso y el desá­nimo. Sencillamente, es imposible agradar a todo el mundo. O, por poner otro ejemplo: «Debo hacer todo perfectamente». De la misma manera, los perfeccionistas se sumen a sí mismos en las profundidades de la desesperación. Nunca pueden disfrutar de sus logros personales, porque no pasan la prueba de la perfección.

De la cassette The Fully Alive Experience.

215

18 DE J U L I O

JL ara eliminar un patrón de pensamiento distorsionado, una acti­tud paralizante, tenemos que encontrar una enunciación de la verdad simple y directa que sustituya al error de nuestra actitud paralizante. A esta enunciación se le llama «contralógica» o «con­tradesafío», y a su uso o al proceso se le llama «contrarrestador». Investigaciones recientes denominan a este método «Inhibición Cortical Voluntaria» o «icv», porque inhibimos voluntariamente los viejos pensamientos o patrones cerebrales (corticales). Cuando se encuentra una contralógica efectiva, se utiliza como un arma ofensiva, para atacar la falsedad en nuestro pensamiento habitual.

Por ejemplo, si siento la tentación de pensar que no soy nadie, cada vez que surja en mí este pensamiento o sentimiento, lo de­tengo o inhibo con mi contralógica: «Soy alguien. ¡Soy el único y singular yo!».

El pensamiento y la expresión están tan estrechamente uni­dos en nosotros que son como una mano enguantada. Siempre que pensamos algo, inconscientemente verbalizamos nuestro pensamiento. Si cambiamos la verbalización, también cambiare­mos el pensamiento. Como la mano enguantada, si cambio la posición de mi mano dentro del guante, la posición del guante cambiará también. Análogamente, si verbalizo mi nueva actitud, mi pensamiento cambiará con ella. Cuanto más diga: «Soy al­guien», tanto más convencido estaré. Y cuanto más lo piense, tanto más arraigado estará el nuevo hábito, que, finalmente, se convertirá en una parte de mí. Los viejos patrones de pensamien­to paralizantes y limitadores de la vida son inhibidos por una decisión consciente y sustituidos por unas actitudes nuevas y vivificantes.

De la cassette The FullyAlive Experience.

216

19 DE J U L I O

I ™o cabe duda de que el «contrarrestar» o el uso de la «contra­lógica» me ha cambiado a mí y mi vida. Me he repetido muchas veces la contralógica: «Soy mayor que esto». Siempre he creído que el tamaño de una persona se mide por el tamaño de las cosas que la perturban, y yo no quería ser del tamaño de esas trivialida­des que habitualmente me irritaban. Cuanto más repetía «Soy mayor que esto (una insignificante irritación o fricción)», cuanto más pensaba y sentía de ese modo, tanto más crecía y tanto más libre me hacía.

Otra contralógica útil, al menos para mí, es: «Soy un actor, no un reactor». Esto para mí significa que no permitiré que ninguna otra persona decida cómo voy a actuar. Si alguien decide ser mez­quino, yo no tengo por qué seguir hábitos de comportamien­to mezquinos. Si alguien decide estar enfadado o ser malpensado, yo no tengo por qué apartarme de mi decisión personal de ser una persona amante. Yo decido cómo actuar. Soy un actor, no un reactor.

Finalmente, un amigo psiquiatra respondió en cierta ocasión una pregunta importante para mí haciéndome otra. Siempre que me enfrentaba al egoísmo, me sentía decepcionado. Sufría real­mente siempre que lo percibía, y me resultaba muy frustrante. Y el bueno del doctor me preguntó: «¿Te han dolido alguna vez las muelas?» «Sí», respondí. «¿Y en quién pensabas cuando te dolían las muelas?», me volvió a preguntar. «En mí, por supuesto», le dije bruscamente. Entonces me replicó: «Ahí tienes la respuesta. Las personas egocéntricas son personas heridas, y su dolor magnetiza toda su atención». Yo he utilizado esa misma pregunta: «¿Te han dolido alguna vez las muelas?» como una contralógica siempre que me he encontrado con algo similar al egocentrismo, y me ha ayudado a ser más compasivo y, ciertamente, mucho más feliz.

De la cassette The FullyAlive Experience.

217

20 DE J U L I O

v / t r o medio eficaz de revisar una actitud paralizante es encon­trar un «modelo». Partimos del supuesto de que has encontrado en ti mismo una actitud incapacitante. Entonces buscas a alguien, un personaje histórico o una persona viva, que sea modelo de la acti­tud que a ti te gustaría adoptar. De modo que estudias a esa per­sona o hablas con ella, le haces preguntas e intentas explorar su pensamiento. Después te lo pruebas para ver si te vale, te pruebas el pensamiento o la actitud de ese «modelo». Así consigues sentir lo que se siente al pensar como esa persona. Al explorar su acti­tud, logras la sensación de paz que debe sentir una persona que piensa de tal modo. Sientes el gozo, la vitalidad y la libertad resul­tantes de tal actitud.

Los psicólogos llaman a esto «introyección». Introyectamos la mentalidad de otra persona. En cierta medida, todos lo hacemos. Solemos hacerlo cuando vemos una película y pensamos y senti­mos lo que la persona de la pantalla piensa y siente.

Uno de mis modelos favoritos es santo Tomás Moro. Las caras de muchos santos se parecen a la corteza de los árboles y además tienen mal aliento espiritual. Esos santos no me resultan atracti­vos. Pero Tomás Moro sí era un santo como yo querría ser. Tenía un elevado sentido del honor y del deber, junto con un maravillo­so sentido de humor. Murió por sus ideas, pero llegó a bromear con el hombre designado para decapitarle. Le dijo que no se sin­tiera mal, y luego añadió: «Todos nos encontraremos jubilosa­mente en el cielo». Cuando leo la obra de Robert Bolt o veo la pelí­cula que hicieron basándose en ella, A Man ForAll Seasons, pienso para mí: cuando crezca, quiero ser como ese hombre.

De la cassette The FullyAlive Experience.

218

2 1 DE J U L I O

an Pablo propone a Jesús como modelo para los filipenses. Los antecedentes históricos parece que consistieron en muchos sub­terfugios, jactancia, maniobras y manipulaciones para lograr posi­ciones de importancia. Aprovecha algún momento para releer el capítulo 3 de la Carta a los Filipenses de Pablo.

Pablo dice: introyectad la mente de Jesús; tomadle como mo­delo. Aunque Jesús fuera el Hijo de Dios, no pensaba que la gloria de Dios era algo a lo que aferrarse. Y la superó. Se vació de sí mis­mo y asumió la condición de esclavo, de siervo. Adoptó nuestra naturaleza humana y, en su naturaleza humana, fue obediente, incluso en la más vergonzosa de todas las muertes, la muerte en la cruz. Medita acerca de esto. Medita acerca de él. «Ten esta mente en ti..., la mente de Jesús».

Una joven, Simone Weil, dijo en cierta ocasión que se ponía verde de envidia cuando pensaba en Jesús muriendo en la cruz, rezando por los que le clavaron en esa cruz, prometiendo al «Buen Ladrón» un lugar en el Paraíso, expresando preocupación por su madre y encomendando su espíritu a su Padre.

De la cassette The Vully Alive Experience.

s

219

2 2 DE J U L I O

JLodos tenemos «áreas cómodas», ámbitos en los que nos senti­mos a gusto. Estas áreas cómodas tienen que ver con nuestro modo de vestir, con las emociones que podemos expresar cómo­damente, con las cosas que intentamos, con las profundidades en las que nos revelamos, con nuestra apertura al cambio, etc.

Mientras permanecemos dentro de estas áreas cómodas, nos limitamos a repetir lo que siempre hemos hecho. No cambiamos. No crecemos. Cada día es muy similar al anterior, y el mañana será muy similar al día de hoy. Todos nuestros días son copias unos de otros.

Y nos gustan nuestras áreas cómodas, aunque no hay duda de que reducen el mundo en que vivimos. Sabemos cómo movernos dentro de ellas. Sabemos cómo arreglárnoslas en nuestras fami­liares áreas cómodas. En ellas nos sentimos «seguros».

Si me prometes que vas a quedarte dentro de tu área cómoda, podré decirte cómo serás al final de tu vida: serás igual que ahora, pero con tus características aún más acentuadas.

Si me prometes que vas a expandirte, a salir de tus áreas cómodas, no puedo predecir tu futuro. El límite es el cielo.

De la cassette The Fully Alive Experience.

220

2 3 DE J U L I O

E tercer modo de cambiar una actitud paralizante y reductora es lo que llamamos «expandirse». Básicamente significa que al salir de lo que denominamos «áreas cómodas», expandimos nues­tra conciencia del potencial personal. Cuando nos «expandimos», (respiramos profundamente y luego) hacemos algo correcto y ra­zonable, algo que nunca nos habíamos atrevido a intentar.

Por eso muchas veces nos escabullimos diciendo: «¡Soy inca­paz de hablar ante una gran audiencia!»; «Ése no soy yo. Yo soy una persona muy reservada». Al decir este tipo de cosas, nos limi­tamos a nosotros mismos, enterramos nuestro potencial. Los estu­diosos de la naturaleza humana dicen que la persona media úni­camente utiliza alrededor de un diez por ciento de su potencial.

Al aprender a expandirnos, no debemos comenzar con saltos de gigante, porque podríamos sentirnos desanimados. Es preferi­ble disculparse; admitir que se estaba equivocado; expresar una emoción que siempre producía pánico; reservarse algo de tiempo sin sentirse culpable; hacer un favor a alguien anónimamente; hablar a alguien a quien se ignoraba; elogiar a alguien que nunca te ha elogiado; decir «no» a una petición sin dar explicaciones o sentirse culpable; tomar la mano de alguien; intentar algo en lo que se puede fracasar y, de este modo, perder el miedo al fraca­so; dar el primer paso al comenzar una relación; compartir un secreto acerca de uno mismo que siempre ha resultado muy difí­cil revelar...

«Expandirse» significa tener una vida más plena y un mundo más amplio. No te mueras sin haber utilizado el noventa por cien­to de tu potencial.

De la cassette The Fully Alive Experience.

221

2 4 DE J U L I O

JLJL ay dos medios de cambiar: podemos pensar en una nueva forma de actuar, o podemos actuar de acuerdo con una nueva forma de pensar.

Expandirse es un ejemplo de lo último. Siempre que nos ex­pandimos saliendo de nuestras áreas cómodas, expandimos la conciencia de nuestro potencial. Y después de habernos expandi­do, pensamos de manera diferente. Por ejemplo, puede que me considere una persona incapaz de hablar en público o de decir a alguien que le amo, así que me expando, me fuerzo a hacerlo, salgo de mi área cómoda.

Después pensaré en mí como alguien que puede hablar en pú­blico o compartir su amor. Puedo hacerlo. Sí, puedo, porque ya lo he hecho. Así ocurrió la primera vez que nadamos sin la ayuda de nadie. «¡Sé nadar!», anunciamos al mundo. Y nuestro concepto de nosotros mismos fue diferente después de aquello. Antes pensá­bamos que no podíamos, pero después pensamos que sí éramos capaces de hacerlo.

Habíamos actuado de acuerdo con una nueva forma de pensar.

De la cassette The FullyAlive Experience.

222

2 5 DE J U L I O

\^J na vez que una persona comienza a expandirse, a salir de las viejas áreas cómodas e intentar lo nunca antes intentado, pronto desarrolla una «mentalidad de expansión». Al menos ésa ha sido mi experiencia y la de otros que me la han confiado. Cada vez que me expando, siento que me voy adueñando de mis miedos, noto que mi mundo se hace más amplío y descubro en mí talentos que ignoraba.

Recuerdo que, cuando estaba en el jardín de infancia, era el niño más tímido de mi clase, y mi existencia era penosa. Estoy realmente agradecido a las personas que me impulsaron a expan­dirme, a participar en debates y en concursos de oratoria cuando estaba en la enseñanza secundaria. Ahora la antigua timidez ha desaparecido, y soy libre para ser yo mismo.

Recordar los éxitos del pasado y gozar de las recompensas de mi expansión me ha ayudado a hacer de ésta un modo de vida. Estoy deseando enfrentarme a los desafíos que cada día conlleva, porque sé que cada desafío que soy capaz de afrontar me propor­ciona una nueva libertad: la de vivir, amar y utilizar los talentos que Dios me ha dado.

De la cassette The FullyAlive Experience.

223

2 6 DE J U L I O

E último método para cambiar una vieja actitud paralizante es la «oración». La practica de la oración ha sido muy importante en la configuración de mi vida; de hecho, creo que ha sido la fuente de cambio más importante para mí.

Pienso en Dios como en una toma de corriente eléctrica. Hay tanta fuerza que extraer... Suficiente para iluminar una ha­bitación, calentarla, proyectar una película, etc., etc. Pero tienes que estar conectado a todo ese poder. Y la oración es la que te conecta.

Un pre-requisito para tener éxito al conectarnos al poder de Dios es estar dispuestos a ser honestos y a estar abiertos en su pre­sencia. Si represento un papel con Dios, si le digo lo que creo que quiere escuchar, pero no lo que yo realmente pienso o siento, no puede haber una comunicación auténtica. Y lo mismo sucede con nuestros fracasos humanos en la comunicación. Si me pongo una máscara o represento un papel ante ti, sencillamente no puedes comunicarte conmigo. No te he dado un «yo real» con el que inte-ractuar. No es más que teatro.

En la oración tengo que abrirme por completo; tengo que ex­poner a Dios todas mis actitudes conocidas; tengo que estar des­nudo ante él. Éstos son mis miedos, mis dudas y mis dones, tal como yo los veo. A Dios le puedo decir cosas que no puedo decir a nadie más. Puedo decirle verdaderamente lo que pienso y cómo me siento. Y además debo hacerlo, porque sólo entonces puede Dios interactuar conmigo y poner nuevas ideas en mi mente; sólo entonces puede darme nuevas perspectivas y actitudes. Estoy seguro de que la mayoría de las intuiciones que me han cambiado han sido resultado de este tipo de oración.

Orar, en definitiva, es abrirme tan honestamente como pueda en un acto de auto-revelación, y después abrirme lo mejor que pueda para recibir la iluminación de Dios.

De la cassette The Fully Alive Experience.

224

27 DE J U L I O

• ' a oración debería impregnar toda la «terapia de la visión». Deberíamos pedirle a Dios que nos ilumine para localizar las acti­tudes que nos paralizan y distorsionan nuestra visión de la reali­dad. Deberíamos orar para recibir la gracia de cambiar, de encon­trar la contralógica que verdaderamente resitúe nuestros patro­nes de pensamiento. Deberíamos orar para encontrar los modelos que están a nuestro alcance y sacar provecho de ellos. Deberíamos orar para tener el valor de expandirnos, de alcanzar la estrella inalcanzable.

La oración debería invadir nuestras vidas. Para ser sincero, tengo que referirme al momento en que estaba a punto de hablar ante mi propia comunidad de jesuítas. Me encontraba sorpren­dentemente nervioso; tenía la boca seca y las manos frías. Cuando se acercaba el momento de dirigirme a ellos, comencé a orar. Después de varios intentos, no ocurría nada, así que le pregunté a Dios: «¿Intentas decirme algo?» Y Dios me dijo claramente que me estaba preparando para ofrecer una «representación teatral». Me aseguró que de mí no necesitaba representaciones, sino única­mente actos de amor. «Te estás preparando para ofrecer una repre­sentación a tus hermanos, para que sepan lo bueno que eres. Pero eso no es lo que ellos necesitan. Lo que necesitan es que los ames, para que sepan lo buenos que son».

Esto produjo un importante y radical cambio en mi vida. Desde entonces no he hecho nada —incluidas las clases que im­parto, las cosas que escribo y las conferencias que doy— sin pedir­le al Señor: «Ayúdame a hacer de esto un acto de amor. Por favor, no permitas que sea simplemente una representación teatral más».

De la cassette The Fully Alive Experience.

225

28 DE J U L I O

f o y a sugerir unas cuantas formas prácticas de hacer de la «tera­pia de la visión» un modo de vida:

Es muy útil tener siempre presentes la «contralógica» y los «modelos». Yo tengo los míos pegados al espejo, para que sean lo primero que veo por la mañana. También tengo mi «contralógica» en los marcapáginas de los libros. Y tengo imágenes de mis mode­los en las paredes de mi despacho.

En tu diario personal, haz una lista de las actitudes que limi­tan tu vida. Expresa en una contralógica casera la verdad que co­rrige el desequilibrio de cada actitud paralizante. Después, anota los nombres de las personas que parecen practicar las actitudes que a ti te gustaría tener: las personas que no se preocupan, si tu eres de esas que se preocupan en exceso; las personas que son rea­les y auténticas, si tú te sientes como una farsa viviente.

Posteriormente, pon esas actitudes en acción en tu vida. Recuerda lo que el famoso William James dijo en cierta ocasión: «El descubrimiento más importante de nuestra generación es que cambiando las actitudes internas de la mente podemos cambiar todos los aspectos externos de nuestra vida».

De la cassette The FullyAlive Experience.

226

2 9 DE J U L I O

JL JL ace algún tiempo, me contaba un amigo que, hallándose de vacaciones en las Bahamas, vio cómo se congregaba en el muelle del puerto una gran cantidad de gente. Tras inquirir el motivo de aquello, se enteró de que el objeto de tal interés lo constituía un joven que estaba ultimando los preparativos para un viaje en soli­tario alrededor del mundo en una embarcación que él mismo se había construido. Todas las personas que se hallaban en el mue­lle, sin excepción, expresaban abiertamente su pesimismo, y todas se esforzaban activamente en hacerle ver al arriesgado marino la infinidad de dificultades que habría de afrontar: «¡El sol te achi­charrará!... ¡Te quedarás sin víveres! ... ¡Tu barco no resistirá los embates de una tormenta!... ¡Nunca lo conseguirás!...».

Cuando mi amigo oyó todas aquellas desalentadoras adver­tencias, sintió un irresistible deseo de infundir ánimos y optimis­mo al emprendedor joven. Y cuando la pequeña embarcación empezó a alejarse del muelle, rumbo al horizonte, mi amigo corrió hasta el extremo del muelle y se puso a agitar enérgicamente los brazos como si fueran semáforos que deletrearan la palabra «con­fianza». Y gritaba: «.'¡Bon voyage! ¡Eres un valiente! ¡Estamos conti­go! ¡Estamos orgullosos de ti! ¡Buena suerte, hermano!».

A veces tengo la sensación de que existen dos clases de perso­nas: las que se sienten obligadas a decirnos todo lo que puede salimos mal cuando nos disponemos a adentrarnos en las desco­nocidas aguas de nuestra irrepetible existencia («Espera y verás, amigo, lo que te espera en este frío y despiadado mundo... Haz caso de lo que te digo...») y las que, de pie en el extremo del mue­lle, no dejan de animarnos y de tratar de contagiarnos su con­fianza: «¡Bon voyage!».

De Plenamente humano, plenamente vivo.

227

3 0 DE J U L I O

JL ara crecer como personas, necesitamos saber que contamos con el amor incondicional de alguien. No puede haber letra pequeña en el contrato; no puede haber balanzas para medir lo que se da y lo que se recibe. En una relación de amor no se discute sobre quién da más y quién da menos. La única clase de amor que pro­porciona la atmósfera necesaria para el crecimiento humano y el desarrollo personal sencillamente dice: «Te amo. No, no te lo has ganado. Y no tienes que merecerlo o que probarme lo valioso que eres. No tienes que pagar nada para conseguirlo. Ya ves, no pue­des comprarlo. No tiene precio. Sencillamente, lo tienes. Es el don que te entrego. Te amo».

Si se nos ocurre preguntar a alguien: «¿Por qué me amas?», nos buscamos un problema. Porque la otra persona podría res­ponder: «Te amo porque eres tan atractivo, tan guapo...» Y nos daríamos cuenta de que no siempre vamos a ser atractivos. No siempre seremos guapos. Algún día nuestro cuerpo perderá su juventud, nuestro pelo encanecerá y puede que se nos caigan los dientes. Y nuestro corazón, que conoce estas posibilidades, se pre­guntará: «¿Me amarás entonces?».

La única forma de poder verdaderamente ayudarte es amarte incondicionalmente. La única forma de que tú puedas ayudarme es ofrecerme ese mismo valioso regalo. Y la única pregunta perti­nente no es: «¿Por qué me amas?», sino únicamente: «¿Me amas?» Cuando la respuesta es «sí», cuando este «sí» es incondicional y para siempre, llega la primavera a mi vida. Porque es una invita­ción personal a vivir plenamente, y la gloria de Dios es la persona que está plenamente viva.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

228

3 1 DE J U L I O

M JL F i e gustaría decir a todos los escépticos respecto del amor que «el amor funciona para quienes lo trabajan». Tenemos que traba­jarnos el amor. Un trabajo artístico es, en principio y ante todo, un trabajo. El amor no viene envuelto en papel de celofán, perfecta­mente ensamblado, sino que es un «kit» del tipo «hágalo-usted-mismo». Tenemos que trabajarlo, construirlo día a día, pieza a pieza, poco a poco. Tenemos que trabajar el amor, porque no es algo que simplemente ocurra.

Además, el amor no es una emoción, un sentimiento, sino un compromiso con otra persona: «Te amo. Voy a ser lo que necesites que sea. Voy a hacer lo que necesites que haga. Voy a decir lo que necesites que diga. Esto es lo que quiero decir cuando digo "Te amo". Si tienes éxito, me regocijaré contigo; estaré en la primera fila de tus admiradores aplaudiéndote a rabiar. Si fracasas, estaré allí, silenciosamente a tu lado, dándote la mano. Esto es lo que significa mi compromiso de amarte».

El amor es dulce y bello. Pero también pondrá en tensión cada célula de determinación y valor que haya en nosotros. Es un audaz compromiso que invita al otro a considerarnos incondicionalmen­te de su parte. Da mi amor por supuesto, y ese amor nos guiará por caminos que no podíamos prever. Sé que tus necesidades cam­biarán día a día y, cuando cambies, trataré de adaptarme a esos cambios; intentaré ser lo que necesites que sea, y sé que no siem­pre será igual. E incluso si fracasas, si fracasaras en mis expecta­tivas además de en las tuyas, estáte convencido de que siempre te amaré. Quiero que mi amor sea verdadero, y el verdadero amor es para siempre. Nunca te retiraré mi amor.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

229

1 DE A G O S T O

E amor, en general, debería estar apoyado por sentimientos favorables, pero no es en sí mismo un sentimiento. Si lo fuera, sería una realidad muy voluble, y quienes lo construyeran como un sentimiento serían personas muy volubles también. El amor es una decisión y un compromiso. Mi vocación cristiana consiste en amar a todo el mundo, y esto significa que debo intentar hacer por cada persona con la que interactúo todo cuanto pueda para fomentar su crecimiento y su felicidad. Sin embargo, no puedo iniciar una relación de amor real y duradera con todas las perso­nas. Por lo tanto, debo decidir —y debería ser una decisión cuida­dosa— a quién y en qué nivel de compromiso deseo ofrecer mi amor.

Una vez tomada tal decisión, y presuponiendo que mi oferta de amor haya sido aceptada y sea correspondida, me encuentro, por libre y propia elección, comprometido con la felicidad, la segu­ridad y el bienestar de la persona que amo. Haré cuanto pueda para ayudar a esa persona a cumplir cualquier sueño que tenga. A esto me comprometo cuando ofrezco mi amor. Cuando me inte­rrogue acerca del lugar que el amor ocupa en mi vida, deberé pre­guntarme si hay alguna persona en mi vida cuyo crecimiento y felicidad sean tan reales o más reales para mí que los míos. Si es así, el amor ha entrado realmente en mi vida.

Incluso podría preguntar si hay alguna persona o causa por la que daría mi vida. Jesús nos dijo que éste es el amor más grande: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13)

De Unconditional Love.

230

2 DE A G O S T O

M—i\ compromiso de amar supondrá para mí una escucha más atenta y activa. Quiero realmente ser lo que tú necesites que sea, hacer lo que tú necesites que haga y decir aquello que fomente tu felicidad, seguridad y bienestar. Para descubrir tus necesidades, debo ser atento y cariñoso y estar abierto a lo que dices y a lo que no puedes decir. Sin embargo, la decisión final acerca de cuál es el «acto de amor» debe ser mía.

Esto significa que mi amor puede ser «duro», no todo dulzura y mimos. Puede que me pidas otra copa cuando ya estés borracho, o que me pidas que me una a ti en alguna impostura. Evidente­mente, si te amo de verdad, debo responder a estas demandas con un «¡No!» enfático. Si sigues un camino autodestructivo, como el del alcoholismo, encontrarás en mí un amor firme que te planta­rá cara. Pero, cuando lo necesites, mi amor también será «tierno». Si lo has intentado y has fracasado y necesitas una mano en la tuya en la oscuridad de la decepción, puedes contar con la mía.

Puede que en alguna ocasión te malinterprete y juzgue erró­neamente tus necesidades. Me ha sucedido con mucha frecuencia en el pasado. Pero quiero que sepas que mi decisión es amarte y mi compromiso tiene que ver con tu verdadera y duradera felici­dad. Estoy dedicado a tu crecimiento y realización como persona. Si te fallara, por falta de inteligencia o por exceso de debilidad, por favor, perdóname, trata de percibir mi intención y estáte seguro de que intentaré hacerlo mejor.

De Unconditional Love.

231

3 DE A G O S T O

XZay dos «mensajes» que todos los seres humanos necesitamos recibir y grabar: el de la afirmación y el de la responsabilidad per­sonal. Estos dos mensajes son como las dos piernas sobre las que una persona puede atravesar con éxito la vida. El mensaje de la afirmación dice: «Eres un ser humano singular, el único y exclusi­vo tú. Eres una criatura de Dios, hecha a su imagen y semejanza. Pero después de hacerte, rompió el molde. Nunca ha habido ni habrá otro tú. Eres un auténtico don para este mundo y una per­sona de inestimable valor». Y el mensaje de la responsabilidad es el siguiente: «A medida que vas madurando y te haciéndote adul­to, debes ir tomando tu vida en tus manos. Debes asumir la plena responsabilidad de tu vida, tus emociones y tus actitudes. El desenlace de tu vida está en tus manos. Cuando te miras al espe­jo, ves a la única persona que es responsable de tu felicidad».

Alguien ha comparado estos mensajes con «las raíces y las alas». Debemos entregar a los demás ambas cosas, las raíces y las alas. Las raíces de cualquier existencia humana son las raíces de la valía personal, de la confianza en uno mismo, del convenci­miento de la propia singularidad. Y el mensaje que ofrece raíces es el del amor incondicional. Las alas de una existencia humana son las alas de la responsabilidad personal. Dar a una persona alas es transmitirle el mensaje que dice: «Tienes cuanto necesitas para volar, para cantar tu propia canción, para dar calor al mundo con tu presencia. La dirección de tu vuelo, la canción que cantarás y el calor que proporcionarás a este mundo son responsabilidad tuya. Debes tomar tu vida en tus manos. No debes culpar a los demás ni quejarte de tu falta de oportunidades. Debes asumir la plena responsabilidad por el curso y la dirección de tu vida». El mensa­je de las raíces dice al individuo: «¡Tienes lo que hace falta!» El mensaje de las alas dice: «¡Ahora, a por todas!».

Del programa de vídeo Families.

232

4 DE A G O S T O

i " o hay una tercera posibilidad: el amor es o condicional o in­condicional. O impongo condiciones a mi amor por ti, o no. En la medida en que impongo condiciones, no te amo realmente. Sólo te estoy ofreciendo un intercambio, no un don. Y el amor verda­dero es y debe ser siempre un don gratuito.

El don de mi amor significa que quiero compartir contigo todo lo bueno. Tú no has ganado un concurso o probado tu valía para obtener este don. No se trata de merecer mi amor. No me hago ilu­siones pensando que ambos somos las mejores personas del mundo. Ni siquiera supongo que, de todas las personas disponi­bles, nosotros somos los más compatibles. Estoy seguro de que en alguna parte hay alguien que sería «mejor» para ti o para mí. Pero yo he elegido darte a ti mi don de amor, y tú has elegido amar­me a mí.

El mensaje esencial del amor incondicional es un mensaje de liberación: puedes ser como quieras y expresar todos tus pensa­mientos y sentimientos con absoluta confianza. No tienes que temer que el amor se esfume; no serás castigado por tu apertura o sinceridad. No hay cuota de admisión para mi amor, ni tampoco alquiler ni pago a plazos. Puede que haya días en los que estemos en desacuerdo y se interpongan entre nosotros algunas emociones perturbadoras; puede que haya veces en las que nos separen muchos kilómetros psicológicos y físicos; pero te he dado mi pala­bra con mi compromiso; he puesto mi vida en ese camino, y no me retractaré de la palabra dada. Por lo tanto, siéntete libre para ser tú mismo, para contarme tus reacciones positivas y negativas, para hablarme de tus sentimientos cálidos y fríos. Yo no puedo predecir siempre mis reacciones o garantizarte mi fuerza, pero hay algo que sé a ciencia cierta y que quiero que tú sepas: ¡no te recha­zaré! Me he comprometido con tu crecimiento y tu felicidad y siempre te amaré.

De Unconditional Love.

233

5 DE A G O S T O

R los diez años anteriores a la muerte de mi madre, acaecida en 1976, compartimos muchos, muchos secretos. En una ocasión le confié que había descubierto en mí miedo a la muerte. Todavía puedo ver a mi querida madre, postrada en cama, volver lenta­mente su cabeza posada en la almohada y mirarme con ojos tier­nos y comprensivos. Entonces me dijo:

«Desde que tú y tus hermanos sois mayores, ya no he temido a la muerte. No quería dejaros antes de que crecierais, mientras toda­vía erais pequeños. Pero ahora no tengo miedo a la muerte. Aunque, John, ¿sabes a lo que sí tengo miedo?, al dolor. Me resul­taría muy duro soportar una muerte dolorosa. Así que le he hecho al Señor la siguiente petición (en aquel momento fijó su mirada en la imagen del Señor que estaba al pie de su cama): "Cuando ven­gas a por mí, Jesús, entra de puntillas y bésame con ternura mien­tras duermo. No quiero morir con mucho dolor"».

Mi madre murió con ochenta y siete años...; por supuesto, mien­tras dormía. El Señor entró de puntillas en su dormitorio y la besó con ternura mientras estaba dormida: no podía negarle nada. Las últimas veinticuatro inconscientes horas de su vida me senté a su lado sosteniendo su mano en la mía. Juntos esperamos al Ángel de la Muerte, a que el Señor entrara de puntillas. Durante la espe­ra, estuve recordando todo lo que mi madre había hecho por mí. El contacto de sus suaves manos en la cabeza de un niño enfermo era tan curativo... Aquellas manos que yo sostenía habían cosido tanta ropa, cocinado tantos platos, hecho tantos bocadillos que luego envolvía en papel de estraza y metía en pequeñas bolsas marrones para que los lleváramos al colegio... Aquellas manos ata­ron mi primer par de zapatos, bañaron mi cuerpo cuando era un bebé y colocaron paños fríos sobre mi frente cuando tenía fiebre. También me dieron un sopapo cuando fue conveniente y me aca­riciaron cuando necesitaba ternura.

De The Silent Holocaust.

234

6 DE A G O S T O

c \*J uando hablamos sobre el tipo de amor con el que nos gusta­ría que nos amaran, la mayoría deberíamos especificar clara y enfáticamente que sea incondicional. No quiero que me ames por lo que pueda hacer por ti o porque satisfaga tus expectativas; no quiero tener que marchar al son de tus tambores. Quiero que me ames en lo bueno y en lo malo, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza, sin cuerdas que nos aten. Yo no puedo poner a la venta mi persona para comprar tu amor.

Sin embargo, cuando hablamos del tipo de amor que estamos dispuestos a dar, no está tan claro. La mayoría queremos tantear un poco más por si las cosas no funcionan. Nos aterroriza dar nuestra palabra y prometer fidelidad incondicional a ella. Quere­mos dejar una puerta abierta, una vía de escape. Es mucho más fácil ser una mariposa sin ataduras que revolotea de flor en flor. Es mucho más duro jugárselo todo en un compromiso incondicio­nal. Parece mucho menos terrorífico viajar con una tienda de cam­paña que edificar un hogar permanente.

De Unconditional Love.

235

7 DE A G O S T O

* ' n el amor, la limitación en el tiempo no es más que una de las condiciones que podemos poner a nuestro compromiso. «Te amaré mientras..., hasta que...» En la película Las mariposas son libres aparece el personaje de una superficial y atolondrada ninfa, espléndidamente interpretada por Goldie Hawn, que huye de su amante ciego. Y explica su huida alegando precisamente la cegue­ra y la incapacidad de éste. En el momento más dramático de la película, el joven replica: «No estoy incapacitado. Estoy ciego, pero no incapacitado. Tú sí estás incapacitada, porque no eres capaz de comprometerte con nadie, de pertenecer a nadie».

El compromiso amoroso, a cualquier nivel, tiene que ser algo permanente, una apuesta de por vida. Si digo que soy tu amigo, siempre seré tu amigo, no sólo mientras se den ciertas circuns­tancias; nunca te fallaré. El verdadero amor no es como la punta retráctil de un bolígrafo. Si digo que yo soy tu hombre, siempre lo seré. Como dice otra vieja canción: «Cuando me enamore, será para siempre».

Cualquier otro tipo de amor pierde su efecto. Antes de renun­ciar a mis «operaciones de seguridad», a mis máscaras, «roles» y juegos, necesito saber que el amor que me ofreces es para siempre. No puedo responder a un amor temporal, provisional, a una ofer­ta con tanta letra pequeña y tantas notas a pie de página en el contrato.

De El secreto para seguir amando.

236

8 DE A G O S T O

Q que el: ¿ \ ^ u é tememos de la promesa de amor incondicional? Puede queel más perturbador de todos los temores sea que mi compro­miso de amor incondicional suponga en cierto modo una nega­ción o entrega de mí mismo, una triste despedida a la sensación de identidad independiente. Temo tener que abandonar mis inte­reses individuales y mis gustos personales. De hecho, si estos te­mores se hicieran realidad, puede que no hubiera relación de amor, porque una relación implica a dos. Kahlil Gibran dice en su libro The Prophet que el amor incondicional no debería concebirse como hacer de dos islas una sólida masa de tierra. Él sugiere que una relación amorosa debería ser como dos islas que permanecen separadas y distintas, pero cuyas orillas son bañadas por las aguas compartidas del amor. Rainer Maria Rilke dice: «El amor consiste en esto: que dos soledades se protejan, se acaricien y se acojan mutuamente». Una persona podría posiblemente entregar su pro­pia identidad a otra por falta de respeto hacia sí misma o por nece­sidad de aprobación, pero no en nombre del amor verdadero.

De Unconditional Love.

237

9 DE A G O S T O

JLre acuerdo con la leyenda, hubo un tiempo en el que Irlanda estaba regida por reyes, y el rey reinante no tenía hijos. Envió, pues, a sus mensajeros a poner carteles en los árboles de todas las ciudades de su reino. Los carteles anunciaban que todo joven cualificado debería solicitar una entrevista con el rey como posi­ble sucesor al trono. Sin embargo, todos los solicitantes debían cumplir estos dos requisitos: 1) amar a Dios; y 2) amar a sus semejantes.

El joven al que esta leyenda se refiere vio los carteles y refle­xionó sobre ello: él amaba verdaderamente a Dios y a los demás seres humanos. Sin embargo, era tan pobre que no tenía ropa apropiada para comparecer ante el rey ni disponía de medios para comprar provisiones para el viaje al castillo. Así que mendigó y pidió prestado, hasta que por fin tuvo suficiente dinero para ad­quirir la ropa adecuada y las provisiones necesarias. Finalmente, partió hacia el castillo, y casi había llegado a su destino cuando se tropezó con un pobre mendigo que estaba sentado a la orilla del camino. El mendigo temblaba porque estaba vestido sólo con harapos. Sus brazos extendidos imploraban ayuda, y su débil voz suplicó: «Tengo hambre y frío, ¿podría, por favor, ayudarme?».

El joven se sintió tan conmovido por la necesidad del pobre mendigo que inmediatamente se desprendió de su ropa nueva, se puso los harapos y, sin pensarlo dos veces, le dio al mendigo todas sus provisiones. Porque amaba a Dios y a sus semejantes.

De The Christian Vision.

238

10 DE A G O S T O

E joven de la antigua leyenda irlandesa (la lectura de ayer) se dirigió un tanto inseguro al castillo, vestido con los harapos del mendigo y sin provisiones para su vuelta a casa. Una vez llegado al castillo, un lacayo del rey le hizo pasar. Tras una larga espera, finalmente fue admitido en la sala del trono del rey. El joven se inclinó ante su rey. Cuando alzó la mirada, se quedó pasmado.

— «Usted..., usted es el mendigo que encontré a la orilla del camino».

— «Sí, yo era el mendigo» —respondió el rey.

— «Pero no es realmente un mendigo. Usted es el rey».

— «Sí, soy el rey».

— «¿Por qué me hizo eso?» —preguntó el joven.

— «Porque quería averiguar si de verdad amas, si amas real­mente a Dios y a tus semejantes. Sabía que si me acercaba a ti como rey, te habrías sentido muy impresionado por mi corona de oro y mis vestiduras regias. Habrías hecho todo lo que te hubiera pedido por mi apariencia real. Pero entonces nunca habría sabido lo que hay realmente en tu corazón. Por eso me acerqué a ti como un mendigo, sin más exigencia que el amor de tu corazón. Y he descubierto que verdaderamente amas a Dios y a tus semejantes. Así que tú serás mi sucesor y poseerás mi reino».

De The Christian Vision.

239

11 DE A G O S T O

el capítulo veinticinco del evangelio de Mateo, Jesús des­cribe el día del juicio final.

«Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer...».

Y entonces los justos, desconcertados, preguntarán al Señor:

«¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer?».

Y la respuesta de Jesús será la siguiente:

«Yo era el mendigo a la orilla del camino de vuestra vida. Me acer­qué a vosotros, no con la majestad y el esplendor de Dios, sino como un pobre y sencillo mendigo. No tenía más exigencia que el amor de vuestro corazón. Tenía que averiguar si erais capaces de abrir vuestras manos y vuestro corazón a las necesidades de vues­tro prójimo. Donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón, y tenía que descubrir dónde estaba vuestro corazón. He encontrado en él un gran amor. Y por eso tendréis para siempre un lugar en mi reino. Poseeréis el gozo que nunca han visto los ojos humanos, que nunca han escuchado los oídos humanos, que nunca se ha atrevi­do a soñar la imaginación humana. Entrad en la casa de vuestro Padre, donde he preparado un lugar especial exclusivamente para vosotros».

En definitiva, en ese último día y en ese juicio final sólo será im­portante una cosa: todos seremos juzgados por el amor que Dios encuentre en nuestros corazones.

De The Christian Vision.

240

12 DE A G O S T O

«i • J\ amor funciona!», me lo sigo repitiendo. Pero aparente­mente el amor sólo funciona para quienes lo trabajan. El amor funciona para aquellos que eligen el camino menos transitado y corren los riesgos de la apertura emocional completa. No cabe la menor duda de que nuestros sentimientos son únicos y resumen y reflejan toda nuestra experiencia vital y nuestra unicidad perso­nal. Si el verdadero don del amor es el don de nosotros mismos a través de la auto-revelación, entonces debemos confiar nuestros sentimientos a quienes amamos.

Y a aquellos que amamos debemos decirles: por favor, acoged estos sentimientos con manos benévolas. Y, cuando lo hagáis, recordad que son una parte muy importante de nosotros. Gracias.

De El verdadero yo: ¡en pie!

241

13 DE A G O S T O

JL or supuesto que es arriesgado revelar abiertamente nuestros sentimientos a alguien, así como acoger los sentimientos de otra persona. Es difícil abrirnos con generosidad y escuchar con sensi­bilidad. Pero debemos hacerlo si queremos decir a los demás lo que todos necesitamos escuchar: «Aquí está el don de mí mismo. Es el auténtico don que puedo ofrecerte... Y gracias por el don de ti mismo. Creo saber algo de lo que sientes».

Cuando las personas parecen odiosas, tal vez estén intentan­do decirnos: «No estás escuchando cómo me siento. No te pido que estés de acuerdo conmigo; no necesito que estés de acuerdo con lo que pienso o intento decir. Pero sí necesito realmente que me aceptes y me comprendas a mí y mis sentimientos. ¿Puedes? ¿Lo harás?».

Resulta igualmente difícil revelar los propios sentimientos, correr el riesgo de la transparencia emocional. Es como desnudar­se en público. Puedes volver a vestirte, pero los demás van a recor­dar siempre tu aspecto. Abrirnos a otra persona, dejar de mentir sobre nuestra soledad, dejar de ocultar nuestros temores y heri­das, estar abiertos acerca de nuestros afectos y decir a los demás lo que significan para nosotros es el difícil pero esencial trabajo del amor.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

242

14 DE A G O S T O

* ' a razón más frecuente por la que no explicitamos nuestras emociones es porque no queremos reconocerlas, por la razón que sea. Tememos que los demás puedan no pensar bien de nosotros, o incluso rechazarnos, o castigarnos de alguna manera por nues­tra franqueza emocional. En cierto modo, hemos sido «programa­dos» para no aceptar como parte de nosotros determinadas emo­ciones que, más bien, nos producen vergüenza. Eso sí: podemos racionalizar y decir que no podemos manifestar nuestras emocio­nes, porque no serían comprendidas, o que el manifestarlas servi­ría para perturbar una relación pacífica o para provocar en el otro una reacción emocionalmente borrascosa; pero todas nuestras razones son esencialmente fraudulentas, y nuestro silencio sólo puede producir relaciones igualmente fraudulentas. Quien no construya una relación sobre la transparencia y la sinceridad construye sobre arena, y semejante relación jamás podrá superar la prueba del tiempo; y ninguna de las partes obtendrá de dicha relación ningún beneficio que valga la pena.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

243

15 DE A G O S T O

X-<^escubrir nuestra faceta vulnerable y débil, nuestros temores y hábitos inmaduros, incluso nuestras falsedades y fingimientos, supondrá un gran alivio. Introducir al otro en nuestras «estancias secretas» será una experiencia liberadora. Y en el intercambio de esa comunicación, llegará a conocer nuestro auténtico yo. Nuestra comunicación ya no ofrecerá sólo una versión abreviada y amaña­da, sino que se verá lo que hay: nuestro único y exclusivo yo, nuestro yo auténtico.

No temeremos a los demás ni sentiremos la tentación de miti­ficar a quien nos parezca que lo tiene todo bajo control. Sabremos que los demás también cometen errores y experimentan en sí mis­mos la debilidad de la condición humana. Yo digo a las personas con quienes me relaciono: «Si alguna vez crees conocerme, seguro que sólo se trata de un fragmento de mí. Parte de mí se siente segura; otra parte de mí duda. Parte de mí es amor; otra parte de mí es egoísmo. Parte de mí tiene confianza; otra parte de mí des­confía. Parte de mí es orgullosa; otra parte es humilde». Paulati­namente me he ido sintiendo más contento de ser una persona ambivalente que parece estar dividida justo por la mitad.

De El verdadero yo: ¡en pie!

244

16 DE A G O S T O

ólo cuando estamos dispuestos a compartir todo nuestro ser, incluidas nuestras imperfecciones, estamos comunicándonos de verdad. Pero aún hay más: nuestra franqueza tendrá un efecto decisivo sobre los demás. La sinceridad, como cualquier otra face­ta humana, es contagiosa. Nuestra salida de los muros protectores para encontrarnos con los demás cara a cara les incitará a ellos a hacer lo mismo. Cuando somos auténticos y sinceros acerca de nuestra vulnerabilidad, los otros se sienten aliviados de inmedia­to, porque saben que hemos corrido el riesgo de exponer nuestras «imperfecciones». Y nuestra sinceridad les invita y les anima a quitarse sus máscaras, a revelar su yo profundo abierta y sincera­mente. Se sienten fortalecidos para asumir riesgos similares, y experimentarán una sensación de libertad análoga.

Finalmente, otra parcela de sabiduría que he obtenido gracias a un amigo de Alcohólicos Anónimos es la siguiente: «Cuantos más secretos, más enfermos». En la otra cara de la moneda está la expresión positiva de la misma verdad: cuanto más abiertos y sin­ceros seamos, más sanos estaremos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

s

245

17 DE A G O S T O

• J a comunicación es un libre intercambio de dones. El emisor ofrece el don de su yo a través de su auto-revelación, y el receptor acoge ese don con manos benévolas y comprensivas. Y esta res­puesta del receptor es en sí misma un don tan alentador y positi­vo que merece algún tipo de expresión de gratitud.

Cuando alguien está dispuesto a escuchar, lo primero que debe hacer es dejar a un lado su propia vida para conceder al otro el tiempo que necesita. Al escuchar, se ofrece lo que más necesario nos es a todos: el alivio de que alguien se interese por nosotros. A veces me imagino el proceso en términos de espacio físico. El receptor deja un espacio libre en su vida en el que el emisor pueda moverse, sentarse y extender las piezas de su «puzzle» personal. El receptor tiene que hacer espacio al emisor. Un buen receptor no es sólo un cordero para el sacrificio que obra de acuerdo con las reglas de una virtuosa auto-oblación, sino que el buen receptor desea realmente saber quién es la persona que le habla.

«Gracias por dejar de lado tus propias necesidades y preocu­paciones. Gracias por desear saber quién soy en realidad. Esto, naturalmente, hace que me sea mucho más fácil compartir conti­go mis propios espacios interiores».

De El verdadero yo: ¡en pie!

246

18 DE A G O S T O

^ ^ n buen receptor nos da la libertad de ser quienes somos. Pues somos casi dolorosamente conscientes de que el otro es dife­rente de nosotros; de que nuestros pensamientos no son sus pen­samientos, y sus pensamientos no son los nuestros; nuestros temores no son sus temores; nuestras preocupaciones pueden no encontrar ningún eco en su interior; las cosas que despiertan en nosotros ira y rencor puede que él las sobrelleve con facilidad... Y, aún así, nos da la libertad de ser diferentes: de temer lo que él no teme, de preocuparnos por lo que a él no le causa ninguna inquie­tud y de sentir rencor hacia personas por las que él sólo siente compasión.

Un buen receptor nos ofrece incluso más que esta aceptación de nuestras diferencias, porque sale de sí para experimentar indi­rectamente lo que estamos intentando compartir con él. El buen oyente se esfuerza por entrar en nuestro interior, por mirar a través de nuestros ojos, por sentir nuestros temores, por revivir con nosotros nuestras reacciones... El buen receptor dice sim­plemente: «Sí, claro» o «Ya veo», y de inmediato nos sentimos comprendidos.

El buen receptor nos ofrece ese gran regalo de la empatia que nos asegura que no estamos solos. Este don de salir de sí mismo y situarse, de alguna forma, a nuestro lado es un presente suma­mente valioso.

De El verdadero yo: ¡en pie!

247

19 DE A G O S T O

r V-¿ uando le damos las gracias a nuestro oyente por escucharnos, estamos implícitamente aclarando que eso era lo único que le pedíamos. Porque no pretendíamos que resolviera nuestros pro­blemas por nosotros: eso sería una muestra de inmadurez por nuestra parte; tampoco estábamos intentando manipularle mediante alguna acusación sutil, ni juzgarle, ni tampoco retándo­le a valorar nuestras confidencias.

Lo único que le estábamos pidiendo era el gran don de que durante un rato dejara a un lado su propia vida y sus asuntos pen­dientes y compartiera nuestras preocupaciones; le estábamos pidiendo el don de que nos permitiera ser distintos de él; le está­bamos pidiendo el regalo de que nos aceptara en nuestra situación de este preciso momento. Una sencilla palabra de gratitud expre­sa todo esto y le hace saber que apreciamos los muchos presentes implícitos en el don de su escucha. Al mismo tiempo, nuestra gra­titud nos recuerda a nosotros mismos que él no es un objeto que podamos utilizar ni una persona que podamos no apreciar en su justa medida.

Con mucha frecuencia, cuando compartimos nuestros senti­mientos denominados «negativos», puede dar la impresión, sin pretenderlo, de que estamos juzgando, desafiando o buscando la confrontación. Pero si al final decimos: «¡Muchas gracias por per­mitirme ser yo y por dejarme contártelo!», situamos las cosas en la perspectiva debida y también proporcionamos un contexto a la comunicación que clarifica nuestra auto-revelación y la presenta como el don de nuestro yo. La manifestación de nuestra gratitud subraya que ese «don» no era una acusación sutilmente velada ni una manipulación, sino sencillamente un presente, sin condicio­namientos añadidos.

Ah, y gracias por haberme atendido.

De El verdadero yo: ¡en pie!

248

2 0 DE A G O S T O

• > a primera y más obvia ventaja de la comunicación honesta y abierta es que da lugar a una verdadera y auténtica relación y a eso que hemos dado en llamar un verdadero «encuentro» entre personas. Un encuentro en el que no sólo va a darse una comuni­cación mutua entre personas, con el consiguiente compartir y experimentar recíprocamente el ser personal de otro, sino que va a desembocar en un sentido cada vez más claramente definido de la identidad de cada una de las partes de la relación.

Hoy somos muchos los que nos preguntamos: «¿Quién soy yo?» Ésta ha llegado a ser una pregunta socialmente admitida y hasta de buen tono, e implica que uno no conoce realmente su propio yo de persona. Ya hemos dicho que la persona es lo que uno piensa, juzga, siente, etc. Si yo he comunicado estas cosas con libertad y abiertamente, con toda la transparencia y sinceridad de que soy capaz, constataré un crecimiento evidente en mi propio sentido de la identidad, así como un más profundo y auténtico conocimiento del otro. Se ha convertido en un verdadero tópico psicológico eso de que sólo comprenderé aquello de mí mismo que haya sido capaz de comunicar a otros.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

249

2 1 DE A G O S T O

• / o que hemos denominado comunicación «gut-level» suscita en los demás una reacción de sinceridad y transparencia que es absolutamente necesaria para que la relación sea realmente inter­personal, mutua. Si queremos que el otro se abra a nosotros, debe­mos comenzar por abrirnos nosotros a él, hablándole sincera y abiertamente de nuestros sentimientos.

«La persona ofrece resonancia a la persona», dice el psiquiatra Goldbrunner. Si yo estoy dispuesto a salir de la oscuridad de mi prisión y exponer a otra persona lo más profundo de mí, el resul­tado es casi siempre automático e inmediato: la otra persona se siente con fuerzas para revelárseme ella a su vez. El escuchar mis secretos y profundos sentimientos le ha dado valor para comuni­car los suyos.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

250

2 2 DE A G O S T O

T JL u amor por mí sólo será eficaz en la medida en que yo me con­

fíe a ti. Cuando me digas, de alguna de las muchas maneras en que se expresa el amor, que me amas, yo quiero saber que me conoces de verdad. En la medida en que te haya ocultado mi ver­dadero yo, el significado de tu amor se verá oscurecido. Siempre temeré que tú ames tan sólo la parte de mí que te he permitido conocer, y que si conocieras mi yo real, si lo supieras todo sobre mí, no me amarías. El amor sigue al conocimiento, por eso sólo puedes amarme en la medida en que te deje conocerme.

Es cierto que en toda comunicación la benevolencia sin since­ridad es sentimentalismo; pero es igualmente cierto que la since­ridad sin benevolencia es crueldad. Lo ideal en la comunicación es tener la habilidad de ser al mismo tiempo totalmente sincero y totalmente benévolo. Una de las reglas inflexibles del diálogo es que las emociones deben ser comunicadas en el momento en que se experimentan y a la persona con la que esas emociones tienen que ver. Aun así, la benevolencia tiene mucho que decir sobre la manera de comunicarse.

De El secreto para seguir amando.

251

23 DE A G O S T O

4 x J L l deseo de escuchar debe añadirse el deseo de aprender, lo que para la mayoría de nosotros es bastante difícil, pues nos exige abandonar el lugar en el que nos encontramos e ir hacia donde se encuentra el otro, e incluso requiere que dejemos a un lado nues­tras propias convicciones (pero no renunciemos a ellas) para experimentar las suyas. No cabe duda de que si le reflejamos no sólo nuestra empatia, sino también nuestra comprensión de su «coherencia interna», estará sumamente agradecido, pues se sen­tirá comprendido. Y este tipo de escucha con la intención de aprender es un don mucho más valioso que escuchar apenas el tiempo suficiente para preparar nuestras respuestas.

Yo he pensado a veces que este «escuchar y comprender» del que estamos hablando es comparable a buscar las piezas de un «puzzle». La primera entrega de auto-revelación que alguien hace es frecuente que, en sí misma, carezca de significado, del mismo modo que una pieza de un «puzzle» apenas tiene sentido por sí misma. Pero después llegará otra pieza, si escuchamos con sensi­bilidad y con auténtica empatia. Y lentamente, una a una, las pie­zas irán apareciendo y se irán ensamblando; gradualmente, la imagen comenzará a tener sentido. Por supuesto, nunca com­prendemos por completo a alguien, incluyéndonos a nosotros mismos; pero podemos llegar a percibir lo que supone ser «otro»; podemos entender algo de la «coherencia interna» de los pensa­mientos y sentimientos de otro ser humano. Y cuando alguien nos ofrece una comprensión de este tipo, experimentamos un mo­mento de consuelo supremo. «Gracias a Dios, por fin alguien sabe lo que supone ser yo». La persona que verdaderamente ha sido escuchada y comprendida, probablemente se transformará para siempre gracias a ese inapreciable don.

De El verdadero yo: ¡en pie!

252

2 4 DE A G O S T O

C 4-J i yo tengo la costumbre de juzgar las intenciones o la motiva­ción del otro, debería esforzarme por superar tan adolescente cos­tumbre, porque, de lo contrario, sencillamente no podré camuflar mis juicios, por más aclaraciones previas que haga.

Si yo deseo realmente saber la intención, o motivación, o reac­ción de otra persona, no hay más que una forma de averiguarlo: debo preguntárselo.

Quizá sea éste el momento de decir una palabra sobre la dife­rencia entre juzgar a una persona y juzgar una acción. Si yo veo cómo alguien roba el dinero a otro, puedo juzgar que esa acción es moralmente mala, pero no puedo juzgar a esa persona. El juzgar la responsabilidad humana es cosa de Dios, no tuya ni mía. Sin embargo, si no pudiéramos juzgar de la rectitud o iniquidad de una acción, ello significaría el final de toda moralidad objetiva. Y no debemos caer en el error de pensar que no hay nada objetiva­mente malo ni objetivamente bueno, sino que todo depende de la forma en que uno lo vea. Ahora bien, juzgar de la responsabilidad del otro sigue siendo cosa de Dios.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

253

2 5 DE A G O S T O

J—Jas personas son muy complicadas. Son tan «otras», tan dis­tintas de nosotros, que no podemos proyectar en ellas nuestros pensamientos, sentimientos o motivos, sin correr riesgos. Mi­rando su exterior, no podemos leer lo que hay en su interior.

Espero que el lector pueda encontrar en su memoria alguna ocasión en la que pensara que había descifrado correctamente los motivos e intenciones de otra persona y luego descubriera que la realidad oculta era bastante distinta. Espero que se quedara asom­brado y sorprendido al descubrir, por ejemplo, bajo una cara muy sonriente, el vacío de la más completa soledad. Espero que haya averiguado por experiencia personal lo misteriosos que podemos ser los seres humanos. Un sólo descubrimiento de este tipo puede bastar para darnos que pensar. Nuestros juicios erróneos deben hacer que nos replanteemos nuestra habilidad para leer las men­tes y juzgar las intenciones ajenas.

A veces no acierto por muy poco, pero casi siempre meto la pata hasta dentro... Me he equivocado cada vez que he intentado hacer adivinaciones y juzgar intenciones, así que he llegado a la conclusión de que la única forma de saber lo que alguien piensa o se propone hacer es sencillamente preguntárselo. Es obvio que todos estamos de algún modo engañados acerca de nosotros mis­mos, y por eso puede que lo que el otro nos diga en respuesta a nuestras preguntas no siempre sea exacto o ni siquiera verdadero, pero seguro que se aproxima más que nuestras más perspicaces suposiciones. Además, preguntar siempre promueve un intercam­bio comunicativo; del mismo modo que la adivinación del pensa­miento y el juicio tienden a destruir las líneas de comunicación y a distanciar a las personas.

Por lo tanto, la próxima vez que nos sintamos seguros de algo, debemos revisar nuestras premisas. Los seres humanos somos demasiado complicados y distintos para dedicarnos a hacer adivinanzas.

A veces por muy poco, pero generalmente no damos ni una..., porque siempre hay una sorpresa esperándonos en la verdad pro­funda de los demás. Esperamos que os gusten las sorpresas.

De El verdadero yo: ¡en pie!

254

26 DE A G O S T O

T ' J a presencia personal implica mucho más que ser un mero cuerpo cálido en la misma habitación. Estamos presentes perso­nalmente ante otro cuando le brindamos toda nuestra atención. Durante ese tiempo, todo lo demás ha quedado excluido, y nues­tras lentes mentales enfocan a esa persona y lo que comparte con nosotros.

A la mayoría nos resulta difícil desarrollar una sinceridad y una franqueza verdaderas. Por consiguiente, necesitamos el ambiente y el apoyo de una presencia auténtica para hacer el intento de comunicarnos en profundidad. No queremos correr los evidentes riesgos de la auto-revelación si el otro parece aburrido o distraído; no deseamos poner en sus manos una parte tierna y sensible de nuestro ser para verle bostezar o para percibir su in­tento de cambiar de tema; no nos apetece compartir con él nues­tra alegría o nuestro éxito si da la sensación de estar demasiado preocupado como para celebrarlos con nosotros.

El concepto de «accesibilidad» está íntimamente relacionado con lo que venimos diciendo. Todos sabemos lo que supone llamar a una puerta y no obtener respuesta; sabemos lo que implica mar­car un número de teléfono con una sensación de urgencia y no obtener más que la señal de comunicando. Pues bien, la mayoría experimentamos una reacción de decepción similar cuando dese­amos verdaderamente compartir alguna parte profunda de noso­tros mismos y comprobamos que nuestro supuesto receptor no parece estar accesible. Tenemos la sensación de que esa persona preferiría que no la molestáramos con nuestros problemas. Cuando nos llega la «señal de ocupado», normalmente nos limita­mos a colgar y sentimos la tentación de abandonar.

De El verdadero yo: ¡en pie!

255

27 DE A G O S T O

V ^ n viejo dicho de los indios americanos nos recuerda que «para comprender verdaderamente a otro ser humano, primero debemos andar una milla en sus mocasines». Me gustaría añadir a ello la sugerencia de que no podemos caminar en los mocasines de otro, si antes no nos quitamos los nuestros. Como receptores, tenemos que hacer un verdadero esfuerzo para salir de nosotros mismos, para desprendernos de nuestras preocupaciones perso­nales y para donar a los demás nuestra presencia y accesibilidad.

Al principio será muy difícil, pero, como ocurre con cualquier otro logro humano, la práctica lo hará cada vez más fácil, hasta que se convierta en algo habitual. La presencia y la accesibilidad son logros muy valiosos y, ciertamente, merece la pena el esfuer­zo de repetirlos y practicarlos.

Por lo tanto, intercambiemos nuestro calzado y caminemos una milla juntos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

256

2 8 DE A G O S T O

n mi opinión, la clave del éxito en lo que respecta a la com­prensión y el amor a los demás es la empatia. La empatia comien­za con una escucha atenta y una lectura intuitiva de la singulari­dad del otro. La empatia sólo hace una pregunta: ¿Qué se siente siendo tú? La empatia se mete dentro de la piel del otro, camina con su calzado, ve y experimenta la realidad a través de los ojos del otro. En suma, la empatia no ofrece consejos, sino únicamen­te comprensión. «Sí, te escucho». Si la esencia de la empatia es escuchar al otro y vivir vicariamente su experiencia vital, el precio que conlleva es un abandono temporal del propio yo, de los pen­samientos y sentimientos propios, de los valores y las creencias personales. Cuando empatizo contigo, abandono el lugar en que me encuentro y voy donde tu estás.

Cari Rogers sugiere que nuestra experiencia de la condición humana frecuentemente envuelve sentimientos similares a los de una persona que ha caído en un pozo profundo y seco. El hombre desesperado, atrapado en el pozo, no puede salir, y golpea una y otra vez las paredes, esperando contra toda esperanza que alguien le oiga y se dé cuenta de su situación. Finalmente, después de mucho tiempo golpeando las paredes del pozo, oye un golpe que le responde desde el exterior. ¡Alguien le ha oído! El pobre hom­bre siente un enorme alivio agradecido. «¡Gracias a Dios! Alguien sabe por fin dónde estoy». Rogers dice que cuando alguien nos escucha realmente y muestra comprensión, sentimos la misma explosión agradecida de alivio: «¡Gracias a Dios! ¡Alguien sabe por fin dónde estoy. Alguien sabe por fin lo que se siente siendo yo!».

De The Christian Vision.

E

257

29 DE A G O S T O

M JL V Aediante la empatia compartimos la experiencia del otro y sus pensamientos, sentimientos y actitudes de manera mucho más plena. A través de la empatia nos ponemos en la piel de la otra persona. Gracias a los poderes de nuestra mente y de nuestra imaginación, pensamos sus pensamientos, queremos lo que ella quiere y sentimos lo que siente; en suma, experimentamos lo que el otro está experimentando.

Para desarrollar nuestros poderes de empatia, tenemos que tomar conciencia de la alteridad de todos los seres humanos; debemos ser capaces de dejar a un lado nuestro marco de referen­cia y nuestros propios instintos y asumir los de los demás. En cier­to sentido, la empatia es la habilidad básica del receptor dentro del proceso de comunicación.

No es fácil caminar una milla en los mocasines de otro. Sin embargo, si deseamos realmente penetrar en los pensamientos y actitudes de otra persona y captar su experiencia global, podremos hacerlo, pero el primer paso ineludible consiste en quitarnos nues­tros propios mocasines.

En mi opinión, la invitación a la empatia comienza con esta pregunta: ¿Qué se siente siendo tú? Y si nos hacemos esta pre­gunta al relacionarnos con otra persona, nuestro interlocutor la percibirá como una demostración de interés: «Me preocupo por ti». Tanto si estamos de duelo como de celebración, a los seres humanos nos resulta difícil la soledad. Una reacción empática por parte de otra persona es siempre consoladora y reconfortante, pues expresa de modo claro e innegable: «No estás solo. Yo estoy contigo porque me intereso por ti».

De El verdadero yo: ¡en pie!

258

3 0 DE A G O S T O

M 2. v J a l y un temores nos mantienen encerrados en la solitaria reclusión del «extrañamiento». A algunos les aterra ponerse a llo­rar y romper en sollozos, como si fueran niños; a otros les frena el temor a que la otra persona no perciba la tremenda importancia que el secreto de uno tiene para uno mismo. Por lo general, pre­sentimos el profundo dolor que experimentaríamos si nuestro secreto fuera recibido con indiferencia, incomprensión, disgusto, enfado o irrisión. También nos da miedo el que nuestro confiden­te pueda enfadarse y revelar nuestro secreto a otras personas que no querríamos que lo supieran.

Puede que en un momento dado de mi vida haya tomado yo una parte de mí y la haya expuesto a la luz para que pudiera verla otra persona. Y puede que esa persona no lo comprendiera y que yo, totalmente arrepentido, me refugiara en una dolorosa soledad emocional. Pero puede que también haya habido otros momentos en los que alguien haya escuchado mi secreto y aceptado benévo­la y delicadamente mi confidencia. Puede que aún recuerde las palabras que dijo para tranquilizarme, la compasión que había en su voz, la comprensiva mirada de sus ojos, la dulzura con que me tomó de la mano y la ligera presión que ejerció sobre ella para darme a entender que me comprendía... Aquélla fue una expe­riencia grande y liberadora, a raíz de la cual me sentí muchísimo más vivo: me había sido satisfecha una inmensa necesidad de ser realmente escuchado, tomado en serio y comprendido.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

259

3 1 DE A G O S T O

LJ upongamos que somos nosotros los que estamos escuchando de modo atento y acogedor, sin intentar adivinar los pensamien­tos de nuestro interlocutor, sino limitándonos simplemente a tra­tar de imaginar lo que se siente siendo él. Sin embargo, aún con estas buenas intenciones y esfuerzos, seguimos sin estar seguros de comprenderle, no tenemos la certeza de entender de verdad lo que está tratando de decirnos y no queremos obviar este obstácu­lo adivinando o presumiendo que sabemos lo que pretende decir, porque podría resultar peligroso. Queremos estar seguros de que le comprendemos y entendemos lo que quiere decir, y deseamos que él esté seguro de que le estamos realmente comprendiendo. Por tanto, ¿qué podemos hacer?

En este caso, tenemos que esforzarnos en clarificar su mensa­je, y hay tres clases de clarificaciones, cada una de las cuales corresponde a un nivel diferente de comprensión. La primera es muy simple, consiste en pedir más información. Si el mensaje que estamos recibiendo nos parece indirecto o incompleto, tenemos que buscar y localizar lo que falta. La segunda clase de clarifica­ción es verificar los significados de las palabras, porque puede que no se trate más que de los términos que se utilizan, pues los signifi­cados que el otro da a sus palabras pueden ser bastantes distintos de los que nosotros captamos. En este caso, debemos pedirle que nos explique sus definiciones. Finalmente, al tercer tipo de clari­ficación podemos denominarlo verificación de nuestra comprensión de la experiencia. En este caso, el contenido y los significados de las palabras pueden ser claros, pero, por alguna razón, no estamos seguros de haber comprendido todos los matices o el impacto emocional de la experiencia.

Al buscar una clarificación en cualquiera de estos tres niveles, lo más importante es dejar claras nuestras intenciones a nuestro interlocutor. Y esas intenciones deben ser siempre:

— el interés en el hablante; — la delicadeza y la paciencia durante el proceso; — y el deseo de comprender en su totalidad lo que el otro nos

está exponiendo. Cruzarnos como barcos en la noche es una alternativa solita­

ria y dolorosa.

De El verdadero yo: ¡en pie!

260

1 DE S E P T I E M B R E

E único camino seguro para no crecer es hacer autostop en la mente y la voluntad de otra persona, pues nunca maduraremos si permitimos que otros piensen y elijan por nosotros. En conse­cuencia, decir a otro lo que tiene que pensar, interpretando por él la realidad, equivale a cercenar su proceso de maduración. Del mismo modo, decir a otro lo que tiene que hacer, es ser cómplice de su inmadurez y su dependencia infantil.

Por lo tanto, ¿qué tengo que hacer cuando aparece alguien y veo su dedo de autostopista pidiendo un viaje gratis? En ocasio­nes, tengo que esforzarme por contener mi antiguo impulso de transformarme en una impresora de ordenador que suelta todo tipo de interpretaciones y consejos. He trabajado personalmente con la técnica de la pregunta bien situada en el lugar preciso. Es algo similar a lo siguiente: «Vaya, no sé qué debes hacer. ¿Tú que piensas?; a tu juicio, ¿cuáles son las posibilidades?» Algunas veces se puede dejar caer una sugerencia en la conversación mediante una pregunta: «Dime, ¿has pensado alguna vez en volver a estu­diar y conseguir un título?»; o «¿Crees que tu actitud hacia las figuras de autoridad se ha visto afectada por tu relación con tu padre?» Pero soy lo suficientemente mayor y sabio como para sa­ber que no puedo pensar o elegir por nadie, excepto por mí mismo. Sólo soy experto en mí mismo. Debo asumir la responsabilidad de tener mis propios pensamientos y de tomar mis propias decisio­nes, pero no puedo hacerlo por ninguna otra persona.

De El verdadero yo: ¡en pie!

261

2 DE S E P T I E M B R E

X. odos utilizamos a veces barreras de uno u otro tipo que nos impiden escuchar realmente a otra persona; levantamos obstácu­los entre nosotros y los demás. Y es evidente que, una vez que se han alzado esas barreras, los demás no pueden recibir de nosotros ningún apoyo o comprensión. Al mismo tiempo, también nos impedimos a nosotros mismos recibir el valioso don de lo que los otros están dispuestos a comunicarnos. Estas barreras sabotean cualquier comunicación verdadera; en consecuencia, a todas las personas implicadas se les niega la oportunidad de comunicarse y de crecer.

Veamos la lista parcial de las barreras a la comunicación más habituales.

Aconsejar: «Lo que deberías hacer es...». Competir: «Estoy seguro de que yo soy mejor que...». Procesar: «Según parece, los estudios han demostrado que...». Distraer: «Oye, este lugar es maravilloso...». Soñar: «¿Qué... Ah sí, seguro... Entiendo». Filtrar: «Otro buen día de trabajo, ¿eh?». Mostrar resentimiento: «Sí, pero tú...». Identificarse: «Claro, es como cuando yo...». Ignorar: «...». Descalificar (etiquetar): «Vamos..., eres realmente un paranoico». Apaciguar: «Claro que sí, es verdad; tienes toda la razón» Ensayar nuestra respuesta: «En cuanto termine de hablar, voy a

decirle...». Sarcasmo (herir): «No te des prisa, cielo. Podrías perder tu ima­

gen de tardona...».

De El verdadero yo: ¡en pie!

262

3 DE S E P T I E M B R E

c \*J uando somos receptores de las revelaciones ajenas, es de suma importancia que mostremos explícitamente nuestro agrade­cimiento. Acabamos de recibir un importante y valioso don: una parte de otro ser humano y de otra vida humana. En consecuen­cia, deberíamos practicar la costumbre de agradecer a los demás su auto-revelación y su confianza en nosotros.

Cuando se trata de una auto-revelación que conlleva un ries­go evidente (la confesión de un profundo y oscuro secreto), la gra­titud brota con mayor facilidad. También es agradable y fácil dar las gracias por una auto-revelación que nos reafirma y nos valora a nosotros mismos. La cosa se complica un poco más cuando nuestro interlocutor nos introduce en los valles de su tristeza o de su depresión, pues es difícil sentir agradecimiento cuando los demás comparten con nosotros sus problemas, sus laberintos per­sonales que parecen no tener salida.

La situación en la que es más difícil expresar abiertamente nuestro agradecimiento es la creada por una auto-revelación que directa o indirectamente nos critica a nosotros. No obstante, la mayoría sabemos lo difícil que es expresar nuestras reacciones ne­gativas. Cuando alguien saca a relucir un tema que implica algún fallo por nuestra parte o alguna reacción negativa hacia nosotros, podemos estar seguros de que esa persona probablemente ha teni­do que recurrir a más valor del normal para compartir esos senti­mientos de tipo negativo. Por tanto, tiene especial importancia que estemos explícitamente agradecidos por los pensamientos y sentimientos que comparte con nosotros.

Si pensamos en los demás como dones que se ofrecen y cree­mos que lo que nos comunican es la entrega de ese don, lógica­mente querremos agradecérselo. Además del contenido de lo que nos transmiten, también nos otorgan su confianza; confían en nosotros al compartir lo que piensan y sienten de forma sincera y abierta. Es evidente que asumen el riesgo de su vulnerabilidad personal; puesto que son conscientes de que existe la posibilidad de que rechacemos o ridiculicemos sus confidencias. Podríamos reaccionar mal, mostrarnos heridos o enfadados o manifestar decepción. Incluso podríamos negarnos a escuchar lo que desean comunicarnos. Sin embargo, al compartir sus pensamientos y sentimientos con nosotros, nos presentan su ofrenda con manos inseguras y temblorosas. Gracias, gracias, gracias.

De El verdadero yo: ¡en pie!

263

4 DE S E P T I E M B R E

X _ / s extremadamente importante que tú y yo insistamos en nuestro derecho a vivir plenamente y a expresar libremente todos nuestros sentimientos. «Éste soy yo: para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad, ya tenga una vida larga o corta. Éste soy yo». Sólo cuando nos hayamos comprometido con la comunicación sincera, sólo cuando nos mostremos tal como so­mos en lugar de fingir lo que no somos, podremos ser amados efectivamente. Cuando hayamos sido abiertos y honestos en nuestra comunicación y alguien nos diga que nos ama, lo habre­mos conseguido. Entonces y sólo entonces podremos realmente creer en el amor que se nos ofrece. Entonces y sólo entonces podremos decir: «Me conoces de verdad y me amas de verdad». Éste es el comienzo de una autoimagen auténtica y sana. Y sólo una autoimagen sana nos liberará, nos llevará a la plenitud de vida, para que nos unamos a la danza de la vida y cantemos sus canciones. Sólo cuando hayamos sido honestos y subsecuente­mente amados, podrá haber una resonancia real e interna entre lo que sentimos verdaderamente en nuestro interior y lo que las per­sonas nos dicen desde el exterior. Es de vital importancia interio­rizar lo que el amor nos ofrezca, pero el amor sólo puede ser efi­caz en nosotros después de habernos mostrado tal como somos, después de haber dicho a los demás quiénes somos realmente. En cierta ocasión alguien me dijo: «Te querría aunque fueses malo». Yo tragué saliva. No sabía qué decir. Pero recuerdo que me sentí bien, seguro. Después reflexioné sobre ello y descubrí que era una de esas raras expresiones de amor incondicional. No había cuota de admisión. Yo no tenía que hace nada, ni siquiera tenía que ser bueno. Sólo tenía que ser yo mismo. Sencillamente me quería. Creo profundamente que éste tipo de amor incondicional es el comienzo, el origen de toda auténtica vida. Nuestras vidas las moldean quienes nos aman... y quienes se niegan a amarnos.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

264

5 DE S E P T I E M B R E

LJ ea lo que sea lo que el amor pueda pedirnos en un caso con­creto, hay dos dones indispensables que siempre forman parte de él, y podemos estar seguros de que siempre son necesarios. El pri­mero es el don de uno mismo mediante la auto-revelación. Todos demás dones del amor —como las flores, las joyas, los puros y los dulces— son simples signos y expresiones simbólicas. El don esencial del amor es siempre el don de uno mismo. Si no te entre­go mi auténtico yo, no te entrego nada. Sólo te he dado ficción y engaño. Te he permitido observar mi farsa.

El segundo don esencial del amor es la afirmación del valor de la otra persona. Si te amo, debo apreciarte y hacerte ver el aprecio que siento hacia tu bondad y tu talento únicos. No puedo interac-tuar contigo sin hacer alguna contribución, ya sea positiva o nega­tiva, a tu siempre importante autoimagen. Tampoco puedo inte-ractuar contigo sin experimentar algún aumento o disminución en mi propia percepción de mi valor personal. Todos somos como espejos los unos de los otros y, en gran medida, nos percibimos a nosotros mismos en el «feedback» de las reacciones mutuas. Siem­pre estamos contribuyendo, positiva o negativamente, a la autoi­magen ajena. Sólo puedo saber que soy valioso en el espejo de tu rostro sonriente, en el sonido cálido de tu voz y en la caricia suave de tu mano. Y tú sólo puedes comprender tu valor en mi rostro, mi voz y mis caricias.

De The Christian Vision.

265

6 DE S E P T I E M B R E

n la teología cristiana sólo hay un único sacerdote, y es Jesús. Estoy seguro de que sabéis que el «sacerdote» se identifica bíblicamente con la persona que ofrece sacrificios o dones a Dios. Pero, en un sentido incluso más profundo, «sacerdote» significa mediador, mediador entre Dios y la humanidad. En un sentido real, todos nosotros somos sacerdotes, porque todos estamos bau­tizados en Jesús, el único sumo sacerdote. Vosotros y yo somos sacerdotes porque, por nuestro bautismo, llevamos en nosotros la persona y compartimos el sacerdocio de Jesús. Participamos de su papel como mediador. Obviamente, Jesús cumplió su papel como mediador a la perfección. Estuvo profundamente en contacto con el corazón de su Padre y profundamente en contacto con el cora­zón humano. Ésa fue su vocación. Y es también la nuestra.

Algunas veces hacemos más hincapié en una de estas cone­xiones que en la otra. Aquellos de nosotros que se concentran sólo en la conexión con Dios se convierten en personas con una supuesta unión personal profunda con Dios. Pero la tentación es ésta: «Jesús y yo, y dejemos que el resto del mundo siga su curso». Este tipo de espiritualidad centrada en «Dios y yo» va perdiendo lentamente la compasión por el corazón humano. Y cuando per­demos esta conexión, perdemos la esencia del sacerdocio. Es obvio que Jesús nunca perdió dicha conexión, y ello es parte del con­suelo que siempre supondrá para nosotros: él comprende el cora­zón humano y nos pide que hagamos lo mismo.

Del programa de vídeo Jesús As I Know Hitn.

E

266

7 DE S E P T I E M B R E

4 ^ A l g u n a s veces pienso que Dios es una especie de toma de co­rriente eléctrica. En un terminal eléctrico hay mucho poder espe­rando ser conectado. Hay suficiente potencia para iluminar una habitación o para calentarla, así como para hacer sonar la música o hacer aparecer la imagen televisiva. Pero, a no ser que nos conectemos, toda esa potencia será inútil. Y la conexión, la forma de enlazar con el poder de Dios, es la fe. La fe es nuestro engra­naje con Dios. Es nuestra fe la que se conecta y libera el poder de Dios.

En los evangelios hay un episodio que ilustra lo que acabamos de decir. Cierto día, Jesús marchaba con sus apóstoles por un camino abarrotado de gente, y en los caminos abarrotados había todo tipo de empujones y codazos. De repente, Jesús se paró y pre­guntó: «¿Quién me ha tocado?» Los apóstoles, sorprendidos, res­pondieron: «¿Estás bromeando? La gente te está empujando por todas partes, y tú preguntas que quién te ha tocado. ¿Lo dices en serio?».

Y Jesús pensativamente les dijo: «Sí. Lo que quiero decir es que alguien me ha tocado de una forma muy especial. Alguien me ha tocado con el toque de la fe». Los apóstoles, aún sorprendidos, replicaron: «¿Y cómo lo has sabido?» Jesús respondió: «He sentido que mi poder sanador salía de mí». Entonces bajó la mirada y vio a una mujer que le contemplaba y que le dijo disculpándose: «He sido yo. He sufrido hemorragias durante muchos años. He ido a médicos y me he gastado cuanto tenía en sus remedios, pero no me ha servido de nada. He malgastado todo mi dinero. Pero pensé que si podía tocar el borde de tu manto, me curaría». Jesús le son­rió y le dijo: «Estás curada. Tú fe te ha sanado».

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

267

8 DE S E P T I E M B R E

M e obsesiona la idea de que nadie debería ser jamás famoso como cristiano. Es Cristo quien debería ser famoso. Él es la gran realidad. Yo debería querer que conocierais a mi Cristo. Debería querer que conocierais y amarais a mi Jesús, no a mí. Al menos, así debería ser. Digo «mi Jesús», aunque en realidad él no es de mi exclusiva propiedad; digo «mi Jesús», porque es el Jesús que conozco, el Jesús que es mi mejor amigo y mi constante compa­ñero. Todos mis días y mi vida entera son una conversación per­manente con este Jesús. Si los demás pudieran «pinchar» mi mente, se quedarían asombrados. «Está hablando todo el día con alguien que en realidad no está allí». A lo cual yo respondería: «Está presente sólo para los ojos y los oídos, la mente y el corazón de la fe. Él dijo que moraría en quienes creyeran en él y le ama­ran. Y yo creo en él y le amo de verdad». ¿Podéis creer que Jesús y yo tenemos «apodos» el uno para el otro? Nombres especiales para amigos especiales. Éste es el Jesús que quiero compartir con voso­tros. Los primeros cristianos querían que los demás conocieran a su Jesús, por eso escribieron la historia de su vida, los evangelios, porque querían que nosotros conociéramos a su Jesús. San Juan comienza así su primera Carta: «Quiero contaros lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos». Los evangelios tuvieron como propó­sito hacer un retrato, desde la fe, de Jesús. Y fue verdaderamente un retrato nacido de la fe. El único camino para conocer a Jesús es creer en él. Sólo en la medida en que creemos en él podemos conocerle. Los evangelios, por supuesto, no son historia objetiva. Los evangelistas no podían escribir una historia objetiva sobre alguien al que amaban tanto. Nadie puede escribir una historia objetiva de su madre. Jesús era su vida y su esperanza. Y ellos que­rían ofrecerle a él, no a sí mismos, al mundo entero. Ya veis, nadie debería ser famoso como cristiano.

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

268

9 DE S E P T I E M B R E

Y JL o creo que las preguntas que nos hacemos a lo largo de nues­tra vida nos llevan a los pies de Dios. Creo que nuestras preguntas nos ayudan a comprender la importancia de la palabra de Dios y de la Palabra personal que Dios pronunció en este mundo: su Hijo, Jesús. Sólo Jesús nos asegura una versión y una visión correctas de la realidad. En el capítulo octavo del evangelio de Juan, Jesús se encuentra con un grupo de judíos, y mantienen una pequeña discusión sobre la libertad. En el diálogo que Juan recoge, sus con­temporáneos le dicen a Jesús: «Nosotros somos libres». Y Jesús les replica: «¡Qué va!, vosotros no sois realmente libres». Pero ellos in­sisten: «Nosotros descendemos de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. Somos verdaderamente libres». Entonces Jesús les dice: «No, no sois libres. No podéis ser libres hasta que me aceptéis a mí y mi mensaje, porque sólo la verdad os hará libres. Vuestros tiranos no están fuera de vosotros, sino en vuestro inte­rior, en todas las nociones falsas y paralizantes que os aprisionan». Ciertamente, sólo la verdad de Jesús nos hará libres. Sólo cuando sabemos quiénes somos y cuánto nos ama Dios, sólo cuando sabe­mos que las demás personas son realmente nuestros hermanos y hermanas y sólo cuando sabemos que la vida es para amar, pode­mos ser verdaderamente libres. Sólo cuando sabemos que este mundo es el mundo de Dios y que es bueno, podemos sentirnos cómodos en él. Por último, sólo cuando sabemos que Dios es nues­tro «Abba» —la palabra hebrea para decir «papá»—, podemos entender nuestra propia identidad, nuestro propio valor, nuestra propia esperanza y el fundamento de nuestra seguridad. Y sólo esta verdad puede hacernos auténticamente libres.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

269

10 DE S E P T I E M B R E

eñor, Dios de mi vida: aquí estoy de nuevo, lleno de miles de pensamientos y sentimientos, deseos y planes, alegrías y tristezas.

Veo dos mundos dolorosamente distantes el uno del otro. Son los mundos de la psicología y la teología: los mundos de lo huma­no y lo divino. Veo a muchos de mis hermanos y hermanas tra­tando desesperadamente de hacer un salvador de la psicología. Están siempre jugando a «juegos de desarrollo personal». Excavan en los rincones más oscuros de sus mentes y en las zonas más blandas de sus corazones. Lo que hacen es en su mayor parte bueno, pero el dolor continúa. Y algunas veces parece el caso de un ciego guiando a otro ciego. Yo quiero decirles: «¡No sólo sois cuerpo y mente, sino también espíritu! No podéis lograrlo sin Dios. No podéis realizaros verdaderamente, a no ser que vuestro hambre espiritual se sacie». Somos como tú, Jesús, dijiste_ los sarmientos de tu vid. Si nos separan de ti, comenzamos a morir, poco a poco, día a día. En nosotros hay un vacío que sólo tú pue­des llenar.

Pero también veo el mundo de la religión. Veo a algunos de mis hermanos y hermanas intentando ser religiosos sin ser plena­mente humanos. A veces parecen un poco rígidos e incluso into­lerantes al querer ser santos, pero no humanos. Parecen estar ganando un lugar en el cielo, sin percibir ni gozar la belleza de la tierra. Cumplen los diez mandamientos, pero su observancia pare­ce tan triste... Un mundo así resulta pequeño, y el aire de ese mundo está viciado.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

s

270

11 DE S E P T I E M B R E

C ^J eñor, Dios de mi vida: algunas veces parece que las «personas religiosas» tenemos miedo de amarnos a nosotras mismas, como si se tratara de una pecaminosa violación de algún mandamiento divino. Cualquier concesión a la humanidad parece poner en entredicho la humildad. Da la impresión de que algunos de noso­tros hacemos el bien a los demás sin preocuparnos realmente por la humanidad rota y sangrante que nos rodea. Es como si estuvié­ramos gateando a través de un túnel oscuro sobre manos y rodi­llas sangrantes para conseguir finalmente una recompensa. Da la impresión de que decimos que el cielo no es barato.

Oh Señor, cuando me sorprendo pensando y actuando de este modo, y cuando veo a otros siguiendo este camino, protesto: «¡No podemos ser verdaderamente santos, a menos que estemos dis­puestos a ser verdaderamente humanos! No podemos decir real­mente un sí a tu amor, Señor Dios, a menos que nos lo hayamos dicho primero a nosotros mismos (¡cuerpo, mente y espíritu!) y a nuestros hermanos y hermanas humanos».

Señor Dios, me siento llamado por ti a contribuir de alguna manera al esfuerzo que supone unir estos dos mundos, y sé dónde debo comenzar: conmigo mismo. Debo unir estos mundos dentro de mí si quiero ser lo que puedo llegar a ser: ¡libre para ser yo! Por eso necesito tu poder sanador: para iluminar todo lo que está oscuro dentro de mí, para reparar lo que está roto, para enderezar lo que está torcido y para revivir la vida y el amor que pueden haber muerto dentro de mí.

Y como yo trabajo en ello, bajo la benévola influencia de tu amor y tu gracia, haz de mí un cauce de vida y amor para mis her­manos y hermanas. Haz de mí un emisario de buenas noticias, un puente sobre las aguas turbulentas y divididas. Ayúdame a unir la humanidad y la divinidad, el corazón del hombre en todo su esplendor y el corazón de Dios en toda su hermosa magnificencia.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

271

12 DE S E P T I E M B R E

1 Jesús que tú y yo debemos conocer es el Jesús que nos pro­mete su paz. Pero tenemos nuestras dudas, ¿verdad? Nos pregun­tamos si Jesús es real y, si lo es, si está realmente disponible para nosotros. ¿Está realmente ahí? Nuestra lucha con las dudas es una reminiscencia de una noche oscura en la que los apóstoles salie­ron en barca por los mares de Galilea.

«Al atardecer Jesús estaba solo. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario... Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: "Es un fantasma", y de miedo se pusie­ron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: "¡Ánimo, que soy yo, no temáis!" Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mánda­me ir donde ti sobre las aguas". "¡Ven!", le dijo» (Mt 14,23-29).

Puede que éste sea el corazón y el alma de la fe. Quizá tengamos que salir en barca y luchar contra el embravecido mar de la vida. Tal vez tengamos que atisbar entre la niebla para ver su figura, una figura de autoridad y de misericordia que camina sobre aguas lejanas. Puede que tengamos que llenarnos de los millones de recuerdos de las vidas humanas que han sido tocadas y transfor­madas por sus sanadoras manos y de toda la mortal miseria que ha sido redimida por su misericordia. Pero incluso entonces Jesús podría ser un fantasma, una ilusión. Puede que nos hayan lavado el cerebro. Quizá los evangelios sean únicamente ficción. Esa figu­ra de autoridad y misericordia en la distancia, sobre el mar, puede ser un espejismo nacido de la inseguridad. ¿Cómo puedo estar seguro? «Señor Jesús, si eres realmente tú, mándame acercarme a ti. Mándame caminar en la fe a través de las aguas de mi vida». «¡Ven!, ¡ven a mí!», dice Jesús.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

E

272

13 DE S E P T I E M B R E

urante los años de la depresión en los Estados Unidos, un anciano judío llamado Mike Gold comía todos los días en la casa de acogida católica de la ciudad de Nueva York, dirigida por Do-rothy Day. Y en cierta ocasión, Dorothy Day dijo de él: «Come todos los días en la mesa de Cristo, pero no creo que llegue nunca a comprender realmente a Jesús, por el modo en que supo de él por primera vez».

En sus años jóvenes, Mike Gold había sido escritor, autor de un libro titulado Jews Without Money. En él, Mike Gold cuenta la historia de su infancia en un gueto judío de Nueva York y cómo su madre le advertía repetidamente: «Mikey, no salgas nunca de estas cuatro calles. Mikey, no se te ocurra salir de nuestro barrio». Pero un día, con la curiosidad infantil, cruzó las calles del prejui­cio y salió de su barrio, para verse abordado por un grupo de chi­cos mayores que le acusaron diciéndole: «Confiésalo, tú eres un asesino de Cristo, ¿verdad?» Y luego añadieron: «Tú mataste a Jesús».

Cuando el pequeño Mike Gold regresó a su casa, golpeado y ensangrentado, su madre le preguntó: «Mikey, ¿qué ha ocurrido?» Y el niño respondió: «No lo sé. No lo sé. Los chicos mayores... me pegaron». «Pero, ¿por qué?», le preguntó su madre. Y el niño sólo pudo decir: «No lo sé».

De modo que su madre le lavó y le puso ropa limpia. Y cuan­do le estaba acariciando y abrazando con ternura, él acercó sus pequeños labios amoratados a su oído y preguntó:

«Mamá, ¿quién es Jesús?».

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

D

273

1 4 DE S E P T I E M B R E

c \±J onocer y amar a Jesús no es fácil. De hecho, conocer y amar nunca es fácil. Nosotros somos criaturas que nos hacemos falsas ilusiones y, como el pueblo de Israel en el curso de su éxodo hacia la tierra prometida por Dios, sentimos la tentación de la idolatría. Conocer y amar exigen decisión y resolución. Hay un desapego en cada apego, un vaciarse que precede al llenarse, una muerte en cada vida... Nadie puede servir a dos señores. Por eso debemos ser conscientes de que nuestros corazones están divididos y de la posibilidad de que haya otras fuerzas en acción en nuestras vidas que pueden hacer que nuestro compromiso de fe sea anémico y débil. Hay ídolos, algunos hermosos y otros horrendos, que dilu­yen nuestro amor y sofocan nuestra unión con Jesús. El odio hacia uno mismo, el orgullo y la mojigatería puritana, así como la excesiva indulgencia egoísta, el miedo y la temeridad, la adoración y el odio de la propia mente y el propio cuerpo son formas idóla­tras de preocupación por uno mismo que orientan nuestros ojos hacia nuestro interior y los apartan de Jesús. La respuesta a los muchos problemas que conlleva una vida de fe siempre es la misma: llegar a conocer a Jesús.

Sólo él puede ayudarnos a ver nuestras vidas y todo cuanto hacemos como parte de nuestra relación con él. Cuando llegue­mos a conocer a Jesús, la falsa dicotomía entre la fe y la vida desa­parecerá. Nuestras alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, ganancias y pérdidas, se verán como parte del plan amoroso de Dios, como su revelación en nuestras vidas y en nuestro mundo. Este llegar a estar vivo en la fe, esta visión renovada de nuestro propio signifi­cado, este logro de identidad en Cristo, sólo es posible a través de una relación vivificante y amorosa con Jesús.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

274

15 DE S E P T I E M B R E

c ¿V^/ómo aceptamos libremente los dones de Dios?; ¿como co­rrespondemos a sus iniciativas y cooperamos con su trabajo en nosotros? Personalmente, estoy convencido de que la respuesta está tanto en la naturaleza humana como en la palabra revelada de Dios: llegar a conocer a Jesús. Observad que no se nos urge a saber cosas acerca de Jesús, sino a conocerle a él. Como dijo en cierta ocasión el cardenal Newman: «No construimos catedrales por principios intelectuales, sino para las personas. Sólo las perso­nas nos subyugan, enternecen y conquistan». La fe no es algo que deba comprenderse intelectualmente, sino algo que debe experi­mentarse y vivirse; es, en su esencia más profunda, una vivifican­te relación de amor con Dios, con y a través de su Hijo, Jesús. San Juan escribe:

«Éste es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1 Jn 5,11-12).

El propio Jesús dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la ten­gan en abundancia» (Jn 10,10). «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Y Pedro, predican­do a sus contemporáneos judíos, dijo de Jesús: «No hay en el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos sal­varnos» (Hch 4,12). Éste es, pues, el secreto de la fe y el don espe­cial del creyente: cultivar una relación profunda y cálidamente personal con Jesús, para que todo lo que se haga sea un acto de amor por Jesús y de fidelidad a él. Construir argumentos para demostrar la verosimilitud de la fe y debatir su racionalidad no produce amantes, santos o héroes. El núcleo de la cuestión es conocer y amar a Jesús.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

275

16 DE S E P T I E M B R E

T i^/ohn Steinbeck dijo en cierta ocasión: «Todos los pecados de los hombres son fórmulas de amar fallidas». Todos los pecadores re­tratados en el Nuevo Testamento (como todos los pecadores) bus­caban el amor en lugares equivocados. Entonces Jesús entró en sus vidas y, amándolos, les enseñó lo que es el amor auténtico; les dio alguien a quien poder amar. Naturalmente, él es el mismo Jesús: ayer, hoy y siempre. Es el Jesús que entra en nuestras vidas con bondad, estímulo y, algunas veces, desafíos.

La mayoría de las personas del Evangelio a quienes él amó, en especial María Magdalena, resultaron grandiosas. Cuando los apóstoles tuvieron miedo de ir al Calvario, María Magdalena per­maneció en él con gran fe y valentía. Seguro que fue vituperada. Es fácil imaginar que los hombres que estaban en el Calvario se mofaron de ella. «Anda, ¡mira quien está aquí! Es María, María Magdalena. Todos recordamos a "la picara María", Venga María. Te conocemos. ¿Qué es toda esta piedad? Te conocimos cuando... No nos tomes por tontos, María». Pero a María todo esto real­mente no le importaba, porque había sido amada y había encon­trado a alguien a quien amar. Ella y su vida habían cambiado para siempre gracias a Jesús.

Cuando Jesús entra en una vida, la transforma. Nos guía por caminos impredecibles hacia la grandeza personal. Jesús ve más allá de todas las cualidades externas y los hechos pasados que des­pistan a la mayoría. Él encuentra la bondad que pocos más son capaces de encontrar. El amó a María Magdalena y la llamó a la vida, a la María de la que tuvo que expulsar siete demonios. Él os amará a vosotros y me amará a mí y nos llamará a la misma ple­nitud de vida y amor y a la misma grandeza personal.

Del programa de video Jesús As I Know Him.

276

17 DE S E P T I E M B R E

JLJL abía un hombrecillo llamado Zaqueo que estaba en una difí­cil posición por más de un motivo: Zaqueo era enano y, por si fuera poco, era publicano. Estaba, pues, en desventaja, porque un publi-cano era un judío que recaudaba los impuestos de sus conciuda­danos judíos para enviarlos a Roma. Obviamente, los publícanos no eran muy queridos. Todo el mundo odiaba al pobrecillo Zaqueo, que era un solitario, y no por decisión propia. Pero un día en que iba solo por el camino vio a una multitud alineada. Preguntó a alguien que no le reconoció: «Oye, ¿qué pasa?» Y la res­puesta fue: «Es Jesús, el gran Jesús de Nazaret, que viene por el camino». Como él era tan bajito, no podía divisarlo, dada la canti­dad de personas que estaban delante de él. Así que, para verlo, se subió a un sicómoro. Entonces, al pasar, Jesús se dio cuenta de que había un hombrecillo subido a las ramas del árbol, pidió a la multitud que le dejara acercarse, se puso al pie del árbol y dijo a Zaqueo: «Tengo que pasar la noche en esta ciudad. ¿Puedo que­darme en tu casa?».

¿Te imaginas la sorpresa del hombrecillo? «¿Conmigo? ¿Quiere quedarse conmigo? Nadie me habla, ¡y él quiere quedar­se conmigo! Por cierto, ¿cómo sabía mi nombre?» Cuando pienso en Zaqueo y en cómo cambió su vida a partir de aquel día, recuer­do estos versos:

«Te amo, no sólo por lo que eres, sino por lo que yo soy cuando estoy contigo. Te amo, no sólo por lo que has hecho de ti mismo, sino por lo que tu amor está ayudándome a hacer de mí. Te amo por pasar por alto todas las tonterías y nimiedades que no puedes evitar ver y por sacar a la luz toda la belleza que hay en mí y que nadie había encontrado por no tener una mirada lo suficiente­mente penetrante».

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

277

18 DE S E P T I E M B R E

eberíamos estar agradecidos a Dios por venir a nuestro mundo como un bebé. Nadie tiene miedo de un bebé, porque no es más que un pequeño manojo gorjeante de humanidad en los brazos de su madre o de su padre. Por eso, no deberíamos temer­le, pues vino a nosotros como un bebé. Además, Jesús vivió en una pequeña localidad que nunca habría aparecido en ningún mapa si él no hubiera vivido allí. Y permaneció en ella la mayor parte de su vida en absoluta oscuridad. Más tarde, cuando llegó la hora de su muerte, murió en una cruz, la peor y más vergonzosa forma de castigo del mundo en que vivía. Después de su muerte, fue ente­rrado en la tumba de otro hombre, porque aparentemente no podía permitirse una tumba propia. Casi parece que cuando Dios se introdujo en nuestra historia, llegó a nosotros en la impotencia y la oscuridad: llegó como un bebé y murió con una multitud rién­dose de él. Yo supongo que no quería que temiéramos acercarnos a él. Nadie tiene miedo de los bebés ni de las personas que están sufriendo. Jesús ha hecho que nos resulte muy fácil sentirnos cómodos y a gusto con él. Parece estar siempre haciéndonos la pregunta que en una ocasión hizo a sus apóstoles: «¿Por qué tení­ais miedo?; ¿no sabíais que yo estaba con vosotros?».

Del programa de vídeo Jesús As 1 Know Him.

D

278

19 DE S E P T I E M B R E

T A 4 a prostituta (Le 7,36-50): En cierta ocasión, cuando Jesús estaba comiendo con un fariseo llamado Simón, un suceso muy extraño interrumpió la comida. Una mujer entró en la estancia. La presencia de una mujer en los banquetes de ese tipo no estaba permitida. Pero ella no era sólo una mujer; era una de las prosti­tutas locales. La liturgia identifica a esta mujer con María Magdalena. La prostituta se arrojó a los pies de Jesús y empezó a bañárselos con sus cálidas lágrimas, después se los enjugó con su cabello y se los ungió con un fragante perfume. Simón, el estricto fariseo con poca compasión por la debilidad humana, permaneció a su lado con indignada superioridad moral. Así que Jesús le pre­guntó quién ama más: aquel a quien se le ha perdonado más o aquel a quien se le ha perdonado menos. Cuando Simón dio la res­puesta obvia, Jesús sencillamente le dijo:

«"¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra". Y le dijo a ella: "Tus pecados quedan perdonados". Los comensales empeza­ron a decirse para sí: "¿Quién es éste que hasta perdona los peca­dos?" Pero él dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado. Vete en paz"».

Si la liturgia está en lo cierto al identificar a esta mujer con María Magdalena, ¡en qué testimonio del amor perdonador de Jesús se convirtió! Ella fue la que permaneció a los pies de la cruz de Cristo, recordando tal vez que él la había consolado y defendido cuando ella era una vergüenza pública.

De A Reason To Uve, A Reason To Die.

279

2 0 DE S E P T I E M B R E

n la narración evangélica de la noche que pasó Jesús en casa del fariseo Simón hay una línea en especial que me encanta. Recordaréis que la cena se vio interrumpida cuando una prostitu­ta entró en la estancia y se postró a los pies de Jesús. Simón se quedó mirándola furioso. Y Jesús le miró a él y le preguntó senci­llamente (ésta es la línea que me encanta): «Simón, ¿ves a esta mujer?» A la mayoría de nosotros (y probablemente también a Simón) nos gusta reducir a las personas a problemas. Nos referi­mos a ellas como «problemas» y «casos». Incluso lo hacemos con nosotros mismos. Nos consideramos «problemas». ¿Por qué? Pro­bablemente porque un problema puede resolverse, y un «caso» puede revisarse y juzgarse. Pero con las personas no podemos hacer lo mismo: sólo podemos comprenderlas. En la narración evangélica Jesús dice: «Simón, esto no es un caso ni un problema. Es una persona. ¿Ves a esta mujer? Es un ser humano; una mujer, Simón. ¿Puedes verla?».

Confundir a las personas con casos o problemas es una trage­dia. Algunas veces el personal médico lo hace. Dicen cosas de este tipo: «En la habitación 301 hay un caso de úlcera». Podríamos pensar que si echáramos hacia atrás las sábanas, veríamos un caso de úlcera tumbado en la cama. Pero nosotros estamos mejor infor­mados, ¿verdad?, y sabemos que es una persona a quien la preo­cupación le ha agujereado el estómago. No es un caso. Se trata de una persona, de una persona preocupada.

«¿Ves a esta mujer?» El Jesús que hace esta pregunta a Simón no se acerca a nosotros como a casos. «Tengo aquí una etiqueta apropiada para vuestro historial», como si fuéramos simples esta­dísticas (casos) en su libro. Para Jesús, no somos casos o proble­mas, sino personas. Y Jesús sabe que los problemas pueden resol­verse, pero a las personas sólo es posible comprenderlas. Y, por supuesto, cada uno de nosotros es irrepetible y únicamente... una persona.

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

E

280

2 1 DE S E P T I E M B R E

4 A. JL1 renombrado e ingenioso escritor inglés Gilbert Keith Ches­terton le preguntaron en cierta ocasión: «Si Jesús viviera hoy en nuestro mundo, ¿qué cree usted que haría?» Chesterton se quedó pensativo un momento y después respondió: «Está viviendo hoy en nuestro mundo. Viviendo y amándonos».

Esta pregunta y esta respuesta son de gran trascendencia. ¿Es Jesús un rabino muerto o un Señor vivo? Ésta es la pregunta fun­damental, ¿verdad? ¿Creo realmente en su afirmación de que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo?

Si creo de verdad en su presencia viva en mi vida, iré gradual­mente desarrollando una relación personal con él.

De la cassette The Growing Edge OfLife.

281

2 2 DE S E P T I E M B R E

j L ^ e acuerdo con nuestra teología cristiana, para salvarnos he­mos de estar «en Jesús». Nos bautizan «en Jesús». Nos converti­mos en una parte injertada de su Cuerpo Místico. Es algo similar a esto: Jesús baja del cielo a nuestra tierra, y entonces todos nos adherimos a él. De este modo, cuando él regrese al cielo, iremos con él. (Esto es una analogía, por supuesto, y todas las analogías son un poco deficientes). Lo importante es que caigamos en la cuenta de que la fuente de nuestra salvación es nuestra conexión con Jesús. No nos salvamos por lo que nosotros hacemos, sino por lo que él hace. Lo que nosotros hacemos nos introduce en Jesús.

Jesús mismo lo dice de diversos modos: «Yo soy la vid y voso­tros los sarmientos». Insiste en que «a no ser que mi vida fluya en vosotros, no podréis tener vida». «Separados de mí, moriréis». «Si permanecéis unidos a mí, daréis mucho fruto». «He venido para que podáis tener vida, y tenerla en abundancia». Y a la mujer del pozo le prometió «una fuente de vida eterna».

Por lo tanto, es extremadamente importante que mantenga­mos una relación personal con Jesús.

De la cassette The Growing Edge OfLife.

282

23 DE S E P T I E M B R E

c \*J uando acababa de ser ordenado sacerdote, hice un viaje en coche con otro sacerdote bastante mayor que yo. En el curso de nuestra conversación, le conté una historia que había leído acerca de san Juan de la Cruz. Según parece, Juan había sido gravemen­te malinterpretado por muchas personas y, a consecuencia de ello, tuvo que soportar un gran sufrimiento. Al final, el Señor se le apa­reció, le agradeció su espíritu de fe y le prometió concederle lo que le pidiera. Y la petición del santo fue: «Ser aún más humillado y despreciado por ti».

Mi viejo amigo sacerdote, Charlie, se lamentó: «Qué deseo tan terrible, ¿por qué pediría semejante cosa?» Entonces yo le pregun­té: «Si te prometieran concederte un único deseo, ¿qué pedirías?» En todos estos años no he olvidado su respuesta, y debo decir que tiene más sentido para mí que la petición de san Juan de la Cruz. Dijo sencillamente: «Pediría que Jesús fuera conocido y amado por todo el mundo».

(Yo le prometí que si alguna vez contaba la historia de san Juan de la Cruz, contaría también la historia de Charlie).

De la cassette The Growing Edge OfLife.

283

2 4 DE S E P T I E M B R E

kJ esús intentó que sus contemporáneos vieran claramente que el amor pedirá mucho más de nosotros de lo que la Ley puede exi­girnos. Cuando una persona entra en una relación legalista, puede llegar a un punto en el que diga: «Ya he hecho lo suficiente. Ya he cumplido todas mis obligaciones», y puede probarlo citando punto por punto cada cláusula del contrato. Sin embargo, el verdadero amor nunca puede decir: «Ya he hecho lo suficiente. Ya he cum­plido todas mis obligaciones». El amor es insosegable y nos impul­sa hacia adelante. El amor nos pide que caminemos muchos kiló­metros no exigidos por la justicia o el legalismo. En efecto, Jesús decía: «Cuando confronto tu legalismo con la ley del amor, no estoy pidiendo menos. No estoy diluyendo las exigencias de tu relación con Dios. La balanza de la justicia sólo puede regular la vida humana; pero el amor englobará y revitalizará esa vida. Y, al final, el amor es la única respuesta apropiada a las invitaciones amorosas de mi Padre, que es amor».

Yo creo que Jesús pedía a la gente de su generación, como hoy a nosotros, que empapasen sus mentes y sus espíritus del conoci­miento del amor de Dios por nosotros. Nosotros somos el deleite de sus ojos sonrientes, los hijos de su cálido corazón. Dios tiene más solicitud por nosotros que cualquier madre por su hijo. Si pudiéramos comprender hasta qué punto somos amados, querrí­amos responder, corresponder de alguna manera. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?», pregunta el salmista en el Salmo 116. Cuando hayamos abierto nuestras mentes y corazo­nes al amor de Dios, habremos superado las exigencias de lo que tenemos que hacer. La justicia y la observancia de la Ley me dicen que debo llegar justo hasta ahí. Pero el amor me pedirá que supe­re en muchos kilómetros ese punto. Si amamos, querremos hacer más de lo que debemos; querremos hacer todo lo que podamos. El amor es así.

De The Christian Vision.

284

25 DE S E P T I E M B R E

ea cual fuere el momento en el que nos hallemos de nuestro desarrollo, y sea cual fuere lo que estemos haciendo, Dios nunca dejará de amarnos, corroborando cuánto de bueno hay en noso­tros y comprendiendo tiernamente nuestras debilidades. No tene­mos necesidad de cambiar ni de crecer ni de ser buenos para ser amados. Más bien es al contrario: somos amados para que poda­mos cambiar, crecer y ser buenos. Y es sumamente importante que caigamos en la cuenta de este amor incondicional, para lo cual conviene que recordemos a personajes como los siguientes:

Pedro («la Roca», a pesar de no ser muchas veces más que un mon­tón de arena), un «bocazas», un hombre que había negado conocer siquiera a la persona que más le había amado en su vida.

Zaqueo, un hombrecillo dedicado a recaudar impuestos entre sus conciudadanos para Roma, a cambio de una comisión.

María Magdalena, que era una simple «buscona».

Andrés, un perfecto ingenuo que creía que cinco panes y dos peces bastaban para dar de comer a cinco mil personas.

Tomás, un «cabezota» de primera categoría.

Marta, Marta..., siempre nerviosa y preocupada y sin parar de quejarse.

El buen ladrón, que en la cruz pronunció la que quizá fuera su pri­mera oración y recibió la promesa del paraíso.

El ciego de nacimiento, que no sabía quién era Jesús, sino que úni­camente sabía que antes estaba ciego... ¡y ahora podía ver!

Saulo de Tarso, que estaba totalmente decidido a acabar con el cris­tianismo hasta que tomó el camino de Damasco y se encontró con el Señor.

En Jesús, Dios estaba amándolos a todos ellos, confirmándolos, perdonándolos, dándoles aliento, ofreciéndoles constantemente el gozo y la paz de una vida plena; y al igual que a ellos y que a noso­tros, a muchos millones más.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

s

285

2 6 DE S E P T I E M B R E

kj esús murió como había vivido, amando incondicionalmente. Bajo cada crucifijo —que representa al Señor con su corazón abierto y sus manos extendidas como si fuera a abrazar a todos los débiles y heridos del mundo— debería haber una leyenda que dijera:

«¡Esto es lo que quiero decir cuando digo que os amo!».

Si la parábola del hijo pródigo es la historia del amor incondicio­nal, Jesús en la cruz es la imagen de ese amor. Como el amor mismo, la persona de Jesús es a la vez un consuelo y un desafío. El consuelo es más profundo que cualquier otro que hayamos experimentado. Ese «¡Shalom! Estad en paz. Lo comprendo», se nos ofrece siempre, y en especial en esos momentos en los que nos sentimos como el bueno de Pedro, una Roca y algunas veces un montón de arena: «¡Aléjate de mí, Señor —dijo Pedro lamentán­dose—, porque soy un pecador!» Pero, por supuesto, el amor incondicional nunca se aleja. Jesús sólo le preguntó a Pedro, como nos pregunta a nosotros: «¿Me amas?» No nos pregunta por nues­tra debilidad, sino por nuestro amor. Y esto es muy consolador.

Su desafío es: «¡Amaos los unos a los otros como yo os he amado!».

De Unconditional Love.

286

27 DE S E P T I E M B R E

E n las denominadas narraciones de la tentación que se reco­gen en Lucas 4,1-13 encontramos a Jesús, al comienzo de su vida pública, clarificando sus propios principios vitales. Más concreta­mente, le encontramos rechazando tres principios vitales que el demonio le sugiere.

Podríamos decir que la primera tentación fue que aceptara el principio vital del placer. Jesús había ayunado —un ayuno total de cualquier alimento— y estaba muy hambriento. La promesa del demonio fue la satisfacción de su hambre física. Y la respuesta de Jesús fue: «En la vida hay cosas más importantes que el pan».

Después, el demonio le llevó a un lugar elevado, le mostró todos los reinos del mundo y le prometió poder sobre todos aque­llos lugares y gentes. Pero Jesús rechazó este principio vital con firmeza: «Debemos adorar a Dios y sólo a él». Jesús no entregará su corazón ni a la búsqueda del placer ni a la adulación del poder.

Entonces Satanás le llevó al pináculo del templo y le incitó a tirarse. «Deja que tu Padre te recoja con las manos de sus ángeles», se mofó el demonio, pero Jesús estaba decidido: no abdicaría de su responsabilidad personal respecto de su vida. Yo veo esta terce­ra tentación de este modo. Implica que realmente no somos libres. Nos pide que aceptemos una forma de determinismo que supone un rechazo de la responsabilidad. Pero Jesús se mantiene firme: «No pongas a prueba la paciencia de Dios».

Al clarificar de este modo sus propios principios vitales, Jesús está afirmando con decisión: «¡No viviré para el placer ni para el poder! y ¡no abdicaré de mi responsabilidad en cuanto a mi vida y mis actos!».

De Uncondictional Love.

287

28 DE S E P T I E M B R E

1 plan de Dios significa que Jesús vivirá en cada uno de los miembros de su Iglesia. Éste es el camino para que las personas de esta generación y de las generaciones venideras puedan encon­trar a Jesús en nosotros, en ti y en mí. Nosotros somos la carne y la sangre, los huesos y la piel de Jesús, constituimos sus miem­bros. Somos el medio que Dios ha dispuesto para compartirse a sí mismo y su amor.

Hay una conocida historia del período posterior a la Segunda Guerra Mundial que versa sobre una imagen de Jesús entre los restos de una iglesia alemana bombardeada. En esta imagen se representaba a Jesús tendiendo sus manos al mundo. Sin embar­go, a causa del devastador bombardeo, las manos de la estatua se habían destrozado. Después, durante mucho tiempo, la estatua sin manos permaneció como había sido encontrada. Sin embargo, de los brazos extendidos le colgaron un cartel que decía: «¡No tiene más manos que las tuyas!» Y es verdad. Nosotros, la Iglesia, los miembros de su Cuerpo, somos sus únicas manos, su única boca, su única mente y su único corazón. Somos, de hecho, la extensión de Jesús en el espacio y la prolongación de Jesús en el tiempo. O continuamos su trabajo de redención amando a este mundo y llamándolo a la vida, o no se llevará a cabo. El Reino de Dios marcha al ritmo de nuestros pasos.

De The Christian Vision.

E

288

29 DE S E P T I E M B R E

p JL or supuesto, esto puede provocar una gran conmoción. «¿Yo soy Jesús para el mundo? No, no es posible». Después de superar el terror inicial y el impulso a negarnos, creo que todos tenemos que caer en la cuenta, con mucha calma, de que no se trata de una llamada a caminar sobre las aguas. Sin embargo, sí es una llama­da a ponernos en pie y dar la cara. Recordemos una vez más la pregunta que nos persigue: si fueras arrestado por ser cristiano, ¿habría suficientes pruebas para condenarte? El Jesús que pide ser reconocido en mí no es el Jesús perfecto y todo bondad y poder. Ése Jesús no está a mi alcance. Es el Jesús que trabaja en mí, que me consuela y me apoya en mi debilidad humana, el que debe brillar a través de mí. Es el Jesús que dijo a Pablo: «Mi fuer­za se manifestará a través de tu debilidad».

Todos llevamos el tesoro de este amoroso Jesús que reside en nosotros y se manifiesta a través de nosotros en frágiles vasijas de barro. No es posible esperar de nosotros la perfección, pero sí debemos estar dispuestos a ponernos en pie y ofrecer nuestros tes­timonios personales de su gracia. Tú y yo deberíamos querer decir al mundo lo mejor que pudiéramos, con nuestras palabras y nues­tra manera de vivir, con nuestro trabajo y nuestro culto: «Jesús ha tocado mi vida. Con su benevolencia, su estímulo y su desafío, Jesús ha hecho que mi vida fuera completamente distinta. Estaba ciego y ahora veo. Estaba perdido y he sido encontrado». Sin embargo, mi propia experiencia me hace sentir una urgencia interna de añadir a este testimonio: «Pero, por favor, ten pacien­cia. Dios todavía no ha terminado conmigo».

De The Christian Vision.

289

3 0 DE S E P T I E M B R E

stoy seguro que esto fue lo que Jesús tanto deseaba aclarar a Pedro y a los discípulos. Todos los días que pasó con ellos, pero en especial en la Última Cena, en sus últimos momentos a su lado, quiso subrayar la verdad: ¡Mi Reino es un Reino de amor! No es un lugar donde impera el poder o compiten las personas. No es un patio de recreo o un refugio para quienes no tienen el arrojo de hacer un esfuerzo. El requisito solemne y único para entrar en el Reino de Dios es la elección del amor como principio vital. Sólo hay un signo de identificación: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,35).

«Si no puedes aceptarlo —insistió Jesús a Pedro—, no tienes parte conmigo. ¡En mi Reino, el único poder es el poder del amor!».

Jesús quiere saber si se ha entendido la lección. Aparen­temente, descubrió que los apóstoles tenían la misma falta de comprensión que yo suelo descubrir en mí mismo. En el evange­lio de Marcos, Jesús les pregunta a los apóstoles diecisiete veces (¡en una ocasión las conté!): «¿Todavía no comprendéis?».

Yo debo hacerme la misma pregunta una y otra vez: ¿com­prendo realmente?; ¿creo realmente que Jesús me llama para que acepte como propio el principio vital del amor?; ¿comprendo real­mente que dicho compromiso es el único camino para conseguir una felicidad verdadera y perdurable? Éstas son las preguntas cuyas respuestas se encuentran en lo más profundo de mi interior. Debo, al menos, intentar buscar en mis profundidades. Mi vida entera está en juego.

De Unconditiona! Love.

E

290

Otoño

1 DE O C T U B R E

JL JL ermanos y hermanas: el más persistente y acuciante deseo de mi vida es, sin duda, el de llegar a ser plenamente humano y vivir en plenitud. Por otro lado, el temor que más me atormenta es la posibilidad de desperdiciar la gran oportunidad de vivir. Mi oración personal varía según las experiencias y necesidades de cada día, pero nunca omito una oración: «No permitas, Señor, que muera sin haber vivido y amado de veras». Esto es lo que también espero y pido para vosotros. En la medida en que puedo ser cons­ciente de mis motivos, mi deseo de veros vivir en plenitud es la razón de ser de este libro. He descubierto algo valioso, capaz de transmitir vida y energía, y quiero compartirlo con vosotros.

A lo largo de mi vida, y en mi búsqueda de la plena experien­cia de la vida humana, los momentos más satisfactorios y trans­formadores han sido momentos de percepción profunda. A veces, estos preciosos momentos, que han ampliado mi mundo e inten­sificado mi participación en la vida, han sido como un castillo de fuegos artificiales en una noche de fiesta. Otras veces se han pro­ducido como un amanecer que, lenta y progresivamente, va difun­diendo la luz y la vida. En cualquier caso, pude sentir el gozo del agradecimiento y el calor de la afinidad con el gran psiquiatra Cari Jung cuando descubrí que a las tres tradicionales virtudes teolo­gales añadía él una cuarta: el «insight» (= percepción profunda); según él (Man in Search ofa Soul), los momentos más significativos de su propia vida habían sido momentos de fe, esperanza, amor... e insight.

Naturalmente, necesitamos verificar nuestras percepciones en el laboratorio de la vida. Cualquier conocimiento que no transfor­me la calidad de nuestra vida será un conocimiento estéril y de muy dudoso valor. Por otra parte, cuando cambian la calidad y las pautas emocionales de nuestra vida, por lo general se debe a una nueva percepción profunda. Así ha sucedido en mi vida, y estoy seguro que también en la vida de todos los demás.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

293

2 DE O C T U B R E

famoso psiquiatra vienes Viktor Frankl dice que lo más importante que la psicología puede y debe hacer en los próximos cincuenta años es ponernos de manifiesto nuestros propios pode­res, especialmente nuestros poderes para cambiar y crecer. Nunca es imposible cambiar. La psicología necesita estimular los poderes desafiantes del espíritu humano y decirnos: puedes hacerlo. Lo que más me entristece escuchar a otra persona es: «Así es como soy. Así era en el principio, soy ahora y seré siempre». Quiero rogar a estas personas que no digan semejante cosa, que ni se les ocu­rra pensarlo. Yo creo en el cambio con cada músculo, cada fibra y cada neurona de mi ser. Todos somos capaces de cambiar. De­bemos creer en los poderes desafiantes del espíritu humano, como diría Viktor Frankl. Es verdad que hay una fuerte corriente de determinismo en la psicología moderna. Es un tipo de conductis-mo computerizado que dice: «No, lo siento. Todo se ha terminado para ti. Fuiste programado para ser lo que eres, y toda tu vida no es sino un disco que se repite una y otra vez. Lo que haya de ser, será». Las personas que comparten este principio vital determinis­ta encuentran en él una forma cómoda de eludir la responsabili­dad personal. Porque la responsabilidad personal significa tomar decisiones, elegir, sufrir, soportar, arriesgarse y cambiar. A las per­sonas que no quieren arriesgarse suele gustarles hablar continua­mente sobre lo que sucedió en el pasado. Les encanta interpretar sueños y leer horóscopos, con la esperanza de que ello explique lo que libremente se niegan a revisar. Dicen: «Cuando era niño, no me querían», como si esto lo explicara todo, especialmente el desenlace final de sus vidas. Otros dicen: «He cometido tantos errores en el pasado... No puede haber mucho futuro para mi». A este tipo de persona, Jesús le dice: «Yo soy el Médico Divino. He venido para el débil y el enfermo, no para el sano. Soy el Buen Pastor. Busco a las ovejas perdidas». Todos nos encontramos en alguna ocasión frente a este Jesús que cree en el cambio y en la conversión incluso más de lo que yo creo, incluso más que Viktor Frankl.

De la cassette My Vision And My Valúes.

294

3 DE O C T U B R E

J L V ecuerdo una época, hace muchos años, en la que me encon­traba en Alemania intentando dominar el idioma de los «nativos». Tuve el privilegio de servir durante una temporada como capellán de un remoto convento bávaro. La hermana que asignaron para ocuparse de mi habitación tenía ochenta y cuatro años. Cada vez que salía de la habitación, aunque fuera un momento, ella la lim­piaba. Y no me refiero a limpiar por encima, sino a encerar los sue­los, pulir el mobiliario, etc. En una ocasión, cuando salí de la habi­tación para dar un corto paseo, al regresar me encontré a la «Schwester» de rodillas, sacando brillo a sus suelos encerados. Riéndome, bromeé con ella:

«Schwester, Sie arbeiten zuviel!» («¡Hermana, trabaja demasiado!»).

La querida y devota hermana se enderezó (todavía de rodillas), me miró con una seriedad que bordeaba la severidad y dijo:

«DerHimmel ist nicht billig!» («¡Usted sabe que el cielo no es barato!»).

Dios la bendiga. Sin duda alguna fue educada para creer, y creía con todo su corazón, que la vida era un suplicio, el precio de la bie­naventuranza eterna. El cielo debe comprarse, y no es barato. Estoy seguro de que ahora el cielo pertenece a aquella querida alma que vivió tan fielmente de acuerdo con sus luces. (De hecho, creo que debe haber una sección acordonada para almas especia­les como la de aquella «Schwester»), Pero yo no puedo creer que este tipo de triste adquisición de un lugar en el cielo sea realmen­te la vida a la que Dios nos llama. No creo que él tenga intención de que nos arrastremos a través de un túnel con las manos y las rodillas ensangrentadas para conseguir una porción de cielo cuan­do muramos. Dios no es un Shylock que exige su libra de carne por la vida eterna. De hecho, creo que, teológicamente hablando, la vida eterna ya ha comenzado en nosotros, porque la vida de Dios ya está en nosotros. Y deberíamos celebrarlo.

De Unconditional Love.

295

4 DE O C T U B R E

\J esús nos desafía a reemplazar nuestras actitudes paralizantes por sus bienaventuranzas. Nos pide que hagamos de nuestras vidas un acto de amor. Ahora bien, para emprender este camino debemos estar seguros de que este desafío es para nosotros una «buena noticia», no una llamada a la crucifixión. Dios no nos llama a vivir una existencia solitaria y triste con la promesa de una recompensa posterior, sino que nos llama a vivir, a amar y a gozar de este reto. Las fórmulas de Dios son mapas que nos guían hacia la libertad y la paz. Dios nos dice: «La única forma de vivir es ser libre. Por eso, reserva tu corazón para el amor, y reserva tu amor para las personas. No permitas jamás que ninguna "cosa" te posea. No permitas que el dinero o la fama o el poder o la bús­queda del placer te pongan un aro en la nariz y te lleven adonde quieran. Ama a las personas y utiliza las cosas». Y, por supuesto, ésta es la única forma de vivir, de ser libre. Las palabras tranquili­zadoras de Dios son sin duda una buena noticia. El escritor inglés Chesterton dijo en cierta ocasión: «El problema es que para la ma­yoría no es noticia, y a muchos ni siquiera nos suena como buena». Sin embargo, eso es precisamente el evangelio: la bue­na noticia de Dios transmitida por Jesús: ¡la llamada a vivir plenamente!

Hay una anécdota sobre un sacerdote que un buen día se encontró en la calle con el humorista Groucho Marx. El sacerdote le reconoció y le preguntó: «Perdone, ¿no es usted Groucho Marx?» El humorista respondió: «Sí, padre, lo soy». «Bien —con­tinuó el sacerdote—, quiero simplemente agradecerle toda la ale­gría que ha aportado al mundo». Y parece que Groucho contestó: «Y a mí me gustaría agradecerle, padre, toda la alegría que ha qui­tado al mundo».

Puede que no hayamos leído y transmitido el mensaje evan­gélico como una buena noticia. Quizá hayamos olvidado que Jesús vino a este mundo para que pudiéramos tener vida en toda su ple­nitud. Es posible que tengamos que revisar nuestras propias acti­tudes a la luz de las bienaventuranzas de Jesús. Después de todo, son la llamada a la felicidad.

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

296

5 DE O C T U B R E

4 JL JL mi modo, he llegado a comprobar que el amor es el ingre­diente esencial en cualquier «programa» de vida humana y plena; y he comprobado también que el amor funciona si las personas estamos dispuestas a que funcione. He conseguido ver que la comunicación es el alma del amor y que la experiencia y la expre­sión de las emociones es el meollo de la comunicación. Y, además, he constatado que nadie puede originar emociones en otra perso­na, sino que únicamente puede estimular emociones previamente existentes y que sólo esperan ser despertadas.

Después de adentrarme en terrenos siempre nuevos y excitan­tes con ayuda de estas percepciones, especie de jalones de una comprensión progresiva, una pregunta quedaba siempre en el aire: suponiendo que una persona obrara de acuerdo con todas estas percepciones profundas, sintiéndose perfectamente libre para experimentar y para expresar de un modo maduro su sole­dad, su miedo, su irritación, etc., ¿cuál sería el siguiente paso de dicha persona? ¿Sería la simple y franca expresión de estas peno­sas y negativas emociones lo suficientemente sanante como para poder modificar sus pautas de reacción? Mi propia experiencia, referida tanto a mí mismo como a otras personas, me induce a creer que la modificación de esas pautas emocionales negativas sólo puede producirse si se da un cambio en el modo de pensar, en la propia percepción o visión de la realidad.

Actualmente me parece obvio que nuestras reacciones emo­cionales no son parte permanente de nuestro carácter, de lo que desde un principio ha sido, sigue siendo y será siempre nuestro modo de ser. Dichas reacciones proceden más bien del modo en que nos vemos a nosotros mismos, a los demás, la vida, el mundo y a Dios. Nuestras percepciones constituyen el marco habitual de referencia dentro del cual actuamos y reaccionamos. Nuestras ideas y actitudes generan nuestras respuestas emocionales. Las emociones persistentemente negativas son un indicio de que se da una distorsión o un engaño en nuestro modo de pensar, un «astig­matismo» en nuestra visión.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

297

6 DE O C T U B R E

1 ser plenamente humano es capaz de salir de sí y compro­meterse con una causa, y de hacerlo libremente. Evidentemente, el ser plenamente humano debe ser libre. Hay entre nosotros mu­chos filántropos que entregan su tiempo o sus bienes de un modo entusiasta o compulsivo. Parece como si sintieran una especie de necesidad irresistible que no les dejara en paz, una especie de culpa y/o ansiedad que —como si de una anilla en la nariz se tra­tara— les arrastrara obsesivamente de una buena acción a otra. El ser plenamente humano sale de sí, hacia los demás y hacia el pro­pio Dios, no por una especie de neurosis compulsivo-obsesiva, sino activa y libremente y porque así lo ha decidido.

En el amor, el ser plenamente humano no se identifica con lo que ama, como si se tratara de algo añadido a él. En su libro Étre et avoir, Gabriel Marcel se lamenta de que nuestra civilización nos enseña a apoderarnos de las cosas, cuando más bien debería ini­ciarnos en el arte de desprendernos de ellas, porque no hay liber­tad ni vida real sin un aprendizaje de la desposesión.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

E

298

7 DE O C T U B R E

* ' a persona plenamente humana es un Actor, no un Re-actor. Cuenta el columnista Sidney Harris que en cierta ocasión, acompañando a comprar el periódico a un amigo suyo, éste saludó con suma cor­tesía al dueño del quiosco, el cual, por su parte, le respondió con brusquedad y descortesía. El amigo de Harris, mientras recogía el periódico que el otro había arrojado hacia él de mala manera, son­rió y le deseó al vendedor un buen fin de semana. Cuando los dos amigos reemprendían su paseo, el columnista preguntó:

— ¿Te trata siempre con tanta descortesía?

— Sí, por desgracia.

— ¿Y tú siempre te muestras igual de amable?

— Sí, así es.

— ¿Y por qué eres tú tan amable con él, cuando él es tan anti­pático contigo?

— Porque no quiero que sea él quien decida cómo debo actuar yo. Soy un actor, no un re-actor.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

299

8 DE O C T U B R E

¿JL JLas experimentado alguna vez la sensación de estar con otra persona en una importante encrucijada de su vida? Si es así, pro­bablemente has visto la importancia que tiene que esa persona elija el camino menos transitado. Yo tengo la misma sensación. Cada uno de nosotros se encuentra, en mi opinión, en una encru­cijada vital y puede optar por el camino de culpar: a las otras per­sonas que hay en su vida, a su «modo de ser», a la situación en la que se encuentra, al tiempo, a los astros, etc., etc. Este camino de atribuir a los demás la responsabilidad de las propias reacciones es un callejón sin salida en cuyo final lo único que hay es muerte: la muerte del propio crecimiento como cristiano, la muerte de la paz y la muerte de lo que podría haber sido. El crecimiento empieza únicamente donde la culpabilización termina.

Tengo la sensación de que también podemos elegir el camino menos transitado, el de la pregunta: «¿Qué hay en mí?» Como es natural, este camino tiene algunos zigzags, así como baches y giros bruscos. Habrá que escalar montañas y cruzar ríos. A lo largo del camino nos sentiremos a veces muy abrumados por las tareas que la honestidad nos impone. Pero, si elegimos este camino, alcanzaremos finalmente la plenitud, porque nos haremos pro­fundamente cristianos. Nos asemejaremos más al Cristo de nues­tra fe. Y experimentaremos la paz y poseeremos la plenitud de vida que Jesús prometió como su don y su legado a los creyentes.

De The Christian Vision.

300

9 DE O C T U B R E

* Ja persona «plenamente humana» es la persona que consigue ser «ella misma»; que no se doblega ante cualquier viento que pueda soplar ni está a merced de la mezquindad, la vileza, la im­paciencia y la ira de los demás; que no se deja transformar por el ambiente, sino que es ella la que influye en éste.

Por desgracia, la mayoría de nosotros nos sentimos como una embarcación a merced de los vientos y las olas. Cuando los vien­tos rugen y las olas se encrespan, nos falta lastre y decimos cosas como: «Me pone enfermo...»; «Me saca de mis casillas...»; «Sus observaciones me hacen sentirme terriblemente violento...»; «Este tiempo me deprime increíblemente...»; «Este trabajo me aburre soberanamente...»; «Sólo con verle me pongo triste...».

Obsérvese que todas estas cosas me afectan a mí y a mis emocio­nes. No tengo nada que decir acerca de mi enojo, de mi depresión, de mi tristeza, etc. Y, al igual que todo el mundo, me limito a cul­par a otros, a las circunstancias y a la mala suerte. La persona ple­namente humana, como dice Shakespeare en Julio César, sabe que «la culpa, querido Bruto, no es de las estrellas, sino nuestra...». Podemos alzarnos por encima del polvo de la batalla cotidiana que a tantos de nosotros ciega y sofoca; y esto es precisamente lo que se espera de nosotros en nuestro proceso de crecer como personas.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

301

10 DE O C T U B R E

jLXios nos llama a la plenitud de vida. La promesa y el legado de Jesús a sus seguidores es una profunda paz personal. Cuando la plenitud de vida y la paz personal se ven obstaculizadas por la incomodidad, ya sea física, emocional o conductual, la experien­cia de incomodidad constituye una invitación a la introspección y la reflexión personales. «¿Qué hay en mí?» es la pregunta necesa­ria y a veces dolorosa que hay que hacerse. No puedo cambiar a los demás, ni el mundo que me circunda, ni el clima, ni la posi­ción de las estrellas; lo que sí puedo hacer es cambiarme a mí mismo. A través de la reflexión y la oración puedo seguir la pista a mi incomodidad hasta las actitudes que la originan. Puedo ver con claridad lo que hay en mí, y ésta es el área de mis actitudes que puedo controlar y cambiar. Puede que haya ocasiones en que mi actitud esté en plena armonía con mi fe cristiana, pero la mayoría de las veces, si el lector es como yo, encontrará una acti­tud neurótica y no cristiana en el origen de su incomodidad.

Por tanto, tengo que preguntarme por las actitudes alternati­vas. Tengo que ir hacia los demás en mi necesidad, para explorar la mente y las actitudes de quienes no parezcan afligidos por mi incomodidad. También puede serme de ayuda recoger en un dia­rio una descripción escrita tanto de la antigua actitud de la que he de desprenderme como de la nueva que tengo que adquirir.

De The Christian Vision.

302

11 DE O C T U B R E

JLoáo el proceso de maduración depende de cómo reaccionemos ante las dificultades o los desafíos de la vida. La persona inmadu­ra sólo ve las dificultades: están tan próximas a sus miopes ojos que sólo puede ver los problemas y presta muy poca atención a su propia reacción que es, de hecho, lo importante y definitivo. Las dificultades pasan, pero nuestra reacción ante ellas no. Cada reac­ción, madura o inmadura, persiste en nosotros como el comienzo de un hábito. Las reacciones maduras repetidas tienden a produ­cir los hábitos de madurez que nos definen. Mientras que las reac­ciones inmaduras repetidas se convierten en una mala costumbre.

El cristiano debe siempre aceptarse en su actual condición humana peregrina que, inevitablemente, conllevará fracasos. Los ideales deben siempre ser pasados por la prueba de la experiencia real. En esta prueba, nuestros ideales, que suelen parecer hermo­sos, nos exigen una lucha, una renuncia, una batalla por el con­trol del yo, una disposición a comenzar de nuevo tras los fracasos, una aceptación lúcida del misterio de la cruz.

El problema —en este caso, el fracaso aislado— no es lo esen­cial, definitivo o primordial, sino nuestra reacción ante él. La reac­ción del cristiano debe caracterizarse siempre por una confianza alimentada por la convicción de que Dios y él constituyen una mayoría más fuerte incluso que la propia debilidad. El proceso de maduración como cristiano y como ser humano estará marca­do inevitablemente por los fracasos, pero el único fracaso real es el abandono. Cuando las circunstancias son duras, el cristiano debe ser más duro aún. Debemos ser mayores que nuestros pro­blemas. Al final, esa determinación hacia el amor nos pondrá a los pies del Amor mismo, que es nuestra victoria eterna en el Cristo victorioso.

De Why Am 1 Afraid lo Love?

303

12 DE O C T U B R E

JL ensemos en todos los grandes hombres y mujeres de la histo­ria de la humanidad. Imaginemos a Juana de Arco lloriqueando: «Pero si ni siquiera soy capaz de montar a caballo, ¡y mucho me­nos de dirigir un ejército!» ¿Qué habría ocurrido si Cristóbal Colón hubiera dicho: «No es posible que yo tenga razón y todos los demás estén equivocados. ¿Y si fracaso y nos perdemos en la inmensidad del océano? ¿Qué dirán entonces de mí?» Suponga­mos que Thomas Jefferson se hubiera refugiado en sus miedos: «¿Escribir yo una Declaración de Independencia para un nuevo país? Estáis bromeando. Yo nunca he escrito una Declaración en mi vida».

Podemos reaccionar diciendo: «Es verdad, pero ellos fueron grandes y famosos personajes, y yo no soy ni grande ni famoso». Y se nos puede responder: «De acuerdo. ¡Pero ellos tampoco lo eran antes de expandirse!».

De El verdadero yo: ¡en pie!

304

13 DE O C T U B R E

JL oda persona tiene una tendencia natural e innata a crecer. El crecimiento personal es similar al crecimiento físico. Cuando miramos el cuerpo de un niño pequeño, sabemos que lo único que ese niño necesita es tiempo y una alimentación adecuada. Con el tiempo, el pequeño cuerpo infantil crecerá hasta su pleno desa­rrollo. Del mismo modo, cuando encontramos a un ser humano en un momento determinado del curso de su proceso y progreso per­sonales, tenemos que tener fe en que, con el tiempo y la alimen­tación adecuada, esa persona alcanzará su plena madurez.

La alimentación adecuada para el crecimiento personal es la aceptación y el estímulo amorosos de los demás, no el rechazo y las sugerencias impacientes de mejora. Los seres humanos, como las plantas, crecemos en la tierra de la aceptación, no en la atmós­fera del rechazo. Hemos dicho que el crecimiento personal recuer­da al crecimiento físico: todas las energías y tendencias están presentes.

Si somos aceptados allí donde nos encontramos, se liberarán todas nuestras energías y deseos de crecimiento. Si se nos tran­quiliza diciéndonos que está bien que estemos donde estamos, tendremos valor para ir más allá. La aceptación amorosa nos hará crecer gradualmente hasta alcanzar la plenitud de vida.

De El verdadero yo: ¡en pie!

305

14 DE O C T U B R E

4 X A . modo de descripción general, digamos que las personas ple­namente vivas son aquellas que utilizan todas sus facultades, capacidades y dotes humanas, y que las utilizan «a tope». Estos individuos hacen un uso exhaustivo de sus sentidos externos e internos. Se sienten a gusto y están absolutamente abiertos a la plena experiencia y expresión de todas las emociones humanas y son personas vibrantemente vivas de mente, de corazón y de vo­luntad. En mi opinión, la mayoría de nosotros sentimos un miedo instintivo a viajar con nuestras máquinas a todo gas. Por razones de seguridad, preferimos tomarnos la vida a pequeñas e inofensi­vas dosis. La persona plenamente viva, en cambio, «viaja» con la certeza de que, si uno está vivo y explota plenamente todas sus dotes y facultades, el resultado será la armonía, y nunca el caos.

Las personas plenamente vivas lo están en todos sus sentidos, tanto externos como internos. Ven un mundo maravilloso; escu­chan su música y su poesía; aspiran la fragancia de cada nuevo día y saborean el exquisito gusto de cada momento. Por supuesto que sus sentidos también se sienten ofendidos por lo feo y por lo féti­do. Estar plenamente vivo significa estar abierto a toda la expe­riencia humana. Subir una montaña requiere un gran esfuerzo, pero la vista que se divisa desde la cima es verdaderamente es­pléndida. Las personas plenamente vivas poseen una imaginación sumamente activa y un depurado sentido del humor. Y están igualmente vivas por lo que se refiere a sus emociones. Son perso­nas capaces de experimentar toda la gama de sensaciones y senti­mientos: admiración, reverencia, ternura, compasión, agonía y éxtasis.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

306

15 DE O C T U B R E

" •/ac personas plenamente vivas son además vivas de mente. Son perfectamente conscientes de la sabiduría que encierra la sen­tencia de Sócrates de que «la vida irreflexiva no es digna de ser vivida». Por eso son personas que cultivan constantemente el pen­samiento y la reflexión. Son capaces de hacerle a la vida las pre­guntas apropiadas, y son lo bastante flexibles como para permitir que la propia vida les haga preguntas a ellos. No están dispuestos a vivir una vida irreflexiva en un mundo inexplorado.

Pero, sobre todo, estas personas están vivas de voluntad y de corazón. Aman mucho. Aman de veras y se respetan sinceramente a sí mismas. Todo amor empieza por ahí y se construye desde ahí. Las personas plenamente vivas sienten la alegría de estar vivas y de ser quienes son. Y aman a los demás de una manera delicada y sensible. Su actitud fundamental hacia todos es de solicitud y de amor, y hay en sus vidas personas que les son tan queridas que la felicidad, el éxito y la seguridad de dichas personas son tan reales para ellas como la felicidad, el éxito y la seguridad propias. Además, son fieles y se entregan totalmente a aquéllos a quienes aman de un modo tan especial.

Para estas personas, la vida tiene el color de la alegría y la música de la celebración. Sus vidas no son un perenne cortejo fú­nebre. Cada mañana es una oportunidad que se espera con ilu­sión. Tienen una razón para vivir y una razón para morir. Y, cuan­do mueren, sus corazones están rebosantes de gratitud por todo cuanto les ha sucedido, por su propia manera de ser y por haber podido vivir una hermosa y satisfactoria experiencia. Una amplia sonrisa iluminará todo su ser cuando pasen revista a lo que ha sido su vida. Y el mundo será siempre un lugar mejor, más feliz y más humano por haber ellos vivido, reído y amado en él.

De Plenamente vivo, plenamente humano.

307

16 DE O C T U B R E

r • J a plenitud de la vida no debe confundirse con el proverbial «lecho de rosas». Las personas que viven plenamente, precisa­mente por estar plenamente vivas, experimentan, evidentemente, tanto el fracaso como el éxito. Están abiertas tanto al dolor como al placer. Tienen muchas preguntas y algunas respuestas. Lloran y ríen. Sueñan y esperan. Lo único que es ajeno a su experiencia de la vida es la apatía y la pasividad. Pronuncian un enérgico «sí» a la vida y un decidido «amén» al amor. Sienten en su carne las fuer­tes punzadas del crecimiento —del pasar de lo viejo a lo nuevo— pero están siempre dispuestas a poner manos a la obra, con su mente en ebullición y su corazón en llamas. Están siempre mo­viéndose, creciendo, en proceso, en constante evolución.

¿Cómo se consigue ser así? ¿Cómo podemos aprender a unir­nos a la danza y a cantar la canción de la vida en toda su pleni­tud? En mi opinión, lo que hoy sabemos a este respecto puede resumirse y formularse en cinco pasos fundamentales hacia la plenitud de la vida. Enumeremos brevemente esos cinco pasos esenciales: 1) aceptarse a sí mismo; 2) ser uno mismo; 3) olvidarse de sí mismo en el amor; 4) creer; 5) pertenecer.

Estos pasos normalmente se dan en el orden que acabamos de indicar, y cada uno de ellos presupone los anteriores, pero ningu­no se da nunca completamente, sino que cada uno de los pasos seguirá siendo siempre un ideal por alcanzar. En términos de «visión» o de marco básico de referencia, cada uno de los cinco pasos constituye esencialmente una nueva percepción. Cuanto más profundamente hagamos nuestras dichas percepciones, tanto más capaces seremos de descubrir la plenitud de la vida.

Bon Voyage!

De Plenamente humano, plenamente vivo.

308

17 DE O C T U B R E

4 jLJLceptarse a si mismo. Las personas que viven plenamente se aceptan y se aman a sí mismas tal como son. No viven de la pro­mesa de un mañana incierto ni aspiran a que un día se revele en ellos la presencia de unas hipotéticas y desconocidas posibilida­des. Por lo general, su propia realidad les hace sentir acerca de sí las mismas emociones de afecto y de satisfacción que todos expe­rimentamos cuando nos encontramos con alguien a quien apre­ciamos y admiramos. Las personas que viven plenamente son muy conscientes de todo lo bueno que hay en ellas, desde cosas tan insignificantes como su manera de sonreír o de andar hasta aquellas virtudes que se han esforzado por cultivar, pasando por los «talentos» con que la naturaleza haya querido dotarlas. Cuando estas personas descubren en sí mismas imperfecciones o limitaciones, saben aceptarlo compasivamente y tratan de com­prenderse a sí mismas, en lugar de censurarse. «Además de so­meterte a una sana disciplina», dice el autor de Desiderata, «sé be­névolo contigo mismo». La fuente de la plenitud de la vida brota en el interior de la persona. Y, desde el punto de vista psicológico, una autoaceptación gozosa, una buena imagen de sí mismo y un adecuado sentido de la autocelebración constituyen el hontanar de esa fuente que salta incontenible hacia la plenitud de la vida.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

309

18 DE O C T U B R E

C i_/ er uno mismo. Las personas que viven plenamente se ven libe­radas, gracias a su autoaceptación, para ser auténticas y reales. Sólo quienes se han aceptado gozosamente a sí mismos son capa­ces de asumir todos los riesgos y responsabilidades inherentes al hecho de ser quienes son. «¡Tengo que ser yo mismo!», repite la letra de una conocida canción; pero a la mayoría de nosotros nos seduce irresistiblemente el ponernos máscaras e interpretar pape­les. Los viejos mecanismos de defensa del yo tienen la función de protegernos de la vulnerabilidad, pero lo que hacen es amortiguar el impacto de la realidad en nosotros, reducir nuestra visibilidad y disminuir nuestra capacidad de vivir. Ser nosotros mismos tiene muchas consecuencias; significa que somos libres para tener y comunicar nuestras propias emociones, ideas y preferencias. Los individuos auténticos pueden pensar sus propios pensamientos y tomar sus propias opciones. Ya no sienten la continua necesidad de contar con la aprobación de los demás ni «se venden» a nadie. Sus sentimientos, pensamientos y decisiones no «se alquilan», sencillamente. Su estilo de vida podría resumirse en el lema «Sé fiel a tu propio yo».

De Plenamente humano, plenamente vivo.

310

19 DE O C T U B R E

\ J ¡viciarse de sí mismo en el amor. Una vez que han aprendido a aceptarse y a ser ellos mismos, los que viven plenamente proceden entonces a ejercitarse en el arte de olvidarse de sí mismos, en el arte de amar. Para ello aprenden a salir de sí mismos interesándo­se y preocupándose auténticamente por los demás. Las dimensio­nes del universo de una persona son las de su corazón. Sólo po­dremos sentirnos a gusto en el mundo de la realidad en la medi­da en que hayamos aprendido a amarlo. Los hombres y mujeres que viven plenamente huyen del oscuro y reducido mundo del egocentrismo, que siempre está poblado por un solo habitante, y rebosan de una empatia que les permite con-sentir profunda y espontáneamente con los demás. Debido a su capacidad de acce­der al mundo de los sentimientos y emociones de los demás —casi como si se hallaran dentro de los demás, o los demás dentro de ellos—, su propio mundo se agranda considerablemente, a la vez que aumenta enormemente su potencial de experiencia humana. Se han convertido en «personas para los demás», y entre «los demás» hay seres que les son tan queridos que han experimenta­do personalmente ese sentido del compromiso y la fidelidad pro­pio del «mayor amor» imaginable (cf. Jn 15,13). Y es que están dispuestos a proteger a sus seres queridos con su propia vida.

No hay que confundir a la persona que ama con la persona «caritativa», la cual sólo ve en los demás otras tantas oportunida­des de practicar sus obras de caridad, que contabiliza cuidadosa­mente. Para las personas que aman, el centro de su preocupación y de su interés no son ellas mismas, sino los demás, por quienes se preocupan profundamente. La diferencia entre las personas caritativas y las personas que aman es la misma diferencia que hay entre una vida que no es más que representación escénica y una vida que es un acto constante de amor. El verdadero amor no puede ser imitado. Nuestra preocupación y nuestro interés por los demás tienen que ser auténticos; de lo contrario, nuestro amor no significa nada. Al menos una cosa es segura: no es posible apren­der a vivir sin aprender a amar.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

311

2 0 DE O C T U B R E

r \^j reer. Después de haber aprendido a superar el interés pura­mente egocéntrico, las personas que viven plenamente descubren un «sentido» en sus vidas. Un sentido que reside en lo que Viktor Frankl denomina «vocación o misión específica en la vida». Con­siste en el compromiso con una persona o una causa en las que uno puede creer y a las que puede consagrarse. Este compromiso de fe configura la vida de las personas que viven plenamente, haciendo que todos sus esfuerzos resulten significativos y valio­sos. La dedicación a semejante proyecto de vida les hace elevarse por encima de la pequenez y la mezquindad que inevitablemente corroen y devoran las existencias carentes de sentido. Cuando la vida humana no tiene dicho sentido, uno se ve casi necesaria­mente abocado a buscar desesperadamente sensaciones, y lo único que puede hacer es «experimentar», buscando continua­mente nuevos «placeres», nuevas formas de romper la monotonía y el aburrimiento de una vida «estancada». Una persona carente de sentido en su vida suele perderse, por lo general, en la selva del autoengaño químicamente inducido (drogas, alucinógenos, etc.), en la neblina del alcohol, en la orgía sin fin y en la constante urgencia de rascarse aún cuando no exista picazón. Debemos encontrar una causa en la que creer; de lo contrario, nos pasare­mos el resto de la vida tratando de resarcirnos de su falta.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

312

2 1 DE O C T U B R E

JL ertenecer. El quinto y último componente de la vida en plenitud sería, indudablemente, «un lugar llamado hogar», el sentido de la comunidad. Una comunidad es una unión de personas que tienen algo «en común», que comparten mutuamente lo más valioso que poseen: ellas mismas. Son personas que se conocen y están abier­tas unas a otras, que están al servicio de las otras, que comparten con amor su ser y su vivir. Las personas que viven plenamente poseen este sentido de pertenencia (a sus familias, a su iglesia, a la familia humana...). Para ellas hay otras personas con las que sienten absolutamente cómodas y a gusto y con las que experi­mentan un sentido de pertenencia mutua; existe un lugar en el que se notaría la ausencia de dichas personas y se lloraría su muerte. Cuando están con esas otras personas, las personas que viven plenamente encuentran la misma satisfacción en dar que en recibir. Naturalmente, el sentido contrario, el de aislamiento, es siempre reductor y destructivo y nos conduce irremisiblemente a los abismos de la soledad y la alienación, donde no hay más alter­nativa que perecer. La ineluctable ley impresa en la naturaleza humana es ésta: siempre seremos individuos, pero nunca seremos meros individuos. Ningún hombre es una isla. Las mariposas son libres, pero nosotros necesitamos el corazón como hogar de nues­tro propio corazón. Las personas que viven plenamente poseen esa profunda paz y contento que sólo puede experimentarse en un hogar como ése.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

313

2 2 DE O C T U B R E

• / sto es sólo ficción, ¿eh? Sin embargo, la pequeña historia que voy a compartir ilustra muy bien lo que me gustaría transmitiros, a saber, que nuestra manera de ver las cosas condiciona nuestra reacción ante ellas. En cualquier caso, la historia trata de dos niños, gemelos univitelinos, uno de los cuales era un redomado optimista y el otro un igualmente redomado pesimista. Aquello tenía muy preocupados sus padres, de modo que los llevaron a un psicólogo infantil, que dijo: «Creo que ya sé lo que podemos hacer. En su próximo cumpleaños, compren al pesimista los mejores juguetes que puedan, y al optimista una caja de estiércol. Eso los equilibrará».

Y los padres así lo hicieron. Colocaron a los pequeños en dos habitaciones separadas con sus «regalos» correspondientes. Cuando los padres miraban a hurtadillas al pequeño pesimista, le vieron mirar abatido sus hermosos juguetes quejándose: «No me gusta este color. Esto probablemente se romperá. Conozco a un chico que tiene una calculadora mejor que ésta». Los pobres padres se miraron el uno al otro apesadumbrados.

Después atravesaron el pasillo y miraron en la habitación del pequeño optimista. Estaba tirando el estiércol alegremente al aire y diciendo: «¡No podéis engañarme! Donde hay tanto estiércol, tiene que haber un poney por algún sitio».

«Manten los ojos en la rosquilla, no en el agujero».

Del programa de vídeo Free To Be Me.

314

2 3 DE O C T U B R E

• •* as personas que viven plenamente encuentran la manera de disfrutar con lo que para otros puede ser un deber desagradable. Tales personas no tienen que hacerlo, sino que quieren hacerlo. Son conscientes de que hay espinas, pero se concentran en las rosas. Cada día tiene su propia novedad y nunca es un calco del día ante­rior. Nadie es hoy lo que era ayer, ni siquiera estas personas. Y, como su visión es siempre provisional y abierta a todo tipo de modificación, las personas que viven plenamente están siempre ilusionadamente abiertas a nuevas percepciones que las renueven a ellas y su visión de la realidad.

Pero, ¡cuidado! El describir a las personas que viven plena­mente, su visión y sus interrogantes básicos me produce un cier­to desasosiego: no quisiera dar la sensación de que estoy descri­biendo un ideal que es esencialmente irrealista. Hay muchos psi­cólogos de vía estrecha que afirman con toda seriedad que lo único que tenemos que hacer es pensar de una manera positiva y optimista, ignorar nuestros fallos y avanzar por un camino de rosas: ¡eso lo cambia todo! Lo cual es un evidente y peligrosísimo disparate. El peligro del slogan «¡Sonría, por favor!» es que este tipo de romanticismo y embellecimiento de la realidad desembo­ca siempre en amarga desilusión cuando la realidad se impone.

Por otra parte, tengo la sensación de que los «entusiastas» son capaces de imponer esa clase de felicidad, basada en una actitud mental positiva, a personas cuya visión fundamental es, de hecho, negativa y pesimista. Lo cual es en realidad de una crueldad extre­ma, porque equivale a urgir a la persona a que oculte con una máscara sonriente su esencial tristeza.

De Plenamente humano, plenamente vivo.

315

2 4 DE O C T U B R E

\ J na de las falsas ilusiones más persistente y ampliamente aceptada es que una persona puede hacer a otra feliz. Tú no pue­des otorgarme la plenitud de la vida, tengo que optar yo por ella. Algunas veces, en las relaciones, una parte puede caer en la tram­pa de intentar hacer al otro feliz y siempre sin alcanzar un com­pleto éxito. El hecho es que nadie puede hacerme feliz; ni yo puedo hacer feliz nadie. Cada cual tiene que conseguirlo por sí mismo. Como intento educarme en este sentido, cada mañana miro el cartelito colgado de mi espejo que me recuerda lo siguien­te: «Estás viendo el rostro de la persona que hoy es responsable de tu felicidad». El que los puños apretados se abran a la experiencia plena de la vida depende de mi propia decisión, de mi propia elec­ción. Si voy a amar feliz y plenamente, será porque yo he decidi­do hacerlo así. La felicidad es, de hecho, una «tarea interior». Yo he elegido hacer mía la visión de Cristo. He elegido unirme a Dios en su pronunciamiento acerca de la creación: «¡Es muy buena!».

De The Christian Vision.

316

25 DE O C T U B R E

\ J n misionero negro, muy amigo mío, me contaba que cuando, siendo él un adolescente, se convirtió Jesús en algo muy real para él, un buen día, antes de que comenzaran las clases, entró sin ser visto en su aula y escribió en el encerado con grandes letras: «¡JESUCRISTO ES LA RESPUESTA!» Cuando, más tarde, regresó allí con los demás alumnos para asistir a clase, comprobó que alguien había escrito debajo: «Si, PERO ¿CUAL ES LA PREGUNTA?» «SÍ», pensó él, «¿cuál es la pregunta?».

Con el paso de los años, mi amigo descubrió que no hay una única pregunta. La vida nos hace muchas y muy diferentes pre­guntas. La vida nos pregunta cuánto somos capaces de amar, de disfrutar y de soportar. La vida diaria nos exige distinguir entre lo que es realmente importante en la vida y lo que no lo es; es decir, nos exige establecer prioridades. La vida nos exige ejercer el juicio en conciencia: escoger lo que parece justo y evitar lo que parece injusto. Pero tal vez la más profunda pregunta que nos hace la vida es la pregunta acerca del significado y del sentido. Todos te­nemos que tener en la vida alguna finalidad o misión que nos proporcione un sentido de singularidad y valía personales. Necesi­tamos creer que nuestra vida tiene especial significación para al­guien o para algo. «¿De qué va todo esto?» Por supuesto que no hay respuestas sencillas y prefabricadas que puedan obtenerse, por así decirlo, en máquinas automáticas. El poeta alemán Rainer Maria Rilke nos aconseja que tengamos paciencia con todo cuan­to queda aún por resolver en nuestros corazones, y sugiere que debemos aprender a amar las propias preguntas mientras espera­mos y elaboramos las respuestas.

Mi amigo el misionero negro, cargado ya de años, me dice que ahora sabe mucho más acerca de las muchas preguntas que hace la vida. La vida no ha dejado de interpelarle acerca de sus valores y prioridades, de sus visiones y sueños, de su valor y su capacidad de amar... «Pero», me decía mirándome por encima de sus gafas, «¡JESUCRISTO ES LA RESPUESTA a todas las preguntas que hace la vida!».

De Plenamente vivo, plenamente humano.

317

2 6 DE O C T U B R E

r V^uando digan: «Los seguidores de Jesús: ¡en pie!», quiero le­vantarme con orgullo. Quiero ponerme en pie y que me cuenten como uno de los seguidores de Jesús. Pero tengo que confesarte que me aterrorizaría ser el único en levantarme. Necesito que te integres conmigo en las filas de la Iglesia, de los seguidores de Jesús. Necesito que mi débil voz se una a la tuya en el coro que canta la alabanza del Señor y reza la oración del Señor. Sí, he sen­tido el toque del Señor en mi vida y su mano en la mía. Pero ten­dría muchas dudas respecto de mis propias experiencias si tú no te pusieras en pie a mi lado y me confirmaras en mi fe a través de tu propio testimonio de la gracia.

Éstos son, en mi opinión, el significado más profundo y la función fundamental de la Iglesia. Como ya he dicho, la pregunta no es: ¿qué constituye la Iglesia?, sino: ¿quién constituye la Iglesia? «Tú» eres el corazón y el centro mismo de la palabra Iglesia. Si nosotros, si tú y yo, vamos a constituir la Iglesia, entonces sé que te necesito, y te necesito verdaderamente, para que te pongas en pie a mi lado, un Dios con piel. Necesito escuchar tu voz eleván­dose con la mía en la oración. Necesito saber por la experiencia de tu cercanía que Dios te ha hecho mi hermana, mi hermano, y que todos juntos somos su familia. Necesito rezar contigo por la llega­da de su Reino. Necesito escucharte pronunciar tu «sí» que reafir­me mi propio «sí» con una nueva fuerza. En todo lo humano hay un contagio inevitable. Y por eso necesito el apoyo de tu presen­cia, de tu amor y de tu persona. Dios llega a mí a través de ti, y llega a ti a través de mí. Y si en algún momento y por razones per­sonales decides «abandonar la Iglesia», por favor no pienses que sencillamente has salido de un edificio o de una organización marcada por la debilidad. Lo cierto es que nos has abandonado a nosotros, que te necesitamos y que echaremos de menos a tu per­sona y tu amor.

De The Christian Vision.

318

27 DE O C T U B R E

• é& pregunta básica para mí es: ¿quieres realmente amar?; ¿estás dispuesto a ser el «instrumento público», la fuente pública que está ahí para que todos la utilicen?; ¿deseas realmente que Jesús se reencarne en tu humanidad? Jesús es el «hombre para los demás». Si te ofreces a él, inmediatamente te pondrá al servicio de los demás de una forma u otra. ¿Quieres realmente ofrecerte voluntario para vivir esta vida de amor? No puedes hacerlo por ti mismo: él debe actuar en ti. ¿Tendrás suficiente fe para liberar su poder en tu vida? Éstas son las únicas preguntas pertinentes.

Ahora estoy profundamente convencido de que el poder del amor procede de Dios. Creo que ningún ser humano puede amar verdaderamente a menos que Dios esté activo dentro de él. Oigo decir a Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada. No podéis dar fruto. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Si os separan de mí, mo­rís». Oigo a san Juan decir que sólo la persona que conoce a Dios puede conocer el significado del amor. Oigo a san Pablo describir el amor como el mayor y más excelso don del espíritu. Allí donde he encontrado amor, he sentido la presencia de Dios, a Dios tra­bajando en las mentes, los corazones y los músculos de los seres humanos.

Mi experiencia de Dios ha estado realizando esta transforma­ción también en mí. Aún soy una persona muy egoísta. Dios no ha terminado todavía conmigo. Algunos pueden pensar que no soy un amante muy eficaz, pero ellos no conocen el antes y el después; no pueden leer las razones del corazón. El proceso de divinización, a través del cual Dios nos hace cada vez más a su imagen y seme­janza, es lento, gradual y con frecuencia doloroso. Todavía soy un peregrino. Pero he sido tocado y estoy parcialmente transformado. En esto se basa mi esperanza. El Dios que me ha tocado en el pasado actuará una y otra vez en mi vida. De nuevo sentiré su dedo y le encontraré.

DeHeTouchedMe.

319

2 8 DE O C T U B R E

n distintos momentos de mi vida, cuando me estoy relacio­nando y comunicando con otras personas, me observo a mí mismo en acción y me pregunto: «¿Es ésta la persona que me gustaría ser?» Con esta pregunta, pido a Dios silenciosamente que me ayude a convertirme en mi ideal; le suplico que me dé fuerzas para practi­car lo que predico: «Ayúdame a ser auténtico». Si no soy auténti­co, no soy nada. Mi vida no será más que una comedia. Me da miedo la idea de que me llegue la muerte como el telón final de una representación teatral. Y entonces desmaquillarme, quitarme el disfraz y devolver mi papel al autor, mientras el público conti­núa aplaudiéndome por haber sido alguien que nunca fui. Sé que cuando llegue la hora de mi muerte, Dios buscará cicatrices, no medallas. Cuando esté muñéndome, quiero recordar los momen­tos en los que haya sido real y auténtico; las ocasiones en que me haya comunicado, como un acto de amor, a través de una auto-revelación sincera. Quiero recordar las situaciones en que haya dado a los hambrientos el alimento de mi comunicación; a los sedientos la bebida de mi escucha y mi comprensión; a los prisio­neros de sí mismos las manos generosas y abiertas y el anuncio tranquilizador: «Sal de ahí. Conmigo estarás seguro»; quiero recordar las veces en que haya ofrecido a los necesitados el don curativo del amor y de la atención.

De El verdadero yo: ¡en pie!

E

320

2 9 DE O C T U B R E

X. JL ace aproximadamente cinco años, el superior provincial de los jesuítas me pidió que otros dos teólogos y yo diéramos una charla en todas las residencias jesuíticas de nuestra zona. Perso­nalmente me sentí cómodo con la situación, porque estoy muy acostumbrado a hablar en público y nunca me pongo nervioso cuando se da el caso. Sin embargo, cuando llegamos a la Univer­sidad Loyola, mi propia comunidad, formada por ciento veinte jesuítas, estaba muy nervioso. Tenía la boca seca y las manos frías y, por supuesto, sabía el porqué: quería impresionar a mis compa­ñeros jesuítas; quería que supieran qué «Fulton Sheen» tenían entre ellos.

Así que recé (mientras los otros dos oradores pronunciaban sus conferencias): «Jesús, por favor, extiende sobre mí las manos que extendiste sobre el mar de Galilea cuando estaba turbulento. Lléname de calma. Necesito aplomo para impresionarlos». Pero no ocurrió nada. Recé de nuevo, recordándole a Jesús que prometió hacer realidad cuanto pidiéramos en su nombre. Pero siguió sin ocurrir nada. Entonces me acordé del consejo: «Si le haces a Dios la misma pregunta una y otra vez y no consigues respuesta, prue­ba con otra pregunta». Y así lo hice. «Jesús —le dije—, ¿intentas decirme algo?».

Te debería haber dicho desde el principio que Dios me habla (me figuro que, puestos a mencionar nombres, puedo mencionar el realmente importante). Permíteme decir sencilla y llanamente que, en esta ocasión, Dios me habló. En algún lugar de mi interior escuché con claridad: «Te estás preparando para ofrecer otra repre­sentación (yo sabía que mi vida había estado repleta de represen­taciones), y no necesito más representaciones de ti, sino única­mente actos de amor. Te estás preparando para ofrecer una repre­sentación a tus hermanos, para que sepan lo bueno que eres. Pero eso no es lo que necesitan, sino que los ames, para que ellos sepan lo buenos que son». Sé que estas palabras procedían de Dios. Y aquella noche y aquel mensaje cambiaron mi vida.

Del programa de vídeo Free To Be Me.

321

3 0 DE O C T U B R E

\*J na vida con significado sólo puede ser resultado de la expe­riencia del amor, y esto implica un compromiso con el otro y una dedicación a él. El amor rechaza la pregunta «¿Qué voy a sacar de esto?» como criterio único de realización personal. El amor entien­de por experiencia directa las palabras, frecuentemente citadas, de san Francisco de Asís: «Es dando como recibimos». La preocupa­ción egoísta y la concentración en uno mismo sólo pueden llevar­nos a la pérdida del yo, paradoja extraña y dolorosa que todos debemos aprender. La percepción más profunda del personalismo contemporáneo es que sólo nos convertimos en personas si recibi­mos de alguien nuestra condición de tales a través del don de la afirmación. Si nunca me siento valorado por los demás, nunca me valoraré a mí mismo.

Entregar el don de mí mismo por amor deja en mi la profun­da y duradera satisfacción de haber hecho algo bueno con mi vida. Vivo con el dulce recuerdo de haber contribuido con un don de amor a las vidas de los demás. Análogamente, me deja una sen­sación de haber utilizado bien los dones que Dios ha invertido en mí. El amor lleva su tiempo, exige una historia de dar y recibir, reír y llorar, vivir y morir. Nunca promete una gratificación instantá­nea, sino únicamente una plenitud definitiva. El amor significa creer en alguien, en algo. Supone una disposición a la lucha, al trabajo, al sufrimiento y a la unión en la alegría. Dudo mucho que se haya documentado alguna vez algún caso de realización pro­funda y duradera de una persona cuyo pensamiento básico y única pregunta fuera: ¿qué voy a sacar de esto?

Por supuesto, ésta es la paradoja de los evangelios: la sa­tisfacción y la realización son consecuencia de la dedicación al amor. Pertenecen únicamente a aquellas personas que pueden ir más allá de sí mismas y para las que dar es más importante que recibir.

De Unconditional Love.

322

3 1 DE O C T U B R E

JL JLace algunos años, mi madre se estaba muriendo. Había entrado en coma y, aparentemente, estaba inconsciente. El médi­co nos dijo: «No se recuperará. Morirá mientras duerme». Inme­diatamente decidí que pasaría todo el tiempo que pudiera a su lado. Mientras estaba sentado allí, escuchándola respirar con difi­cultad, mi mente regresó a los años del pasado y, sobre todo, a lo que mi madre había significado para mí. Recorrí minuciosamente los años y años de dulces recuerdos. Me gustaría contarte uno de esos recuerdos que en aquel momento me vino a la memoria.

Cuando éramos niños, solíamos ir a un parque cercano y allí nos metíamos en la boca lo que llamábamos, «hielo seco». Tenía­mos que moverlo continuamente dentro de la boca, porque de lo contrario, nos «quemaba». Sin embargo, cuando exhalábamos vapor húmedo, pensábamos que todo el mundo nos miraba, con­fundiéndonos con Puff el dragón mágico. En una de aquellas oca­siones, cuando más gente había en el parque, yo estaba exhalan­do el vapor de mi boca cuando alguien me empujó y... ¡me tragué el trozo de hielo seco! Supe que me iba a morir. Por supuesto, me fui corriendo a casa y le conté a mi madre lo que había sucedido. «Me he tragado..., me he tragado el hielo seco. Me voy a morir».

Ella se lo tomó con bastante serenidad. «Bueno, puede que no te mueras todavía...» Llamó al médico que vivía en la casa de al lado, que le recomendó inundar mi estómago de leche, y así lo hizo. Recuerdo que entonces me colocó en su regazo, y también me acuerdo de la dulce sensación de sus brazos rodeándome. Recuerdo el balanceo de la silla, y también me acuerdo con clari­dad de haber pensado: «No puedo morirme. Partiría el corazón de mi madre. Me quiere tanto que le rompería el corazón si me muriera». Mientras estaba sentado al lado de mi madre en sus últimos momentos de vida, me acordé de todo ello. Pensé en aquellos brazos que me sostuvieron y lloré en silencio lágrimas de agradecimiento.

Del programa de vídeo Families.

323

1 DE N O V I E M B R E

1 mundo en que vivimos está gobernado en gran medida por la ética imperante en este mundo. En el momento actual hay dos éticas compitiendo por el dominio en nuestra sociedad contem­poránea norteamericana. Existe una ética tradicional, humana y pro-vida, que considera cada vida humana valiosa en sí misma y ofrece a todo ser humano una atención y una aceptación amo­rosas, sin distinción de tamaño, forma, color de piel o capaci­dad, porque parte de la base de que toda vida merece la pena ser vivida.

Bajo esta ética, todos los que llegan a este mundo lo hacen como una parte de nuestra familia humana. Todos llegan como un don único e irrepetible. En este mundo habrá personas como Helen Keller, sorda, ciega e incapaz de comunicarse hasta que «Annie» Sullivan apareció en su camino. Anne Sullivan alcanzó una gran talla humana, únicamente porque allí estaba el reto de una Hellen Keller para suscitar su grandeza. La montaña se esca­la porque está ahí. En este mundo también habrá personas retra­sadas o disminuidas. Habrá colegios «de educación especial» y «Juegos Paralímpicos».

Habrá un trato compasivo y comprensivo hacia los ancianos y las personas seniles, que también forman parte de nuestra familia y que nos motivan para ser humanos y amar. El mensaje que los ancianos transmitan será una petición, una invitación y un desa­fío a nuestra capacidad de amar y de resistir. Cuando afrontemos este desafío, nuestra capacidad social de amor y solicitud mutuas crecerá, como los músculos que se fortalecen a base de ejercicio. Nos convertiremos en personas cada vez más humanas las unas respecto de las otras. El mundo regido por la ética pro-vida puede que no esté tan limpio y libre de dolor como el mundo regido por la ética de la calidad de vida, pero será mucho más humano y compasivo y existirá en él mucho más amor.

De The Silent Holocaust.

E

324

2 DE N O V I E M B R E

A JLJL la hora de consagrar al amor el «trabajo» o el esfuerzo que requiere, es importante que busquemos la unidad, no la felicidad. Quienes emprenden el viaje del amor deben esforzarse por adqui­rir esa transparencia, ese compartir y esa comunidad de vida que constituyen el meollo mismo del amor. Quienes aspiran a amar no deberían estar constantemente tomándose la temperatura y con­tando los latidos de su corazón para constatar en cada momento lo bien que se sienten y lo felices que son. Como insiste en recor­darnos Viktor Frankl, la sensación de bienestar y de felicidad es algo que la vida humana sólo puede obtener por vía de conse­cuencia. Seguro que alguna vez has oído estos versos:

«La felicidad es como una mariposa: cuanto más la persigues, tanto más esquiva se muestra; pero si centras tu atención en otras cosas, se aproxima y se posa suavemente en tu hombro».

Para que una persona sea totalmente feliz en el amor, ha de dese­ar la unidad y la identificación y ha de querer compartir. Dicha unidad conlleva a veces muchas cosas un tanto costosas: ser sin­cero cuando preferirías decir una pequeña mentira, hablar abier­tamente cuando preferirías hacerte el remolón, ponerte en evi­dencia cuando preferirías culpar a otro, «aguantar el tirón» cuan­do preferirías salir corriendo, reconocer tus dudas cuando preferi­rías fingir seguridad, enfrentarte al otro cuando preferirías la tranquilidad a cualquier precio... Ninguna de estas cosas, que per­tenecen a las justas exigencias del amor, acarrean la paz y la feli­cidad inmediatas, sino que ocasionan primero una cierta dosis de sufrimiento y de dificultad. Y es que, como hemos dicho, el amor funciona si lo hacemos funcionar, lo cual requiere una absoluta sinceridad y transparencia, que es difícil de lograr. Por eso quienes tratan de cazar la mariposa de la felicidad en las relaciones amo­rosas acaban con el corazón y las manos vacíos. La unidad, no la felicidad, es la dura y exigente condición para alcanzar el éxito en el amor.

De El secreto para seguir amando.

325

3 DE N O V I E M B R E

el proceso de amar, hay tres etapas o momentos importan­tes: 1) La benevolencia: la cálida seguridad de que «estoy de tu parte y me preocupo por ti». 2) El estímulo: la firme certeza de que pose­es una gran fuerza y eres autosuficiente. 3) El desafío: una amoro­sa pero firme exhortación a la acción: «A por ello».

Del mismo modo que un pintor utiliza lienzos y óleos para conseguir ciertos efectos, el amante debe intentar percibir en qué momento la persona amada necesita más benevolencia, más estí­mulo o más desafío. Nunca es fácil saberlo.

Benevolencia. Alguien ha dicho muy sabiamente que «a las per­sonas no les preocupa cuánto sabes hasta que saben cuánto te pre­ocupas tú por ellas». Construir una relación con un fundamento distinto de la benevolencia es como construir sobre arena. Yo tengo que saber que tú realmente quieres mi felicidad y mi creci­miento, que estás realmente «de mi parte», o no me abriré en absoluto a tu influencia.

Estímulo. Lo más necesario para todas las personas es creer en sí mismas. Necesitan confianza en su propia capacidad de asumir los problemas y las oportunidades de la vida. Estimular significa alentar. El estímulo infunde en la persona que lo recibe una cons-ciencia nueva y más plena de sus propios poderes. El estímulo dice: ¡puedes hacerlo!

Desafío. Si el estímulo hace que la persona amada sea cons­ciente de su propia fuerza, el desafío es el impulso amoroso para utilizar esta fuerza: «¡Inténtalo. Expándete. Hazlo. Si tienes éxito, estaré en primera fila aplaudiéndote. Si fracasas, me sentaré a tu lado. No estarás solo. Venga, ahora. Hazlo lo mejor que puedas. A por ello!».

De Unconditional Love.

326

4 DE N O V I E M B R E

4 x J L l intentar amar a otra persona, las preguntas que el amor hace son: ¿qué necesitas?; ¿qué puedo ser para ti?. El amor dice: si necesitas que sea duro, puedo serlo. El amor no siempre es dulce y tierno. Si un enfrentamiento duro te ayuda a aceptar tus responsabilidades, cuenta conmigo. Pero, por favor, quiero que sepas que si soy duro e implacable, es porque te amo. No puedo permitir que me engatuses para que no sea firme, porque eso no sería amor. Pero, por favor, créeme: quiero realmente hacer, ser y decir lo que sea mejor para ti. Algunas veces tendrás un montón de cosas en la cabeza y querrás hablar, y yo intentaré estar a tu lado para escucharte. Otras veces sencillamente querrás estar solo, y yo intentaré entender y reconocer tu necesidad y dejarte solo en tu soledad. Sé que tus necesidades cambiarán día a día e intenta­ré respetar esa realidad, es decir, reconocer los cambios en tus necesidades.

Yo creo que éste es el genio del amor: hacer, ser y decir lo que tú necesitas y, al mismo tiempo, reafirmarte. Debo transmitirte un fuerte sentido de tu propio valor. Soy consciente de que la auto imagen, el sentido del valor personal, es la fuente última de todo comportamiento humano, de todo estado de ánimo. Un sentido del valor personal es también la fuente última de la salud mental y emocional. Sé que si verdaderamente crees en tu propio va­lor, todo lo demás parecerá estar en armonía en tu vida. Por eso, sea lo que sea lo que el amor pida de mí, intentaré dejarte con el sentimiento de ser una persona especialmente valiosa e irremplazable.

Si fracasara, si no lograra reconocer tus necesidades y respon­der a ellas, por favor, perdóname. Con frecuencia soy débil y miope. Mis propios dolores y sufrimientos suelen oscurecer mi visión de tus necesidades. Pero ten fe en mí. Mi intención más profunda y sincera es amarte.

De la cassette My Vision And My Valúes.

327

5 DE N O V I E M B R E

±. f̂ uestras vidas son moldeadas por los que nos aman y por los que se niegan a amarnos. Yo doy clase en la Universidad Loyola de Chicago, y me interesan especialmente dos tipos de estudiantes: busco a aquellos que parecen necesitar una ayuda especial, pero también estoy muy interesado por los que se encuentran bien. Me interesa tanto conocer las fuentes de la salud y la felicidad perso­nales como las fuentes de la destrucción y el daño humanos.

Hace algunos años, una joven que se matriculó en mi clase parecía ser la personificación de la salud personal. Mostraba una actitud maravillosa hacia todas las cosas y hacia todas las perso­nas. Un día, cuando salía de clase, le pregunté: «Noreen, ¿cómo consigues ser como eres?» Ella lo entendió como un cumplido y contestó: «Mi familia es la responsable de que yo sea como soy. Tengo una familia maravillosa. Tienes que conocerlos en alguna ocasión». Yo acepté con entusiasmo.

Y la ocasión fue una fiesta, una celebración. Pude percibir la atmósfera de contagiosa afirmación por todos lados. Todos parecí­an apreciar y afirmar a los demás. Si verbalizáramos los mensajes que se intercambiaban de diversos modos, dirían: «Tú realmente cuentas. Cuando entras en esta casa, eres especial. Todo el mundo es aquí especial». Fue una experiencia magnífica. Me fui sintién­dome más grande. Cuando me despedí, les dije a los padres: «Estáis haciendo realmente algo grande con vuestra familia. Os agradezco mucho la experiencia que he tenido esta noche». El padre de Noreen replicó con bastante modestia: «Bueno, hacemos lo que podemos. ¿Sabes lo que les digo a estos chicos?, pues que no poseemos mucho, pero somos ricos en esta familia, realmente lo somos».

Me fui pensando: «Tienes razón, Noreen. ¡Es por tu familia!».

Del programa de vídeo Families.

328

6 DE N O V I E M B R E

T I / a verdad acerca del amor, en mi opinión, es que se trata de un profundo consuelo, pero también de un monumental desafío. El amor me desafía directamente a prescindir de mi fijación en mí mismo. Me arrastra a lo largo de todo el camino que va desde mi yo infantil hasta una completa autodonación a una causa o a una persona a través de un amor libremente entregado. El amor exige que aprenda a centrar mi atención en las necesidades de aquellos a quienes amo. Me pide que me convierta en un oyente sensible. Algunas veces, el amor insiste en que posponga mis propias grati­ficaciones para satisfacer las necesidades de los que amo. El tipo de comunicación que es la esencia del amor me exige entrar en contacto con mis pensamientos más enterrados y compartirlos en el aterrador acto de la auto-revelación. El amor me hace vulnera­ble; me abre a las reacciones honestas de aquellos a quienes he permitido penetrar en mis defensas. Y si he construido muros pro­tectores alrededor de mis zonas vulnerables, el amor los derriba.

El amor me enseña a dar y a recibir sin medida, porque tras­ciende la balanza de la justicia. Si el amor divide las cargas de la vida por la mitad, al compartirlas, también duplica las responsa­bilidades. Dos personas no comen tan barato como una, a no ser que una de las dos no coma. También es verdad que dos no pue­den tomar decisiones tan rápidamente como uno, etc., etc. Si pre­fieres ser una isla, un recluso, un narcisista, y eliges vivir en un mundo de un único habitante, el amor te arrancará de las manos todo lo que quieres y aferras con tanta fuerza.

Y aún así, me parece obvio, y estoy seguro de que a ti también te lo parecerá, que estos auténticos desafíos de una verdadera relación de amor que asaltan nuestro egocentrismo son el puente hacia la madurez y la realización humanas definitivas.

De Unconditional Love.

329

7 DE N O V I E M B R E

Y JLo creo que capear las tormentas del proceso amoroso es el único camino para encontrar el arco iris de la vida. El consuelo que se encuentra en «el camino menos transitado» del amor no se encuentra en ninguna otra parte. La vida tiene un significado mu­cho más profundo cuando se ama verdaderamente a alguien. La soledad de un mundo con un sólo habitante se llena con una nueva y cálida presencia cuando el amor entra en una vida. La autoalienación que se produce cuando no interactuamos íntima­mente se ve reemplazada dentro de nosotros por un sano sentido del yo y de la propia valoración cuando hemos sido renovados por el amor. Es lo que llamamos hoy un sentido de «identidad». Se ha convertido en un tópico que sólo podemos conocer y amar de nosotros mismos cuanto estemos dispuestos a compartir con otro en una relación de amor. El vagabundeo sin sentido de la persona sin amor encuentra en el amor una sensación de pertenencia y un verdadero hogar.

Darse a otro en el amor conlleva un riesgo; el riesgo de la auto-revelación, del rechazo, del malentendido. También conlleva dolor, tanto por las separaciones temporales, psicológicas o físicas, como por la separación final de la muerte. Quien se empeñe en considerar la seguridad y la protección personales como condicio­nes de vida innegociables no estará dispuesto a pagar el precio del amor o a encontrar sus gratificaciones. Quien se encierre en el capullo de sus defensas autoprotectoras, manteniendo siempre a los demás a una distancia segura y aferrándose con fuerza a las posesiones personales y a su privacidad, encontrará el precio del amor demasiado alto y permanecerá por siempre prisionero del miedo.

De Unconditional Love.

330

8 DE N O V I E M B R E

r \*J uando Dios creó este mundo, vio con los ojos de su mente un número infinito de otros posibles mundos que podría haber crea­do. Tú y yo, que estábamos en algunos de aquellos otros mundos posibles, no estábamos en otros. Pero Dios no quiso un mundo sin ti y sin mí, por su especial predilección y amor por nosotros. Es como si Dios hubiera dicho: «Podría haber creado un mundo sin ti, pero no quería un mundo sin tu persona. Para mí, ningún mundo habría estado completo... sin ti».

También es cierto que Dios podría haber elegido un mundo en el que tú existieras, pero en circunstancias y con dones diferentes de los de tu vida actual. Pero él no quería un «tú diferente». Es a este tú al que ama Dios: el tú con tus propias huellas dactilares, tu color de pelo, tu voz y tu corazón, con tu única e irrepetible alma inmortal.

Dios no nos ama como una gran masa humana, sino que ama a cada uno de nosotros individualmente. A sus ojos no hay y nun­ca habrá nadie como cada uno de nosotros. Nuestras vidas, y las demás circunstancias individuales y condicionamientos persona­les de las mismas, son un don especial de Dios. Su providencia nos ha elegido y nos ha destinado a ti y a mí, a través de un acto espe­cial de amor, a transmitir un mensaje, a cantar una canción y a otorgar a este mundo un acto de amor que ninguna otra persona puede otorgar. Cada uno de nosotros es una imagen única e irre­petible de Dios, un misterio único e irrepetible de su amor. Lo esencial desde el punto de vista teológico es que tú y yo hemos sido conocidos y amados por Dios desde y a través de toda la eter­nidad. Cada uno de nosotros ha sido siempre una parte de la mente y del corazón de Dios. El «Yo» de Dios le ha estado dicien­do al «Tú» tuyo y mío un eterno «Te amo».

De The Silent Holocaust.

331

9 DE N O V I E M B R E

Xommy había sido el ateo de mi curso de Teología de la fe. Cuando entregó su examen final, me preguntó si yo creía que él llegaría alguna vez a encontrar a Dios. «¡No!», solté impulsiva­mente y, cuando se dio la vuelta para marcharse, añadí: «Tú no le encontrarás a Él. Será Él quien te encuentre a ti, Tom». No pare­ció muy impresionado o afectado, de modo que pensé que no me había entendido.

Cinco años después vino a mi despacho. Se estaba muriendo. Su cuerpo estaba gravemente dañado por un cáncer terminal. Sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida. Me recordó aquel último día de clase. Me contó cómo, cuando supo que tenía un cáncer terminal, le rogó a Dios que viniera a consolarlo. Luego me dijo que un día perdió toda esperanza de llegar a entrar en con­tacto con Dios. Pero recordó otro día de clase en el que yo dije que había dos tragedias esenciales en la vida: una era vivir sin amar, y la otra era amar sin compartir ese amor con los demás. Hay per­sonas que necesitan nuestro amor, y nosotros se lo negamos.

Me contó cómo fue temblando a decir a su padre: «Te quiero, papá». Y después a su madre y a su hermano pequeño. Luego aña­dió: «Entonces, cierto día, me di la vuelta y Dios estaba allí. No vino a mí cuando se lo supliqué. Aparentemente, hace las cosas a su modo y a su hora. Pero lo importante es que estaba allí. Él me encontró, tenía usted razón. Él me encontró después de haber dejado de buscarle».

Invité a Tom a venir a mi clase para contar cómo, al abrir nuestros corazones a aquellos a los que amamos, abrimos la puer­ta a Dios en nuestras vidas. El amor es sin duda la gran puerta de entrada de Dios. Tom dijo que acudiría a mi clase, pero no lo hizo. Sin embargo, justo antes de su muerte, mantuvimos una última conversación. Me dijo que no iría a mi clase, y luego me pregun­tó: «¿Se lo contará por mí?, ¿Se lo contará... al mundo entero por mí?» Le prometí que lo haría. «Haré todo lo que pueda, Tom. Se lo contaré».

Gracias por haberme atendido.

Condensado de Unconditional Love.

332

10 DE N O V I E M B R E

algunas cosas que a todos nos resultan sumamente dolo-rosas, como la soledad. La soledad es la cárcel del espíritu huma­no. Cuando estamos solos, deambulamos sin rumbo en pequeños mundos cerrados. Creemos que nadie nos entiende y no nos pre­ocupamos demasiado por entender a los demás. En la otra cara de la moneda, la mayoría hemos experimentado, al menos momen­táneamente, la alegría de compartir nuestros pensamientos y sen­timientos. Quizás hayamos estado con alguien a la orilla del mar contemplando una maravillosa puesta de sol, y significaba tanto poder dirigirnos al otro y decirle: «¡Qué bonito!, ¿verdad?» O pue­de que hayamos compartido con alguien una ilusión o un dolor secreto, y recordemos el profundo consuelo de sentirnos com­prendidos; nos sentíamos tan bien al saber que alguien se preocu­paba por nosotros, que no estábamos solos...

En otras palabras, dentro de la naturaleza humana existe un sistema de recompensas y otro de sanciones. Tenemos una nece­sidad interna de conocer y ser conocidos, y la satisfacción de esa necesidad nos proporciona una sensación de plenitud humana. Cuando levantamos muros de separación entre nosotros y los de­más, nuestra reacción interna inmediata puede ser una impresión de seguridad; pero, a la larga, el resultado es la inanición del espí­ritu, una omnipresente sensación de soledad. Hemos construido nuestras propias cárceles. No nos preocupamos por nadie, y nadie se preocupa por nosotros: estamos solos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

333

11 DE N O V I E M B R E

A xJLlguien que contabiliza este tipo de cosas ha dicho que el niño medio recibe durante los primeros cinco años de su vida un pro­medio de 431 (!) mensajes negativos al día. «Deja de hacer ese ruido...»; «Bájate de ahí...»; «¿Qué estás haciendo con mis tije­ras...?»; «¡No!, eres demasiado pequeño...»; «Mira qué lío has armado...»; «Acabo de limpiar el suelo de la cocina y tienes barro en los zapatos...» Y así sucesivamente (hasta 431).

Como resultado de estos mensajes negativos, desarrollamos instintos de autoprotección. Intentamos salvaguardar o proteger nuestros egos para prevenir daños mayores. Los psicólogos llaman a estos esfuerzos protectores «mecanismos de defensa del ego».

Lo triste es que camuflan al «yo real».

De El verdadero yo: ¡en pie!

334

12 DE N O V I E M B R E

• i os «mecanismos de defensa del ego» más comunes son los cinco siguientes:

1. La compensación, que nos hace echarnos hacia atrás a fin de evitar que caigamos de bruces. Freud denomina a este mecanismo inversión o formación reactiva. Por ejemplo: la persona dogmática que todo lo sabe y pontifica sobre cualquier tema para reprimir las dudas que podrían surgirle y socavar su seguridad de estar en posesión de la verdad; el niño que «silba en la oscuridad» mientras atraviesa el cementerio de noche.

2. El desplazamiento, que nos permite construir una desviación psicológica, un camino alternativo para los impulsos que no pode­mos manifestar directamente. Por ejemplo, no podemos expresar hostilidad hacia nuestro jefe, a quien consideramos odioso, por­que podría despedirnos; de modo que nos vamos al fútbol y grita­mos: «¡Matad a ese arbitro!».

3. La proyección, que nos permite negar hábilmente nuestras características no deseadas y atribuírselas a otra persona o cosa. Mediante la proyección, como hemos señalado anteriormente, atribuimos la responsabilidad de nuestros defectos y fallos a otra persona o a una circunstancia externa. Por ejemplo, Adán culpó a Eva, y Eva a la serpiente. En otras proyecciones habituales culpa­mos de nuestro trabajo mal hecho a las herramientas inadecuadas.

4. Otro método defensivo se denomina introyección. Mediante este mecanismo nos atribuimos las buenas cualidades o acciones de otros, compartiendo indirectamente sus logros y disfrutando de los rayos de su gloria. En otra forma de introyección, nos ima­ginamos que somos víctimas heroicas de la persecución.

5. Para terminar, veamos la racionalización, mediante la cual encontramos buenas razones para justificar lo que sabemos que está mal. Cuando robo me imagino a mí mismo como un Robin Hood robando a los ricos para dárselo a los pobres (yo).

Todos ellos constituyen impedimentos para una buena comu­nicación, porque, de alguna manera, ocultan nuestra vulnerabili­dad. Son barreras a la autenticidad.

De El verdadero yo: ¡en pie!

335

13 DE N O V I E M B R E

n la mayoría de nosotros hay un intenso deseo de despren­dernos de nuestro fingimiento, de nuestra vergüenza y de nuestra falsedad. A todos nos gustaría ser reales. La falsedad requiere de­masiado esfuerzo, y es un juego que, una vez que comenzamos a jugarlo, tenemos que continuar haciéndolo. Nos gustaría ser capa­ces de sacar a la luz (o poner en un promontorio) nuestro yo auténtico, en lugar de actuar en un escenario. ¡Qué alivio supon­dría poder decir la verdad y sentirnos a salvo y seguros siendo simplemente nosotros mismos!

Esa sinceridad nos impulsará a expandirnos abandonando la seguridad de lo ya conocido. Contar nuestra verdad abiertamente a todo el mundo nos parece aterrador, porque a veces se paga un precio demasiado alto como consecuencia de la sinceridad. Pero no hay que preocuparse. Según los expertos, se necesitan aproxi­madamente tres semanas para entrar en la rutina de un nuevo hábito si lo practicamos todos los días. Admitir abiertamente nuestra vulnerabilidad y debilidad humanas puede parecemos una montaña hasta que comencemos la escalada. De hecho, lo que de inmediato experimentamos y reconocemos en nosotros mismos es una sinceridad y una autenticidad nuevas.

Al mismo tiempo, los demás lo percibirán y nos expresarán su reconocimiento de nuestra autenticidad. Nuestras relaciones serán reales y estarán basadas en una auto-revelación sincera.

De El verdadero yo: ¡en pie!

E

336

14 DE N O V I E M B R E

• /a paz que se consigue con tal auto-revelación constituye una recompensa inmediata e innegable. Las personas que están dis­puestas a compartir su vulnerabilidad no tienen que estar reali­zando de modo continuo el agotador esfuerzo de reprimirse; no tienen que enmascararse; no tienen que pasar por las deformacio­nes de la compensación, la proyección y la racionalización. Rea­lizan lo que Dag Hammarskjold denominaba «el viaje más largo», el viaje hacia el interior de uno mismo. Lo que ven y escuchan al explorar sus espacios interiores lo plasman en su comunicación. «Éste soy yo. Esto es lo que soy, ni más ni menos. Si puedes venir y celebrarlo conmigo, estupendo. Pero debo advertirte que no tengo por qué complacerte. Lo que tengo que hacer es ser yo mismo, mi propio y auténtico yo».

De El verdadero yo: ¡en pie!

337

15 DE N O V I E M B R E

\_>ada uno de nosotros es un conglomerado de misteriosas necesidades e impulsos que necesitan ser ventilados. Necesitamos poder expresarnos acerca de nosotros mismos, hablar de nosotros sin temor al rechazo ajeno. Con demasiada frecuencia, los proble­mas que mantenemos sumergidos dentro de nosotros permane­cen en la oscuridad de nuestro propio interior, indefinidos y, por tanto, destructivos. No vemos las verdaderas dimensiones de lo que nos causa problemas hasta que lo definimos y establecemos sus líneas de demarcación en una conversación con un amigo. Dentro de nosotros permanecen tan nebulosos como el humo; pero, cuando nos confiamos a otra persona, adquirimos una cier­ta sensación de dimensión y crecimiento de nuestra propia iden­tidad y de la capacidad para aceptarnos a nosotros mismos tal como somos.

Puede que nuestros muros y nuestras máscaras dificulten todo ello. Nuestro auténtico temor es el de ser rechazados, el te­mor a la incomprensión ajena. Y por eso esperamos y esperamos tras nuestros muros hasta escuchar las palabras tranquilizadoras de otra persona, o miramos por la ventana de nuestra torre bus­cando un príncipe maravilloso que venga a rescatarnos. Mientras tanto, lo único que podemos hacer es sucumbir. Es muy probable que si nos negamos a hablar de los problemas que permanecen sumergidos dentro de nosotros, éstos se manifiesten a través de nuestros actos. Pondremos de manifiesto nuestra hostilidad a tra­vés de la crítica destructiva a cuantos nos rodean o pondremos de manifiesto nuestra necesidad de ser amados a través de una exce­siva dependencia emocional de los demás.

Y si queremos amar a los demás verdaderamente, debemos recordar que estos problemas reprimidos y eliminados son impe­dimentos decisivos para amar. Son los dolores de muelas que hacen converger nuestra atención en nosotros y nos impiden ser nosotros mismos, así como olvidarnos de nuestra propia persona.

De Why Am I Afraid To Love?

338

16 DE N O V I E M B R E

^^uis ie ra introducir aquí una distinción entre dos tipos de co­municación, en función de su contenido. El primero, consistente en comunicar o compartir emociones o sentimientos, lo denomi­naré diálogo. El segundo, consistente en compartir ideas y valores, en trazar planes o tomar decisiones conjuntamente y hacer, en general, cosas de naturaleza predominantemente intelectual, lo denominaré discusión. Naturalmente, ésta es una distinción un tanto arbitraria, y estoy seguro de que no todos aceptarán el uso que hago de estas palabras. Pero, en realidad, no me parece esto tan importante como el que quede claro lo que intento decir. Ne­cesito esta distinción, o alguna similar, para expresar algo que considero de enorme importancia.

Y ese «algo» es lo siguiente: entre dos personas implicadas en una relación amorosa debe darse una clarificación emocional (diálogo) antes de que puedan entablar con ciertas garantías una deliberación (discusión) sobre sus planes, preferencias y valores. Lo que subyace a esta distinción y a la razón de la prioridad con­cedida al diálogo es que la ruptura del amor humano y de la comunicación se debe siempre a problemas emocionales. Dos perso­nas enamoradas pueden seguir profundizando en su afecto mutuo y, al mismo tiempo, mantener opiniones opuestas en casi todos los aspectos de la vida. Pero ello no constituirá un obstáculo para el amor mientras una o ambas partes no se sientan emocionalmen-te amenazadas.

De El secreto para seguir amando.

339

17 DE N O V I E M B R E

• > s absolutamente necesario caer en la cuenta de que no hay nada que me incite o que me dé motivos para erigirme en juez de los demás. Yo puedo decirte quién soy y referirte con toda fran­queza y sinceridad mis emociones, y éste es el mayor favor que puedo hacerme a mí mismo y a ti. Aun cuando mis pensamientos y emociones no sean de tu agrado, el revelarme abierta y sincera­mente sigue siendo el más grande de los favores. En la medida de mis posibilidades, intentaré ser sincero conmigo mismo y comu­nicarme sinceramente a ti.

Otra cosa sería que me erigiera en juez de tus errores. Eso sería jugar a ser Dios. Yo no tengo por qué intentar ser el garante de tu integridad y sinceridad: eso es cosa tuya. Lo único que puedo ha­cer es esperar que mi sinceridad para conmigo mismo y acerca de mí te permita y te ayude a ti a ser sincero contigo mismo y acerca de ti. Si yo puedo reconocer y declararte mis defectos y mis vani­dades, mis hostilidades y mis temores, mis secretos y mis ver­güenzas, tal vez seas capaz de reconocer los tuyos y confiármelos, si así lo deseas.

Es una calle de doble dirección: si tú has de ser sincero con­migo y hacerme partícipe de tus éxitos y tus fracasos, de tus an­gustias y tus éxtasis, ello me ayudará a encararme conmigo mis­mo y a ser una persona íntegra (total). Yo necesito tu apertura y sinceridad, y tú las mías. ¿Querrás ayudarme? Te prometo que yo he de intentar ayudarte a ti y decirte quién soy realmente.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

340

18 DE N O V I E M B R E

4 . x J L l comunicarnos, debemos ser plenamente responsables de nuestras acciones y reacciones. En consecuencia, haremos «afir­maciones en primera persona», no en «segunda».

La mayoría hemos crecido como «acusadores», de modo que culpamos a los demás de hacernos enfadar. Racionalizamos mu­chas de nuestras reacciones diciendo: «Lo tenías bien merecido»; o insistimos en que han provocado nuestra respuesta: «Sencilla­mente, no he podido evitarlo»; «No habría pasado nada si ella no hubiera empezado». A la mayoría nos resulta difícil mirar hacia atrás y reconocer que los demás no fueron la causa de nuestras acciones o reacciones, sino que se debieron a algo que hay dentro de nosotros; sin embargo, es un hecho que ésa es la razón. Si pudiéramos cruzar la línea que separa a los acusadores de quienes aceptan la plena responsabilidad de su comportamiento, proba­blemente estaríamos obrando de la manera más madura posible, lo que, al menos, nos proporcionaría un contacto honesto con la realidad, y ése es el único camino para convertirnos en seres hu­manos maduros.

De El verdadero yo: ¡en pie!

341

19 DE N O V I E M B R E

A uTJL veces no lo percibimos, pero todos somos un misterio único. El misterio que cada uno de nosotros es no ha existido en el pasa­do, y nadie exacto a nosotros volverá a existir jamás. La combina­ción de cualidades y dones que cada uno es constituye un con­junto que nunca antes se había reunido; es tan única como nues­tras huellas dactilares. Y sólo cada cual puede decidir compartir su misterio y su don con otro. También es verdad que del mismo modo que cada copo de nieve y cada grano de arena que encon­tramos en la orilla del mar tiene una estructura exclusiva, noso­tros somos diferentes de cualquier otro ser humano que haya exis­tido en la historia de la humanidad. El tesoro de nuestra singula­ridad nos pertenece, y podemos decidir revelarlo u ocultarlo.

Si decidimos no revelar nuestro don, impediremos que los de­más compartan el misterio y la experiencia únicos que somos; de manera análoga, ellos pueden negarnos la experiencia indirecta de qué se siente dentro de su piel; de modo que esas ocultaciones mutuas nos dejarán en la carencia perpetua. Pero también pode­mos hacer realidad la posibilidad contraria; podemos enriquecer­nos para siempre si nos abrimos y compartimos mutuamente nuestros pensamientos y sentimientos, porque la participación indirecta en la existencia única de otra persona es siempre enri-quecedora. Y ése es el gran don de la comunicación.

Cuando el otro nos diga quién es, cuando comparta con noso­tros su singularidad, nos llevará a un mundo distinto, a una época y a un lugar diferentes, a una familia distinta. Compartirá con nosotros su antiguo barrio y nos contará las historias que escuchó de niño; nos mostrará valles y cimas de montañas que nunca hemos visto; nos guiará hasta secretos sótanos de experiencias que no han formado parte de nuestras vidas; nos introducirá en emociones, esperanzas y sueños que nunca fueron nuestros... Y todo ello dilatará nuestra mente y nuestro corazón: la comunica­ción nos enriquecerá perpetuamente. El tamaño de nuestro mundo de experiencias se dilatará para siempre gracias a su gene­rosidad para con nosotros.

De El verdadero yo: ¡en pie!

342

2 0 DE N O V I E M B R E

C 4 j i vamos a ayudarnos mutuamente, yo me abro a mí mismo para ti y te abro mi mundo para que puedas entrar; y tú te abres a ti mismo para mí y me abres tu mundo para que también yo pueda entrar. Yo te he permitido experimentarme como persona, en toda la plenitud de mi ser personal, y tú me has permitido a mí experimentarte de la misma manera. Y por eso debo decirte quién soy y tú debes hacer lo mismo conmigo.

Este tipo de comunicación es el único camino hacia las más profundas riquezas de la relación humana. El compartir verdade­ro y profundo con otra persona es absolutamente necesario para nuestro crecimiento como personas. La mayoría de nuestras reac­ciones tienen fundamentalmente que ver con cosas prácticas como resolver problemas y hacer planes. Pero el hincapié primor­dial debería hacerse en este compartir profundo de lo que somos como personas.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

343

2 1 DE N O V I E M B R E

JL odos experimentamos fracasos comunicativos de vez en cuan­do: son parte de las relaciones. Decir que nunca ocurrirán, sería negar la realidad de la vida. Estos fracasos comunicativos no mar­can necesariamente el final de una relación, sino que son simples crisis en la comunicación. Se parecen mucho a las crisis situacio-nales en las que una persona se encuentra temporalmente abru­mada por un acontecimiento.

En primer lugar, y fundamentalmente, nuestra actitud ante esas crisis tendrá un efecto considerable sobre su resultado. Pero, si pensamos que no debería haber crisis en la comunicación, lo nor­mal será que nos sintamos dolorosamente sorprendidos y frustra­dos ante ellas. Si aprendemos a aceptar las crisis como una parte normal e inevitable de la comunicación, nos libraremos de mu­chos sinsabores. Después de todo, dos personas absolutamente únicas intentan compartir sus distintos y personalísimos puntos de vista sobre la realidad. El hecho de que la comunicación ge­neralmente funcione es casi más sorprendente que esas crisis ocasionales.

En segundo lugar, es muy importante no considerar estas cri­sis inevitables como fracasos. De lo contrario, estamos cavando para nosotros mismos fosas de decepción. Para vencer estas crisis y sacar provecho de ellas, es importante entender cuándo y por qué ocurren. Algunas veces son simplemente una parte natural del proceso de crecimiento. La vida emocional de todos los seres humanos se mueve a través de ciclos de intimidad y distancia-miento. Es normal y natural. Todo el mundo de la naturaleza evo­luciona mediante ciclos en su proceso de crecimiento. Si acepta­mos esa evolución cíclica, seremos capaces e aprovecharla de forma creativa. Identificaremos las crisis con hitos del crecimien­to; consideraremos que constituyen oportunidades para ser crea­tivo, en lugar de verlas como catástrofes destructivas.

De El verdadero yo: ¡en pie!

344

2 2 DE N O V I E M B R E

• é a amistad y la auto-revelación mutua tienen que hacer fren­te a la novedad día tras día, porque el ser una persona conlleva cambio y crecimiento diarios. Mi amigo y yo crecemos, y las dife­rencias resultan cada vez más patentes, porque no nos hacemos una misma persona, sino que cada cual se hace él mismo. Yo des­cubro en mi amigo otros gustos y preferencias, otros sentimientos y esperanzas, otras reacciones ante nuevas experiencias. Descubro que este asunto de decirle quién soy yo no puede liquidarse de una vez por todas. Yo debo decirte constantemente quién soy yo, y tú debes decirme constantemente quién eres tú, porque ambos estamos en continúa evolución.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

345

2 3 DE N O V I E M B R E

JL uede ocurrir que las mismas cosas que antes me atraían hacia ti parezcan ahora obstaculizar la comunicación. Al principio, tu emotividad parecía compensar mis inclinaciones de tipo más inte­lectual, tu estilo extrovertido complementaba mi introversión, tu realismo servía para contrapesar mi intuición artística... Lo nues­tro era algo así como una amistad ideal. Tú y yo parecíamos dos mitades que se necesitaban mutuamente para formar un todo. Pero ahora, cuando yo deseo que tú compartas mi forma intelec­tual de ver las cosas, me fastidia que no te intereses en mis razo­namientos objetivos. Ahora, cuando quiero hacerte ver que tu emotividad no es lógica, no parece importarte lo más mínimo. Al principio parecíamos encajar perfectamente. Ahora, tu deseo de extroversión y mi natural más introvertido parecen dividirnos.

Por supuesto que nuestra amistad aún puede perdurar. Se­guimos teniendo a nuestro alcance lo que es más humanamente útil y hermoso, y ahora no debemos volvernos atrás. Todavía po­demos compartir todas las cosas que antaño compartimos con tanto entusiasmo, cuando por primera vez nos dijimos mutua­mente quiénes éramos tú y yo, respectivamente; sólo que ahora compartimos de un modo más profundo, porque somos más pro­fundos. Si yo sigo escuchándote a ti con la misma sensación de admiración y de gozo con que lo hacía al principio, y tú me escu­chas a mí del mismo modo, nuestra amistad echará más firmes y profundas raíces, y el oropel de nuestro primer compartir madu­rará en oro de ley. Podemos y queremos estar seguros de que no hay necesidad de que nos ocultemos nada el uno al otro, de que lo hemos compartido todo.

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

346

2 4 DE N O V I E M B R E

JL ara ser unos comunicadores eficaces debemos «expandirnos» abandonando la seguridad de lo ya conocido. El problema es que nos acurrucamos prudentemente dentro de esas «áreas cómodas» y, si son reducidas, nos quedamos apresados en un mundo minús­culo. Sin embargo, la mayoría preferimos permanecer en nuestras prisiones a pagar el precio de la incomodidad por aventurarnos fuera. Nos reducimos a una pequeña esquina de la vida; nunca descubrimos los límites de nuestras habilidades, porque nunca los exploramos; no disfrutamos plenamente de nuestras capacidades, porque en realidad nunca las ponemos a prueba. Se dice que el ser humano medio utiliza sólo el diez por ciento de sus capacidades; el otro noventa por ciento permanece enterrado en las tumbas del miedo. Tenemos miedo al fracaso, tenemos miedo a parecer ton­tos; tenemos miedo a que nos ridiculicen; tenemos miedo a las crí­ticas... Por eso nos rendimos y nos instalamos en nuestro seguro rincón, y cada nuevo día comienza a parecerse demasiado a ayer y a mañana: nos ponemos la misma ropa, decimos las mismas co­sas, quedamos con las mismas personas, seguimos la misma ruti­na... porque así es como nos sentimos cómodos.

«Expandirse», en el sentido en que utilizamos el término aquí, significa «abandonar la seguridad de lo ya conocido». Supone so­ñar el sueño imposible, alcanzar lo antes inalcanzable, intentar lo nunca intentado, arriesgarse a la posibilidad del fracaso, atrever­se a entrar en lugares donde nunca se ha estado...

De El verdadero yo: ¡en pie!

347

25 DE N O V I E M B R E

JLo suelo concebir nuestras emociones como niños en torno a sus padres: Madre Mente y Padre Voluntad: Frecuentemente, los niños intentan hacer equilibrios sobre las vallas, asomarse a los acantilados y acariciar a los osos pardos, y lloran y patalean cuan­do no se les permite hacer fogatas peligrosas o lanzar cuchillos afi­lados. La Madre Mente e el Padre Voluntad tienen que ser fuertes y firmes. Algunos padres insisten en que es un hecho que la locu­ra es hereditaria: la transmiten los hijos.

Cuando una persona acepta por primera vez el reto de expan­dirse, de salir de sus viejas «áreas cómodas» y entrar en nuevas zonas, es muy probable que los niños (las emociones) hagan de las suyas. Empezarán sus pataletas y chillidos, sus lloros y protes­tas. La imaginación (un sentido interior) pintará horribles cua­dros de vergüenza y fracaso y emitirá sonidos terroríficos: «Se aca­bará el mundo con otro "Big Bang" o, al menos, habrá una formi­dable explosión, y alguien, seguramente yo, perderá el conoci­miento para siempre. Prevalecerá una vez más la Ley de Murphy: "Lo que puede ir mal, irá mal"».

Pero si la Madre Mente y el Padre Voluntad son los suficiente­mente fuertes, se impondrán. Y, lo creamos o no, el mundo no estallará; no habrá explosión; nadie se desmayará ni morirá; y el viejo Murphy no dará ni la más mínima señal de vida. Pero éstas no son más que algunas de las cosas que no sucederán. La conse­cuencia de nuestra expansión será que nuestro mundo se dilata­rá, nuestras vidas serán más plenas y satisfactorias y descubrire­mos talentos ignorados. ¿Te acuerdas de la primera vez que nadas­te sin que nadie te mantuviera a flote o la primera vez que conse­guiste una gran victoria en tu deporte favorito? «¡Puedo hacerlo!», anunciaste a ti mismo y al mundo. Ni te ahogaste ni fallaste: ¡lo conseguiste! En aquel momento nacieron para ti una nueva con­fianza en ti mismo y un nuevo mundo. Eso mismo sucede siem­pre que nos expandimos.

De El verdadero yo: ¡en pie!

348

2 6 DE N O V I E M B R E

• >a buena comunicación requiere que los que se comunican le dediquen tiempo. Un tiempo de calidad implica que no nos devo­re la prisa y que no haya una multitud a nuestro alrededor. En el tiempo de calidad podemos buscar con confianza las palabras que expresen con exactitud lo que pensamos y sentimos; disponemos del tiempo libre necesario para buscar todo lo que yace escondido en nuestro interior y entrar en contacto con ello. La mayoría con­sideramos que la auto-revelación es difícil, incluso aunque no tengamos que preocuparnos por los límites del tiempo u otras distracciones.

Nos atemoriza ocultarle a otra persona las cosas que hemos mantenido ocultas en la oscuridad durante mucho tiempo. Y por eso es de gran ayuda encontrar un momento y un lugar en los que no tengamos prisas ni distracciones. Es más fácil localizar las pie­zas ocultas de nuestro rompecabezas humano cuando nos senta­mos junto a alguien al finalizar el día.

También necesitamos a un oyente que no tenga prisa y que no esté distraído, que pueda proporcionarnos su «presencia» y su «accesibilidad». Siempre es mucho más fácil comunicarnos cuan­do sabemos que alguien se interesa suficientemente por nosotros como para escucharnos. Porque, de hecho, la calidad del tiempo condiciona la calidad de la escucha; y la calidad de la escucha afecta directamente a la calidad de la comunicación. El deseo y la determinación de establecer de antemano ese tiempo especial será proporcional a nuestra ansia de comunicación.

Los tiempos especiales pueden ser la inversión más acertada de nuestra vida.

De El verdadero yo: ¡en pie!

349

2 7 DE N O V I E M B R E

E contacto físico es una importante forma de comunicación. Hay ocasiones en que el más ligero contacto físico puede resultar significativo, pues expresa un afecto que no se puede transmitir con palabras.

Pero hay algunas personas que experimentan el contacto físi­co como una amenaza. Es probable que bajo todos esos temores reales e imaginarios se oculte ese miedo a la auténtica intimidad que nos acompaña siempre. De un modo u otro, tenemos la sen­sación de que el contacto físico puede ser una poderosa fuerza vin­culante. La vinculación afectiva nos conduce al compromiso y se origina en él; el compromiso, por supuesto, implica una obliga­ción; y la obligación del compromiso nos atemoriza a la mayoría. Por eso percibimos y tememos las consecuencias del contacto físi­co afectivo.

Debemos pensar en nuestros sentidos como dones de Dios y en antenas para el aprendizaje. De hecho, una de las leyes de la asimilación de conocimientos es que, cuantos más sentidos estén involucrados en el proceso de aprendizaje, tanto más a fondo asi­milaremos las lecciones y más tiempo las recordaremos. Por eso es un buen ejercicio dedicar un tiempo a recordar las imágenes sen­soriales de la propia infancia; si nos llevaban en brazos a la cama y nos arropaban; si nos besaban y consolaban cuando nos caía­mos; si nuestro padre nos llevaba a hombros o si nuestra madre nos agarraba fuertemente de la mano en los grandes almacenes llenos de gente... Imágenes de protección y seguridad.

Cuando se trata de la autoestima y la seguridad, necesitamos toda la confianza posible. Por eso no son imprescindibles las pala­bras agradables, las sonrisas y la ternura del contacto físico afec­tivo. De algún modo, el contacto físico colma, de forma más efec­tiva que las palabras, nuestra sensación de aislamiento y soledad.

De El verdadero yo: ¡en pie!

350

2 8 DE N O V I E M B R E

A. ^1 o forma estrictamente parte del diálogo, dado que conlleva un juicio y una decisión; pero sí es un elemento casi mágico que posibilita y facilita el diálogo. Me refiero a esta sencilla pregunta: «¿Me perdonas?» El comienzo de la mayoría de las disfunciones humanas que sabotean el amor y el diálogo es lo que yo denomi­no un «espíritu herido». Si, por ejemplo, te hablo de una manera «condescendiente» o te digo algo que te hiere, puede que perciba o no los efectos que mis palabras producen en ti, pero lo que es indudable es que, en mayor o menor grado, tú estás hecho polvo. También puede ocurrir que tú no me hables de tu dolor, pero que me lo hagas llegar de algún modo. Entonces, fácilmente podemos quedar atrapados en un auténtico toma y daca. Cuando esto empieza a producirse, las líneas de comunicación se interrumpen, la relación se pudre, y se hace preciso sanearla.

Lo que intento decir es que la mayoría de las relaciones pro­blemáticas pueden restaurarse casi milagrosamente haciendo esta simple y sincera pregunta: «¿Me perdonas?» Al preguntarlo, no estoy asumiendo toda la culpa ni determinando quién tenía razón y quién no. Simplemente estoy pidiéndote que me reintegres de nuevo a tu amor, del que me he visto apartado. Reconocer la nece­sidad de perdón es el recurso más efectivo para sanar los espíritus heridos, sin lo cual no es fácil que dure una relación.

De El secreto para seguir amando.

351

2 9 DE N O V I E M B R E

4 XJLdmitir nuestros fallos y pedir que nos perdonen es una fór­mula casi mágica para remover muchos de los obstáculos a la buena comunicación. Una disculpa sincera derrumba al instante todas las técnicas defensivas que suponen la muerte del diálogo; además, la disculpa comunica nuestra vulnerabilidad personal de la mejor manera posible. Aún así, a la mayoría nos resulta suma­mente difícil disculparnos; en nuestro interior está al acecho un temor que nos dificulta el reconocimiento sincero de nuestros errores.

Naturalmente, parte de nuestra dificultad para pedir perdón se debe a que tenemos un problema con nuestra sinceridad inte­rior. Para llegar al momento y al acto de la disculpa, antes tene­mos que ser muy sinceros con nosotros mismos acerca de nuestros fallos y limitaciones. Y para ser sinceros con nosotros mismos, necesitamos toda la ayuda posible. El espíritu de la verdad debe estar presente en toda disculpa sincera. Después, debemos esfor­zarnos por admitir con sinceridad nuestros fallos ante las perso­nas que se han sentido heridas u ofendidas por nuestros errores. «Estaba equivocado. Lo siento. Por favor, perdóname». En mi opi­nión, es muy raro que se niegue el perdón a una persona que admite sinceramente su error y pide disculpas. Cuando se busca y se obtiene, el perdón se convierte en una fuente de liberación. Se borran los antecedentes: quien es perdonado no tiene que seguir soportando el lastre de la culpa, y quien perdona no tiene que seguir cargando con el resentimiento.

De El verdadero yo: ¡en pie!

352

3 0 DE N O V I E M B R E

r V-rf uando racionalizamos, no podemos ver la verdad de forma objetiva, porque estamos demasiado ocupados elaborando nuestra autojustificación: «Tú te lo buscaste. Me hiciste lo mismo a mí hace tres semanas. Sólo te estoy dando a probar tu propia medici­na». La mayoría nos perdemos en los círculos sin fin de la racio­nalización: distorsionamos la verdad, reconvertimos nuestro len­guaje e incluso falsificamos los hechos, y todo este esfuerzo está diseñado con el exclusivo fin de justificarnos y blanquear nuestros errores. Una vez que la racionalización se completa, ya no nece­sitamos admitir sinceramente ni los fallos ni la necesidad de la disculpa.

Para evitar la falta de honestidad del proceso de racionaliza­ción, debemos preguntarnos: ¿aceptamos nuestro yo verdadero, nuestro yo defectuoso e imperfecto, el que carece de fuerzas, el yo agotado?; ¿nos aceptamos realmente como personas que cometen errores?; ¿hemos aprendido a reírnos de nosotros mismos, y de nuestras «gilipolleces»? Tenemos que meditarlo seriamente, por­que, a menos que nos aceptemos a nosotros mismos de verdad, no podremos ser verdaderamente sinceros o auténticos. Y si no so­mos verdaderos, nuestras vidas se convertirán en una perpetua comedia.

De El verdadero yo: ¡en pie!

353

1 DE D I C I E M B R E

JL ndependientemente del hecho de que los románticos hayan intentado describirlo como la cosa más dulce del mundo, y a pesar del sarcasmo con que los cínicos afirman que se le concede exce­siva importancia, el amor es la verdadera y esencial respuesta al enigma de la existencia humana. Es el componente esencial de la plenitud y la felicidad humanas. Vivir es amar. Aun así, debemos admitir que los cínicos tienen a su favor un buen número de esta­dísticas. Y no me refiero únicamente al número de demandas de divorcio que se amontonan en los juzgados, sino también a la fragmentación general de la familia humana: padres contra hijos, hermanos contra hermanos, etc., etc. Si el amor es realmente la respuesta, parece fuera de toda duda, sin embargo, que los esfuer­zos de los seres humanos por encontrar esa respuesta en las rela­ciones amorosas presentan unas muy elevadas tasas de fracaso. El amor funciona siempre y cuando las personas lo trabajen. Ahora bien, ¿por qué deja de funcionar tan a menudo?; ¿cuál es el «tra­bajo» que exige el amor y por qué a veces no estamos dispuestos a realizarlo?

El amor supone, es y hace muchas cosas, pero básicamente se practica en el acto de compartir. En la medida y profundidad con que dos personas se comprometan mutuamente en una relación de amor, en esa misma medida y profundidad deben compartir activa y mutuamente sus vidas. Otra palabra para referirse al «compartir» es comunicación: el acto por el que las personas com­parten o tienen algo en común. Si yo te comunico un secreto, en­tonces lo compartimos, lo poseemos en común. En la medida en que yo me comunique contigo como persona y tú te comuniques conmigo del mismo modo, en esa misma medida compartimos nuestro propio y respectivo misterio. Por el contrario, en la medi­da en la que nos distanciemos el uno del otro y nos neguemos la transparencia mutua, el amor disminuye.

De El secreto para seguir amando.

354

2 DE D I C I E M B R E

JLJos soledades que se protegen, se juntan y se acogen mutuamente. Esta es la única realidad digna de ser llamada «amor». Cada uno renuncia, aunque sea gradualmente, a la imagen proyectada que constituyó su primera fuente de atracción y descubre la realidad aún más bella del otro, dispuesto cada uno de ellos a reconocer y respetar la otreidad del otro. Cada uno valora y trata de promover la visión interior y el misterioso destino del otro, y para ambos constituye un privilegio asistir al crecimiento y la realización de la visión y el destino del otro. La brillante intuición poética de Rilke parece captar la naturaleza de la verdadera relación amorosa:

«El amor es... un enorme incentivo para que el individuo madure, sea algo por sí mismo y se convierta en todo un mundo para sí por el bien del otro. Es una inmensa y exorbitante exigencia que le elige y le llama a uno a grandes cosas. El amor consiste en esto: en que dos soledades se protejan, se junten y se acojan mutuamente».

De El secreto para seguir amando.

355

3 DE D I C I E M B R E

C / n a buena y operativa definición del amor interpersonal es la del psiquiatra Harry Stack Sullivan: «Cuando la satisfacción, la felicidad y la seguridad de otra persona es tan real como la propia, se ama verdaderamente a esa persona». Este deseo de ver al otro satisfecho, feliz y seguro no es un mero sentimiento, porque los sentimientos son instantáneos, fugaces y ambivalentes. El amor es una decisión (voy a amarle) y un compromiso (haré, diré y seré lo que necesite para su satisfacción, felicidad y seguridad). Es decir, decidimos que vamos a amar al otro como nos amamos a nosotros mismos, y vamos a proporcionarle, en la medida de lo posible, todo lo que fomente su auténtica felicidad.

Esto es amor. Y ése es el amor que debe ser la motivación de toda comunicación. Como ocurre con otras muchas cosas, una motivación puede reconocerse por sus consecuencias o resultados. «Por sus obras los conoceréis». Si nuestra motivación es el amor, lo primero que haremos será observar al otro, mirarle con los pene­trantes ojos del amor. El amor no es ciego, sino que ve más de lo normal. El amante ve en el amado cosas que los ojos que no aman son incapaces de ver. Observamos al otro para descifrar su estado de ánimo e identificar sus necesidades. Un día puede necesitarnos para celebrar un éxito reciente; otros días, para que nos sentemos en silencio a su lado en la oscuridad de la desgracia; también puede haber ocasiones en que precise nuestra ternura, mientras que otras veces puede necesitar que seamos exigentes con él. Pero ya precise suave terciopelo o acero reforzado, nosotros intentare­mos proporcionárselo.

Algunas veces es difícil saber qué hacer, decir y ser por amor. Todos somos un profundo misterio, y no es fácil descifrar el ánimo del otro y percibir sus necesidades. A veces actuaremos a ciegas. Hay ocasiones en que el amor es suave terciopelo, tierno y delica­do; pero otras veces es acero reforzado, firme y exigente. Por con­siguiente, el amor es un «arte», no una «ciencia».

De El verdadero yo: ¡en pie!

356

4 DE D I C I E M B R E

Y JL o experimento continuamente la realidad siempre creciente y siempre nueva de tu ser, y tú experimentas la realidad del mío; y el uno a través del otro experimentamos juntos la realidad de Dios, que en cierta ocasión dijo: «...no es bueno que el hombre esté solo».

«Tu más leve mirada ha de abrirme fácilmente; aunque yo me haya cerrado

como un puño, tú me abres siempre,

pétalo a pétalo, como abre la primavera (con hábiles y misteriosas caricias) su primera rosa».

E.E. CUMMINGS

De ¿Por qué temo decirte quién soy?

357

5 DE D I C I E M B R E

JL O creo que la falacia más dañina en la que la mayoría de noso­tros caemos es la de engañarnos pensando que si cambiamos (para mejor), Dios nos amará más. ¿Lo has pensado alguna vez?; ¿has sentido en alguna ocasión que, si lo intentaras con un poco más de fuerza, si rezaras un poco más, Dios te amaría también un poco más? Cuando pensamos de este modo, nos esforzamos mucho, pero nunca lo hacemos en el consuelo de los brazos de Dios.

Cuando yo era un novicio, cada mañana le prometía a Dios un día perfecto. Estaba convencido de que iba a serlo; de alguna manera, realmente lo creía. Pero, al finalizar el día, tenía que dis­culparme por mi frágil humanidad. A mi equivocada manera le estaba diciendo a Dios: «Si cambio, si realmente consigo tener un día perfecto, me amarás, ¿verdad?» Por supuesto, nunca conseguí cumplir la promesa, porque me frenaba la idea de que Dios real­mente sólo amara lo perfecto, de que a él realmente no le gustá­ramos nosotros, fracciones humanas. Naturalmente, esta falsa apreciación sofoca el espíritu humano. Este derrotismo es la estra­tegia del mal.

Ahora estoy seguro de que Dios intenta enderezar este pensa­miento falaz. Me imagino a Dios diciendo: «Oye, que lo estás haciendo al revés. No tienes que cambiar para que yo te ame. Si llegaras alguna vez a darte cuenta de lo mucho que te amo, ¡entonces cambiarías! El cambio sería automático e inevitable. El hecho de saberte amado te capacitará para cambiar. Pero si inten­tas cambiar para conquistar mi amor, te agotarás. Emplearás todas tus energías en intentar estar a la altura de las circunstan­cias. Finalmente, te desanimarás y abandonarás. Y entonces sí que no podrás cambiar. Quiero simplemente que sepas que te he dado todo mi amor como un don. No puedes ganarlo o merecerlo. Lo único que puedes hacer es sencillamente aceptarlo. Y, cuando lo hagas, entonces ciertamente cambiarás».

Del programa de vídeo Free To Be Me.

358

6 DE D I C I E M B R E

• > s una tragedia histórica que la predicación cristiana de la palabra de Dios haya de alguna forma invertido sus prioridades. Se ha hecho más hincapié en las verdades concretas que el cris­tianismo ha propugnado que en la persona de su Señor, al contra­rio de lo que hicieron los apóstoles y los primeros cristianos. No es que Jesús no tuviera enseñanzas específicas, sino que estas ense­ñanzas no tendrán mucho sentido para la persona que previa­mente no haya aceptado a Jesús.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos, y la verdad de Dios suele ser difícil para nosotros. Viene aquí muy a propósito el axioma que dice que sólo podemos conocer de otra persona lo que de ella amemos. Siempre hemos dicho con mucha palabrería que el amor es ciego. Pero la verdad es que el amor ve más de lo nor­mal. Con frecuencia nos preguntamos, con la ingenuidad de un adolescente, qué ve un miembro de una pareja en el otro para amarlo tanto. Es precisamente porque lo ama por lo que puede conocerlo de un modo que no está al alcance de quien no lo ama. Ve cosas en él que sólo los ojos del amor pueden ver. Por eso mismo, sólo las personas que han sido guiadas por el curso inex­plorado de la fe hasta el umbral del amor de Dios tienen alguna posibilidad de comprenderle a él y su modo único de tratarnos. Nosotros no estamos equipados para comprender las verdades de Dios —y mucho menos para debatirlas—, hasta que comprenda­mos la verdad central de su persona y de su amor por nosotros.

De A Reason To Live, A Reason To Die.

359

7 DE D I C I E M B R E

X KAuchos nos preguntamos si no hemos puesto excesiva dis­tancia entre nosotros y el amor de Dios, y no estamos seguros de que los cálidos rayos de su amor puedan aún llegar a nosotros. La Palabra de Dios nos recuerda la parábola con la que Jesús explica­ba lo que siente Dios por nosotros cuando le hemos abandonado por nuestros propios sueños y planes, confiando en nuestras pro­pias fórmulas para conseguir la felicidad. En la Palabra de Dios leemos la conocida parábola del hijo pródigo. En esta parábola, la Palabra de Dios presenta el amor y la bondad de Dios como algo constante. Dios está dispuesto a abrazarnos y acogernos cuando estemos preparados para decir «sí», cuando estemos abiertos y deseosos de ser amados. Al amor paciente de Dios no le preocupa realmente dónde hemos estado o lo que hemos hecho. Está siem­pre tendiendo sus brazos amorosos a la espera de abrazarnos. La invitación es siempre la misma: ¡Ven a mí! Aun así, sigue habien­do algo en la mayoría de nosotros que nos induce a persistir en hacer una pregunta errónea: ¿cómo es posible que me ames?

En cierta ocasión se realizó un estudio sobre personas que habían perdido su fe en Dios, y se catalogaron sus razones para abandonar la fe. Algunos dejaron de creer, porque notaron que quienes asistían a la iglesia eran un «puñado de hipócritas». Perso­nalmente, a mí nunca me ha inmutado esta razón. Siempre sien­to el impulso de decir, «Venga. Siempre hay espacio para un hipó­crita más». Sin embargo, la única razón que encontré verdadera­mente profunda fue ésta: «La fe no pedía demasiado; prometía de­masiado. No se trataba de que la Palabra de Dios resultara dema­siado difícil de creer, sino que más bien era algo demasiado bueno para creerlo. ¿Podría un Dios de infinito poder y majestuosidad descender del cielo para tomarme en sus brazos, para reclamarme como a su hijo, el hijo de su corazón y la niña de sus ojos? Creo que no. Sencillamente es excesivo». La Palabra de Dios que acep­tamos en nuestro acto de fe es verdaderamente una buena nueva, no demasiado difícil, pero casi excesiva.

De The Christian Vision.

360

8 DE D I C I E M B R E

• Á o que proporciona sus dimensiones a nuestra vida y a nues­tro mundo es una perspectiva o una visión de la realidad suma­mente personal. Ella es la que nos introduce en una vida más plena o nos encadena a una vida marchita. Nuestra visión de la realidad puede liberarnos en un mundo grande y maravilloso o arrinconarnos en una pequeña esquina. Una de las partes más importantes de esta visión es nuestra percepción de Dios. Cada uno de nosotros tiene una «sensación» de Dios diferente. Aunque cuesta admitirlo, algunos nos sentimos realmente aterrorizados por Dios. Tenemos miedo de lo que nos pueda pedir o hacer si real­mente orientamos nuestra vida hacia él. ¿Puedo pedirte que refle­xiones un momento sobre tu propia percepción de Dios? Si estu­vieras muriéndote y los médicos te comunicaran que «te queda poco tiempo de vida», ¿te sentirías feliz de «ir a casa», o estarías lleno de un decepcionado terror? Jesús compara la muerte con dos cosas muy diferentes. Dice que la muerte puede ser para nosotros un novio que viene en busca de su novia o un ladrón que viene a llevarse todos nuestros tesoros. Con frecuencia me pregunto qué será la muerte para mí, un novio o un ladrón. De alguna forma, creo que es mi concepto de Dios el que configura vigorosamente mis reacciones respecto del vivir y el morir, la vida y la muerte.

Tenemos que ser cuidadosos al examinar nuestra percepción de Dios. No podemos esperar conseguir una «fotografía» imagina­ria de Dios. Una «sensación» de Dios no es lo mismo que una foto. Una de las razones de que los judíos prohibieran las imágenes de Dios fue su conocimiento del infinito ser del Señor. Si intentamos reducir a Dios a las proporciones de una fotografía o de una esta­tua, incurrimos en blasfemia. Tenemos que experimentar a Dios en su enormidad, su majestad y su misterio. Dios es un amor in­finito que nos rodea. Está fuera y a la vez dentro de nosotros. Su presencia amorosa lo impregna todo. ¿Cuál es tu «percepción» de él?

Del programa de vídeo Free To Be Me.

361

9 DE D I C I E M B R E

; m jvictf> ei «pecado»? A los cristianos, los evangelios no nos per­miten dudar de la realidad del mismo. Aún así, es peligroso refle­xionar sobre esta realidad del pecado sin comprender que Dios es amor. Voy a proponer una analogía. Dios es como el sol. El sol se limita a brillar, a emitir su calor y su luz. Nosotros podemos per­manecer bajo la luz y el calor del sol o podemos eludirlo. Pero, cuando lo eludimos, sabemos que el sol no desaparece, sino que sigue brillando. Podemos eludir el sol, podemos encerrarnos en una mazmorra oscura donde no pueda alcanzarnos. Podemos per­manecer allí, en la oscuridad y el frío, pero sabemos que el sol no cambia: nosotros somos los que cambiamos. Pero también sabe­mos que siempre podemos regresar a la luz del sol, que siempre está ahí para nosotros. Lo mismo sucede con el amor de Dios. Es incondicional, constante y continuo. Es como la luz y el calor del sol. Siempre está ahí para nosotros.

¿Has amado alguna vez a alguien que no quisiera tu amor?; ¿Le has dicho alguna vez a alguien: «Simplemente quiero amarte, ayudarte. Quiero lo mejor para ti»? ¿Recuerdas la sensación cuan­do la otra persona dijo: «No, gracias» y se alejó? Cuando aquella persona se alejó de ti, tú gritaste: «Si en algún momento quieres regresar, mi amor estará aquí esperándote. Siempre te amaré». Si has tenido una experiencia así, lo siento, pero en tal caso esta ana­logía del amor de Dios y de la realidad del pecado tendrá más sig­nificado para ti. Dios nos dice a cada uno de nosotros: «Te amo. Si decides abandonarme, no te lo impediré. Siempre serás libre, pero también siempre estaré aquí esperándote. Puede que haya una época en la que te distancies de mi amor, pero nunca creas que lo has perdido. Puedes rechazarlo, pero nunca puedes perder mi amor. Siempre estaré aquí esperándote».

Del programa de vídeo Free To Be Me.

362

10 DE D I C I E M B R E

r \*J uando le preguntaron a Jesús quién es Dios y qué piensa de los pecadores y cómo reacciona ante ellos, el Señor contó la histo­ria del hijo pródigo. Quizá deberíamos llamar a esta parábola la Parábola del Padre Pródigo, porque el mensaje central tiene que ver con el padre y su amor pródigo (exorbitante) e incondicional.

En esta historia, un hombre y sus dos hijos viven y trabajan juntos en una granja en el campo. El más joven de los chicos pien­sa que su padre está cada vez más anticuado, y gradualmente va desencantándose de la vida que lleva con él, e incluso sintiendo rencor. El chico sueña con las delicias de la gran ciudad, con sus luces tenebrosas y sus placeres perversos. Un día, se dirige a su padre para pedirle la herencia que le corresponde y anunciarle su partida inmediata. El padre está triste, por supuesto, pero al final le entrega a su hijo la herencia. El chico, sin mirar atrás, empren­de viaje para hacer realidad sus grandes esperanzas y cumplir sus atrevidos sueños.

Jesús retrata al padre como a una persona que permite que su hijo se marche, a pesar de que su corazón está lleno de tristeza. Durante el largo intervalo de ausencia del hijo, el padre se sienta cada noche en el porche de la casa, mirando con ojos tristes y nos­tálgicos el camino que conduce a la ciudad. No puede olvidar a su hijo. Siempre recordará a su pequeño, la niña de sus ojos y la deli­cia de sus sueños. En el corazón del padre, siempre habrá un lugar especial para su hijo. Sólo cuando el chico descubre la vanidad de sus esperanzas y el engaño de sus sueños, sólo cuando se ha gas­tado la herencia y le abandonan sus amigos, emprende el largo camino hacia su hogar.

De The Christian Vision.

363

11 DE D I C I E M B R E

17 • /n la parábola del hijo pródigo, Jesús presenta al padre miran­do como siempre el camino que lleva a la ciudad y, de repente, reconociendo la figura distante de su hijo. El corazón del padre late fuertemente, casi a punto de estallar de excitación. Vencido por la alegría, a pesar de ir contra todas las tradiciones de la época, el padre corre al camino para reunirse con su hijo perdido y estre­charle entre sus brazos. Ni siquiera escucha la insinuación del chico: «Ya no merezco llamarme hijo tuyo». Después de decir esto, el joven siente los brazos firmes de su padre rodeándole y escucha los sollozos de alivio del mismo. Siente cómo las lágrimas cálidas de su padre recorren las arrugas de sus propias mejillas. El padre dice suavemente una y otra vez: «Estás en casa... ¡estás en casa!» Después, el padre se repone, recurre a su voz más potente y pide el mejor traje, unas sandalias y un anillo «para mi chico». Pide que llamen a los músicos y que maten el ternero más cebado. Habrá una fiesta insuperable. Y repite la gozosa proclamación: «¡Mi hijo está en casa! ¡Mi hijo está en casa!».

Cuando Jesús acaba esta historia, mira a los escribas, los su­mos sacerdotes y los fariseos directamente a los ojos. «Así es Dios. Éstos son los sentimientos y la reacción de Dios ante el pecador» (véase Le 15,11-32). Por supuesto, esta historia selló el destino de Jesús. Sus oyentes pusieron en movimiento la maquinaria de su muerte, lo que no constituyó ninguna sorpresa. Jesús supo en todo momento cuál sería el resultado, antes incluso de comenzar su parábola. Y murió contento por amor. «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Le 12,50). Bajo cada crucifijo que conmemora su muerte, los seguidores de Jesús deberían ver un mensaje indeleble: «Esto es lo que quiero decir cuando digo que os amo». Y a través de los siglos y hasta los confines del mundo se ha contado la historia y repeti­do el mensaje, y las personas gradualmente han llegado a com­prender que ¡Dios es amor!

De The Christian Vision.

364

12 DE D I C I E M B R E

c \^j onocemos a Dios al conocer a Jesús. Jesús es la Palabra que estaba con Dios desde toda la eternidad, la Palabra que es Dios. San Pablo llama a Jesús «la imagen visible de nuestro Dios invisi­ble» (Col 1,15). Los teólogos han llamado a Jesús nuestra «venta­na a Dios». Y Jesús mismo asegura a Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», (Jn 14,9). También san Juan escribe en su prólogo:

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único... A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,14.18).

Dios no sólo estaba en Jesús reconciliando el mundo consigo (ver 2 Cor 5,19), sino que también se estaba revelando ante nosotros en Jesús. Dios estaba, como si dijéramos, hablando nuestro len­guaje humano al convertirse en un ser humano, como nosotros en todas las cosas excepto en el pecado. Al pronunciar su Palabra en el mundo, Dios nos decía cuanto podía acerca de sí mismo. La per­sona divina de Jesús es el medio más seguro para alcanzar una actitud más adecuada hacia Dios, aunque nunca podemos esperar tener una perspectiva o un concepto de Dios totalmente adecua­dos. Una vez más, es obvio que Dios es sencillamente demasiado grande, demasiado magnífico, demasiado infinito para las lentes finitas de nuestras mentes. Sin embargo, podemos conseguir reve­laciones cada vez más nítidas de la mente y del corazón de Dios reflexionando sobre la mente y el corazón de Jesús. La sabiduría y el poder, la fuerza y la majestad de Dios residen en Jesús. Y a tra­vés de Jesús se nos revelan a nosotros.

De The Christian Vision.

365

11 DE D I C I E M B R E

f Jn la parábola del hijo pródigo, Jesús presenta al padre miran­do como siempre el camino que lleva a la ciudad y, de repente, reconociendo la figura distante de su hijo. El corazón del padre late fuertemente, casi a punto de estallar de excitación. Vencido por la alegría, a pesar de ir contra todas las tradiciones de la época, el padre corre al camino para reunirse con su hijo perdido y estre­charle entre sus brazos. Ni siquiera escucha la insinuación del chico: «Ya no merezco llamarme hijo tuyo». Después de decir esto, el joven siente los brazos firmes de su padre rodeándole y escucha los sollozos de alivio del mismo. Siente cómo las lágrimas cálidas de su padre recorren las arrugas de sus propias mejillas. El padre dice suavemente una y otra vez: «Estás en casa... ¡estás en casa!» Después, el padre se repone, recurre a su voz más potente y pide el mejor traje, unas sandalias y un anillo «para mi chico». Pide que llamen a los músicos y que maten el ternero más cebado. Habrá una fiesta insuperable. Y repite la gozosa proclamación: «¡Mi hijo está en casa! ¡Mi hijo está en casa!».

Cuando Jesús acaba esta historia, mira a los escribas, los su­mos sacerdotes y los fariseos directamente a los ojos. «Así es Dios. Éstos son los sentimientos y la reacción de Dios ante el pecador» (véase Le 15,11-32). Por supuesto, esta historia selló el destino de Jesús. Sus oyentes pusieron en movimiento la maquinaria de su muerte, lo que no constituyó ninguna sorpresa. Jesús supo en todo momento cuál sería el resultado, antes incluso de comenzar su parábola. Y murió contento por amor. «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Le 12,50). Bajo cada crucifijo que conmemora su muerte, los seguidores de Jesús deberían ver un mensaje indeleble: «Esto es lo que quiero decir cuando digo que os amo». Y a través de los siglos y hasta los confines del mundo se ha contado la historia y repeti­do el mensaje, y las personas gradualmente han llegado a com­prender que ¡Dios es amor!

De The Christian Vision.

364

12 DE D I C I E M B R E

r \^j onocemos a Dios al conocer a Jesús. Jesús es la Palabra que estaba con Dios desde toda la eternidad, la Palabra que es Dios. San Pablo llama a Jesús «la imagen visible de nuestro Dios invisi­ble» (Col 1,15). Los teólogos han llamado a Jesús nuestra «venta­na a Dios». Y Jesús mismo asegura a Felipe: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», (Jn 14,9). También san Juan escribe en su prólogo:

«Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único... A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado» (Jn 1,14.18).

Dios no sólo estaba en Jesús reconciliando el mundo consigo (ver 2 Cor 5,19), sino que también se estaba revelando ante nosotros en Jesús. Dios estaba, como si dijéramos, hablando nuestro len­guaje humano al convertirse en un ser humano, como nosotros en todas las cosas excepto en el pecado. Al pronunciar su Palabra en el mundo, Dios nos decía cuanto podía acerca de sí mismo. La per­sona divina de Jesús es el medio más seguro para alcanzar una actitud más adecuada hacia Dios, aunque nunca podemos esperar tener una perspectiva o un concepto de Dios totalmente adecua­dos. Una vez más, es obvio que Dios es sencillamente demasiado grande, demasiado magnífico, demasiado infinito para las lentes finitas de nuestras mentes. Sin embargo, podemos conseguir reve­laciones cada vez más nítidas de la mente y del corazón de Dios reflexionando sobre la mente y el corazón de Jesús. La sabiduría y el poder, la fuerza y la majestad de Dios residen en Jesús. Y a tra­vés de Jesús se nos revelan a nosotros.

De The Christian Vision.

365

13 DE D I C I E M B R E

n una época de mi vida pensaba: «Si mejoro, me hago más caritativo, elimino mis frecuentes faltas por omisión y por acción, si rezo más, etc., Dios me amará más». Ahora estoy convencido que este tipo de pensamiento implica una grave mala interpreta­ción de nuestro amoroso Dios. Sencillamente, es incompatible con una visión verdadera de Dios. Una vez más, estamos naciendo a Dios a nuestra imagen y semejanza humanas. Y ello atribuye a Dios este tipo de amor condicional en el que las cosas hay que ganárselas y con el que los humanos solemos pretender amarnos unos a otros.

Casi toda nuestra experiencia humana ha tenido que ver con el amor condicional: «Si cambias..., si haces esto o no haces eso..., te amaré». Por eso tenemos que sentarnos con esta idea del amor de Dios incondicional y libremente entregado y meditar sobre ello durante largo tiempo. Tenemos que impregnarnos de esta com­prensión del amor de Dios en la meditación orante. La verdad de la alianza, la verdad de que Dios podría haber creado un mundo sin ti y sin mí, pero que tal mundo habría estado para él incom­pleto, son verdades que sólo se asumen lentamente y con ayuda de la gracia. Dios quería que tú y yo fuéramos como somos, por­que..., sencillamente porque somos el tú y el yo a los que siempre ha amado. Dios es amor, y así es como actúa.

De The Christian Vision.

E

366

14 DE D I C I E M B R E

4 JL JLntes o después siempre surge la pregunta respecto de qué pasa con la denominada «ira de Dios» mencionada en la Biblia. Los biblistas nos aseguran que no hay ira en Dios. Dios no se enfa­da como nosotros. Los escrituristas nos dicen que esta «ira de Dios», mencionada en la Escritura, es una figura retórica, un antropomorfismo. En dicha figura retórica atribuimos a Dios cua­lidades o reacciones humanas. Y aunque este antropomorfismo probablemente tenía la intención de hacer hincapié en la incom­patibilidad entre Dios y el pecado, frecuentemente se ha utilizado de forma equivocada. Es cierto que nosotros no podemos elegir una vida de pecado, alejados de Dios, y mantener al mismo tiem­po una relación de amor con él. Pero también es cierto que nues­tros pecados no cambian a Dios o suscitan su ira.

Sería gravemente erróneo llegar a la conclusión de que Dios se enfada a causa de algo que hemos hecho. Si esto fuera cierto, con­trolaríamos las reacciones de Dios, lo cual es impensable. Del mismo modo, es imposible imaginar que el Jesús que insiste en que deberíamos amar a nuestros enemigos y perdonar sin lími­te pudiera añadir: «¡Pero mi Padre se enfadará mucho si no le amáis!» El único Padre revelado por Jesús corre por el camino, toma a su hijo en sus brazos y suspira con gran alivio: «¡Estás en casa! Es lo único que quería. Quiero que estés conmigo allí donde me encuentre, y quiero estar contigo allí donde tú te encuentres. Aunque una madre pudiera llegar a olvidar al hijo de sus entra­ñas, ¡yo nunca podría olvidarte!».

De The Christian Vision.

367

15 DE D I C I E M B R E

• /s extremadamente importante caer en la cuenta de que el amor de Dios es aliancista, no contractual. En un contrato mercan­til, si una parte no cumple su compromiso, la otra queda liberada de todos los efectos vinculantes del contrato. Por ejemplo, prome­to pagarte cinco dólares por cortar el césped de mi jardín. Pero no cortas el césped, por lo que no estoy obligado a pagarte los cinco dólares prometidos. No sucede lo mismo en una alianza. Una alianza implica una promesa de amor incondicional, una prome­sa que nunca se cancela. Una alianza promete un amor que siem­pre tendrá continuidad, independientemente de la respuesta de la persona amada. El amor de la alianza no es conquistado por la persona a quien se le da, sino que es un don gratuito. El amor de la alianza camina kilómetros no exigidos, va más allá de los reque­rimientos de la justicia y la reciprocidad. El amor de la alianza nunca se desdice, sino que es para siempre.

Nuestra experiencia humana normalmente no nos ayuda mu­cho a comprender este tipo de amor. Algunas veces pensamos que sólo una madre ama de este modo. Sin embargo, nuestro gran Dios nos asegura: «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvi­de, yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te llevo tatuada, tus muros están siempre ante mí» (Is 49,15-16), «¡Nunca te dejaré, nunca te abandonaré!» (Hb 13,5).

De The Christian Vision.

368

16 DE D I C I E M B R E

J—1 n la visión maestra que proporcionan los mensajes, la vida y la persona de Jesús, nosotros, los cristianos, hemos sido llamados a ser cauces de amor los unos para los otros. Dios, que es amor, nos creó en un acto de amor. Toda bondad es de alguna manera autodifusiva. En el acto creativo, la bondad de Dios se difundió. Todos sabemos por propia experiencia lo que esta difusión de la bondad significa. Cuando tenemos algo bueno —como un buen chiste, una buena receta o incluso una buena noticia— el amor, por instinto, quiere compartirlo. Así, nuestro Padre-Dios, en un éxtasis de amor y felicidad, quiso compartir con nosotros su vida, su felicidad e incluso su hogar. Lo planeó desde toda la eternidad, y nos escogió a cada uno de nosotros para ser los receptores espe­ciales de su amor. Nosotros somos los hijos elegidos de su familia y de su corazón. Cada uno de nosotros fue concebido y nació en este mundo sólo porque fue amado por nuestro Padre-Dios.

Desde el comienzo hubo una red humana de venas y arterias a través de las cuales este amor fue transportado a todas las par­tes de la familia humana de Dios. Sin embargo, en algún lugar, de alguna manera, algo salió mal. Nosotros lo llamamos «pecado ori­ginal». El pecado y el egoísmo, el odio y el homicidio se convirtie­ron en parte de nuestra herencia humana. Pero la llamada ha se­guido siendo la misma.

En la visión cristiana, estos dos mandamientos están real­mente unidos. Yo no puedo decir mi «sí» de amor a Dios, a no ser que diga mi «sí» de amor a todos y cada uno de los miembros de su familia humana, sin excepción. El poeta francés Charles Péguy dijo en cierta ocasión que si intentamos llegar a Dios solos, sin duda nos hará algunas preguntas embarazosas: «¿Dónde están tus hermanos y hermanas?; ¿No los has traído contigo? No habrás venido solo, ¿verdad?» Estos síes del amor, exigidos por los dos grandes mandamientos, son inseparables. El propio Jesús lo dejó muy claro: no podemos negar nuestro amor a nadie.

De The Christian Vision.

369

17 DE D I C I E M B R E

JLJLe pensado con frecuencia acerca de lo que yo habría hecho si Dios me hubiera encargado la planificación de la Natividad, del nacimiento de Jesús. En primer lugar, habría llevado a Belén todo un ejército de ginecólogos y obstetras. Habría construido un mag­nífico hospital y un palacio para recibir a los dignatarios del mundo; palacio que, por supuesto, habría hecho que el del empe­rador romano pareciera unos grandes almacenes. Lo habría pro­clamado con grandes titulares en todos los periódicos. Habría con­tratado a los mejores relaciones públicas disponibles. Y habría lle­vado música, porque la música siempre da una dimensión espe­cial a las celebraciones. Dado que históricamente esta Natividad sólo sucederá una vez, me habría sentido obligado a organizar una Natividad que se recordase siempre.

Pero Dios, que lo planificó desde toda la eternidad con toda su sabiduría y todo su poder infinitos, dispuso que su Hijo naciera en un pesebre. De hecho, el lugar era una cueva en la ladera de una montaña; una pequeña cueva maloliente, húmeda y fea. Dios ni siquiera proporcionó a su Hijo una habitación en la posada local. Y las primeras personas a las que Dios invitó a ver a su hijo eran simples pastores, a los que se marginaba de la sociedad y no podí­an testificar en un tribunal ni votar. Eran la clase más baja de una sociedad clasista; eran los más pequeños de sus hijos.

Ni siquiera tengo el valor de contarle a Dios mis planes para la Natividad. Si yo hubiera sido el encargado, todo el mensaje de Jesús se habría perdido en la magnificencia de mis disposiciones. La Navidad realmente me hace arrodillarme y me ayuda a enten­der con mucha mayor claridad lo que es importante y lo que no lo es. Supongo que éste es el motivo por el que Dios, cuyos pensa­mientos y caminos no son las míos, dispuso una cueva en Belén.

Del programa de vídeo Jesús As I Know Him.

370

18 DE D I C I E M B R E

r \*J reo que Dios ha hablado a otros antes que a mí, que sus ins­piraciones han tenido como resultado muchas hermosas vidas y proezas por Dios y por la humanidad. Siempre he creído que él derribó a Saulo de Tarso en el camino de Damasco, que persiguió al indeciso san Agustín por los laberintos de la debilidad humana, que inspiró al fundador de mi propia orden, san Ignacio de Loyola, para que colgara su espada de soldado y batallara sólo por el Rei­no de Dios. Sí, Dios hizo estas grandes proezas en estos grandes hombres.

Pero ¿vendría a mí? Me resultó difícil comprenderlo hasta que dejé de hacer una pregunta errónea y comencé a hacer la adecua­da. Yo había estado preguntando: «¿Quién soy yo, Dios mío, para que vengas a mí con ternura e intimidad?; ¿cómo podría ser tan importante para ti?; ¿qué puedo yo ofrecerte?» Estaba atrapado en mi vieja preocupación por mí mismo. La pregunta verdadera es: «¿Quién eres tú, Dios mío?; ¿quién eres tú que vienes a mí y me hablas, que llenas mi pobre mente finita con tus pensamientos y perspectivas, que me haces capaz de ver este mundo a través de tus ojos, que pones tu fuerza y tus deseos en mi frágil voluntad, que derramas tu gracia divina es esta vasija de barro?; ¿quién eres tú que aceptas gentilmente el pan y los peces de mi vida para ali­mentar a los hambrientos de este mundo?; ¿quién eres tú? Muéstrame tu rostro, abrázanos a mí y a mi vida con tus brazos amorosos, permíteme sentir tu fuego y la caricia tranquilizadora de tu mano sobre el rostro de mi sedienta alma».

De He Touched Me.

371

19 DE D I C I E M B R E

" ' 1 amor de Dios por cada uno de nosotros es tan gratuito, tan inmerecido e incondicional como su amor por el pueblo de Israel. Jesús es la Palabra de este amor pronunciada en el mundo. Dios llega a nosotros en él, queriendo compartir y comunicar la bon­dad, la alegría y el amor que él es. Quiere amarnos para que alcan­cemos la plenitud de la vida.

En el nivel humano, todos hemos experimentado en algún momento ese tipo de impulso interior a compartir algo bueno con un amigo. En un nivel incluso más profundo, es el impulso inte­rior de los artistas a compartir con los demás una visión de la belleza, la música que han escuchado dentro de sí mismos. En el nivel humano más profundo, es el deseo de procreación: cuando dos personas se aman mucho mutuamente, quieren compartir su amor y sus vidas con una nueva vida, formada por Dios a partir de su carne y de su sangre. Y algo similar sucede con Dios. El ímpe­tu del amor de Dios procede de su interior y le lleva a compartir con nosotros su vida y su amor. Es un don gratuito, ofrecido libremente, ni ganado ni merecido ni exigido por ningún derecho nuestro. Es un don hermoso y eterno que se nos entrega con las manos del amor. Es una alianza incondicional.

Lo único que nosotros tenemos que decir es «¡Sí!» Lo único que tenemos que hacer es abrirnos para recibir esta perla de gran valor, este amor que nos transformará a nosotros y cada momen­to de nuestras vidas. La palabra clave es apertura. El niño peque­ño que llevo dentro de mí querría que la apertura fuera sencilla. Pero la verdad es que el gran «¡Sí!» de la apertura tiene otros pequeños «síes» en su interior. Algunos de ellos serán muy costo­sos; otros requerirán gran valor; y unos cuantos se pronunciarán en la oscuridad.

De Unconditional Love.

372

2 0 DE D I C I E M B R E

r \*J ada uno de nosotros tiene su propio, singular y muy limitado concepto de Dios, que suele verse marcado y distorsionado por la experiencia humana. Las emociones negativas, como el miedo, tienden a erosionarlo. Y la imagen distorsionada de un Dios ven­gativo finalmente nos repugnará y será rechazada. El miedo es un vínculo frágil, una base quebradiza para la religión.

Puede que ésta sea la razón de que el segundo mandamiento de Dios sea que nos amemos los unos a los otros. El amor huma­no desinteresado es la introducción sacramental al amor de Dios. Debemos atravesar la puerta de la entrega humana para encontrar al Dios que se entrega a sí mismo.

Quienes no rechacen una imagen distorsionada de Dios avan­zarán con dificultades bajo la sombra de un ser airado y, sin lugar a dudas, no amarán con todo su corazón, toda su alma y toda su mente, porque tal Dios no suscita el amor. Nunca habrá ninguna confianza ni reposo en los brazos amorosos de un Padre; nunca habrá ninguna mística de la pertenencia a Dios. La persona que sirve por miedo, sin percibir el amor, intentará regatear con Dios; y sólo hará nimiedades por él, hará pequeños ofrecimientos, dirá mínimas oraciones, etc. Las personas atemorizadas intentan obte­ner con sobornos un lugar en el cielo de su Dios. Su vida y su reli­gión son como un juego de ajedrez, no una aventura amorosa.

De WhyAm I Afraid To Love?

373

2 1 DE D I C I E M B R E

E año pasado se realizó un estudio informático de cien perso­nas que se consideraba habían tenido un gran éxito tanto en su vida personal como en la profesional. Toda la información dispo­nible sobre dichas personas fue introducida en un sofisticado ordenador, para tratar de descubrir lo que todas ellas tenían en común. ¿Cuál es el común denominador del éxito humano? Se descartó la educación y el ambiente. La mayoría (el setenta por ciento) procedían de pequeñas ciudades con una población infe­rior a 15.000 habitantes. Finalmente, sin embargo, se descubrió una característica universal: todas y cada una de aquellas perso­nas a las que el éxito había sonreído eran decididas... «descubri­doras del bien».

Por definición, los «descubridores del bien» son personas que buscan y encuentran lo bueno en sí mismos, en los demás y en todas las situaciones de la vida. Son vivamente conscientes de que Dios, que es poderoso, ha hecho en ellos únicamente cosas her­mosas. Buscan y encuentran lo bueno que hay en los demás y les dan abiertamente afirmación. Aprecian explícita y agradecida­mente la bondad y el talento ajenos. Finalmente, buscan lo bueno en todas las situaciones de la vida, y son conscientes de que las mejores bendiciones casi siempre llegan a nuestras vidas disfraza­das de problemas. Pero los descubridores del bien saben que hay una promesa en cada problema, un arco iris después de cada tor­menta y algún calor en cada invierno.

Dios es el descubridor del bien original. En otro tiempo vio un mundo frío y cruel en el que los gladiadores entretenían a los demás matándose unos a otros, y dos tercios de la humanidad vivían en una deshumanizadora esclavitud. Y la reacción de Dios fue enviar a su Hijo unigénito a este mundo, no para condenarlo, sino para, amándolo, llamarlo a la vida.

(Un mensaje de Navidad a sus amigos).

374

2 2 DE D I C I E M B R E

ucedió al final de mis quince años de formación como jesuíta. Había acumulado tantos títulos académicos que me sentía como un «pozo de ciencia». Sin embargo, cuando entré en el «Hospital de Santo Tomás» de Akron, Ohio, para ser capellán durante un corto período de tiempo, se me ocurrió un pensamiento asombro­so. Nunca había visto morir a nadie ni tampoco había visto nunca nacer a nadie. Todas las escenas de sufrimiento y vivo dolor habí­an sido mantenidas en cuarentena por mi existencia académica. De alguna forma, tenía la sensación de que el «Hospital de Santo Tomás» sería una iniciación en áreas de la vida en las que nunca había entrado y de que experimentaría como nunca antes los pla­ceres y dolores y las alegrías y tristezas de la existencia humana.

La experiencia más educativa de todas fue el nacimiento de un bebé. Una hermana enfermera ya jubilada, que se apiadaba de mi inexperiencia y que estaba a cargo de mi educación en la vida hos­pitalaria, me dijo que, antes de marcharme del hospital, tenía que asistir a un parto. Yo le pregunté si no llevaba su toca demasiado apretada, porque la parturienta se alarmaría si se encontraba a un capellán como testigo del nacimiento de su hijo. También expuse toda una letanía de otras razones por las que lo consideraba im­prudente, si no imposible, pero ella supo ver a través de mis razo­namientos y a través de mí, de manera que a la mañana siguien­te me encontré en la sala de partos. El ambiente fue informal hasta el momento mismo del alumbramiento. Entonces la sala se quedó en silencio..., hasta que un bebé varón llegó contorsionán­dose a este mundo. El médico limpió las mucosidades del con­ducto respiratorio del niño con unos tubos de succión y frotó enér­gicamente el pecho y la espalda del bebé. Aquél fue el momento cumbre: el bebé comenzó a llorar.

Cuando oí el primer vagido de vida, algo muy profundo me sucedió. Sencillamente me quedé petrificado. Estaba totalmente sobrecogido por la belleza y la santidad de aquel momento y de lo que estaba viendo. Había comenzado una nueva vida.

De The Silent Holocaust.

s

375

2 3 DE D I C I E M B R E

urante el nacimiento del niño y a continuación, mi mente se vio totalmente desbordada. Fui testigo de algo demasiado grande, demasiado hermoso, demasiado sagrado para que encajara con facilidad en ella. Mi maquinaria mental sufrió un cortocircuito. Asombrado, abandoné vacilante la sala de partos, y, mientras caminaba por el largo pasillo del hospital, mi educación teológica comenzó a conectar con lo que acababa de experimentar. De acuerdo con la tradición judeo-cristiana, Dios no viene a conocer­nos a ti y a mí en el momento de nuestra concepción o de nuestro nacimiento. Dios no tiene ideas tan novedosas ni renuncia a las viejas: nos ha conocido y amado a cada uno de nosotros desde toda la eternidad.

Dios ha esperado desde la eternidad ese momento del naci­miento. Y entonces muestra a su niñito el rostro de adoración de la madre que le ha gestado con tantísimo amor. Le muestra las magníficas estrellas que él ha engarzado en el cielo. Le ofrece la música de las canciones de cuna, la suavidad de los brazos de su madre y la delicadeza de las manos de su padre. El «Yo» de Dios le había estado diciendo al «Tú» del pequeño bebé: «Con amor eter­no te amé, por eso te he creado con amorosa ternura» (de la pro­fecía de Jer 31,3). Es absolutamente desbordante. El milagro de la vida. La Buena Nueva del amor de Dios por este mundo y por cada uno de nosotros. Cada nuevo niño es un signo de que Dios quiere que el mundo siga adelante.

De The Silent Holocaust.

D

376

2 4 DE D I C I E M B R E

espués de mi período como capellán de hospital, revisó ludas las experiencias profundamente humanas que había hecho mías y descubrí que las personas mueren como han vivido: atemorizadas o enfadadas, creyendo o desesperando. Es la condición humana, con todas sus debilidades superficiales y necesidades palpitantes. La bondad está mezclada con el mal, y el mal suavizado por la bondad. Pero la experiencia cumbre fue sin duda presenciar el nacimiento de aquel niño. En el largo y arduo proceso de mi pro­pia maduración psicosexual constituyó un hito innegable. A tra­vés de aquella experiencia tan tremenda y reveladora, comprendí el milagro de la reproducción humana. Teológicamente, me sentí como si hubiera tocado el rostro sonriente de Dios, que había soñado amorosamente con aquel pequeño desde toda la eternidad y que le había otorgado el inestimable don de la vida.

El niño era sin lugar a dudas una imagen única e irrepetible hecha a semejanza de Dios. Dios no hace fotocopias. En toda la historia de la raza humana, aquel pequeño no había aparecido nunca, y en el curso entero de la historia humana aún por hacer, jamás aparecerá de nuevo. Nadie ha tenido ni tendrá nunca sus huellas dactilares, su singular combinación de talentos ni su alma inmortal. Esto es algo que sólo puede entrar en nuestra mente de manera gradual. Es un misterio de amor que sólo podemos apre­ciar vagamente, pero nunca comprender de manera plena.

De The Silent Holocaust.

D

377

2 5 DE D I C I E M B R E

una antigua tradición cristiana según la cual Dios envía a cada persona a este mundo:

con un mensaje especial que transmitir, con un canto especial que cantar a los demás, con un acto especial de amor que ofrecer.

Nadie más puede transmitir mi mensaje, o cantar mi canto, u ofrecer mi acto de amor.

Se me han confiado únicamente a mí.

De acuerdo con esta tradición, el mensaje puede transmitirse, el canto cantarse y el acto de amor entregarse

únicamente a unos pocos, o a todos los vecinos de una pequeña localidad, o a todos los habitantes de una gran ciudad, o incluso al mundo entero.

Todo depende del plan concreto de Dios para cada persona.

En este tiempo santo de la Navidad, cuando conmemoramos el hecho de que Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo a él para nosotros, quiero decirte lo siguiente:

Tu mensaje ha sido escuchado en mi corazón, Tu canto ha caldeado mi mundo, Y tu amor ha iluminado mi oscuridad.

Gracias, gracias por tu mensaje, tu canto y tu amor. Siempre estarás en mi agradecido corazón y en mis oraciones.

(Un mensaje de Navidad a sus amigos).

378

2 6 DE D I C I E M B R E

C 4 j i Dios tuviera una voluntad específica para cada uno de noso­tros y para cada detalle de nuestras vidas, me leino que eslaiía favoreciendo la delincuencia infantil, porque nunca creceríamos. Todos sabemos lo que le sucede a un niño cuyos padres insisten en hacer realidad cuanto él decide: se conviene en un adulto sumamente inmaduro. Los humanos crecemos luchando y tomando decisiones por nosotros mismos. Y Dios no lo hará por nosotros: no tomará por nosotros nuestras decisiones, porque nos predestinaría a una inerme forma de inmadurez.

Por el contrario, lo que Dios nos ofrece es una voluntad gene­ral: haz un acto de amor de tu vida y tus talentos; haz algo her­moso por tus hermanos y hermanas; haz del amor tu principio vital. Esto nos implicará en muchas decisiones, y estaremos cons­tantemente afrontando la omnipresente pregunta: ¿Qué me lleva a hacer el amor? Pero es luchando y tomando decisiones como nos haremos hijas e hijos maduros de Dios.

De la cassette The Growing Edge OfLife.

379

27 DE D I C I E M B R E

JL ambién creo que, además de la voluntad general de Dios, hay una voluntad específica que opera en momentos concretos de nuestras vidas. Pienso que es cierto que Dios nos ha enviado a ti y a mí a este mundo para hacer algo específico: transmitir un men­saje concreto, cantar un canto, realizar un acto de amor.

Cuando lleguemos a ese momento de nuestras vidas en el que Dios quiera que hagamos algo concreto, él nos empujará con su gracia. Pondrá dentro de nosotros una atracción profunda, una sensación de vocación. Para nosotros puede ser una especie de vaga convicción: «Parece que debo hacer esto». Puede que Dios nos haga sentirnos incómodos hasta que digamos «sí». Porque él viene a confortar al afligido, pero también a afligir al cómodo.

Creo que yo fui llamado a ser sacerdote a través de esa volun­tad específica de Dios. Creo que Dios me eligió para que fuera sacerdote, y por ello dispuso las gracias de mi vida para que me sintiera atraído hacia el altar de mi ordenación. Por supuesto, ha habido otros momentos en mi vida en los que de alguna forma he sabido que Dios quería algo específico de mí: que ayudara a una persona, que hiciera algo, que me implicara en determinada causa, que me preocupara por una situación dada... En cada uno de tales momentos sentí que Dios me estaba pidiendo un «¡Sí!» concreto.

De la cassette The Growing Edge OfLife.

380

2 8 DE D I C I E M B R E

J L - / IOS, Padre mío, crea en mí un corazón que anhele únicamen­te tu voluntad; un corazón que acepte tu voluntad y que la cum­pla, porque quiero ser lo que tú quieras que sea y hacer lo que tú quieras que haga.

Cuando decidiste crear este mundo, conocías el proyecto y el designio de mi vida: el momento de mi concepción, el día y la hora en que nacería. Viste desde toda la eternidad el color de mis ojos y oíste el sonido de mi voz. Sabías los talentos que tendría y aque­llos de los que carecería. También conocías el momento y las cir­cunstancias de mi muerte. Todos estos aspectos son parte de tu voluntad respecto de mí. Yo intentaré construir un edificio de amor y alabanza con estos materiales que tú me has dado. Lo que yo soy es don tuyo. En lo que me convierta será mi don para ti.

Y con respecto al futuro, te pido la gracia de firmar un cheque en blanco y ponerlo con toda confianza en tus manos, para que tú rellenes todas las cantidades: la duración de mi vida, la cantidad de éxitos y de fracasos, las experiencias placenteras y dolorosas... A mí me estremecería tomar esta determinación si no supiera que me amas y que, por supuesto, tú sabes mucho mejor que yo lo que me hará verdadera y definitivamente feliz.

De The Christian Vision.

381

2 9 DE D I C I E M B R E

JLmá n respuesta a tu voluntad, oh Dios, quiero que mi vida sea un acto de amor. Allí donde haya que optar, ayúdame a preguntar qué es lo que el amor me lleva a hacer, decir, ser... Para tomar las deci­siones que el amor pide, busco y necesito tu iluminación. Toca mis ojos con tus gentiles y curativas manos, para que pueda encontrar mi camino a lo largo del tortuoso curso del amor. Fortalece mi voluntad y dirige mis pies para que siga siempre ese curso.

Y cuando haya algo especial que tu amor haya designado para mí, haz que me encuentre preparado y a la espera. Ayúdame a convertirme en un delicado instrumento de tu gracia. Yo creo que tienes un plan maestro providencial para este mundo, y quiero formar parte de él. Quiero hacer mi contribución a tu Reino, la contribución que me has confiado únicamente a mí. Quiero que me utilices para ayudar a llamar a este mundo a la plenitud de la vida mediante el amor.

Finalmente, Señor y Dios mío, haz que sea fiel a mi compro­miso y que me consagre a tu voluntad, fiel hasta el final. Haz que la «fidelidad» sea el resumen de mis días y de mis noches. Haz que en la inscripción de mi tumba se lea:

«Dijo su "¡sí!" a Dios Y fue fiel hasta el final».

De The Christicm Vision.

382

3 0 DE D I C I E M B R E

ecientemente he oído una acertada analogía para la expe­riencia de fe. Un niño estaba volando una cometa que había ascendido mucho, cuando, de repente, una nube baja la rodeó ocultándola a la vista. Un hombre que pasaba por allí le preguntó al pequeño qué hacía con aquella cuerda en la mano. «Estoy volando una cometa», respondió el niño. El hombre miró hacia arriba y sólo vio una nube en un cielo por lo demás despejado. «No veo ninguna cometa. ¿Cómo puedes estar seguro de que está ahí?» Y el niño contestó: «Yo tampoco la veo, pero sé que mi cometa está allí arriba, porque de vez en cuando noto un pequeño tirón de la cuerda».

De la misma forma, yo sé que hay una mano que guía la mía a medida que avanzo a lo largo del camino de mi vida. Sé que hay una luz, que no es la mía, que me muestra paso a paso el camino que tengo que seguir. Sé que el Señor camina conmigo. Y en mi corazón hay una sensación profunda y cálida de gratitud por poder recorrer mi camino con vosotros, hermanas y hermanos míos, como compañeros. Con la guía del Señor y vuestra compa­ñía, «de vez en cuando noto un pequeño tirón de la cuerda». Gracias por permitirme que os lo cuente.

De The Christian Vision.

R

383

3 1 DE D I C I E M B R E

E mayor regalo de Dios,

en mi opinión, es el don de la vida. El mayor pecado de los seres humanos,

me parece a mí, sería devolver ese regalo sin agradecerlo ni abrirlo.

De The Silent Holocaust.

384